Sabiendo el Señor los casi treinta años que ibas a pasar en silla de ruedas
—y lo sabía porque Él mismo los iba a pasar allí contigo—,
te concedió que pudieras cruzar de tejado en tejado
para ir a la Acción Católica, donde tú y tus amigos os reuníais con Él.
Es un extraño privilegio nunca otorgado antes
a santo, beato o venerable alguno.
Nacido para saltar de alegría,
te dedicaste entonces a la afición –firmemente desaconsejada por las madres–
de buscar a Dios por los terrados del pueblo,
así como a la tarea –que las golondrinas recomiendan vivamente–
de encontrarle mientras se ve atardecer entre las chimeneas.
Funámbulo de Cristo por las terrazas,
con tus dolores aún bien doblados y guardados en un bolsillo,
tal vez soñaste hablar de la Eucaristía y de la Virgen
en esos raros lugares nunca hollados antes
por misionero, evangelizador o catequista alguno.
Tu coartada, es verdad, era ingeniosa:
“Lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde las azoteas”.
Y como San Francisco predicó a los pájaros y San Antonio a los peces,
quién sabe si no predicaste tú a los gatos,
de tejado en tejado, por Linares.
Rafael Santos Barba |