Vivir su voluntad

"Tenemos una gran responsabilidad para colaborar con el Señor para acercar a Él a muchos"

Me llamo Raúl y tengo 41 años. El Señor vino a mi encuentro cuando tenía 16, y desde entonces he ido conociéndolo y aprendiendo a caminar en fe, tratando de vivir su voluntad. Uno de los pasos importantes en mi vida fue el momento de dejar mi casa y mi país, y salir a una tierra lejana y desconocida entonces para mí, como Mozambique.

Con 25 años estaba acabando mi segunda licenciatura y pensando en “establecerme en la vida”, pero con un fondo de deseo de servir al Señor y evangelizar, sabiendo que nada hay más importante que conocer y dar a conocer a nuestro precioso Señor y Salvador. En ese momento, dos parejas de novios de mi “Comunidad Jerusalén” tomaron la decisión en el Señor de casarse e ir a Mozambique, enviados por la comunidad a evangelizar. Mi corazón se iba con ellos, pero no fue el tiempo para mí. Pocos meses después, cuando más centrado estaba en oposiciones y más había dejado enfriar aquel fuego, recibí la invitación directa a plantearme si no sería también la voluntad de Dios para mí ir a Mozambique. Pasado el shock inicial, y sin encontrar sentimientos favorables ni tampoco muchas razones para ello, con un poco de miedo, pero con paz en el corazón, pude entender y responder en fe que sí, que el Señor me llamaba a mí también y me fiaba de Él. Enviado por la comunidad, partí en julio de 1998.

Fui con 26 años, sin saber qué me iba a encontrar o qué iba a vivir, ni cuánto tiempo iba a permanecer en aquellas tierras. Lo que puedo decir es que en los siguientes años viví quizá el tiempo más feliz de mi vida (aunque todavía lo espero mejor), no sin dificultades y contrariedades, pero en que el Señor me bendijo enormemente humana, espiritual, pastoral y comunitariamente. También fue un tiempo de capacitación y de preparación, y de una intensa y riquísima vida comunitaria.

Y, claro, la evangelización. Había semanas en que, además de nuestro trabajo en la Universidad Católica, guiábamos hasta ocho encuentros, en los que podía compartir al Señor, dar testimonio, predicar su Palabra, participar de la oración con otros hermanos: estaba el programa de evangelización en la emisora católica, el grupo de pastoral universitaria, evangelización en la prisión provincial, formación de catequistas, un grupo de matrimonios, formación para la adoración y práctica en un grupo de adoración que llevábamos (y que todavía continúa cada lunes en Nampula, desde hace casi 16 años), evangelización con jóvenes, etc. Algunos jóvenes se acercaban a nosotros y nos planteaban sus inquietudes espirituales, y así, poco a poco, comenzó la comunidad con hermanos mozambiqueños (ahora ya está presente en más de 20 localidades, en muchas regiones del país).

En 2003 el Señor marcó un nuevo cambio y dejé Mozambique, pero no la unidad con mis hermanos de allí. La obra de Dios, con el sello de su amor, es la más fuerte, y la distancia no rompe esa unidad. En este nuevo tiempo estuve evangelizando en Eslovaquia y en España: Galicia, Alicante, Sevilla, Valladolid, Burgos, etc. Empecé a trabajar en Valladolid, pero mi tiempo libre era para el Señor, y así regresaba en vacaciones a Mozambique, acompañando a los hermanos de allá... ¡Fueron veranos tan intensos, en que el Señor obró tantas maravillas! Pareciera como si Él fuese consciente de que había poco tiempo y lo multiplicara (por lo menos, a mí me cundía como meses enteros). Finalmente, en 2009 dejé mi trabajo y regresé a Mozambique. Estando allí nuevamente, el Señor puso clara en mí la llamada al sacerdocio, por lo que volví a España el año pasado para prepararme a ello y poder continuar lo antes posible sirviendo donde Él quiera. Por de pronto, este verano me esperan en Mozambique mis hermanos de allá.

Cada uno de nosotros tenemos una gran responsabilidad, no solo con nuestra propia salvación, sino también para colaborar con el Señor en acercar a Él a muchos que vagan perdidos, como ovejas sin pastor. ¡No hay tiempo que perder! A nuestro Dios, la gloria por sus obras y por su misericordia con cada uno de nosotros.
J. Raúl Marcos

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