Si es entrega, es para siempre

Los misioneros ad vitam son un tesoro de la Iglesia. Y también, un signo para toda la humanidad.



Cuando pensamos en un misionero, viene inmediatamente a nuestra mente la imagen del hombre o mujer que, día tras día, año tras año, consagra su vida entera al anuncio del Evangelio mediante el testimonio y la caridad. Si esto es así es porque, de las distintas formas de cooperación personal con la misión, hay una que instintivamente identificamos como la encarnación más genuina del espíritu misionero: la vocación ad vitam. La mejor definición de ella nos la da Juan Pablo II en Redemptoris missio; es “una «vocación especial», que tiene como modelo la de los apóstoles: se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo” (RM 65c). Por esta vocación “grandiosa y excelsa”, explicaba Pío XII, “el misionero consagra a Dios la vida, a fin de que su Reino se propague hasta los últimos confines de la tierra” (Evangelii praecones, 20).

A propósito de lo singular de esta vocación, conviene hacer dos puntualizaciones. La primera se refiere a su lugar entre los distintos modos de vivir la dimensión misionera de nuestro ser cristiano. Hay una vocación a la misión que es general para todos los bautizados: como nos ha dicho el papa Francisco, “el bautismo basta, es suficiente para evangelizar” (Homilía, 17-4-2013). Pero, a la vez, “decir que todos los católicos deben ser misioneros no excluye que haya «misioneros ad gentes y de por vida», por vocación específica” (RM 32c). Entre esa vocación general y esta específica hay, además, otras válidas y estimables modalidades de cooperación personal (por ejemplo, y en lugar destacado, la de los sacerdotes Fidei donum, que prestan un importante servicio misionero por un tiempo largo, aunque limitado); sin embargo, “es necesario reafirmar la prioridad de la donación total y perpetua a la obra de las misiones, especialmente en los Institutos y Congregaciones misioneras, masculinas y femeninas” (RM 79a; cf. Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Cooperatio missionalis, 11f).

La segunda observación se refiere a la radicalidad de esta llamada a la misión ad vitam. No se trata de un compromiso que, por hermoso o heroico que pueda ser, es limitado y temporal, sino de una vocación que afecta a lo más profundo de quien la recibe, impregnando completamente y para siempre a la persona en su estado de vida, laical, religioso o sacerdotal. Por eso, precisamente, todos reconocemos aquí lo más genuino del ser misionero: “La vocación especial de los misioneros ad vitam conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes” (RM 66c). A toda comunidad cristiana le corresponde velar para que surjan en ella estas “vidas para la misión”: “La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación” (RM 79a).

El proceso por el que alguien descubre en su corazón la llamada del Señor a una entrega plena a la misión es personal y único; en ocasiones, el detonante podría ser una experiencia misionera puntual en verano. Si ese discernimiento –del que se ofrecen a continuación dos testimonios, a modo de ejemplo– lleva a la convicción de que efectivamente se trata de una vocación misionera ad vitam, la persona comprenderá y experimentará lo que hace poco explicaba Modeste Munimi, misionero del Verbo Divino: “Cuando uno elige destino de misión, es para siempre. Uno debe estar dispuesto a dejar su país para toda la vida”; y también podrá, como él, decir de su lugar de misión: “Mi tarea está aquí”.

Y ¿cuál es esa tarea? Es “la misión de siempre”, que el santo padre Francisco nos recuerda: “Llevar a Jesucristo al hombre, y conducir al hombre al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre” (Discurso, 15-3-2013). Es, de hecho, continuar la misión de Jesús, de quien el Papa dice que “su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la presencia de amor de Dios”; para ello solo cabe encarnar también la entrega compasiva de Aquel que “no tiene casa porque su casa es la gente” (Audiencia general, 27-3-2013). Por seguir al Señor, en esto y en todo, el misionero llega a ese desprendimiento que llevan a su máxima expresión aquellos que lo son de por vida.

Los misioneros ad vitam son un tesoro de la Iglesia. Y también, un signo para toda la humanidad, porque, como recalca el papa Francisco, frente al “encanto de lo provisional”, que cautiva a los hombres de hoy, “los numerosos hombres y mujeres que dejaron su tierra y marcharon como misioneros, para toda la vida”, nos muestran “el tiempo de Dios”, que es un tiempo definitivo (Homilía, 27-5-2013). Para ellos, el estímulo de estas palabras del beato Juan Pablo II: “Que los misioneros y misioneras que han consagrado toda la vida para dar testimonio del Resucitado entre las gentes no se dejen atemorizar por dudas, incomprensiones, rechazos, persecuciones. Aviven la gracia de su carisma específico y emprendan de nuevo con valentía su camino, prefiriendo –con espíritu de fe, obediencia y comunión con los propios Pastores– los lugares más humildes y difíciles” (RM 66c).


Rafael Santos, OMP

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