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Recuerdo siempre con gran gozo lo que me enseñaron desde pequeño en mi familia y en mi pueblo: los seres humanos necesitamos vivir en compañía del amor, la paz y el perdón. No eran muy entendidos en letras mis padres y mis vecinos, pero este lema he querido siempre llevarlo bien cobijado en mi corazón. Ciertamente que muchas veces no lo he cumplido con precisión, y con harto dolor pido perdón; si no lo he cumplido es por falta de nobleza interior y por juzgar a los demás según los baremos de una mentalidad y racionalidad recortadas. Comprendo que no hay mejor ofrenda que el vivir al estilo de Cristo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis como yo os he amado”. No hay ley más grande que ésta, de tal forma que Cristo la convierte en la “ley nueva”, es decir, que sirva para todos los tiempos.
Con los sentimientos de los demás no se puede “jugar”, pero sí que se puede “conjugar” cuando el amor, la paz y el perdón forman una cadena de relaciones auténticas y armoniosas. Los santos nos muestran este rostro amable de Cristo; por ellos mismos no lo pueden hacer si no han sido traspasados por el fuego amoroso de Dios. Necesitamos poner en acto el siempre nuevo modo de vivir. Se ha de ir pasando de una santidad individual a una santidad colectiva, porque el único que resplandecerá será Cristo, que ha prometido vivir siempre en medio de los suyos. Cuando aquel monje, padre abad, estaba turbado y preocupado porque en el monasterio las cosas no iban bien, alguien le dijo: “Tenéis al Mesías disfrazado y no le habéis reconocido”. Pusieron en acto el amor, la paz y el perdón, y aquella comunidad comenzó a resplandecer de alegría, de solidaridad y de fraternidad sincera. En ella brillaba una Luz que nadie podía eliminar a no ser que la oscuridad del individualismo y del egoísmo la marginara.
Si marginamos el amor, la paz y el perdón, estamos dejando de lado a Dios, y la razón es muy sencilla, porque nada se asemeja a Él como la belleza, la armonía y la bondad. Emanan de Él como si de un sol emanaran los rayos de luz y calor. Los santos son un reflejo vivo y una expresión fehaciente de este estilo de vida que luce sin lucirse; es decir, no se exponen a sí mismos, sino que muestran al que les ha atraído hacia sí, a Cristo, la única Luz del mundo. El día 28 del pasado mes de octubre fueron beatificados cuatrocientos noventa y ocho mártires españoles. Lo único que vivieron fue –desde la fe– estas tres manifestaciones; ofrecieron su vida perdonando, amando y con la paz en sus rostros.
Revista Misioneros Tercer Milenio, noviembre de 2007
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