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Una de las cosas que más provocan la insatisfacción personal, en el hoy de nuestra sociedad, es el estilo individualista que se promueve consciente o inconscientemente en nuestra vida social. Cada vez más se ven las vallas que cercan las casas, los chalets, las fábricas, los Colegios...Generalmente se usan estos medios para prevenir robos y asaltos, pero todo sucede porque falta confianza y el ser humano busca razones para defenderse. No está mal que así se haga, pero sucede que se ha llegado a tal punto que se puede caer en la tentación del 'síndrome de la cárcel' y éste se hace visible al comprobar que las alarmas y los medios técnicos y sofisticados que se usan hacen que a uno le da la sensación de estar encarcelado. Si hay que cuidar de nuestros bienes y aún así nos pueden asaltar en cualquier momento, esto no es óbice para abrirnos a los demás con espíritu de búsqueda y haciendo lo posible por ir sembrando mayor esperanza y confianza en la sociedad.
El ser humano no se realiza si no hay una gran dosis de apertura a los demás que son mis hermanos, al abrirnos a los demás nos madura humana y cristianamente; madura a la persona y la sitúa como signo de la nueva humanidad que ya nos trajo el Hijo de Dios haciéndose tan cercano y humano transmitiéndonos la vida oculta de Dios. Por nuestros pecados y fragilidades él se abajó para levantarnos a la gracia divina, la única que nos eleva y hace libres. Abrirse a los demás no es nada fácil, de ahí que se requiera una gran dosis de madurez y de apertura a la esperanza en la confianza. El ejemplo de Jesucristo ha de ser guía y camino en nuestra experiencia de creyentes. Todos tenemos razones para replegarnos sobre nosotros mismos pero si se fomenta tal repliegue se llega a cosechar la insatisfacción personal, la desilusión y hasta el hastío de vivir.
Para esta Jornada de Infancia Misionera hemos pensado en el lema: “Abre tus ojos a la Misión”. En el abrir los ojos se muestra el interés por apoyar a los niños, desde pequeños, a ser observadores activos, saliendo de su propio mundo egoísta para ayudar a los demás. La misión no es otra sino la disponibilidad de aportar lo mejor que Dios ha hecho en nosotros y gozar con lo que ha hecho en los demás. Si esto se pone en común y apreciamos a todos siguiendo la ‘regla de oro’ del evangelio “Haz a los demás lo que quieres te hagan a ti” o a la inversa “No hagas a los demás lo que no quieres te hagan a ti”, hemos conseguido el objetivo que nos hemos planteado. Quien abre los ojos ve lo que sucede a su alrededor, quien los cierra se autoexcluye y se confina en sí mismo que es lo más destructor para la persona puesto que la impide progresar y madurar.
La ‘Misión’ es de suma importancia en la realidad social dónde vivimos y es urgente que nos pongamos a trabajar todos. Los niños son muy sensibles y muy receptivos; aquello que ven en los jóvenes y en los mayores ellos lo imitan y lo asumen con dócil disponibilidad. La ‘Misión’ es necesaria para curar las heridas que producen ciertas modas y estilos de vivir. Ante los voraces ‘medios de comunicación’ se ha de reaccionar con propuestas más ilusionantes y sanas desde el punto de vista ético y moral. Ante las propuestas de un materialismo salvaje hemos de educar a todos y en especial a los niños que la vida tiene otra dimensión, fascinante e impresionante, que es el ‘camino espiritual’ que lleva al encuentro con el mismo Dios. Ante las insinuaciones permanentes de ‘utilizar el cuerpo’ como si de un juguete de placer se tratara, la misión evangelizadora ayuda a descubrir la belleza del mismo y el trato delicado y exquisito que ha de tener como ‘templo de Dios’ porque nada hay más sagrado a los ojos de Dios que el ser humano. Ante las constantes llamadas a vivir la fe sin compromiso se ha de educar a una mayor participación gozosa en los sacramentos que la Iglesia tiene como depósito del amor presente y operante de Dios. Y ante las necesidades globales y urgentes que la sociedad posee se ha sensibilizar a los niños para que miren, que ‘abran los ojos’ y contemplen a sus coetáneos que padecen por la pobreza que aumenta, cada vez más, y a pasos de gigante.
Apuesto por los niños y querría decir a todos que Jesús ha de ser el 'mejor amigo' y que en este año dedicado, por el Papa Juan Pablo II, a la Eucaristía nos acerquemos con reverencia y adoración para pedirle por la paz, la justicia y la fraterna solidaridad. Invito a todos los niños para que no dejen ningún día de pasar por la Parroquia de su ciudad, pueblo o capilla de su colegio y tener una rato de adoración a Cristo en el Sagrario y que los domingos sean la fiesta de los ‘amigos de Jesús’ participando en la Misa. Si queremos una sociedad mejor hemos de ser más humildes y la humildad se alimenta poniéndonos de rodillas ante el Señor. ¡Ojalá que esta Jornada de la Infancia Misionera nos ayuda a abrir más los ojos y así vivir, con mayor intensidad, el mandato de Jesús: “amaos como yo os he amado”. Necesitamos una curación interior y la única medicina es el Evangelio.
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