La alegría del encuentro

La misión ad gentes es el paradigma de la pastoral ordinaria de la Iglesia, y “no existe misión sin misioneros” (RM 61), así los misioneros se nos presentan como el punto de referencia de quienes han recibido la misión de evangelizar. 



La sociedad actual, más allá de tratarse de la primera o de la nueva evangelización, está necesitada de testigos, como decía Pablo VI, que será beatificado en el mismo día de la Jornada Mundial de las Misiones: “Él los ha escogido, formado durante varios años de intimidad, constituido  y mandado como testigos y maestros autorizados del mensaje de salvación. Y los Doce han enviado a su vez a sus sucesores que, en la línea apostólica, continúan predicando la Buena Nueva” (EN 66); porque una persona que no está́ convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie (cf. EG 266). Esta exigencia pasa por una renovación de los todos los agentes de pastoral, desde el Papa hasta los laicos (cf. EG 27-33), con un cambio de de mentalidad para que obispos, presbíteros y seglares sean misioneros de la humanidad, por encima de las inmediatas urgencias domésticas.

Todos los bautizados están llamados a llegar, con valentía, a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio, a todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin miedos. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, sin que se pueda excluir a nadie (cf. EG 21-22), porque está en la entraña de la fe: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (EG 273). Entre estas vocaciones, el Papa ha querido hacer referencia explícita a las vocaciones laicales. Cada día los fieles laicos están tomando más conciencia de su identidad y de su misión en la Iglesia y crece “la sensibilización de que ellos están llamados a desempeñar un papel cada vez más relevante en la difusión del Evangelio” (Mensaje DOMUND 2014, 4).

La actividad misionera y evangelizadora de la Iglesia debe llegar a todos, pero a partir de los últimos, de los pobres, de aquellos que tienen dobladas sus espaldas bajo el peso y la fatiga de la vida. Por eso la Iglesia es la casa de los pobres, de los afligidos, de los excluidos y de los perseguidos, de los que tienen hambre y sed de justicia. “Ellos”, decía Benedicto XVI en Brasil, “son los destinatarios privilegiados del Evangelio”. La principal pobreza es desconocer el origen de la propia dignidad; pobreza que se da en grandes sectores de la humanidad, donde muchos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. 

Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio (cf. EG 14). A este derecho corresponde el deber de quienes han de anunciarlo “sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (EG 14).


Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP España


Leer Estudio Pastoral para el Domund 2014

0 comentarios