La Iglesia apuesta por los niños


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Sabemos que no hay auténtica fe si ésta no lleva a la práctica de actos de generosa colaboración con los demás y, así, deseamos siga actuando la Infancia Misionera que se instauró hace ciento sesenta y dos años en España. Su finalidad desde el principio fue la de educar a los niños en la formación misionera para, de ese modo, iniciarse en el compromiso de ayudar a otros niños más necesitados.

Todos los miembros que forman parte de esa gran familia que es la Infancia Misionera colaboran aunque sea sólo con una sonrisa. En el mundo hay millones de niños que están apostando fuerte por la paz, la libertad, la justicia y la fraternidad. Muchos de aquellos chavales y chavalas que hace años eran de la Infancia Misionera ahora son unos misioneros y misioneras adultos que están trabajando, en el nombre de Cristo, por aquellos valores evangélicos que aprendieron de niños.

Cuando el auténtico amor entra en el corazón, se está invirtiendo en un gran bien para la sociedad. Y, si este amor hace mucha mella, se convierte –al darse– en acción misionera. Sólo Cristo puede sostener este amor y así nos lo refieren los misioneros cuando vienen a vernos o cuando vamos a visitarlos. Ellos nos alientan y animan para seguir mostrando una fe sencilla, profunda y bien enraizada en la Iglesia, como mejor regalo que podemos ofrecer a la humanidad de hoy.

Pero la fe, sin obras, no sirve para nada, como nos recuerda la Escritura. La Infancia Misionera mundial colabora en el sostenimiento de cerca de 7.000 dispensarios, más de 2.000 hospitales, unos 2.800 orfanatos, más de 15.000 escuelas maternas, unas 38.700 escuelas primarias y cerca de 13.000 escuelas medias, además de los comedores y capillas que ayudan a dar de comer y a formarse espiritualmente a las familias y a los niños. Son tantas las obras benéficas que nos perdemos en los cálculos. Pero lo más importante es que todo esto ha nacido porque muchos se han planteado seguir la huellas del Maestro que nos invita a amarnos los unos a los otros con gestos, palabras y obras.

Pedimos encarecidamente a las comunidades cristianas, a las parroquias, a las escuelas y a las instituciones que lo deseen que nos ayuden para que se siga realizando y ejercitando una mayor solidaridad puesto que las necesidades, cada día, aumentan y crecen. Los niños de la calle, los abandonados por la pérdida de sus familias, los que viven machacados por 'patronos corruptos', los que blanden armas en medio de las guerras y la miseria... son el objeto de nuestra ayuda y a ellos hemos de acoger para que no se encuentren en la orfandad total.

La Iglesia apuesta por los niños y siente que sus manos han de ser ‘puerta abierta’ para ellos y ‘familia generosa’ que colme las lagunas del abandono que han sentido en sus vidas. ¡Cuántos religiosos y religiosas que están entregados por esta causa! ¡Cuántos mártires anónimos que han dado su vida por este gran ideal evangélico! A medida que crezco en edad y en conocimiento de las realidades que nos rodean, más veo la gran labor que hace la Iglesia. Por eso, no puedo sino decir que estoy muy orgulloso de pertenecer a ella y de trabajar con ella por el bien de toda la humanidad.


Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2005