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En la mañana del 8 de septiembre de 1890, «inundada por un río de paz», (MA,f76v), Teresa emite la profesión religiosa, se realiza la suspirada «unión con Jesús».
Antes de examinar en profundidad este momento de su vida, para comprender mejor el contexto espiritual en que viene a situarse la Profesión misma, me parece útil tomar en consideración lo referente al retiro de preparación, durante el cual escribe algunas notas a sus hermanas.
De las tres notas dirigidas a Sor Inés, la primera, del 1° de septiembre, resalta el particular momento interior en que se encuentra y su relación con la vida apostólica. «No comprendo el retiro que hago, no pienso en nada, en una palabra: me encuentro en un subterráneo muy oscuro... Oh, pida a Jesús, usted que es mi luz, que no permita que las almas, por mi culpa, se vean privadas de las luces que les son necesarias, sino que mis tinieblas les sirvan para iluminarlas» (L. n. 112). Qué diversidad de los encuentros con Celina en el Belvedere, cuánto era dulce estar juntas y sentir a Jesús a su lado. Ahora hay sólo la percepción de estar en un subterráneo oscuro. Ha comenzado ya la peregrinación solitaria de esta santa de los tiempos modernos que, un día, aún poseída por el Amor, se sentará en la mesa de los pecadores. Teresa comienza, desde ahora, a mostrarse maestra espiritual de nuestro tiempo, cuando el hombre parece sentir menos la presencia y la cercanía confortante del Señor, en la que es necesario por tanto siempre más una fe en su pureza más cristalina. La fe de Teresa no vacila, todo es valorizado en una colaboración redentiva. No es más sólo el sufrimiento físico o el dolor provocado por situaciones externas, sino «las tinieblas», una obscuridad interior que podría postrar al alma fiel, Es el desierto de los primeros Padres, de los seguidores del profeta Elías. Se va al desierto para separarse de las realidades terrenas, para dedicarse completamente a Dios con una vida hecha de dedicación total y de amor. Pero es precisamente en el desierto donde se encuentra la soledad, la aridez, el vacío, como si sólo en tales condiciones pueda hablar el Señor, pueda atraer a su corazón.
A través del profeta Oseas, el Señor dice a su pueblo, a su esposa: «Conduciré a Israel al desierto y le hablaré al corazón». Esto es lo que entiende hacer Jesús por su nueva esposa: conducirla al desierto de la aridez interior y hablarle al corazón. ¿Qué quiere decirle? ¿Qué quiere decirnos a través de este fiel eco de su Palabra? Depende de nosotros escuchar en religioso silencio. Teresa sabe sólo que es a través de este subterráneo oscuro que se puede llegar «a la cumbre del monte del amor», y siempre que sea ésta la voluntad del Señor está dispuesta a seguirla, para contentarlo.
Estos mismos sentimientos los encontramos de manera más desarrollada en la nota n. 113: Teresa sabe muy bien qué significa amar al Señor y cómo sólo dándole almas se puede consolar a su corazón.1 Un posición semejante aparecerá en la nota n. 114: «No pido el amor sensible, sino sólo el sentido por Jesús. ¡Oh, amarlo y hacerlo amar, cómo es dulce!».
Una íntima tempestad espiritual viene a turbar la vigilia de la profesión: «en la vigilia, en mi alma se desencadenó una tempestad que nunca había visto... Por la noche, haciendo el Vía crucis «después de los Maitines, mi vocación me pareció repentinamente un sueño, una quimera... encontraba muy bella la vida del carmelo, pero el demonio me inspiraba la seguridad de que no era para mí, y que habría engañado a las superioras continuar por un camino al que no estaba llamada..., y entendía una sola cosa: no tenía vocación...» (MA,f76r). El subterráneo en que se encuentra Teresa y dentro del cual camina presenta esta nueva dificultad. Es la primera vez que experimenta una tentación sobre su vocación, por la que había luchado tenazmente. Lo afirma ella misma: «Todavía no me había venido una sola duda acerca de mi vocación, y debía conocer esta prueba» (ib.). Este 7 de septiembre de 1890 se caracteriza como momento decisivo de la vida teresiana, no tanto por la aportación de nuevos contenidos temáticos cuanto por su radicalidad vital. Si Teresa hubiese sido vencida por esta tentación, ¡la Iglesia habría perdido una de sus joyas más fúlgidas y las Misiones su Patrona celestial! Tentación todavía más sutil y radical porque no proviene de una falta de estima o de una crítica de la vida religiosa, sino más bien de un deseo profundo de hacer la voluntad de Dios: «Sin embargo, quería hacer la voluntad de Dios y volver al mundo antes que permanecer en el Carmelo haciendo la mía» (MA,f76v).
Abriéndose a su maestra de noviciado, con humildad - ¿no es éste quizá el ejemplo de Cristo? ¿No es ésta, quizá, la virtud necesaria a todo verdadero carismático de la Iglesia cuando debe someter sus dones al juicio de la jerarquía? -. Teresa vuelve a encontrar la paz. la serenidad de su vocación. «Ella vio felizmente más claramente que yo y me aseguró completamente..., y había apenas terminado de hablar cuando mis dudas habían desaparecido» (ib.) Fue suficiente abrirse a la inmediata superiora en actitud de unidad y religiosa obediencia para ser librada de sus angustias. Estamos ante una alusión implícita al valor espiritual de la obediencia religiosa. Veremos cómo en 1896, con ocasión del recibimiento de un nuevo hermano espiritual, la misma obediencia religiosa será capaz de doblar los méritos y, por tanto, hacer capaces de una más fructuosa actividad apostólica.
Otro elemento es significativo en esta situación. Teresa tuvo siempre la certeza íntima y sobrenatural de una llamada divina que la guió y sostuvo en todas las dificultades, en las pruebas previas a su entrada en el Carmelo. Incluso cuando la jerarquía de la Iglesia se oponía, jamás la más mínima duda vocacional pasó por su ánimo. Ahora, en la vigilia de la profesión, es sometida a esta prueba que un poco más arriba he definido radical. Después de la humilde confesión a la maestra de novicias, a la que siguió también un coloquio con la Madre Priora, volvió la paz y ésta es la tonalidad de fondo de la Profesión.
Profesión: Esposa - Reina
En la mañana del 8 de septiembre de 1890, «inundada por un océano de paz», tiene lugar la suspirada «unión con Jesús». En este momento particular de su vida religiosa aparecen dos aspectos, distintos pero no separados entre sí: la dimensión mística no puede separarse de la apostólica. En la profesión, en efecto, se realiza la plena unión con Jesús: «ma unión avec Jesús se fit», «Je me sentáis vraiment la REINE». Precisamente porque se realiza esta unión, Teresa puede dedicarse a una más fecunda actividad apostólica, que es considerada unida y dependiente de su nuevo ser en el campo espiritual.
La pequeña reina de los Buissonnets, mediante esta más profunda unión a Jesús, se ha convertido en la Reina, lo que le permite una más amplia dinámica apostólica y un mayor poder impetrativo: «¡Cuántas gracias pedí ese día!... Me sentía verdaderamente REINA, por lo que me aproveché de mi título para liberar a los prisioneros, obtener los favores del Rey para sus súbditos ingratos, es decir, quería liberar a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores...» (MA,f76v).
Algo más adelante trataré de analizar exegéticamente este texto teresiano, pero antes deseo examinar la nota que, desde el 8 de septiembre, Teresa llevará siempre sobre su corazón; nota que contiene el acto de ofrecimiento compilado el día mismo de la profesión.2
Quisiera hacer notar ante todo la diversidad del planteamiento, o mejor, de visión en el querer realizar su obra de colaboración en la redención. En la narración de los Manuscritos se pone mayormente de relieve la característica de haberse convertido en Reina; en la nota de la profesión emerge al contrario la característica de la esposa. Todo lo escrito recibe su tonalidad en las primeras palabras: «Oh Jesús, mi esposo divino». Además, si en el texto de los Manuscritos no se ignora la temática del esposo y de la esposa, aunque en forma un poco más diluida, del texto de la nota falta completamente la reflexión del ser Reina, porque esposa del Rey.
Un elemento que a primera vista puede sorprender, conociendo los motivos profundamente apostólicos que impulsaron a Teresa a entrar en el Carmelo, es que en la nota de su profesión esta joven carmelita reza ante todo por sí misma. Sólo al término de una íntima y personal oración aparece una aspiración altamente apostólica. Todo eso denota una sabiduría espiritual no común. Teresa ha comprendido que es necesario ante todo una profunda unión espiritual con Jesús antes de pensar en los demás: prima sibi caritas. Además, si el particular proceder de la vida espiritual teresiana en sus movimientos personales y apostólicos es cristocéntrico, esta nueva expresión del ánimo de Teresa se sitúa en su normal desarrollo y orientación. Tal orientación, sin embargo, sufrió en el curso de los años un cambio profundo, ligado casi siempre a nuevas experiencias místicas. Así, si el fin es siempre «yo no quiero sino que alegrarte y consolarte», la realidad que está a la base es muy diversa, y aquella que por una particular intervención divina se había convertido en corredentora a los pies de la cruz, ahora se ha transformado en esposa de Jesús con nuevas intuiciones, aunque en el momento actual todavía confusas y, quizás, no plenamente percibidas.
«Jesús, no te pido sino la paz, y también el amor, el amor infinito sin otro límite sino tí..., el amor que no sea más yo sino tú, mi Jesús». La citación es particularmente bella sobre todo porque nos da una nueva visión del amor que deja vislumbrar ya nuevas perspectivas y tiende hacia horizontes. La mente corre a esas que serán los futuros «descubrimientos» teresianos, y aunque en este texto no aparezca de manera explícita el lazo entre amor y apostolado, propio de las sucesivas metas espirituales, me parece un deber poner de relieve la apertura apostólica de la última invocación, que no es un corolario marginal, sino que está íntimamente ligada a las afirmaciones precedentes dada la orientación cristocéntrica de la actividad apostólica de Teresa. Con ocasión de la profesión, Teresa se ha convertido en la esposa, la Reina, y precisamente porque puede pedir y obtener del Rey, su Esposo, dones inmensos, en proporción a sus deseos. Como ya decía poco más arriba, en el texto de 1890 falta toda alusión al hecho de haberse convertido en Reina, lo que, al contrario, aparece con gran evidencia en la narración de 1895. Pero el contenido de las aspiraciones apostólicas es el mismo en ambos documentos, aunque tengan formulaciones y disposiciones diversas. El texto del manuscrito A nos dice que Teresa aprovecha su nuevo título para «liberar a los prisioneros, obtener los favores del Rey hacia sus subditos ingratos..., liberar a todas las almas del purgatorio y convertir a los pecadores». El texto de 1890 habla al contrario de «salvar muchas almas, que no haya ninguna condenada y que todas las almas del purgatorio sean salvadas».
A la tentación angustiosa del día precedente que, si aceptada, habría sacado a Teresa del Carmelo, de su función apostólica, y habría privado a las misiones de su fúlgida patrona, se opone ahora este nuevo encuentro místico-apostólico, signo ulterior de que no se puede encontrar auténticamente a Cristo sin convertirse en apóstoles. Teresa, en este 8 de septiembre de 1890, no está más sólo a los pies de la Cruz para recoger la sangre divina de su Esposo y Rey; ahora está constituida en Él Reina y, diría, mediadora. Además, la apertura de los deseos apostólicos ayuda a comprender que no hay nada «pequeño» en la vida de Teresa. Será necesario revisar este antiguo y ya deteriorado cliché para adecuarnos con honestidad, al menos histórica, a la verdadera dimensión espiritual de Teresa.3
Confirmaciones de una vocación: Sufrimiento-Amor-Apostolado
En un contexto de profunda paz interior4 que caracteriza los meses que siguieron a la profesión, Teresa descubre cómo valorizar en un plano que definiría cristocéntrico-apostólico las pruebas de la vida.
En una carta a Celina, para su cumpleaños, el 26 de abril de 1891, Teresa trata de hacer comprender a su hermana el valor de su vocación común y en particular el trinomio sufrimiento-amor-apostolado recurriendo al artificio de responder a una precisa pregunta suya sobre el argumento. «Pero, ¿por qué el buen Dios no me ha creado ángel?... Jesús... quiere que tú seas un ángel de la tierra..., quiere tener aquí abajo como allí arriba su corte celestial... Quiere ángeles-mártires, quiere ángeles-apóstoles, y ha creado una florecita ignorada por todos, que se llama Celina, con esta precisa intención» (L. n. 127). Puesto que en el origen de cada vida y de cada orientación de vida se encuentra la inescrutable voluntad de Dios, emerge otro aspecto: se necesitan ángeles en la tierra para llevar a cabo una actividad apostólica. Los del cielo no pueden ser empeñados según los mismos cánones porque no pueden sufrir, no pueden ser mártires. Y continúa Teresa: «Quiere que su florecita le salve almas, y para eso no pide sino una cosa: que su florecita lo mire mientras sufre el martirio... Y es esta mirada misteriosa, intercambiada entre Jesús y su florecita, que obrará maravillas y donará a Jesús una multitud de otras flores» (ib.). Todo lo que dice Teresa a su hermana Celina expresa en términos vivos su perspectiva apostólica de ese momento de su vida: una mirada sufriente, pero llena de amor fiel, es capaz de salvar almas porque asemeja al Cristo sufriente por la salvación de las mismas almas. «Pero Jesús nos ha enviado una mirada de amor, una mirada velada por lágrimas, y esta mirada se ha convertido para nosotros en un océano de sufrimiento, pero también en un océano de gracias y de amor» (ib.). Esta esposa que el día de su profesión pedía un amor infinito, sin otro fin sino Él, un amor que no fuera más ella, sino Él, su Jesús, contemplando el rostro sufriente de Cristo - es bueno recordar siempre que el nombre de religión de Teresa incluye también la Santa Faz - comprende cada vez mejor que, si el amor no toma substancia de sufrimiento, no es auténtico, no es corredentor.
Una iluminación evangélica: Moisés orantes
En una carta del 15 de agosto de 1892, Teresa, denotando una continua tensión apostólica, escribe: «Últimamente me vino un pensamiento... Un día, pensando en todo lo que podía hacer para salvar almas, una palabra del Evangelio me ha mostrado una luz viva». Una vez más, una intervención de Jesús se inserta en la orientación de su vida; es su Palabra la que la guía, palabra no directa sino transmitida por el Evangelio. Poco antes Teresa había confiado a su hermana que «este Amado ¡instruye mi alma, me habla en silencio, en las tinieblas...»: no sólo instrucción, sino coloquio, casi indicando la familiaridad de las relaciones entre Teresa y Jesús, pero todo en un contexto de fe, porque sucede «en el silencio, en las tinieblas». El pasaje de la Escritura que ilumina el camino teresiano consta de la unión de dos textos, sacados uno del Evangelio de Juan (Jn 4,35) y el otro del Evangelio de Mateo (Mí 9,37-38), donde Jesús habla de la abundancia de la mies y de la falta de trabajadores. Estas son las reflexiones de Teresa: «¡Qué misterio!... ¿No es Jesús Omnipotente? ¿No pertenecen las criaturas a Aquél que las hizo? ¿Por qué, pues, dice Jesús: "Pedid al amo de la mies que mande obreros"?... Ah, el hecho es que Jesús nos tiene un amor tan incomprensible que quiere que tomemos parte con él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros. El Creador del universo espera la oración de una pobre, pequeña almas, para salvar a otras almas rescatadas como ella al precio de toda su Sangre». ¿Cómo adaptarse a esta propuesta divina, cómo responder a la divina ofrenda de amor? Esta es la iluminación que en este momento le viene de Jesús en su Palabra: «Nuestra vocación específica no es la de andar a segar en los campos de grano maduro. Jesús no nos dice: Bajad los ojos, mirad los campos e id a cosecharlos». Nuestra misión es más sublime todavía. He aquí las palabras de nuestro Jesús: «Alzad los ojos y ved». Ved como en mi Cielo hay puestos vacíos, os toca a vosotros llenarlos. Vosotros sois mi Moisés en oración en el monte. La divina intervención tiende a confirmar y consolidar la vocación típicamente carmelita de Teresa. Si su deseo ardiente de colaboración apostólica le habría empujado a acciones más amplias y concretas, de hecho -quizás Teresa pensaba en algo más que la oración -, Jesús le hace comprender cada vez más en profundidad la sublimidad de su vocación típica al Carmelo. Todavía no hemos llegado al descubrimiento de 1896, cuando encontrará en el Amor la solución más verdadera de sus inmensos y cada vez más amplios deseos apostólicos. La solución que le ofrece hoy Jesús no comporta la satisfacción de deseos de una acción típicamente «activa». La oración será el medio eficaz para alcanzar este objetivo: «pedidme obreros y os mandaré; sólo espero una oración, un suspiro de vuestro corazón»; y andando a lo específico de su vocación: «Nuestra misión es formar obreros evangélicos que salvarán a millones de almas, de los que seremos sus madres». ¿Cómo no recordar, aquí, su primer entendimiento: «Yo he venido para salvar almas y, sobre todo, para rezar por los sacerdotes?».
Eficacia apostólica: Don de Dios
El 20 de febrero de 1893 comienza un nuevo período de la vida de Teresa: su hermana, Sor Inés de Jesús, es elegida priora del Carmelo, sucediendo a Madre María de Gonzaga, la cual, a su vez, es nombrada por la nueva Superiora maestra de novicias. Poco tiempo después, Madre Inés de Jesús confía a Sor Teresa la misión de ayudar a la misma Madre María de Gonzaga en su delicado cargo.
Se trata, pues, de un período particular, rico de perspectivas y de importantes descubrimientos espirituales, unidos como siempre a su vida y su misión. Teresa, confiando sus recuerdos a su hermana Madre Inés, dirá más tarde: «¡Oh Madre! Fue sobre todo desde el bendito día de su elección que volé por los caminos del amor» (MA, f80v).
El momento es particularmente delicado. Hasta ahora, esta carmelita de veinte años permaneció en la sombra y nada transparentó al externo de su ardiente deseo de causar placer a Jesús, de consolarlo, ni de su misión, sentida y actuada, de rezar por los sacerdotes. Horizontes vastos, deseos inmensos los que animan a Teresa; pero sólo con sus hermanas Paulina y Celina se abre su corazón para manifestar el ansia corredentora y el amor a él en la prueba interior, en la soledad y el sufrimiento.
Ahora, no obstante su juventud e inexperiencia, es llamada a asumir un puesto de responsabilidad en el Carmelo: se trata de una actividad que, aunque desarrollada dentro del Carmelo, es muy distinta que la precedente y que deberá asumir características particulares.
Acción apostólica, pues, pero ¿cuál será la reacción de Teresa? ¿Cuál su actitud? Este momento es significativamente importante también para nosotros, porque la Patrona de las misiones, encontrando respuesta a algunos problemas existenciales suyos, podrá iluminar algunos aspectos propios de nuestra vida.
Teresa, desde los primeros pasos en el nuevo cargo, es plenamente consciente de las dificultades que debe encontrar: «Cuando me fue concedido penetrar en el santuario de las almas, comprendí inmediatamente que ese cometido superaba mis fuerzas» (MC, f22r).5
Puesta de relieve la sacralidad de las almas, Teresa expresa desde los primeros instantes su incapacidad de conducir por sí sola la actividad que le ha sido confiada. Sobre esta convicción suya y sobre sus orígenes volverá a hablar un poco más adelante y abundantemente: «Desde lejos, parece rosas y flores hacer el bien a las almas, hacerles amar a Dios cada vez más, en breve modelarlas según la propia visión e ideas personales. De cerca es todo lo contrario: las rosas y flores desapareen, se comprende que hacer el bien es una cosa tan imposible sin la ayuda del buen Dios cuanto hacer brillar al sol de noche...» (MC, f22v). Esta afirmación tan radical asume mayor valor si se piensa que expresa el primero y el último juicio de Teresa sobre la materia. Expresa lo que nuestra santa piensa en marzo de 1893 y en junio de 1897, cuando escribe estas páginas, al final de su vida apostólica. Hoy, cuando los hombres se dejan convencer más por las experiencias vividas que por los razonamientos abstractos, a cada alma deseosa de hacer el bien en la Iglesia se presenta esta afirmación, a primera vista paradójica, que tiene como origen un principio abstracto, pero como viviente contraprueba la experiencia vivida y sufrida de la santa más grande de los tiempos modernos, la patrona de las misiones. Si estas páginas son una advertencia serena para quien está afectado de “facilonería” apostólica, donde todo es sencillo, donde todo se puede resolver desplegando las más altas y sublimes capacidades humanas, estas páginas rezuman consuelo al mismo tiempo para quien sufre por el fracaso probado después de una sincera dedicación apostólica.
Si tal es la situación, Teresa no es sin embargo tan débil como para abandonar el camino víctima del desaliento. Coherente consigo misma hasta el fondo, escruta con fría lucidez la realidad compleja de su función apostólica. Busca con humildad las causas de esta imposibilidad, de su incapacidad, porque, en la medida en que conocerá los límites de su nueva función, podrá encontrar sus remedios. He aquí, entonces, aparecer el primer límite fundamental: «Se siente que hay que olvidar absolutamente los propios gustos, las propias opiniones personales y guiar a las almas por el camino que Jesús ha trazado para ellas, sin intentar hacerlas caminar por el propio camino» (MC, f22v). Camino de renuncia, de despojamiento la del verdadero director espiritual, así como es vislumbrado por Teresa, la cual, con sorprendente sencillez y lucidez, ha comprendido también que en el campo de la vida espiritual se puede hablar sólo de cooperación. Hay algo a lo que deben referirse tanto el director espiritual como el alma que le ha sido confiada; el plan que Jesús ha trazado.
Teresa ha percibido la imposibilidad, desde el punto de vista humano, de tener éxito en la misión que la ha sido confiada, pero, fiel a su típica característica espiritual, encuentra en la misma imposibilidad la invitación de Dios a lanzarse con confianza a esta nueva empresa. He aquí surgir entonces espontáneamente una oración que, como veremos, es típicamente teresiana y saca a la luz otros elementos típicos del nuevo cargo: «Entonces me puse en los brazos del buen Dios, como un niño pequeño, y, escondiendo el rostro en su cabello, le he dicho: "Señor, soy demasiado pequeña para nutrir a tus hijas: si por medio mío quieres darles lo que conviene a cada una, llena mi manita, y yo, sin dejar tus brazos, sin volver la cabeza, daré tus tesoros al alma que vendrá a pedirme alimento"» (MC, ff22r-22v). Teresa, que había comprendido que para actuar apostólicamente de modo directo era necesario despojarse completamente de los propios gustos personales, incluso de los más sublimes, para adaptarse con humildad y fe a la que es la acción primaria de Dios en el alma, comprende ahora también que su misión tiene muchas otras dificultades y más profundas que las precedentes. Ha percibido que a ella no le incumbe sólo dirigir el alma por el camino ya previsto y trazado por Jesús, sino que debe comunicar al alma misma el nutrimiento espiritual que más le conviene. Es decir, comprende que debe ser la «intermediaria de la que el Padre quiere servirse para distribuir sus tesoros a cada alma, de los que ellos son el nutrimiento mismo».6
Reconociendo el propio límite de creatura frente a la obra sobrenatural que le ha sido confiada, porque Jesús la ha llamado allí, Jesús mismo debe darle los medios para poder desempeñar su delicado cargo. La decisión, pues, de Teresa de confiar en Dios tiene una lógica sorprendente, porque si obrar en un plano sobrenatural es imposible a la creatura humana, ésto será posible una vez que habrá sido7 elevada a tal nivel por los brazos mismos de Jesús. Como releva Combes: «Es necesario que el alma pedida por la acción sobrenatural respete escrupulosamente la estructura de esta acción, es decir, que se dirija, mediante un impulso contemplativo, hacia el Padre que la ha elegido como mediadora, para que la transmisión de las riquezas divinas se realice eficazmente».8
La verdadera solución de este problema - solución que se pondrá en la historia de la espiritualidad de la Iglesia con una originalidad sorprendente - la obtendrá Teresa de una página del Evangelio: «Madre mía, desde que he comprendido que me era imposible hacer algo por mí misma, el cometido que me ha impuesto no me ha parecido difícil; he experimentado que la única cosa necesaria era unirme cada vez más a Jesús y que el resto me sería dado por añadidura» (MC, f22v).
Teresa que, desde 1892, nutre su vida espiritual casi exclusivamente de la Sagrada Escritura y sobre todo del Evangelio, encuentra en Mateo 6,33, mediante una exégesis estrictamente personal y original, la solución del problema que la aflige. Ha comprendido que, en la medida en que cumplirá la primera exigencia, es decir, la de buscar el reino de Dios y su justicia, la eficacia en el campo apostólico le será dada por el Padre como don misericordioso. Es Jesús quien ha prometido esto y Teresa se abandona a él con confianza, y lo hace suyo con la consiguiente actitud ascética. Puesta por la obediencia religiosa y por la realidad misma de su futura misión en la situación de tener que hacer una opción, como nueva María (Le 10,42) ha elegido la mejor parte que no le será quitada. Ha elegido la vida contemplativa como mejor modo para alcanzar plena eficacia apostólica, don divino que sólo puede salir al encuentro de la imposibilidad humana de hacer algo en campo sobrenatural. La mística pasa a ser iniciativa humana y, si lo enunciado puede sorprender, es suficiente escuchar la confirmación experimental que nos ofrece Teresa: «En efecto, mi esperanza no quedó nunca confusa; el Buen Dios se ha dignado llenar mi pequeña mano todas las veces que fue necesario para nutrir el alma de mis hermanas» (MC, f22v).9
Notas
1 «Parece que, antes de partir, el Prometido le haya preguntado a qué país quería ir, qué camino deseaba emprender... La pequeña prometida respondió que sólo tenía un deseo: el de llegar a la cima del monte del Amor. Para llegar allí, numerosos senderos se ofrecieron a sus miradas; pero había tantísimos tan perfectos que hallándose incapaz de elegir se dirigió a su Guía divino: Vos sabéis dónde deseo llegar, vos sabéis para quién quiero subir al monte, para quién quiero llegar al final, vos conocéis a Aquél que amo y a Aquél a quien únicamente quiero apagar. Por Él solo emprendo este viaje, guiadme, pues, por los senderos que prefiere; con que Él esté contento yo estaré en el colmo de la felicidad... Entonces Jesús me tomó por mano y me hizo entrar en un subterráneo donde no hace frío ni calor, donde el sol no resplandece ni tiene acceso la lluvia y el viento; un subterráneo donde no viera otra cosa sino una luz semivelada, la luz difusa en torno a los ojos bajados de la Faz de mi Prometido. Mi Prometido no dice nada, y yo no le digo nada, sino que le amó más que a mí misma, y en el fondo del corazón siento que es así, porque soy más suya que mía... No ve si avanzamos hacia la cima del monte, porque nuestro viaje se efectúa bajo tierra, pero también, sin saber cómo, me parece que nos acercamos. El camino que sigo no da ninguna consolación, y sin embargo me procura todas las consolaciones, porque lo ha elegido Jesús y yo deseo verdaderamente consolarlo».
2 Podemos preguntarnos cuándo escribió Teresa esta nota. Un examen grafológico revela que la oración, estrictamente personal, «es escrita con escritura apresurada, en un espacio estrechísimo y lleva todos los caracteres de la mayor espontaneidad», Se piensa, por tanto, que tuvo su origen poco antes de la profesión misma. Para comodidad del lector presento el texto integral de la profesión: «Oh Jesús, mi divino Esposo, ¡que yo no pierda nunca el segundo vestido de mi Bautismo! Tómame antes que cometa la más ligera culpa voluntaria. Que no busque y no encuentre nunca sino sólo a tí y las criaturas no sean nada para mí y yo no sea nada para ellas, sino que tú, Jesús, seas todo... Las cosas de la tierra no puedan nunca turbar mi alma, nada turbe mi paz. Jesús, no te pido nada sino la paz, y luego el amor: el amor infinito sin otro límite sino tú, un amor tal que no sea más yo, sino tú, oh mi Jesús. Jesús, por tí yo muera mártir, de martirio del corazón o del cuerpo, o más bien de ambos... Concédeme cumplir mis votos en toda su perfección y hazme comprender lo que debe ser una esposa para tí. Haz que no sea nunca un peso para la comunidad, sino que ninguno se ocupe de mí: que yo sea considerada como pisoteada, olvidada como un granito de arena, Jesús. Tu voluntad se cumpla en mí perfectamente y yo llegue a ese puesto que tú ha ido antes a prepararme... Jesús, haz que yo salve muchas almas: que hoy no se condene ni una sola y sean salvadas todas las almas del purgatorio... Jesús, perdóname si digo cosas que no hay que decir; yo quiero sólo alegrarte y consolarte» (Pr 2).
Deseo hacer presente desde estas primeras alusiones que, para un necesario procedimiento sintético, he unido temáticamente el texto del Manuscrito A, que se remonta al 1895, con el texto de la nota de profesión de 1890. Los dos documentos se refieren al mismo momento histórico, pero, si desde el punto de vista de los conceptos, se puede realizar un acercamiento y una equiparación de temas, surjen problemas desde el punto de vista histórico. He puesto como título del parágrafo la equiparación Esposa - Reina, pero me pregunto si Teresa, ese 8 de septiembre, pensaba ser Reina en cuanto Esposa.
3 Esta fecha del 8 de septiembre de 1890 encontrará seis años más tarde, en una carta del 1° noviembre al P. Roulland, una feliz coincidencia con un momento particular de la vida del mismo Padre. Teresa escribe: «El 8 de septiembre de 1890, su vocación misionera era salvada por María Reina de los Apóstoles y de los Mártires; ese día mismo, una pequeña carmelita se convertía en la esposa del Rey del Cielo».
4 «Y sin embargo la paz, la paz permanecía siempre en el fondo de mi corazón» MA, f77r.
5 En el examen de este texto, desde las primeras líneas, será necesario apropiarnos del consejo que daba, en tal ocasión, Mons. Combes: «Estas son páginas de importancia sin par, porque constituyen la carta teresiana del apostolado sobrenatural a través de la puesta en práctica de la infancia espiritual propiamente dicha. Nunca se meditarán bastante, pero hay que meditarlas con mucha atención en cuanto Teresa, fiel a su discreción habitual, resbala rápidamente sobre lo que quiere decir y sugiere, antes que enseñar, lo esencial mismo de su doctrina» (Combes, Sainte Thérése de l'Enfant Jesús. Contemplation et Apostolat, p. 144)
6Combes, ib., p. 149.
7 Es la primera vez que Teresa, aunque escribiendo en 1897, hace referencia a los brazos del buen Dios en los que puede ponerse segura para recibir ayuda en su debilidad e incapacidad. Siempre en 1897, la expresión «les bras du bon Dieu" expresan una realidad bien definida en la doctrina teresiana»; «...el ascensor que debe izarme hasta el Cielo son vuestros brazos, oh Jesús. Por eso no tengo necesidad de crecer, es necesario, al contrario, que permanezca pequeña, que lo sea cada vez más» (MC, ff3r). La cuestión es si las dos expresiones indican la misma realidad.
8Combes, ib., p. 151.
9Una confirmación, si fuera necesaria, la encontramos en una carta del 6 de julio de 1893, dirigida a su hermana Celina: «¡Cuan fácil es dar placer a Jesús, raptar su Corazón! Basta amarlo, sin mirarnos a nosotras mismas, sin examinar demasiado los propios defectos... Le enseña a jugar a la banca del amor, o mejor no, Él mismo juega por ella, sin decirle cuánto gana, porque ésto es cuestión suya y no de Teresa; lo que le interesa es abandonarse, darse sin reservarse nada..., pero mi director, que es Jesús, no me enseña a contar mis actos, sino a hacer todo por amor, a no rechazarle nada, a estar contenta cuando me da la ocasión de probarle que le amo, pero todo esto en la paz, en el abandono; es Jesús quien hace todo y yo no hago nada». La palabra abandono no expresa sólo una actitud de vida espiritual, sino también la clave de cambio de una fecunda actividad apostólica.
Omnis Terra, nº 298, marzo 2000
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