En esta época que tanto se afana para que los humanos nos apreciemos mucho más y para que sepamos ayudarnos con gestos de auténtica amistad hemos pensado que el lema para la Jornada de 'Infancia Misionera' se base en el corazón. No es algo sentimentalista y menos con rasgos de afectividad pusilánime lo que deseamos anunciar y proclamar. Sentir la misión en el corazón supone una disposición interior que lleva a ofrecer la vida como agradecimiento a Dios y en oferta generosa a aquellos que componen el género humano. Tenemos el ejemplo de los santos que supieron hacer de su corazón una entrega consagrada y generosa a Jesucristo y a los necesitados.
Recuerdo que cuando yo era niño me fascinaban las historias de los santos que se publicaban en viñetas y en un estilo muy apropiado para los niños, lo cual hacía la lectura más amena. Pero siempre me impresionaba la bondad que mostraban los santos y las obras tan fabulosas que realizaban. Me admiraban por su alegría y por la gran confianza que depositaban en Dios. Su forma de rezar, su manera de ayudar a los demás quedaba dentro de mí como un 'dardo de fuego' que me ayudaba al deseo de imitarlos. Pasando el tiempo sentí la llamada de seguir a Cristo y fue el día de mi primera Comunión cuando, gozando de la presencia de Jesús en mi interior, le dije que quería ser amigo y discípulo suyo. Con el tiempo el Señor me mostró el camino del sacerdocio y nunca dejaré de darle gracias por el gran amor que me ha regalado y me regala continuamente.
Los santos han sido testigos del amor de Jesucristo y han sabido confiar plenamente en él durante toda la vida. La misión es esto y nada más. Me alegra que los niños sepan apreciar la amistad de Jesús; él es el verdadero amigo que nos ayuda a ser amigo de todos. El ejemplo de los misioneros tiene como base este modo de vivir. De ahí que la misión hemos de sentirla en nuestro corazón porque si se convirtiera en algo frío y sin el calor del amor y de la caridad estaríamos haciendo una experiencia absurda e inútil. Para vivir de esta manera conviene apreciar las virtudes y valores que se nos desvelan en el evangelio.
¿Quién no tiene presente la experiencia de San Francisco Javier que siendo un joven, bien apuesto y con un futuro lleno de éxitos, un día conoce a San Ignacio de Loyola y deja los estudios, que estaba realizando en la Universidad de París, y se dedica a predicar y a bautizar a miles y miles de hombres y mujeres en el continente asiático?. Fue un intrépido misionero que sembró el evangelio en ambientes muy difíciles. Su labor provocó un estilo de vida nueva para muchos y ahora sus frutos se siguen dando en tantos países de Asia que, como en Filipinas, el cristianismo es mayoritario.
Su corazón se mostró siempre con generosidad hacia aquellos que no conocían a Jesucristo y hacia los pobres y a sus compañeros, que seguían estudiando en la Sorbona, les invitaba a dejarlo todo y dedicar su vida a los demás para anunciar la grandeza del amor de Dios y de la caridad con los hermanos. Él mismo afirma: "Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas: 'Cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia que ven en nosotros'".
Este año celebraremos el quinto centenario de su nacimiento que fue en la preciosa villa de Javier (Navarra). Será un momento para profundizar sobre el sentido que estamos dando a la misión. No podemos caer en la utopía de los buenos deseos porque esto no es la misión. La misión se fundamenta y se sostiene en la fuerza amorosa y arrebatadora de Jesucristo que llega al corazón del ser humano y lo convierte a la gracia y al amor. Es una disposición para ofrecerse a Dios: "Aquí estoy, Señor, ¿qué quieres de mí y qué debo hacer? Envíame donde quieras y sobre todo para ponerme al servicio de tu Reino". Lo demás se dará por añadidura: la justicia, la solidaridad y la paz.
La santidad es un compromiso muy serio y muy gozoso. Es la premisa, el seguimiento y la consecución de toda misión. No puede existir el 'misionero' sin ser apasionado por la santidad. La misión trastorna toda nuestra vida y su expresión es la de lograr que 'disminuyamos para que Cristo crezca' como decía San Pablo.
De esta forma bien podemos programar para la Jornada de 'Infancia misionera' el lema de este año: "Siente la misión en tu corazón". ¡Ojalá haya miles y miles de niños que se tomen en serio tal lema y lo vivan para dar un testimonio de esperanza al mundo y de modo especial a nuestros pueblos y ciudades españolas!
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