“El oso, el tigre y el elefante siempre me han respetado”

Alfredo Marzo Ramírez nació hace casi 80 años en Lodosa (Navarra). De ellos, lleva 62 en la India. De su preparación al sacerdocio sobresale un dato: aprender las lenguas de las tribus del noreste de la India. Hoy puede predicar el Evangelio en 10 lenguas diferentes. Este misionero ha hecho “miles y miles de kilómetros subiendo y bajando a pie los montes y colinas de las Tribus en la selva”, pero nunca le ha picado una serpiente y confiesa que en sus “encuentros con el oso, el tigre y los elefantes”, estos siempre le “han respetado”.



Parece mentira, pero con casi 80 años este navarro atiende 106 aldeas y casi veinte mil católicos de la provincia de Meghalaya, en India. El ideal de misionero de este salesiano es el padre José Luis Carreño, otro compañero de congregación que murió en Madrás y está enterrado en Alzuza (Navarra).

La Reina de las Misiones tiene que estar muy atareada con todo el trabajo que le damos los misioneros. He hecho miles y miles de kilómetros subiendo y bajando a pie estos montes y colinas de las tribus, en la selva. Nunca me ha picado una serpiente y en mis encuentros con el oso, el tigre y los elefantes, siempre me han respetado”.

El relato de las dificultades que atraviesa el misionero, aunque narrado con humor, nos invita a replantearnos nuestra vida cómoda: “en nuestras correrías apostólicas, a veces se come, otras no. Y cuando sí, comemos lo que nos dan sin escrúpulos ni miramientos: hormigas de ala, gusanitos de seda sacados del capullo, y otros manjares repletos de proteínas que me parece mejor no mencionarlos”.
Alfredo está “eternamente agradecido a Jesús, el primer misionero, y a nuestra Reina y Madre de los misioneros”.

Por otra parte, el sacerdote habla del respeto de los misioneros por la religiosidad de las tribus en las que trabaja, la mayoría animistas: “los misioneros respetamos siempre sus costumbres y creencias, junto con su cultura. Sienten un gran respeto por los misioneros que hablan su “lengde ordinarioua” y se abren bastante fácilmente a la predicación del Evangelio”.

“La gente es muy buena y sencilla y muy pobre”, y todo lo hacen con trozos de bambú: las chozas donde viven, los utensilios que utilizan, las camas donde duermen (si no lo hacen en el suelo, también de bambú).

Los misioneros llevan una “buena noticia” que es importante no sólo en orden a la fe sino a la promoción humana de las gentes entre las que viven: “Les hemos enseñado a cultivar, además del arroz, la tapioca, el boniato, el maíz, la patata, y algunos árboles frutales que generalmente pertenecen a todos”.

“En mis 62 años en la India tengo que agradecer a Dios su llamada. Nunca me he arrepentido de mi vocación misionera y si tuviese que empezar de nuevo, no dudaría en emprender el mismo camino, no obstante las dificultades, las privaciones, la pobreza, los rompecabezas. El contacto con esta gente sencilla y agradecida compensa todas las fatigas de nuestro Apostolado”, concluye el misionero.

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