Desde la pequeñez, servidores del Reino |
a
misión entre los Clérigos de San Viator, como en toda
Congregación, hunde sus raíces en el don de Dios al fundador,
Luis Querbes. El Señor se fue preparando en su persona un
sacerdote y un fundador, a lo largo de su infancia, de su
juventud y en sus primeros años de vicario en la parroquia de
San Nicecio (Lyon, Francia Los colaboradores Luis, de seminarista y posteriormente de vicario en San Nicecio, compartirá presbiterio con el P. Linsolas; un testigo vivo de una Iglesia que se las ingenia para anunciar el Reino. Además de Linsolas, Luis conoció allí a Ridier, Durosat, Marduel... Todos ellos sacerdotes que habían sufrido en sus carnes las pruebas de la persecución. Una Iglesia de resistencia que vio nacer a Luis y en la que sus padres expresaron su fe. Paulina Jaricot fue la persona que le manifestó el honor que había tenido al llevarle a Luis, desde Roma, los Estatutos de la Congregación aprobados por el Papa Gregorio XVI. Su hermano Paul Jaricot y su familia envuelven con su ayuda al párroco de Vourles, que era por aquel entonces el P. Luis Querbes. Paulina, fundadora de la Obra de la Propagación de la Fe, fue la que, con ingenio y creatividad, organiza desde medios simples la ayuda económica a las misiones extranjeras. En los momentos en los que Paulina se vio traicionada por los cercanos, dejada de lado por casi todos, llena de deudas tras invertir sus haberes en ayuda a las misiones, Luis la siguió acompañando, a ella y a sus familiares. Tanto Paulina Jaricot como el P. Linsolas son testigos cercanos para Luis de una Iglesia creativa y viva. Además de la ya mencionada Paulina Jaricot y de otros colaboradores, hay que reseñar a un hombre que, anteriormente, había marcado especialmente a Luis Querbes en su formación. Luis y un reducido grupo de seminaristas fueron confiados a la educación académica de un laico: el señor Guido María Deplace. Era un hombre de cultura sólida, honesto, de gran corazón y profundo cristiano. Una persona amante de la Palabra de Dios y capaz de transmitir, a través de la cultura, una preocupación por las cosas de Dios.
La misión viatoriana: creativa y con laicos Un misionero no es un ser raro que nace por generación espontánea. Todos son hijos de un proceso del que Dios se sirve para forjar un alma y para fraguar un modo de misión. Luis Querbes, al ver su propia necesidad de párroco y la necesidad de los sacerdotes de las zonas rurales, busca la mejor manera de ser misionero y anunciar la presencia de Dios entre los hombres. Había pedido ayuda a los Hermanos de la Salle para atender su pueblo, pero era imposible. Estos hermanos deben ir de tres en tres y una pequeña localidad no puede soportar el pago de tres maestros cristianos. Pidió a los Hermanos Maristas, cuyo fundador, Marcelino Champagnat, se ordenó sacerdote en la misma ceremonia en la que Luis era ordenado diácono. Pero el hecho de que éstos fueran de dos en dos bloqueó de igual modo la posibilidad de atención cristiana a su pequeño pueblo.
La asociación, que se transformará en congregación, se comenzó a extender con rapidez y su convencimiento de ir a los sitios alejados y necesitados le llevó también a enviar hermanos a la India, Nueva Zelanda, a las nacientes y nuevas Iglesias de los actuales Estados Unidos y Canadá... Él mismo, desde el principio de la fundación, pensó en irse a “Argelia a catequizar a los árabes” y realizó el viaje de inspección para él y sus catequistas en 1849. Algunas de estas misiones no llegaron a cuajar y otras florecieron. Luis insistía al P. Faure a “conservar el celo por las misiones”. La comunidad viatoriana hoy En nuestros días la comunidad viatoriana, allí donde está implantada, desde África a Asia, desde Europa a América del Centro o del Sur, desde Canadá a Estados Unidos... busca la fidelidad a la intuición fundadora de Luis Querbes: de uno en uno, si es necesario; mejor en comunidad. Con comunidades viatorianas mixtas: hermanos, sacerdotes y laicos. Como educadores y servidores de la Palabra. Y con la creatividad de una pastoral que, desde nuestra pequeñez, le eche una mano a Dios en eso de ser servidores del Reino.
Chalo
González |