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Todos estamos muy conmocionados por lo que ha sucedido en Asia con motivo del maremoto que ha desolado y destruido pueblos, ciudades y ha provocado que muchas personas hayan perdido la vida. Esto nos conmueve y nos hace sentir un profundo dolor. Pero ocurre que, a veces, todo lo queremos solucionar de forma paternalista y provocamos noticias y movemos nuestras conciencias de forma superficial. Se trabaja por enviar material, alimentos y se acumulan excedentes o cosas que nos sobran para mandarlas y así acallar nuestras conciencias. ¡Ya es algo!
Lo que ocurre es que hay personas, y son aquellos voluntarios y aquellos misioneros de la Iglesia Católica que llevan años y años trabajando allí, a las que nadie recuerda ni se les reconoce su labor. Comprendo que uno de nuestros lemas es que “lo que haga tu mano derecha, que no lo sepa la izquierda”. Por ello, ni acuso ni reivindico, sólo recuerdo o hago memoria para que nuestras ayudas sean justas y no se conviertan en silenciadores de nuestra conciencia. No sirvan para acallarla a pesar de que ella siga gritando. Toda colaboración, por mínima que sea, es necesaria. Pero no podemos dejarnos llevar sólo por los sentimentalismos momentáneos. Ya lo dice el Evangelio cuando nos advierte que “por nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas”.
Los misioneros tienen una vocación tan generosamente cualificada que no buscan recompensas por parte de nadie. Pero ellos son humanos como cualquiera y el refrendo, por nuestra parte, debe ser correspondido como algo que nos pide la justicia. Con esto quiero decir que los españoles hemos de estar muy orgullosos de los más de veinte mil compatriotas que están anunciando el Evangelio en muchas partes del mundo; ahora, en Asia hay más de mil que, en silencio, están dando lo mejor de su vida por aquellos que han perdido algún ser querido o están abandonados en la más estricta miseria.
La colaboración económica que se está recaudando en todo el mundo es muy elogiable, importante y necesaria. La mentalización por parte de gobiernos, artistas, deportistas, asociaciones, parroquias, diócesis y muchas instituciones es de estricto sentido humano y caritativo. Pero ¿esto es suficiente y lo único? Creo que se requiere, en esta cultura de la globalización, que nos pongamos a pensar con espíritu misionero: el de abrirnos a los demás sin otra razón que la de la entrega generosa y potenciar el sentido de la comunión de bienes entre todos y para todos.
Cierto que cuando llega una desgracia tan descomunal como la del maremoto, cuyo epicentro se produjo en Tailandia, nos hace reflexionar a todos porque nadie está exento de que lo mismo pueda suceder en otros lugares y, entonces, “nos echamos las manos a la cabeza” lamentándonos de tal desastre. ¡Es momento de profunda reflexión y mayor solidaridad!
La labor silenciosa, pero efectiva y diaria, es la que vale. Los fuegos de artificio momentáneos son “pan para hoy y hambre para mañana”. Creo que en todo el mundo se ha de reflexionar con hondura sobre el sentido de la falta de recursos que hay en tantas partes del mundo y comenzar a distribuir con más justicia los bienes que abundan en unos pocos para compartirlos con una mayoría que carece de lo más necesario.
Los gestos de los misioneros nos conmueven y, al mismo tiempo, nos hacen recordar que los bienes de la tierra son de todos. Desde el silencio, así lo viven, porque aman sin interés y sólo por amor a Dios y a los demás.
Revista Misioneros Tercer Milenio, enero de 2005
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