Semillas de amor para un mundo más solidario |
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l Movimiento de los Focolares, difundido en los cinco continentes, se presenta con la fisonomía de un pequeño pueblo, de razas, culturas e idiomas distintos. Gentes de las más diversas profesiones y condiciones sociales, tradiciones cristianas, religiones y convicciones se comprometen a ser una semilla de un mundo más solidario, de un mundo unido. El
amor evangélico se descubre como una revolución personal y colectiva
que sana divisiones, conflictos y desigualdades sociales. En el “que
todos sean uno” evangélico, Chiara encuentra un proyecto de unidad
universal por el que gastar la vida. Nace así el Movimiento de los
Focolares de renovación espiritual y social. Desde los inicios la gente
lo llamará “de los focolares” (fuego de hogar), por el “fuego”
de amor evangélico experimentado. Hoy se extiende por 182 países con más
de 4 millones y medio de adherentes y simpatizantes. El
Movimiento, por la variedad de las personas que lo componen –jóvenes
y adultos, niños y adolescentes, familias y sacerdotes, religiosos y
religiosas de distintas congregaciones y también obispos–, aun siendo
una única realidad, se articula en 18 ramas. Por
esta espiritualidad de la unidad, típicamente comunitaria, vivida en
los más variados ambientes y culturas, se han abierto diálogos
fecundos: en el mundo católico entre personas, grupos, movimientos y
asociaciones, para contribuir a reforzar la unidad; entre cristianos de
diversas Iglesias, para favorecer la plena comunión; entre creyentes de
varias religiones y con personas sin convicciones religiosas. Juntos nos
encaminamos hacia esa plenitud de la verdad y esa fraternidad universal
a la que todos tendemos, abriendo nuevos horizontes en los distintos ámbitos
de la sociedad: cultura, política, economía, arte. Llamada a evangelizar
Como decía Juan Pablo II: “No se puede evangelizar, si antes no se evangeliza uno mismo, si no se es personalmente objeto de evangelización”. Éste ha sido siempre nuestro compromiso: evangelizarnos antes que nada a nosotros mismos, cambiar nuestro modo de pensar, de querer, de amar... para hacerlo semejante al de Jesús, como está escrito en el Evangelio. Para realizar esta evangelización personal, el Espíritu Santo nos empujó desde el inicio a vivir la Palabra, y así cada mes cogemos una frase del Evangelio –que llamamos “Palabra de Vida”–, y tratamos de vivirla con sencillez, comunicándonos las experiencias para ayudarnos recíprocamente. En
nuestra experiencia es fundamental el testimonio del amor mutuo para la
evangelización. Vivir el mandamiento nuevo de Jesús, por el cual se
vive la espiritualidad de comunión, como hoy es llamada en la carta
Novo millennio ineunte. Los primeros cristianos lo vivían y la gente
decía: “Mirad cómo se aman, están dispuestos a morir los unos por
los otros”. Por
la presencia del Movimiento en todos los continentes, son innumerables
las experiencias de evangelización llevadas a cabo en contextos de
pueblos y razas distintas, donde este estilo de amar se convierte en
piedra angular para la evangelización. Fontem, un ejemplo
En
los años sucesivos, gracias a la solidaridad internacional promovida
por los jóvenes del Movimiento, se edificó un modesto hospital, una
escuela, canalizaron un torrente para conseguir electricidad, levantaron
casas... Pero, sobre todo, viviendo el Evangelio en la vida cotidiana
daban testimonio de amor recíproco entre ellos. Los
Bangwa no tenían noticias muy buenas de la presencia de “los
blancos”, debido al colonialismo, y les observaron durante meses: querían
asegurarse de que aquellas mujeres y hombres blancos no se movían por
intereses personales. Una vez convencidos de la sinceridad y
transparencia de los nuevos habitantes, comenzaron a colaborar en lo que
podían y a querer conocer algunos fundamentos de nuestra fe, llegando
muchos al bautismo. Así, en los primeros años, casi diez mil bangwas
entraron en la Iglesia católica. Los
años pasaron y todo fue progresando: el hospital creció;
la mortalidad infantil se redujo
al 2%; la plaga de la enfermedad del sueño se venció; se
construyó un colegio con escuela primaria y secundaria; caminos para
comunicar las aldeas; y se edificó también una iglesia que más tarde
fue erigida como parroquia.
Hoy,
aunque muchos bangwa siguen profesando la religión tradicional y su
estructura social básica se apoya en un sistema ancestral, la
fraternidad en Fontem triunfa y realiza milagros. De hecho, como afirma
el actual rey de Fontem: “Todos los que han acogido la forma de vida
del Movimiento resuelven todo entre ellos con el amor, no hay litigios
por los límites de la propiedad, no hay nadie que robe, no se hieren y
aún menos asesinan”. Viven en paz. Los frutos son numerosos:
peticiones de perdón y reconciliaciones entre parientes y vecinos;
aceptación del dolor; se cree en la Providencia de Dios que llega
regularmente; muchos piden ser bautizados participando del resto de
sacramentos... Por
el testimonio de su rey, que se ha puesto a la cabeza de su pueblo,
invitando a todos a vivir el espíritu cristiano de nuestro Movimiento,
esta acción evangelizadora ha llegado a toda la región. Ahora, también
otras tribus, con sus reyes a la cabeza, asisten a reuniones periódicas
donde se explica la Palabra, el Evangelio, acompañado de experiencias y
otras dinámicas que implican a todos, pidiendo nuestra presencia en sus
aldeas y poblados. Hoy
día distintas personalidades eclesiásticas y civiles nos alientan para
que llevemos lo que hemos hecho en Fontem a otras diócesis y a otros países
africanos, mirando a este lugar como un punto de referencia para la
evangelización.
Por
Anuska Sans |