Llamadas a ser presencia misericordiosa de Jesús |
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Mirarnos
en la historia es ahondar en nuestra identidad, es llegar al “manantial”,
es invitación a la profundidad, a lo inagotable, vivo e inextinguible;
es seguir “las huellas” orientando nuestros pasos sobre ellas. El
descubrimiento y vivencia de una identidad comienza por la memoria histórica
del carisma originario del fundador. Es el primer paso para el
conocimiento y asimilación del propio patrimonio espiritual y apostólico,
que nos invita a reproducir con valor y audacia, con fidelidad creativa
los valores carismáticos que den respuesta a los signos de los tiempos
que surgen en el mundo de hoy. ¿Quiénes
somos?
Luis
Amigó fue seducido por el amor de Dios y el amor hacia los “niños y
jóvenes marginados”. En una sociedad que no había tomado aún
conciencia de esta realidad, él se adelanta intuitivamente a ofrecer
soluciones. Y plantea a sus hijos, religiosas y religiosos terciarios
capuchinos, un reto que conserva toda su fuerza y actualidad: “Vosotros,
amadas hijas e hijos, a quienes El Buen Pastor os ha constituido zagales
de su rebaño, sois los que habéis de ir en pos de la oveja
descarriada... No temáis perecer en los despeñaderos y precipicios en
que muchas veces os habréis de poner para salvar la oveja perdida...”. En
nuestro fundador encontramos el modelo de fidelidad y respuesta a Dios;
el hombre que se dejó “mover a compasión ante las realidades
sufrientes de su tiempo”, y que con ternura y vigor supo dar la
respuesta acertada. Lo
que nos configura y distingue en la Iglesia como terciarias capuchinas
de la Sagrada Familia, según nuestra forma de vida, es seguir el espíritu
y las huellas de Nuestro Señor Jesucristo al estilo de su fiel servidor
Francisco de Asís, y del Padre Luis Amigó, con la actitud del Buen
Pastor y el espíritu de la Sagrada Familia. Como
seguidoras del “Poverello de Asís”, nos sentimos hermanas de todos
los hombres, tratando de vivir en humildad y sencillez, siendo
mensajeras de PAZ y ALEGRÍA con nuestra vida y nuestro testimonio. El
testimonio martirial de nuestras Hermanas Rosario, Serafina y Francisca,
y su beatificación por el Papa Juan Pablo II, es una proclamación
silenciosa de las palabras de Pablo: “No me avergüenzo del Evangelio”,
y del lema del fundador: “Doy mi vida por mis ovejas”. Sus vidas,
semilla que cae en tierra y germina, son gracia y promesa de fecundidad
para la Congregación y la Iglesia. ¿Qué
hacemos? El
carisma “redentor” al que se sintió llamado el P. Luis Amigó, y
que imprimió él como sello en las dos congregaciones que fundó, nos
impulsa a ser presencia misericordiosa entre los hombres de nuestro
tiempo.
Nuestro
apostolado específico se desarrolla en el campo de la reeducación:
hogares para niñas de la calle, adolescentes abusadas sexualmente, con
problemas de conducta, en situación de riesgo, y en las residencias de
ancianos y emigrantes. En
este campo tan delicado de la reeducación, intentamos dar una formación
humana y cristiana a los niños y jóvenes, que les
posibilite la recuperación de su dignidad humana y la esperanza
en un futuro mejor. La misión universal
El
P. Luis Amigó también hizo propio el ideal evangélico de la misión
universal, como claramente refleja su actuación en el acompañamiento
del primer caminar de su congregación:
La misión que hasta el año 1934 se había extendido por cuatro naciones, actualmente está presente en 32 países: la vieja Europa, Latinoamérica, África y Asia, donde las 1.310 hermanas terciarias capuchinas llevan su mensaje de paz y misericordia con preferencia a los más pobres y excluidos de la sociedad.
Por
Mª Dolores Otaola |