Teresa de Lisieux: El poder de lo pequeño

El Octubre Misionero se inicia con la festividad de la Patrona de las Misiones, santa Teresa de Lisieux


Cuando santa Teresita yacía en su lecho de muerte en el Carmelo, escuchó una conversación entre dos monjas que se preguntaban qué “podrían escribir en la esquela sobre la vida de santa Teresita que tuviera interés, ya que nunca había hecho nada excepcional”. El comentario provocó una sonrisa en Teresita, y le permitió comprobar que había logrado su propósito: la falta total de protagonismo.

No hay ninguna vida que carezca absolutamente de interés, pero desde luego, la de santa Teresita no tenía ningún brillo especial. Con excepción de un breve viaje Roma, jamás había salido de Alençon, su pueblo natal; ni del Carmelo, donde entró a los 15 años y vivió apenas durante 9, hasta su prematura muerte. Se trataba de una vida corta y oculta, que como dijo el Papa Pío X, consistió en cumplir su vocación “sin ir más allá del común orden de las cosas”.

Pero es esto precisamente lo que la hace tan cercana a nosotros. Patrick Ahern, el que fuera obispo auxiliar de Nueva York, confesó que santa Teresita “era la santa que estaba buscando”. Precisamente porque su camino de sencillez le invitaba a él mismo, y a todo cristiano que quisiera mirarse en ella, a emprender con confianza el camino de la santidad. Ahern recuerda que santa Teresita “nunca levitó con el poder de sus oraciones”, sino que “a menudo se quedaba traspuesta intentando rezar el Oficio Divino”. La lección es clara, ella nos enseña a “ser santos dentro de los armazones de nuestras vidas, por corrientes que parezcan ser”.

A la que sería proclamada patrona de las Misiones apenas 100 años después de su muerte, no le interesaba el relumbrón de los éxitos terrestres, tan efímeros y pasajeros. Era en el interior de su alma donde Dios fue fraguando a esta santa, hoy conocida en todo el mundo. Ella vivía para el cielo y prometió pasarlo “haciendo el bien en la tierra”.

Durante los últimos dos años de su vida, santa Teresita mantuvo correspondencia con un joven aspirante a misionero llamado Maurice Bellière*, que había pedido la ayuda espiritual de las carmelitas. En la primera carta que le dirigió, escribía: “Yo le pido que usted sea, no sólo un buen misionero, sino un santo totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas”.

Sólo Dios sabe si Maurice puedo asimilar los consejos que la patrona de las Misiones le ofreció cuando era una pobre y enferma carmelita. Durante la amistad espiritual que mantuvieron, ella no le exigió nada, se hizo su hermana por “decisión propia” y “lo quiso en su fragilidad humana”. Como dice Ahern, “Maurice era la quintaesencia de las «pequeñas almas» a las que Teresita se sentía tan atraída”. Por eso, también nosotros podemos pedir la intercesión de la patrona de las Misiones, en la confianza absoluta de que seremos escuchados.

Dora Rivas
OMP España - Comunicación con los misioneros


*Patrick Ahern, Maurice y Teresa. La salvación por la confianza, Voz de Papel, Madrid, 2005

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