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Una sociedad que excesivamente se vanaglorie de la tolerancia ha de estar atenta puesto que el mal uso de la misma le puede arrastrar hacia la promiscuidad. Cuando se confunde tolerancia con permisividad se está cayendo en la absurda labor paternalista que provoca hastío y rechazo a la larga. Si “todo está permitido” sobran las leyes que la misma naturaleza alberga y las leyes justas que promocionan la auténtica dignidad humana. Dios no es aceptado porque estorba para vivir permisivamente. Este estilo de pensar lo único que hace es llevar a la mente, a la psicología y a las actitudes de la persona a realizarse de forma errónea porque su único punto de referencia es la reducción ínfima de la persona.
Cuando el sentido racional disminuye, se confunde con tolerancia porque no se tienen argumentos sólidos sobre los cuales construir el modo de vivir. No hay peor tiranía que la irracionalidad. El ser humano puede llegar a conducir su existencia con los meros impulsos y no con el sentido racional que le mueve como persona. Pensemos en los impulsos hedónicos o pansexuales que llevan a un nuevo estilo de esclavitud y, sin embargo, quienes los promueven afirman neciamente que son expresión de la libertad y de la tolerancia. Esta esclavitud produce una degeneración del mismo ser humano y, por ello, no se puede sostener que sea la mejor forma para vivir la libertad. Los frutos que producen tales formas de pensar son la violencia familiar, el desliz permisivo de relaciones alocadas donde la persona no es más que un objeto de placer y las corruptelas propias que llevan a ver lo bueno como malo y viceversa.
En un concepto sano de la razón no se puede declarar que la tolerancia, tal y como se plantea hoy en ciertos modos de pensamiento, es la expresión de una auténtica libertad o de un respeto verdadero a la persona sino más bien un “dejar pasar las cosas y los acontecimientos” sin implicarse en discernir adónde llega el bien y adónde llega el mal. Me aterra esta falta de sentido moral de la vida y, sin embargo, creo que debemos proponernos –tanto desde la Filosofía como desde la Teología y desde las instancias responsables de la sociedad– formar la conciencia de las personas y propiciar unos buenos caminos de orientación humana y cristiana a todos los niños, jóvenes y familias.
Ante los desafíos que la sociedad tiene delante, no podemos dejarnos llevar por lo fácil y por la cobardía del respeto humano. Si queremos forjar una sociedad sana de futuro, uno de los males que hemos de desechar de nuestros ambientes es la desidia que se está inculcando hacia todo lo que signifique “promoción de sanas costumbres”. Una humanidad falta de sentido moral de la vida es una sociedad que pagará altos costes de convivencia verdadera, puesto que será una degeneración tal que el mismo ser humano no se reconocerá por lo que es sino por lo que gana económicamente, come y goza. No olvidemos que el ser humano es la perla más preciosa de la creación y, en definitiva, es la “niña de los ojos” de Dios.
Revista Misioneros Tercer Milenio, febrero de 2007
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