La cruz del misionero: “Uno no está preparado para perder hijos”

El padre Alberto Cisneros, incardinado en la diócesis española de Osma-Soria fue enviado hace dos años a la diócesis nicaragüense de Granada, donde es capellán de la institución “Nuestros Pequeños Hermanos”. Allí llegan niños huérfanos y abandonados como Isaac o Brenda. Hoy, 17 de octubre, Alberto cumple dos años como misionero “sirviendo a Jesús en sus pequeños”. Paradójicamente, lo celebra explicándonos cómo el dolor de perder a alguno de sus hijos le ha dado nueva luz sobre lo que significa para él como misionero “tomar la cruz y seguir a Cristo”



El sábado, día del Pilar, celebraba mi aniversario de ordenación sacerdotal, 12 años al servicio de Dios y de la Iglesia por amor. Pero como regalo de aniversario el Señor volvía a ponerme como instrumento de misericordia y consuelo al lado de mi hija Brenda que fallecía entre mis manos. Llevaba días a su lado en el hospital. El falló de su único riñón, trasplantado hace tres años, presagiaba un desenlace fatal. Todo ha sido demasiado rápido. Ella estaba preparada, hace tiempo que quería descansar de tanta diálisis y pinchazos, pero nosotros… es a nosotros a los que nos cuesta aceptar la voluntad de Dios. Brenda llego a la casa con 7 añitos. Su mamá la abandonó con apenas 3 meses y con problemas en los riñones ya desde el momento de su nacimiento. El papá sin medios para poder cuidarla, acaba por dejarla con nosotros. Toda una vida luchando con la enfermedad y con su historia, pero creo que una vida vivida en plenitud a sus 22 años. Cada año era un milagro para ella y para nosotros un regalo.

La historia volvía a repetirse, pues en enero fue Isaac quien nos dejó después de intentarlo todo en Barcelona, su corazón no tuvo fuerza y fallecía también en mis brazos. Tantas esperanzas se venían a los ojos humanos abajo, pero Dios sabe el por qué.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre la cruz del misionero, a reinterpretar las palabras de Jesús “toma tu cruz y sígueme”. Dios nos concede poder acompañar en la cruz a nuestros hijos, ¡pero se hace tan pesada a veces! Uno no está preparado para perder hijos, ¡y las heridas se hacen tan profundas! Sé que Dios me ha puesto entre sus pequeños para acompañarlos en todo, pero llegando estos momentos se me hace muy difícil.

La paradoja viene cuando uno que siente el desgarro tiene otros 250 niños a los que no puedes desatender, que están esperando mi cercanía, alegría y amor, por los que debo seguir luchando cada día con ánimo o sin él. Sé que ahora están mejor que antes, sé que Dios nos los prestó durante un tiempo, sé que ahora han dejado de sufrir, pero… ¡cuesta tanto, es tan alto el precio de amar a estos niveles de entrega!

Doy gracias a Dios por haberme permitido estar en ese momento sagrado, por poder acompañarles en su último instante entre nosotros y poderles consolar con palabras de esperanza. Devuelvo a Dios lo que me prestó por un tiempo y que enriqueció mi vida. Sólo pido que ahora sean ellos los que nos cuiden desde el cielo e intercedan por sus hermanos y por tantos niños que siguen abandonados en la cuneta de la vida.

Aún en medio del dolor he sentido la cercanía y el consuelo de Dios en mi vida. Ayer mismo llegaban a la celebración los más pequeños de la casa (la semana pasada entraban con nosotros 3 hermanitos de 3, 5 y 6 añitos) y uno de ellos mientras celebraba se metía por debajo del altar y me hacía cosquillas en los pies. Su ingenuidad, espontaneidad y sonrisa me daba la fuerza para seguir esperando.

No dejéis de ayudarnos para poder seguir cuidando de estos pequeños. Encomendarnos a vuestra oración para que podamos seguir siendo una respuesta de amor y seguridad para cada uno de ellos.


Gracias por estar ahí y cuidarnos en la distancia.
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