Hermanos en la fe y en la misión

Los hermanos Negro Marco, Fernando, Javier y Jesús son también hermanos de vocación: los tres son misioneros escolapios. Jesús, el mayor, ha sido misionero en Argentina e India y se encuentra en este momento en una misión a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, en los Andes de Bolivia. Fernando ha sido misionero en Camerún e India y ahora trabaja en el barrio Harlem, de Nueva York. Finalmente, Javier, es misionero en Camerún.



Los escolapios tienen una misión: “evangelizar educando”. Pero la educación en la misión es muy diferente a como la entendemos en España. Como nos cuenta Javier desde Yaoundé: « “el otro día, visitando una de nuestras escuelas les pregunté a los de 4º de Primaria “¿qué querrías tener que no tenéis?” Su respuesta inmediata, muy educados, levantando la mano, fue: “agua potable y una capilla”. Inmediatamente pensé en mis alumnos de España y en lo que me habrían pedido: “una videoconsola, un ordenador…”. Al estilo de Jesús se me enternecieron las entrañas”»

Casi todas las escuelas de los escolapios tienen ya capilla, pero necesitan nuestra ayuda. “En esas capillas hacemos la “oración de niños pequeños” constantemente ─dice Javier─, y celebramos los domingos eucaristías gozosas y con mucha vida, canos preciosos, todo al son de los instrumentos tradicionales de aquí: el tam-tam, los xilófonos de madera, etc”. El misionero asegura que los domingos, “la Misa de niños llega a tener entre 400 y 600 niños/as y me impresiona lo callados, participativos y contemplativos de todos los signos y ritos que ven y que parece se comen por los ojos”.

Por su parte, Fernando cuenta que en el barrio de Harlem, donde vive su comunidad escolapia, la población “es sobre todo hispana; de hecho casi el 95 por ciento de nuestra gente proviene del Caribe, Méjico y otras naciones de Sudamérica” y subraya, ¡sí, también Nueva York es tierra de misión! No lo dudes”.

En Estados Unidos y Puerto Rico, los escolapios tienen escuelas primarias y secundarias; trabajan con los jóvenes y los niños en grupos parroquiales y de escuela; educan a las familias, especialmente a los padres… y tienen una misión en los Apalaches. Como dice Fernando: “nunca tenemos tiempo de aburrirnos, sino de vivir y de dar la vida para que todos la tengamos en abundancia”.

La alegría de este misionero “es la de ser uno con y para los demás, escuchando sus historias, acompañándolos en sus penas, compartiendo sus alegrías, aprendiendo sus costumbres, su lengua, su manera de ver la vida tan distinta y a la vez tan complementaria de la mía. Es la belleza de ser misionero, de tener un corazón abierto y grande como el mundo mismo, intentando tenerlo más grande que el mundo”.

Fernando asegura que si Dios le diera “la oportunidad de volver a nacer, te aseguro que volvería a ser misionero escolapio”.


Su consejo es que “no desaproveches la vida que sostienes en tus manos” y nos invita: “Enamórate de Jesús, ten un sueño más grande que tú mismo y, a pesar de las debilidades normales de cada ser humano, fíate de Él, que nunca te fallará. Ponte a su servicio en la Iglesia y ayuda que la Iglesia misma se expanda para la construcción del Reino”.

El misionero tiene una razón para seguir siendo misionero hasta el final de sus días “(y sé que Dios me tiene reservados nuevas fronteras de misión en Asia concretamente), te digo que mi razón y mi raíz es CRISTO RESUCITADO, que me amó y se entregó totalmente por mí. Y en Él y por Él quiero que su Buena Noticia llegue al corazón de todos sin importarme el precio que debo pagar aunque sea la muerte”.

“Reza por mí como yo lo hago por ti, aunque no te conozca. Recuerda que estamos unidos siempre en la maravillosa comunión de los santos. Sobre todo cuando compartimos la eucaristía. Recuerda que cuando compartimos incluso lo material, Dios multiplica con creces y de modo sorprendente aquello que compartimos especialmente con los más pobres de la tierra. Simplemente ¡Sé generoso@! Recuerda siempre que “Domund eres Tú”.

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