Los niños son la esperanza de la sociedad


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Durante este tiempo quiero fijarme en la infancia. Los niños son la esperanza de la sociedad y necesitan una educación y dedicación por parte de los adultos mucho más intensas. No podemos dejarnos llevar por ideologías superficiales donde se nos quiere convencer de que la educación mejor es la de abandonar al niño a sus propias opciones o decisiones inmaduras. Muy al contrario, éste necesita un guía y una orientación para que, madurando en edad, sepa dar respuestas auténticas y justas. La labor que se hace con un niño, desde su más tierna edad, es de importancia capital. Todo lo que se pueda invertir en una educación sana y buena es de una riqueza incalculable de futuro.

Los tres pilares de la formación –humana, intelectual y espiritual– han de señalar todo el curriculum del niño y del adolescente. Si alguno de estos pilares falla, entonces es como querer sostener una mesa con dos patas. A medida que se avanza en la vida, o se avanza en valores o se debilitan a causa de los caprichos egoístas. La educación, si ha sido buena, produce unos frutos dulces y reconfortantes y, por el contrario, si ha sido débil y mediocre, los frutos, en el futuro, son amargos y de difícil recomposición.

No hay soluciones mágicas, la educación se forja con el espíritu de sacrificio y entrega por parte tanto del que enseña como por el que está en edad de aprendizaje. De ahí que se necesite una reflexión profunda y un compromiso social, familiar, político y religioso para llevar por el camino de la madurez humana, intelectual y espiritual a los niños y adolescentes que tenemos delante de nosotros.

Me duele en lo más profundo de mi alma cuando veo a niños que están dejados y abandonados en los brazos de unos medios de comunicación que transmiten mensajes absurdos, superficiales y de ínfima calidad. No es propio de una sociedad democrática aceptar todo lo que a ella viene y a ella se le ofrece puesto que su salud social será fruto de una educación integral sana y completa en aquellos que se forman para el futuro.

Me duele y me hiere en lo más profundo de mi corazón cuando se proponen caminos de libertad afirmando que “cada uno haga lo que quiera y desee”; la verdadera libertad es seguir el camino del bien evitando el mal, y para esto conviene educar. No hay ética segura o moral verdadera sin este principio. Es el principio de toda moral: “Hacer el bien y evitar el mal”.  Si no se forma integralmente al niño y al adolescente, podemos construir ‘robots mecanizados’, pero no ‘personas con dignidad’. Sin el sentido moral y ético, todo se mecaniza y el ser humano actúa por impulsos instintivos a los que les falta la racionalidad, la humanidad y la trascendencia.

Y me duele en lo más profundo de mi ser cuando se trata de ofrecer lo más fácil y más cómodo a los niños y nos olvidamos que construir y formar a una persona pasa por el sacrificio y la entrega generosa. Todo en la vida supone esfuerzo y trabajo; si no se comienza desde pequeños, lo más seguro será que de mayores resulte mucho más difícil.

La Iglesia sigue apostando por los niños y la razón es muy sencilla: los niños son la esperanza de la humanidad. A ellos nos debemos y a ellos hemos de atender para formar “hombres y mujeres de futuro”.


Revista Misioneros Tercer Milenio, marzo de 2005