Desde la pequeñez, servidores del Reino

L

a misión entre los Clérigos de San Viator, como en toda Congregación, hunde sus raíces en el don de Dios al fundador, Luis Querbes. El Señor se fue preparando en su persona un sacerdote y un fundador, a lo largo de su infancia, de su juventud y en sus primeros años de vicario en la parroquia de San Nicecio (Lyon, Francia
Luis Querbes (1793-1859) nació el 21 de agosto en medio de los bombardeos de la revolución contra la ciudad. Nace en una ciudad en revolución. La guillotina exterminó en Lyon, como decía José Chalier, el “Robespierre local”, “todo lo que pudiera llamarse aristócrata, moderado, especulador, acaparador, usurero, lo mismo que a la fanática casta sacerdotal”. Tras la resistencia lyonesa a los excesos de la revolución y a la posterior represión, se organizó en la ciudad, con mucho éxito, el “culto escondido”. Una Iglesia de catacumbas organizada por el P. Jaime Linsolas.

Los colaboradores

         Luis, de seminarista y posteriormente de vicario en San Nicecio, compartirá presbiterio con el P. Linsolas; un testigo vivo de una Iglesia que se las ingenia para anunciar el Reino. Además de Linsolas, Luis conoció allí a Ridier, Durosat, Marduel... Todos ellos sacerdotes que habían sufrido en sus carnes las pruebas de la persecución. Una Iglesia de resistencia que vio nacer a Luis y en la que sus padres expresaron su fe.

Paulina Jaricot fue la persona que le manifestó el honor que había tenido al llevarle a Luis, desde Roma, los Estatutos de la Congregación aprobados por el Papa Gregorio XVI. Su hermano Paul Jaricot y su familia envuelven con su ayuda al párroco de Vourles, que era por aquel entonces el P. Luis Querbes. Paulina, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, fue la que, con ingenio y creatividad, organiza desde medios simples la ayuda económica a las misiones extranjeras. En los momentos en los que Paulina se vio traicionada por los cercanos, dejada de lado por casi todos, llena de deudas tras invertir sus haberes en ayuda a las misiones, Luis la siguió acompañando, a ella y a sus familiares. Tanto Paulina Jaricot como el P. Linsolas son testigos cercanos para Luis de una Iglesia creativa y viva.

Además de la ya mencionada Paulina Jaricot y de otros colaboradores, hay que reseñar a un hombre que, anteriormente, había marcado especialmente a Luis Querbes en su formación. Luis y un reducido grupo de seminaristas fueron confiados a la educación académica de un laico: el señor Guido María Deplace. Era un hombre de cultura sólida, honesto, de gran corazón y profundo cristiano. Una persona amante de la Palabra de Dios y capaz de transmitir, a través de la cultura, una preocupación por las cosas de Dios.

Luis tuvo una estrecha relación con él y guardó sus cartas. En una de ellas podemos leer. “Dedica algunos momentos cada día al estudio de las Sagrada Escritura. Trata, sobre todo, de adquirir el conocimiento de los salmos que estás destinado a recitar un día y acuérdate de que no hay espíritu, ni trabajo, ni conocimientos que puedan suplir lo que le falta a un sacerdote que no se ha familiarizado con los libros sagrados” (Deplace a Luis Querbes, el 24 de septiembre de 1813)

La misión viatoriana: creativa y con laicos 

Un misionero no es un ser raro que nace por generación espontánea. Todos son hijos de un proceso del que Dios se sirve para forjar un alma y para fraguar un modo de misión.

Luis Querbes, al ver su propia necesidad de párroco y la necesidad de los sacerdotes de las zonas rurales, busca la mejor manera de ser misionero y anunciar la presencia de Dios entre los hombres. Había pedido ayuda a los Hermanos de la Salle para atender su pueblo, pero era imposible. Estos hermanos deben ir de tres en tres y una pequeña localidad no puede soportar el pago de tres maestros cristianos. Pidió a los Hermanos Maristas, cuyo fundador, Marcelino Champagnat, se ordenó sacerdote en la misma ceremonia en la que Luis era ordenado diácono. Pero el hecho de que éstos fueran de dos en dos bloqueó de igual modo la posibilidad de atención cristiana a su pequeño pueblo.

Desde la oración, su espíritu creativo comienza a reflexionar y con el tiempo se ve rodeado de un grupo de maestros catequistas laicos, dispuestos a colaborar con la Iglesia. Siendo todos laicos, menos él, los organiza como asociación y los envía como acompañantes y colaboradores de los párrocos de las zonas rurales. La decisión está tomada: irán de uno en uno, si la necesidad lo pide, e irán a los lugares más alejados donde las congregaciones no pueden ir.

La asociación, que se transformará en congregación, se comenzó a extender con rapidez y su convencimiento de ir a los sitios alejados y necesitados le llevó también a enviar hermanos a la India, Nueva Zelanda, a las nacientes y nuevas Iglesias de los actuales Estados Unidos y Canadá... Él mismo, desde el principio de la fundación, pensó en irse a “Argelia a catequizar a los árabes” y realizó el viaje de inspección para él y sus catequistas en 1849. Algunas de estas misiones no llegaron a cuajar y otras florecieron. Luis insistía al P. Faure a “conservar el celo por las misiones”. 

La comunidad viatoriana hoy

En nuestros días la comunidad viatoriana, allí donde está implantada, desde África a Asia, desde Europa a América del Centro o del Sur, desde Canadá a Estados Unidos... busca la fidelidad a la intuición fundadora de Luis Querbes: de uno en uno, si es necesario; mejor en comunidad. Con comunidades viatorianas mixtas: hermanos, sacerdotes y laicos. Como educadores y servidores de la Palabra. Y con la creatividad de una pastoral que, desde nuestra pequeñez, le eche una mano a Dios en eso de ser servidores del Reino.

 

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Chalo González
Clerigo de San Viator
Revista Misioneros Tercer Milenio