De la Jornada Mundial de la Juventud a la Misión


D. Anastasio Gil García
Director Nacional de OMP - España

 

 

Estos días y semanas, ni siquiera meses, se está viviendo, en el seno de la Iglesia, un ajetreo especial. Bastante distinto al de años pasados por estas épocas y seguro, también, distinto al de veranos posteriores. Ya todo el mundo sabe qué significa JMJ. Desde esta Tribuna se vislumbra una trepidante actividad en quienes han asumido la tarea de ayudar voluntariamente en la preparación de esta Jornada, en quienes tienen la responsabilidad de llevar a buen puerto el proyecto iniciado, en quienes se debaten entre la opción de quedarse en Madrid –o venir– o poner tierra por medio. Hay quienes se resisten a aceptar que sea posible su celebración. ¡Es una verdadera movida! También se nota que los que están “de paso” miran de   reojo. ¡Algo está pasando!

Allá, en la otra orilla, en los ámbitos donde la fe es incipiente y apenas está consolidada también hay inquietud. La llamada del Papa a participar en estas jornadas es bastante irresistible, si viene arropada por la noticia de que cientos de miles de jóvenes procedentes del mundo se encaminan a Madrid. Algunos, acompañados por quienes les han acogido en la comunidad cristiana, están haciendo las maletas o la mochila para ponerse en camino y culminar un largo proceso de formación. Esperan y desean vivir la experiencia de que su fe se fortalezca en Jesucristo.

Esta hermosa realidad, que esperamos contar a la vuelta del verano en esta misma Tribuna, no es lo más importante de cuanto suceda en y con ocasión de la JMJ. Ella será un buen indicador de cuanto es y acontece en el interior del creyente, que no es poco. Pero la inmediatez del árbol no puede impedir descubrir la riqueza del bosque. Un pequeño cartel, editado en Obras Misionales Pontificias bajo la mancheta de Iglesia en Misión, nos lo desvela. Sobre un fondo anaranjado y perdidas en el espacio las palabras del lema de la Jornada, sobresale la gran respuesta: “De la JMJ a la misión” Cinco fotografías ilustran la escena y dan pistas para la reflexión.

El sentido y la finalidad de la JMJ es hacer ver a los jóvenes, a todos, que el encuentro con el Papa y con la Iglesia es reconocer las profundas raíces de la fe: ¡Arraigados en la fe!  “Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos”. (Benedicto XVI). Quien ha experimentado la seguridad en sus raíces y la certeza de su pertenencia se muestra ante los demás como el “árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto” (Jer 17, 7-8). Así es el misionero –el joven que ha vivido la JMJ– para la misión, sin programa ni estrategias; sin otra mediación que el testimonio de su existencia; sin otra mochila que la bocanada de oxígeno que le proporciona saber que sus raíces se hincan en la fe. Así, las fotografías mencionadas muestran al joven creyente, al joven testigo, sonriendo con un niño, en amistad con otros, levantando la Cruz de Cristo o mostrando ante el mundo el nombre del Salvador: ¡Jesús!


Revista Misioneros Tercer Milenio, verano de 2011