Cuando realizaba mis estudios en el Seminario de Burgos, por los años sesenta, y como principiante seminarista siempre me admiraban los misioneros que surcando los mares anunciaban la Buena Nueva de Jesucristo. Recuerdo a aquéllos que nos hablaban en el Salón de Actos y nunca olvidaré a uno de ellos que le habían amputado uno de sus miembros, la lengua, simplemente por el hecho de anunciar la Palabra de Dios y guardar el ‘secreto de confesión’. Su sonrisa y fortaleza espiritual era tal que yo me sentía impulsado a vivir también como él en las pequeñas cosas de cada día. Aquella sonrisa no era ficticia sino que nacía –al menos a mí así me parecía– de una experiencia de verdadero amor a Dios por los demás. Ya no recuerdo el contenido de sus discursos pero siempre quedaba en mí interior un deseo de vivir, al estilo de ellos, el seguimiento a Cristo.
El lema que hemos escogido para la Jornada de las ‘Vocaciones Nativas’ tiene un contenido fundamental en toda vocación cristiana y de modo especial en la de los consagrados: ‘Toda vocación nace de la Pascua’. Esto es lo más auténtico y genuino puesto que toda vocación es un reflejo vivo de la Resurrección de Cristo. Así se muestra en la experiencia espiritual y parece como si de una luz nueva se viera envuelta la vida. El gozo, la paz y el amor se hacen tan presentes que se llega a vivir en una realidad novedosa. La vocación sigue las huellas del mejor Maestro que es Jesucristo. No hay dificultades que no se puedan superar, no hay obstáculos que no se puedan sortear; parece como si uno tuviera una vida nueva. Es la experiencia más íntima de amistad que se pueda soñar. No es una ilusión pasajera ni un fantasma emocional, es una presencia viva de un amor que no pasa nunca y que cada día más fascina, es la presencia de Dios que colma todos los deseos.
Cuando uno lee los escritos de san Francisco Javier, del que durante este año celebramos el :V centenario de su nacimiento, rebosan esta profunda experiencia. Este gran navarro un día descubre a Cristo y se lanza a llevarlo por todas partes. No encuentra barreras ni dificultades sólo le mueve el amor profundo que ha nacido en su vida y del que nunca quiere despegarse. Los misioneros tienen una cualidad especial, que el mismo carisma les impregna, y es la de entregarse de por vida a la labor evangelizadora pues su único bien y amor es Jesucristo. No se bloquean ante el sufrimiento, ante el dolor y la desilusión sino que miran a Cristo que ha vencido todo con su Resurrección. De ahí que toda vocación ha nacido de la Pascua.
Cuando me preguntan qué es lo que mueve a los misioneros y a las personas consagradas para darse a los demás con tanta alegría siempre respondo lo mismo: “Tenemos un buen Amo a quien seguir y nunca nos defrauda”. Cristo ha sellado con su Resurrección a todos los que quieren seguirle sin condiciones y sin pretensiones honoríficas. Su amor es tan grande que desborda de gozo quien se adhiere a él. No he visto nunca a un enamorado entristecido; pues lo mismo sucede en los consagrados que saben que la fuente de su entrega es con el Amor hermoso.
En esta Jornada de Vocaciones Nativas y de Oración por las Vocaciones que celebramos, todos los años, para ayudar y afianzar con nuestra plegaria y nuestra colaboración material a fin de que muchos jóvenes –en los cinco continentes– se planteen con libertad y alegría el seguimiento a Cristo en una específica consagración, pido a todas las comunidades cristianas que tengan un recuerdo especial por ellos y de modo especial por los que están viviendo en lugares de misión y de nueva evangelización. Los jóvenes son generosos cuando encuentran razones justas para su vida y para entregarse a favor de otros. ¡Ojalá que al encontrarse con Jesucristo Resucitado, que ha prometido permanecer siempre entre nosotros, encuentren la auténtica libertad que hará posible que otros la descubran!
|