Me alegra que este año nos fijemos en Asia, y la razón fundamental es porque este continente tiene la tierra bien abonada para que la semilla del Evangelio crezca en el futuro con mucha fuerza. Aún recuerdo con mucho afecto las palabras que el Papa Juan Pablo II nos dijo en una ocasión a un buen grupo de obispos de todo el mundo: “Asia es el continente que debemos cuidar en estos momentos, porque la Palabra de Dios crecerá mucho en el corazón de los asiáticos. No debemos perder de vista a China. Ayudemos a este gran país y trabajemos para ser solidarios con ellos”. La gran pena de este Papa fue que no pudo visitar el “gigante asiático” por dificultades de forma y de fondo con el Gobierno de Pekín. Murió con este pesar.
Los pueblos asiáticos se sienten orgullosos de sus valores religiosos y culturales típicos. El amor al silencio y a la contemplación, por ejemplo. Hubo un tiempo que desde Europa se miraba a Asia como lugar de pacificación interior, y muchos jóvenes peregrinaban al continente con el fin de encontrar la solución para ser felices en sus vidas. Estaban cansados de la droga y del materialismo que se respiraba en sus propios ambientes. El yoga y otras técnicas asiáticas se han impuesto como forma de encuentro personal y realización de la personalidad. Sí, hay terreno abonado para que la semilla del Evangelio crezca en el alma de los asiáticos. Pensemos en Corea, donde la vida cristiana está creciendo a grandes pasos. Son momentos de gracia especial que Dios quiere manifestar a este continente, tan rico en tradiciones y culturas nobles.
La Iglesia quiere ofrecer la vida nueva que ha encontrado en Jesucristo a todos los pueblos de Asia, “que buscan la plenitud de la vida. Esta es la fe en Jesucristo que inspira la actividad evangelizadora de la Iglesia en Asia, a menudo realizada en circunstancias difíciles, e incluso peligrosas” (Juan Pablo II). No son otras las razones que ofrece la Iglesia a los asiáticos sino la de conocer y reconocer que Cristo libera y salva.
Me impresiona ver cómo los niños asiáticos coexisten y son tolerantes en medio de la diversidad. Queda mucho por conseguir, pero se está abriendo un nuevo mundo que se irá realizando al unísono y aportando al resto de la sociedad unos valores que en Occidente se han difuminado en la oscura noche cultural. Por tanto, los necesitamos para que nos muestren esa sabiduría moral y la intuición espiritual innata que son típicas del alma asiática.
Para ellos también podemos ser don y regalo –más allá de la técnica avanzada–, por el intercambio de experiencias místicas de fe testificada en nuestros santos. Lo que el materialismo ha propiciado en Occidente no tiene nada que ver con las experiencias de aquellos que han restaurado una sociedad con su ejemplo. Si nos necesitamos mutuamente, auguro que en la Jornada de Infancia Misionera crecerá el deseo y la práctica de anunciar juntos que Jesucristo es quien puede cambiar los corazones de todos, y, de esta manera, su Reino de paz, amor y fraternidad será visible.
Revista Misioneros Tercer Milenio, enero de 2009
|