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el otoño de 1857 y la
primavera de 1858, en una pequeña pero antiquísima ciudad de
la actual provincia de Tarragona, Tortosa, junto a la
desembocadura del río Ebro, nacen las Hermanas de la Consolación.
Recibieron ese nombre porque, según testimonio del Vicario
capitular de Tortosa en aquél momento, “todas sus obras se
dedican a consolar a sus prójimos”.
Su
fundadora, María Rosa Molas i Vallvé, es una
mujer sensible a las necesidades ajenas y posee un gran sentido
eclesial. Sus sueños se concretizan en: “Amar, honrar y hacer
conocer y venerar a Jesucristo ‘manantial y modelo de toda
caridad, consuelo y perfección’ y servirle en sus pobres”.
Ella
intuye que esto no puede hacerlo al margen de la Iglesia y, en
su empeño, se ve convertida en fundadora. Su gesta comienza por
el servicio y termina en la entrega. Gastará su vida en hacer
realidad ese sueño que una fuerza más poderosa que su propia
voluntad la empuja a poner por obra. Ella escribe poco. No deja
bellas páginas para edificación de quienes la siguen. Actúa.
El que quiere seguirla tiene que fijarse muy mucho en lo que
hace. Y lo que hace, arrastra. Tras ella, muchas jóvenes se le
unen, 128 se registran cuando, en 1876, entra a gozar de la
Gloria de Dios.
María
Rosa Molas fue beatificada el 8 de mayo de 1977 por el
Papa Pablo VI, quien no duda en proclamarla “Maestra de
humanidad” y decir de ella que “vivió el desafío
humanizante de la civilización del amor”. Juan Pablo II añadirá,
al canonizarla el 11 de diciembre de 1988: “Fue instrumento de
la misericordia y la consolación de Dios”.
En vida, María Rosa responde a las necesidades de la Iglesia.
En la medida de sus escasas fuerzas, distribuidas con gran
sabiduría y acierto, va a dónde el obispo la reclama. Sus
hijas secundan su ejemplo e intentan responder en la medida de
sus posibilidades a las llamadas que les llegan a través de la
jerarquía eclesial. Es esta la forma original en la que la
Congregación sale de su tierra de origen y se hace misionera.
No
se sabe si María Rosa soñó con ir a Misiones, lo genuinamente
suyo es servir a la Misión. Irá donde la Misión la lleve, dónde
haya un hombre sufriente, unos niños abandonados, una necesidad
que atender, un pueblo desértico de Dios. Ella no sale de los límites
de la diócesis que vio nacer su joven Congregación, pero el
horizonte es amplio y abierto: las necesidades del hombre
traspasan el tiempo y el espacio.
Sus
hijas, hoy
Hoy sus hijas siguen haciendo realidad el sueño de la Madre.
Los horizontes del Instituto han cruzado los mares y se han
extendido por cuatro continentes. No sólo en Europa sino también
en América Latina, África y Asia se habla el lenguaje de la
consolación, hecho de cercanía y solicitud, de gestos
solidarios y acciones concretas: educación, sanidad, servicios
sociales, ayuda a parroquias, misión ad gentes...
Cuando
llegan a Venezuela en 1924,
su servicio se dirige a los pescadores del litoral y las
islas caribeñas. Cumaná y Porlamar son las primeras ciudades
que las ven cruzar por sus calles. Hoy, las hijas de María Rosa
dirigen también colegios y escuelas, atienden enfermos en
hospitales y llevan a cabo programas de desarrollo y
evangelización entre los panare, indígenas que habitan la
cuenca del Orinoco; y han llegado hasta Ecuador, donde trabajan
con los indígenas de la región de Cuenca.
En
Argentina comienzan su labor en una diócesis del interior,
Tucumán, tierra de ingenios y caña de azúcar. Su dedicación
principal: la educación de la mujer. Hoy, con la colaboración
de los laicos del Movimiento “Consolación para el mundo”
han abierto también comedores para niños de la calle y las
encontramos también en Córdoba, Río Cuarto, San Luis... y
acaban de saltar a Bolivia, donde atienden una casa-hogar de niños
indígenas.
A
mediados del siglo pasado llegan al corazón de Brasil, a Areado
(Minas Gerais), pueblo de cafetales y cultivadores, y se
entregan a la educación de las niñas. En nuestros días
atienden además a niños de la calle en la periferia de
Brasilia y São Paulo.
Así
llegan también a África. Son los días del Vaticano II, el
obispo de Dedougou en la actual Burkina Faso, se sienta al lado
de un obispo español, monseñor Pont y Gol. Hablan de sus
experiencias, de sus diócesis... y el español queda
impresionado, tanto que decide enviar sacerdotes para fundar una
nueva misión en el interior del país, en el territorio de una
de las etnias más pobres de Burkina, los markás.
Llegan
los sacerdotes y se dan cuenta de que sin una comunidad de
Hermanas no pueden avanzar, las mujeres necesitan de otras
mujeres para ser acompañadas en la fe y en su desarrollo
humano, y llaman a las puertas de la Consolación. La necesidad
de los más pobres sigue golpeando el corazón del Instituto, y
la respuesta es afirmativa. Allí irán las hermanas. No les
arredra la lengua, la aprenderán. No les arredra el clima, se
adaptarán. No existen dificultades cuando en el corazón arde
el fuego de la misión: Que “el pobre sea servido y Dios
alabado”, eso es lo único que importa. Hoy las encontramos
también en Togo y en Mozambique, han abierto colegios, centros
de promoción social, dispensarios...
Finalmente
llegan a Corea. Su obra sigue fiel al sueño de María Rosa: un
hogar de ancianos, una casa para niñas de la calle, un centro
de espiritualidad...
Una
constante y un futuro esperanzador
En
las obras de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación
hay siempre una constante: el celo de María Rosa por "los
más pobres", por aliviar las "necesidades más
profundas del corazón del hombre". Y en su vida un futuro
esperanzador: el carisma de
María Rosa sigue atrayendo a muchos jóvenes que quieren seguir
las huellas de María Rosa y llevar la Consolación de Dios a
los ambientes más necesitados de nuestro mundo como hermanas,
como hermanos, como laicos... Una nueva Congregación, esta vez
masculina, con el carisma de María Rosa Molas, está dando sus
primeros pasos. Los laicos unidos en el Movimiento
"Consolación para el Mundo" hacen presente el carisma
con su forma de ser y estar en los ambientes más variados y la
O.N.G "Delwende" es un canal de vida para las obras
del Instituto en el Tercer Mundo: escuelas, dispensarios,
comedores... existen gracias al apoyo, la solidaridad y la
dedicación de gran número de personas que son un cauce
silencioso y oculto de la Consolación de Dios.
Por
Agustina Valls Ortiz
Hermana de Nuestra Señora de la Consolación
Revista
Misioneros Tercer Milenio |