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Como trasfondo para mejor entender la misión que realizó San Francisco Javier en sus diez años en Asia (1542-1552), nos asomamos a tres de los varios estilos o métodos misioneros que aparecen en la evangelización de Asia en la época misma de Javier o en épocas próximas posteriores. En concreto, nos fijamos cómo se fue introduciendo el cristianismo en Tailandia, en China y en Corea, exponentes de tres estilos de misión que suelen caracterizarse como método de “conquista”, de “adaptación” y de “kenosis” o abajamiento. Y después de esta introducción nos preguntamos:
¿Cómo caracterizar la misión de Javier? Rasgos más relevantes
- Se entrega gozosa y apasionadamente a Cristo (Espiritualidad de los ejercicios ignacianos; con confianza plena en Dios y entrega total a su voluntad; desde la humildad)
- Se identifica con los pobres y los más abandonados (y denuncia los abusos y la inoperancia de los poderosos)
- Inaugura una cierta inculturación (No quiere “portuguesizar” a los que se hacen cristianos; quiere evangelizar siempre en sus propias lenguas; intenta “traducir” los conceptos clave del cristianismo...)
- No dialoga con las religiones, pero sí con personas de cualquier religión:
- 4.1 En cuanto a las religiones, las juzgó según la teología de su tiempo.
- 4.2 Tuvo interés creciente por conocer bien las religiones que encontró.
- 4.3 A las personas las amó y se hizo amar de ellas. Buscó e hizo buenos amigos.
- 4.4 Nunca forzó conversiones.
- 4.5 Si lo mejor del diálogo interreligioso es el compartir la experiencia de Dios, Javier fue y sigue siendo un buen ejemplo
- 4.6 Si, como subrayan los obispos de Asia, “sólo quienes viven en paz y gozo su propia fe” pueden dialogar con fruto, Javier es un gran ejemplo.
San Francisco Javier evangelizó en Asia desde Mayo de 1542 hasta su muerte en Sancián en Diciembre de 1552. Son los tiempos de una gran expansión (“conquista”) de Occidente (España y Portugal) por América, África y Asia. Era la primera vez que se anunciaba el evangelio a América, al África subsahariana y , prácticamente, también al continente asiático (Los maravillosos esfuerzos anteriores desde la Iglesia siria y desde el Occidente medieval se habían borrado sin apenas dejar huellas). La misión de San Francisco Javier va a enmarcarse en una época de grandes iniciativas misioneras y, para mejor entenderla, vamos a describir brevemente los rasgos de tres de esos “métodos” o maneras de hacer la misión en Asia y que vamos a llamar (siguiendo a algunos autores) método de “conquista”, de “adaptación” y de “kenosis”. Luego nos preguntaremos cuáles son los rasgos de la evangelización que hace Javier y hasta qué punto encaja o no dentro de esos métodos. Y a través de esa comparación iremos descubriendo qué rasgos son más relevantes para nuestra misión de hoy.
TRES MÉTODOS MISIONEROS EN LA EVANGELIZACIÓN DE ASIA
Método de “conquista”. Veámoslo en el caso de Tailandia. El portugués Alburquerque había entrado en Malaca en 1511. A cambio de escopetas y munición para el rey de Tailandia (Siam), consiguió asentarse en ese y otros puertos. Desde entonces se inicia una colonia portuguesa en la capital, Ayuttaya, de este reino budista en guerras frecuentes con su vecino Burma. Y con los portugueses entran sacerdotes y religiosos misioneros. Los primeros dominicos entraron en 1555: aprendieron la lengua, bautizaron a unos cientos de personas, fundaron tres parroquias y...murieron casi todos asesinados a manos del grupo de musulmanes con quienes chocaron en la capital. Luego, en 1585, llegaron ocho franciscanos y lograron la admiración de los budistas por su dedicación a enfermos y niños abandonados. Pero la traición al rey de un “embajador” portugués los hizo sospechosos...Son los tiempos del “Patronato”: son los reyes de Portugal o España quienes han recibido del Papa la obligación de evangelizar los nuevos territorios. Para eso controlan con gran celo los cargos eclesiásticos de las colonias y hasta su correspondencia con Roma. Son tiempos en que nadie duda de la superioridad de Europa. Los misioneros transportan con toda naturalidad el cristianismo que se vive en Europa, sus catecismos, su liturgia y pensamiento teológico. Descalifican sin más las religiones que encuentran como idolatrías o supersticiones, cuando no las abordan agresivamente. Piensan que deben partir de cero. Se sienten enviados a bautizar a todos para ayudarles a entrar en el camino de la salvación. Viajan los misioneros en los mismos barcos que los soldados y comerciantes del Imperio, aunque sus intereses son muy diferentes y lo saben. Los gentiles convertidos al Cristianismo serán considerados como desarraigados de sus pueblos y culturas, “portuguesizados” o “españolizados”. Aún así no faltarán misioneros empeñados en aprender las lenguas nativas y adaptarse en lo posible a las culturas indígenas, así como en desmarcarse de los intereses de las coronas reales y escapar a su control inspirándose en el evangelio de Jesús.
Método de adaptación. Estudiémoslo en el célebre caso de China. En 1552 moría Javier en Sancián queriendo entrar en China. Y otros muchos lo intentaron en vano después de él. Pero China parecía un sueño imposible. Sólo hacia el año 1585 lograrán entrar los dos primeros misioneros: Mateo Ricci y Ruggieri. Y es que a China no se podía entrar de cualquier manera. Lo entendió bien el Provincial jesuita A. Valignano (1539-1606): en China florecía una rica cultura, próspera, de grandes avances en ciencias y artes, satisfecha de haber conseguido la civilización más perfecta de la tierra (están culminando la construcción de la Gran Muralla), con un gobierno fuerte y complejo (dinastía Ming: 1368-1644) que controlaba y unificaba todo...Valignano lo tenía claro: a esta China sólo se podía entrar con visado legal, sin ningún ánimo de criticar ni portuguesizar, con deseos de conocer bien su lengua y su cultura para, desde dentro, transformarla. Y así entró y lo vivió de maravilla un misionero, Mateo Ricci (15 -1610), que es admirado y respetado incluso por los chinos de hoy. Ricci y su compañero (y sus seguidores jesuitas) aprenden bien la lengua, se presentan con regalos pidiendo permiso para residir y enseñar, visten como los letrados más respetables, estudian a fondo los clásicos confucianos y se convencen de que el Confucianismo primitivo es una expresión casi perfecta de la “ley natural” y que el Cristianismo venía a ser su culminación. Piensan que la cultura china había preservado la revelación primitiva de un Dios único...No era fácil hacerse oir ni introducir nuevas ideas en el estructurado ambiente intelectual de aquella China dominada por la “Escuela Neoconfuciana Sung”. No había más opción que abrirse a ese mundo cultural, sumergirse en él y ofrecer con humildad desde ahí su nueva visión cristiana, en su lengua y usando, a ser posible, sus mismas palabras y símbolos. No era cosa de hacer “tabla rasa” del confucianismo a la hora de presentar la religión cristiana. Se trataba más bien de adaptar el Cristianismo al lenguaje y a la cultura de los chinos preservando todo aquello que no se oponía al mensaje cristiano. Era un método misionero nuevo. Pero visto desde hoy, se quedó corto: no llegó a ver la cultura china como lugar de la presencia de Dios ni puso su ilusión en ofrecer el evangelio como buena noticia para los pobres. Aún así, el evangelio que ofreció (con la pluma más que con predicaciones) ejerció un gran influjo y transformó la vida de millones de chinos acercándola a la de Jesús.
Método de “kenosis”. Lo vemos realizado en la introducción del Cristianismo en Corea. Los libros escritos en chino por Ricci y otros jesuitas fueron entrando en Corea desde, al menos, 1614 a través de las embajadas coreanas que cada año acudían a Pekín a pagar impuestos a cambio de una buena vecindad entre los dos países. Pero sólo mucho más tarde se convertirían en levadura de la sociedad coreana. Y no estaba permitida la entrada a ningún misionero cristiano. Sabemos que en 1777 se reunían grupos de intelectuales coreanos y se pasaban días discutiendo apasionadamente sobre los cielos, el mundo, los fundamentos para una sociedad justa, la inmortalidad, el sufrimiento...La sociedad coreana, en esta etapa final de la dinastía Yi (1392-1886), vivía un fuerte malestar social, con las masas empobrecidas y unas estructuras sociales anquilosadas. La religión neo-confuciana del país se había vuelto ritualista, formalista y vacía. El grupo de intelectuales, que va disponiendo de bastantes libros para conocer mejor el Cristianismo, empieza a pensar que el “camino cristiano” da respuestas a muchas cuestiones no respondidas por la filosofía neo-confuciana. Y algunos de ellos cambian su vida con arreglo al evangelio. Uno de ellos, Yi Byeok (1752-1785) merece mención especial. A un amigo suyo que, en el invierno de 1783 iba a formar parte de la embajada coreana a Pekín, le animó a contactar con algún misionero e incluso a bautizarse. Después de tres meses su amigo volvió bautizado. Y Yi Byeok meditó, creyó y se sintió enviado a anunciar el evangelio como misionero itinerante. Muchos le siguieron y otros comenzaron a contradecirle. Dos ministros del gobierno, uno tras otro, trataron de convencerle y ...quedaron ellos convencidos. Se bautizó luego con otros muchos, formaron una comunidad en la que “todos los seres humanos eran iguales, creados por el mismo Dios”, se enfrentaron a la postración que sufría la mujer y a la discriminación de los descastados, se reunían cada Domingo a escuchar las Escrituras y la homilía (con la cara del predicador cubierta a estilo confuciano, para que los oyentes no se fijasen en él sino en el mensaje)...Hasta que un día de 1785 irrumpió en su reunión la policía, arrestaron al dueño de la casa y, mediante un edicto del rey contra los cristianos, comenzó una persecución implacable que no pudo evitar la propagación del Cristianismo. Estos cristianos coreanos no trataban de imponer una religión nueva ni de descalificar la que tenían. Pero desde el encuentro con Cristo y su evangelio cambiaron sus vidas, se despojaron (“kenosis”: Fil 2,6-8) de su rango y se entregaron a curar los sufrimientos de la sociedad. Y todo ello sin misioneros de fuera, sin sacerdotes ni obispos.
RASGOS MÁS RELEVANTES DE LA MISIÓN DE JAVIER
¿Cómo caracterizar la misión de Javier? Con el trasfondo de los tres métodos misioneros apuntados ¿en cuál de ellos encaja el “método” y estilo de la misión que hace Javier? Diríase que, por las fechas de su misión en Asia, Javier debe entrar de lleno en el método que hemos llamado de “conquista”. Y ciertamente algunos rasgos de su pensamiento misionero ( su manera, al menos inicial, de juzgar a las religiones no cristianas, su convicción de que nadie podía salvarse sin el bautismo, su encuadramiento en el “Padroado” portugués, etc. ) así lo indicarían. Pero a la vez Javier vive rasgos fundamentales de la misión cristiana de todos los tiempos con tal pasión y luminosidad que desborda los encuadramientos y se nos presenta, en sus rasgos más relevantes, como misionero admirable también para nuestro tiempo. En cuatro puntos vamos a resumir esos rasgos más destacados de la espiritualidad de Javier.
1. Se entrega gozosa y apasionadamente a Cristo. Este rasgo, común a todo misionero, reviste en Javier quilates impresionantes de fidelidad en el seguimiento de Jesús y de confianza ilimitada, casi temeraria, en Dios Padre. La espiritualidad que Javier bebió en los Ejercicios Espirituales que hizo por vez primera, bajo la guía de Ignacio, en 1534 aparece a menudo en sus cartas y más aún en su vida. De esa experiencia de los Ejercicios, de ese encuentro con Cristo, se deriva directamente la motivación radical de Javier. El impacto de los Ejercicios le llevó a cambiar, en un giro verdaderamente copernicano, toda su escala de valores. La fuente es el descubrimiento de Jesús de Nazaret y el apasionamiento por él. Javier experimentó los Ejercicios con tal intensidad que fueron su motor inagotable durante toda su vida. De ahí su dedicación a la oración, su entrega a la imitación de Jesús pobre... Seguro que no se cansa Javier de “ver a Cristo nuestro Señor, Rey eterno, y delante de él a todo el universo mundo, el cual y a cada uno en particular llama y dice: mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos. Por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo; porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”. Y no nos cuesta ningún trabajo imaginar a Javier, en sus largos ratos de oración, responder a ese Rey con aquellas palabras de los Ejercicios: “Señor de todas las cosas...Yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza...”.
La confianza en Dios que vive Javier nos asombra y se traduce en valentía, alegría y disponibilidad total a la voluntad divina. En Mozambique estaba, camino de Goa, cuando escribe a sus compañeros de Roma confesándoles que lo que más le hace confiar en Dios es el saber que todas las cosas necesarias para el oficio de manifestar la fe en Jesucristo vemos que nos faltan. Y contando los enormes peligros entre guerras y venenos que pasó en las islas del Moro, les escribe el 20 de Enero de 1548: Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas consolaciones espirituales como en estas islas...Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios. Y en la misma carta, contando la tormenta de tres días y tres noches que pasaron en el mar, les confía: Muchos fueron los que lloraron en vida sus muertes...Estando en la mayor fuerza de la tormenta, me encomendé a Dios nuestro Señor...y hálleme tan consolado que rogaba a Dios que, si de ésta me librase, no fuese sino para entrar en otras tan grandes o mayores que fuesen de mayor servicio suyo. Como confiesa desde Sancián pocos días antes de su muerte, sólo un peligro teme Javier: el peligro primero es dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios...Mucho mejor es ser cautivo (en el cepo de Cantón) por solo el amor de Dios que libres por huir de los trabajos de la cruz.
2. Se identifica con los pobres y los más abandonados. Es un rasgo de toda auténtica evangelización y aparecía especialmente en el método, antes citado, de “kenosis”. Desde su opción por cristo Javier se entrega, venciendo resistencias de su naturaleza, al servicio de los enfermos y los pobres. Por ellos se desvive en el barco que le lleva de Lisboa a Goa y lo mismo hará hasta el fin de su vida. Javier, que llega a Goa como nuncio del Papa, va derecho a aposentarse en el hospital y enseguida va a la cárcel a visitar unos presos que difícilmente esperarían ya ningún signo amistoso de nadie y va los domingos a decir misa a los enfermos del mal de San Lázaro (Carta del 20 de Septiembre de 1542 a sus compañeros de Roma). En su primera gran correría apostólica por las costas del sur de la India, una de sus grandes ocupaciones es ayudar a los enfermos y defender a los pobres contra los abusos de los poderosos (Véanse las 26 breves cartas escritas por Javier a Francisco Mansilhas a lo largo de 1544). Y lo mismo hace en Malaca y en las islas de Indonesia...
En esa defensa de los pobres llega Javier a levantar su voz ante el mismo rey de Portugal Juan III con acentos que nos evocan a profetas de otros tiempos y lugares. Así, ya en carta del 20 de Enero de 1545 denuncia Javier ante el rey las muchas injurias y graves vejámenes que (los cristianos pobres) reciben principalmente de los ministros de Vuestra Alteza y le ruega que aplique justas penas a sus ministros negligentes, porque de la India se elevan al cielo voces de queja porque Vuestra Alteza se muestra avaro con ella. Tres años después y viendo Javier que los gobernadores portugueses en la India son todos unos ladrones, le pide al rey severos castigos para tales gobernadores y añade: Y porque no tengo esperanza que esto se ha de hacer, casi me pesa el haberlo escrito (Carta al rey fechada el 20 de Enero de 1548). Ese desengaño es una de las causas que le empujan a ir al Japón, como cuenta a Ignacio en carta del 12 de Enero de 1549. Y unos días después, el 26 de enero, escribe al rey Juan III: La experiencia me dice que Vuestra Alteza no es poderoso en la India para acrecentar la fe en Cristo y es poderoso para llevar y poseer todas las riquezas temporales de la India...Ninguna esperanza tengo de que se han de cumplir en la India mandatos ni provisiones...y por eso casi voy huyendo para Japón, por no perder más tiempo del pasado. Y termina Javier la carta al rey con esta durísima advertencia: Cosa nueva será, y que nunca por Vuestra Alteza pasó, verse despojado, a la hora de su muerte, de sus reinos y señoríos, y entrar en otros, donde le ha de ser cosa nueva ser mandado y, lo que Dios no quiera, fuera del paraíso.
El apasionamiento por Jesús le lleva a Javier a la opción radical: el seguimiento en vida pobre y en servicio preferente a los pobres. Imitar a Jesús significa, antes que nada, ser pobre como él. Trabajar por el Reino como Jesús es evangelizar desde la pobreza absoluta y dedicándose preferentemente a los más pobres. Desde luego esta actitud no tiene por qué ser un esfuerzo ascético doloroso. Y en el caso de Javier una experiencia feliz: no se cambia por nadie.
3. Javier inaugura una cierta inculturación. Hay otro rasgo en la misión de Javier que lo aleja no poco de los estereotipos de la misión de “conquista”. Es su esfuerzo por entrar en contacto de amistad con la gente, en hablar y hacerse entender siempre en las lenguas nativas, en ser uno más en los modos de comer, vivir y relacionarse con todos. Es su particular empeño de “inculturación” cuando esta palabra estaba lejos de ser acuñada. Es lo contrario de la tendencia, típica en tiempos del “Padroado”, de hacer cristianos desarraigados de su entorno. Y todo, claro está, en aras de una mejor evangelización. En la India de los años de Javier había una palabra “prangui” que servía para designar a los cristianos, fueran nativos o portugueses, ya que en el ambiente del “Padroado” hacerse cristiano equivalía a hacerse portugués. Pero a los cristianos bautizados por Javier no se les podrá aplicar con verdad ese término. Tiene un empeño casi obsesivo en que, dondequiera que sea, el mensaje evangélico llegue a la gente en su propia lengua y para ello, incapaz como se siente de llegar a dominar las muchas lenguas que tropieza en sus correrías, tiene buen cuidado en escoger los mejores intérpretes posibles que traduzcan y, a poder ser, escriban el “catecismo”, las oraciones, los mandamientos o el credo cristiano.
Sus diez años de contactos con tantas gentes y lenguas diversas están llenos de testimonios de cómo se emplea en hacer traducciones, en ponerles música y cantarlas, en corregirlas, en sufrir cuando no tiene intérprete o las traducciones están mal hechas...Capítulo aparte merece la ilusión y sufrimientos de Javier con la lengua japonesa. Desde mucho antes de llegar al Japón , estando aún en la India, acarició Javier la idea de, con la ayuda del japonés Anjiro, traducir toda la doctrina cristiana en lengua de Japón...Pero este Javier animoso, confiado en poder traducirlo todo, tuvo que tragar saliva cuando constató , después de meses en Japón, que las gentes se le reían porque a Dios le llamaba “Dainichi”, como los budistas de la secta Shingon; y volvió a sufrir cuando empezó a llamar a Dios con el nombre latino “Deus”, algo que a los japoneses les sonaba como “daiusu”, es decir, una gran mentira (Carta del 29 de Enero de 1552 a sus compañeros de Europa). Y en esa misma fecha escribe Javier a Ignacio desde Cochín (India), contando su aventura de dos años y tres meses en tierras de Japón: Hicimos en lengua de Japón un libro que trataba de la creación del mundo y de todos los misterios de la vida de Cristo; y después este mismo libro lo escribimos en letra de la China, para cuando a la China fuere, para darme a entender hasta saber habla china.
4. El particular “diálogo interreligioso” que vivió Javier. Aleccionados por el Concilio Vaticano II no entendemos ya la misión cristiana sin, al menos, un respeto y aprecio sinceros por las otras religiones, por todo lo bueno y verdadero que el Espíritu ha sembrado y hace fructificar en ellas. Esto nos transporta a un mundo muy diferente del que vivió Javier. Por supuesto, ni Javier ni nadie en su tiempo hablaba de “diálogo interreligioso”. Pero hoy no podemos entender nuestra misión cristiana sin apelar a ese talante humilde y respetuoso, de amor abierto a todos, de deseos de aprender y compartir lo mejor que llevamos dentro sin imposiciones ni posturas de superioridad. Y entonces descubrimos en el alma y en el hacer de Javier, junto a concepciones de su tiempo que con razón descartamos, ejemplos admirables que nos estimulan y nos llevan al corazón del “diálogo interreligioso”. Y es que lo importante en este diálogo es el encuentro de los creyentes de las diversas religiones, no precisamente de las religiones. Las religiones son sistemas, abstracciones, textos, doctrinas...Pero sólo las personas pueden dialogar, pueden intercambiar experiencias profundas, deseos, preocupaciones. En todo eso es donde realmente nos encontramos unos con otros, nos cuestionamos y enriquecemos. Y en este punto Javier es un experto.
4.1 Javier juzgó a las religiones según la teología de su tiempo. No podía hacerlo de otra manera. Siguiendo a sus maestros de la Sorbona y desconocedor, como ellos, de las religiones que iba a encontrar en Oriente, proyecta sobre esas religiones la idea europea de paganismo greco-latino y atribuye a hindúes, musulmanes y budistas el apelativo de “gentiles”. Aparece en sus cartas, de principio a fin, una descalificación global de todas las religiones que va encontrando en su camino y las llama “errores”, “idolatrías”, “supersticiones” , “engaños del demonio”, etc. La teología que estudió en París le enseñó la interpretación intransigente del Concilio de Florencia (1442) de la antigua afirmación de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, así como la necesidad ineludible del bautismo para salvarse (Por las islas Molucas andaba misionando Javier cuando el Concilio de Trento enseñaba, en 1547, la posibilidad de salvarse mediante el “bautismo de deseo”, algo que hubiera aliviado no poco la angustia de Javier ante la condenación de tantas gentes, pero que nunca llegó a sus oídos). Este tema de la condenación eterna de los que mueren sin conocimiento de Cristo y sin bautismo debió resultar particularmente angustioso para Javier. Algunos, como J. López Gay (art. c., p. 48-49) salen en defensa de Javier afirmando que “no podemos creer que la visión de Javier sobre la salvación de los gentiles era pesimista sin remedio y que habría que estudiarla a la luz de otros textos, tales como el que afirma que Dios no niega su gracia salvífica a quien hace lo que está de su parte...”, pero no aporta pruebas de que Javier acudiese a tal principio. Otro jesuita, José E. Ruiz de Galarreta, hace notar que la respuesta de Javier a los cristianos japoneses desconsolados por la suerte de sus antepasados, no resuelva la cuestión, porque para Javier la gente no se salva por cumplir la ley natural (o. c., p. 241-245). Y X. Léon-Dufour (o. c. p. 12) matiza: “Francisco Javier dice muy bien que los japoneses han conocido la ley natural, pero considera que están condenados a la perdición si no se bautizan. No les reconoce el camino de salvación que, sin embargo, les abría San Pablo en Rom. 2,12-16.
Particularmente negativas son las calificaciones que emplea Javier al principio de su apostolado para condenar las idolatrías de los gentiles...sumergidos en oscuras tinieblas de inmundicias de gravísimos crímenes, que ofenden continuamente a su Criador y ellos mismos precipitan miserablemente sus almas en la muerte eterna (Cartas desde Cochín el 15 de Enero de 1544 y el 20 de Enero de 1545). No hace falta multiplicar aquí citas en este mismo sentido. Aunque también en este punto se han alzado voces, como la de Fernando Sebastián (art. c., p. 72), reivindicando lo certero de su afán por llevar a todos al conocimiento del Dios Creador y Redentor, queda en pie el resumen de Peter-Hans Kolvenbach sobre estos puntos: “En esto, tenemos que distanciarnos de Javier. Él estaba imbuido de la necesidad de salvar al Asia de la condenación. Ante la perspectiva de la perdición de tantas gentes, le invadía la angustia. Si no hubiera creído en la amenaza de infierno que pesaba sobre tantos gentiles, probablemente se hubiera quedado en Europa. En su mentalidad, la evangelización era algo necesario, porque sin bautismo no era posible la salvación” (art. c., p. 717).
4.2 Pero Javier muestra interés creciente por conocer las religiones que encuentra. Incluso en esta visión tan negativa de Javier sobre las religiones de moros y gentiles y sobre sus posibilidades de salvación, hay que introducir matices. Será en Japón donde aparezca más claro, pero incluso en la India y en Indonesia aparece ya el interés de Javier por escuchar, aprender y entender las religiones que va encontrando en sus muchos caminos. No parece haberse encontrado Javier en la India con auténticos brahmanes que hubieran podido introducirle en el Hinduismo. Los que llegó a conocer en las costas del sur de la India no le merecieron gran admiración (Carta del 15 de Enero de 1544 a sus compañeros de Roma). Desde Malaca, en 1546, se interesa por la religión de los “macasares” : no tienen casas de ídolos. Y estando en Maluco en 1546 averigua que los moros de aquellas partes no tienen doctrina de la secta de Mahoma, carecen de alfaquis y los que lo son saben muy poco y son casi todos extranjeros. Pero es en Japón y sus religiones donde se vuelca el interés de Javier. Mucho antes de embarcar hacia allá va recogiendo información: sobre la secta Zen, sobre su curiosidad por saber, sobre cómo son gentes que se rigen por la razón...Y desde que llega a Kagoshima (15 de Agosto de 1549) no deja de indagar sobre todas las enseñanzas religiosas que encuentra y todo lo cuenta ampliamente a sus amigos de Goa (Carta del 5 de Noviembre de 1549). Y al final de los dos largos años de su fascinante misión en Japón, pudo Javier enviar a sus compañeros de Europa una detallada descripción de las diferentes sectas budistas y de la vida religiosa de los japoneses (Carta del 29 de Enero de 1552). Tan es así que, para J. López Gay (o. c., p. 33), “la actitud de Javier era la auténtica de un misionero que dialoga, siempre con la intención de traer a las gentes en conocimiento de su criador, redentor y salvador Jesucristo Nuestro Señor” Y concluye: “Javier no se detuvo en un diálogo para conocer el budismo. Siempre quiso atraer a todos a la fe cristiana...Es lo propio del siglo XVI. No podemos extrañarnos del vocabulario y de la visión de Javier ante el budismo. Pero los datos objetivos, tan ricos, del encuentro de Javier con el budismo japonés se adelantan a su época y nos hacen descubrir la figura admirable del Javier misionero”. En algún aspecto de esta visión concuerda otro jesuita, el japonés Shinzo Kawamura (art. c., p. 123), cuando afirma que “en las primeras etapas del trabajo misionero de los jesuitas en Japón no ocurrieron los actos destructivos” que hicieron imposible lo que entendemos por “diálogo interreligioso”. Anotemos, pues, como datos positivos del estilo misionero de Javier, su deseo de conocer a los otros y la ausencia de toda coacción externa o violenta para convertirlos. Todo se hace a través de conversaciones y discusiones razonadas, intentando convencer.
4.3 Javier amó cordialmente a las personas y se hizo amar de ellas. Es un gran secreto de todo diálogo. En sus cartas a otros compañeros o futuros misioneros no se cansa Javier de insistir en lo decisivo e insustituible que es para un misionero amar y hacerse amar de la gente: Ruegos mucho que con esa gente...os hayáis con mucho amor; porque si el pueblo os ama y está bien con vos, mucho servicio haréis a Dios...Tratad siempre con mucho amor con esa gente y haced obra en que de ellos seáis amado...Haceos amar de la gente, porque siendo de ellos amados, haréis mucho más fruto que siendo de ellos aborrecidos...Conversaréis con todos con rostro alegre, no avergonzado ni severo...Sed afable y benigno y las reprensiones, en particular, sean con amor y gracia...Sobre todo os encomiendo que os hagáis amar de todos, lo que será bien fácil viendo en vosotros mucha humildad...Hizo muchas amistades Javier entre portugueses, pero también entre gentes de otras religiones. Particularmente contento se muestra Javier con la amistad que entabló en Kagoshima con el bonzo budista Ninjitsu: Es este Ninjitsu tanto mi amigo que es maravilla. Y con él tuvo muchas pláticas sobre si nuestra alma es inmortal o si muere juntamente con el cuerpo, sin que llegaran a un acuerdo. Y ¿cómo no recordar a otro gran amigo de Javier, Lorenzo Ryosai, al que después de muchas conversaciones, bautizó Javier en Yamaguchi en 1551, un hombre casi ciego, de inteligencia brillante, que se ganaba la vida como trovador ambulante y que se hizo Hermano jesuita y apóstol itinerante?
4.4 Nunca forzó conversiones. Es evidente que todo el afán de Javier es anunciar a Cristo a quienes no le conocen y a eso van dirigidos todos sus esfuerzos. Pero es cierto igualmente que, cuando las circunstancias lo exigen, sabe también proclamar a Cristo desde el silencio y la impotencia, sabe aceptar con humildad los numerosos fracasos que experimentó en su apostolado y sabe apreciar el respeto a la conciencia, sin forzar nunca conversiones a la fe cristiana.
Cuenta Javier a Ignacio en carta del 28 de Octubre de 1542 que, recorriendo la región de Tuticorín, llegó a un lugar de gentiles y les requirió a que se convirtieran, pero desistió porque ellos me respondieron que sin licencia del señor del lugar, que no osarían hacerse cristianos. A su colaborador Francisco Mansilhas le escribe año y medio más tarde exhortándole a tener paciencia porque Dios mismo, a quien tantas ofensas hacen, no los mata ni les deja desamparados de todo lo necesario para su mantenimiento...Y si no acabáis con ellos todo lo que queréis, contentaos con lo que podáis, que así hago yo. Ante los fracasos en su apostolado, cuando no puede conseguir lo que quiere, Javier reacciona con humildad. Después de mucho hablar con un moro en Milinde, él quedó con un parecer, yo con otro. Y entre los brahmanes de la India, tras muchos intentos, sólo un brahmán hice cristiano. Ni pudo tampoco convertir al rey moro de Maluco: Este rey me mostraba muchas amistades...Quería que yo le amase con esta tacha de moro, diciéndome que cristianos y moros teníamos un Dios común y que en algún tiempo todos seríamos unos. Holgaba mucho cuando lo visitaba. Nunca pude acabar con él que fuese cristiano (Carta a sus compañeros de Roma, del 20 de Enero de 1548). Admirado quedó Javier de cómo los japoneses mostraban tal respeto a la conciencia en materia de religión. Ya en Kagoshima observó cómo los compatriotas de Anjiro no extrañaron ninguna cosa Paulo Anjiro hacerse cristiano, mas antes lo tienen en mucho y huelgan todos con él. Y al final de su experiencia del Japón , en la carta del 20 de Enero de 1552 a sus compañeros de Europa, Javier vuelve admirado sobre este punto: Hay entre los japoneses nueve maneras de doctrinas diferentes...Cada uno, según su voluntad, escoge la doctrina que quiere y a ninguno fuerzan que sea más de una secta que de otra; de manera que hay casas en que el marido es de una secta y la mujer de otra y los hijos de otra; y esto no se extraña entre ellos, porque cada uno escoge de su voluntad.
4.5 Si lo mejor del diálogo interreligioso es compartir la experiencia de Dios desde la paz y el gozo de la propia fe, Javier fue y sigue siendo un buen ejemplo. El Asia que conoció Javier, entonces y ahora, es especialmente sensible a este punto. Asia ha sido y es tierra de espiritualidad, de ascetismo y contemplación. Por eso los místicos son especialmente valorados y acogidos en el ambiente espiritual de Asia. Si después de quinientos años el influjo de Javier en la India y otras partes, desde el relicario de sus restos en Goa, sigue vibrante en la vida de cristianos y no cristianos y si las semillas que él sembró siguen fecundas, se debe a que todos le vieron y siguen viéndole como a una persona santa, entregada a Dios apasionadamente y no a otros intereses, y por eso identificado con los pobres y entregado a su servicio.
Sólo quien vive con autenticidad la experiencia de Dios en su vida puede esperar un encuentro fecundo con otros creyentes deseosos también de compartir su propia fe. ¿No va por ahí el futuro más esperanzador del diálogo interreligioso? Este es seguramente el campo privilegiado del diálogo: es un diálogo de vida, cuestionante, provechoso, en el que se comparte lo más precioso que uno lleva en su interior. Y los verdaderos obstáculos del diálogo no provienen precisamente de las convicciones de fe de cada uno sino de actitudes de superioridad, arrogancia o falta de respeto. Por eso Javier, desde la autenticidad de su fe y de su amor a la gente, entra hoy mismo en ese diálogo como una palabra fuerte, amistosa y fecunda, por encima de sus inevitables tributos al pensamiento europeo de su época.
Entramos aquí en un punto crucial para la misión actual de la Iglesia. En tiempos de Javier podía pensarse que el encuentro con otras culturas o religiones era cosa de tierras lejanas. Hoy es tema nuestro, de todos los cristianos, en todas las situaciones. Y desde el Concilio Vaticano II tenemos los católicos unos fundamentos firmes para una actitud de respeto, aprecio y reconocimiento hacia todo lo que hay de verdadero y santo en otras religiones. La Conferencia Episcopal Española, en su “Plan Pastoral para 2006-2010” le dedica a este “diálogo interreligioso” todo el nº 37 y algunas conclusiones. La Alemana lo abordó hace casi dos años en un hermoso documento dedicado a “La misión de la Iglesia Universal” y le dedicó abundante tratamiento. Con el ejemplo de Javier, aleccionador en muchos puntos y deudor de su tiempo en otros, quedamos todos urgidos a poner a punto nuestros criterios y actitudes hacia otros creyentes y hacia los no creyentes. Estamos todos invitados a un “diálogo”: Lo que destruye el diálogo es la falta de respeto a las personas, a su dignidad humana, a su libertad para creer o no creer. También lo destruye o lo hace prácticamente imposible la convicción propia de no tener nada que aprender de los demás. Pero no lo destruye sino que lo anima y lo exige la convicción de haber recibido y poder ofrecer un mensaje de validez universal ofrecido en pleno respeto a la libertad humana y abierto a los valores y a la verdad del otro. Visto desde la práctica de San Francisco Javier y completado con la práctica actual de multitud de misioneros, el diálogo interreligioso viene a ser el deseo sincero de compartir con otros lo más valioso que yo llevo dentro: mi fe; y en el deseo igualmente sincero de escuchar y aprender lo más valioso que los otros viven y quieren compartir de su propia fe.
Seguro que Javier, desde su apasionamiento por Cristo, se entusiasmaría hoy ante los retos y las posibilidades que el mundo actual ofrece a la misión cristiana.
BIBLIOGRAFÍA
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Sebastián Aguilar, Fernando: Actualidad del mensaje de San Francisco Javier en la Navarra actual. “Boletín Oficial Diocesano” (Suplemento. Junio, 2006), pp. 761-781 (En concreto el párrafo que hace a nuestro caso, en la página 768, dice: “Algunos han dicho que la acción misionera de San Francisco de Javier tenía unas motivaciones equivocadas puesto que él considera que los que no conocen la fe cristiana se condenan irremisiblemente. En varios lugares el pensamiento y sobre todo la intuición cristiana del santo misionero es bastante más matizada y admirablemente certera: él quiere llegar a todos para llevarles al (conocimiento) de Dios Creador y redentor. Convencido de que sin ese conocimiento el hombre no puede conocer ni realizar la verdad de su vida ni puede lograr la paz y felicidad en este mundo...¿No será más bien que nosotros hemos dejado de percibir esta importancia y esta necesidad insustituible del evangelio para la plenitud humana y para la salvación eterna del hombre?”.
59ª Semana de Misionología, Burgos, julio 2006
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