La luz difumina la oscuridad


Mons. Francisco Pérez González
Director Nacional de OMP - España

 

 

Ante las diversas circunstancias que sufre y soporta el ser humano hay momentos que se requiere potenciar más la esperanza que la desesperación, más la alegría que la tristeza, más el amor que el odio y más la luz que la oscuridad. Por mucho que uno quiera desvanecer la oscuridad a base de puñetazos no lo conseguirá, pero si pone una vela, por muy pequeña que ésta sea, hará más que millones de fallidos manotazos.

Jesucristo nos lo recuerda cuando nos invita a “ser luz”. Él mismo mostró, con su vida, que el testimonio era más convincente que cualquier evasiva manifestación teórica. Más aún, llega a “entregar su vida” por los mismos que lo condenaron y, a pesar de que le invitaban a que enviara a todas las miríadas de ángeles, Él no sostuvo otra cosa sino la de amar sin defenderse. Era inocente y se le condena como si fuera un asesino; era Dios y pasa como el peor de los humanos; era omnipotente y se muestra débil y frágil.

Llegan momentos en la vida de los cristianos en que se ha de asumir la realidad poniendo con mayor intensidad en el centro de nuestra vida a Cristo y, desde Él, “dar testimonio” de amor, de fe y de esperanza. Los rostros tristes, las críticas (aunque sean justas) ácidas y pesimistas, las celebraciones anodinas y frías, las manifestaciones pesimistas y poco atrayentes... a lo único que llevan es a las desilusiones y al oscurantismo. ¡Es hora de levantarse y mirar hacia lo alto sin altivez y sin prepotencia! La propuesta cristiana es una propuesta de luz y la luz no hace ruido pero atrae. Si seguimos a la Luz que es Jesucristo, los demás se sentirán atraídos no por nosotros sino por Aquél a quien seguimos.

La purificación del corazón se realiza de muchas maneras y una de ellas son las tribulaciones que la vida conlleva. La mejor forma de madurar será asumir estos momentos con espíritu de mayor fe, y nunca harán daño si se intenta mantener viva la esperanza de los bienes eternos. Si como creyentes mostramos la Luz, ya no habrá razones para desmotivar la vida. Al contrario, se manifestará un estilo gozoso que hace posible amar la belleza de la vida, mirar más lo que nos une que lo que nos distancia y divide, y recorrer un camino con ilusión y profunda alegría. San Francisco de Asís llama la “perfecta alegría” a cuando con fe y espíritu fuerte se superan los momentos difíciles y atribulados; quien se deja dominar por ellos y se agacha vive en la perfecta tristeza.

Razones hay siempre para depreciar y devaluar lo que nos sucede en los momentos de crisis, dificultades y oscuridades, pero no es propio del cristiano vivir sin horizontes. Esperamos o desesperamos, ¿cuál de esas opciones escogemos? La esperanza es como la luz que nos conduce en la vida y ya pueden sobrevenir momentos oscuros que no desfalleceremos puesto que la luz siempre nos guía. En los momentos de aflicción y tribulación se requiere mayor disposición a lo positivo que a lo negativo, más cercanía de Dios que voluntarismos desgarrados. Por tanto, la luz difumina la oscuridad y esto no se demuestra sino que se ve.


Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2005