Evangelizar mediante la educación
 y la cultura

E

n la solicitud de aprobación pontificia de la Asociación de Fieles “Institución Teresiana”, de octubre de 1923, después de explicar el origen y las características de esta Obra, fundada en 1911 para evangelizar mediante la educación y la cultura, dice S. Pedro Poveda: “Al presente está constituida por Teresianas propiamente tales y por las Asociaciones de Cooperadoras Técnicas, de Antiguas Alumnas y Juventud Teresiana Misionera”. Así organizada, aprobó dicha Institución el Papa Pío XI en enero de 1924.

        Esta Obra nueva en la Iglesia, que pretendía hacer presente el Evangelio en las estructuras públicas donde no podían llegar los religiosos, nacía, evidentemente, con un planteamiento misionero. La referencia a Santa Teresa de Jesús y al estilo de vida de los primeros cristianos dotaban a esta Institución, ya desde su origen, de un específico carácter testimonial y de un notorio empuje evangelizador que habían de ser puestos en práctica en las circunstancias normales de los fieles laicos del pueblo de Dios.

Formar maestras, preparar mujeres que habían de desempeñar sus escuelas o sus cátedras con gran sentido misionero, requería una formación muy sólida y cuidada, a la vez que se realizaban los estudios que darían acceso al ejercicio profesional. De aquí la Asociación “Juventud Teresiana Misionera”, integrante de la Institución Teresiana, que agrupaba a las jóvenes estudiantes que después formarían parte del “núcleo” de dicha Institución, o de sus asociaciones cooperadoras, o que, sencillamente, vivirían en su personal vocación el espíritu misionero propio de quien toma progresiva conciencia de las obligaciones ineludibles de todo bautizado.

Significativa coincidencia

El Padre Poveda quiso hacer coincidir la fundación de la Asociación “Juventud Teresiana Misionera” con la inauguración del Seminario de Misiones Extranjeras de Burgos, por lo que el primer Reglamento de esta Asociación, con base en los primeros Estatutos de la Institución Teresiana (1917), está fechado en Burgos el 2 de diciembre de 1920. Unos años después, contento de haber podido secundar tan rápidamente el gran movimiento misional desencadenado en la Iglesia de entonces, escribía Pedro Poveda en un breve apunte personal: “Dos eran hasta hoy las asociaciones estrictamente normalistas misionales que existían en el mundo, la Asociación de S. Amando de Bélgica (1921) y otra análoga en Alemania (1921). Las Teresianas españolas de 13 internados les habían tomado la delantera (1920)”. 

En efecto. Las Academias Teresianas, que en su mayoría ofrecían internado para las alumnas de Magisterio que acudían a las Escuelas Normales, eran los principales ámbitos de formación de la Institución Teresiana, y estas estudiantes eran las llamadas a integrarse en la “Juventud Misionera”.

Esta Asociación, lo mismo que otras manifestaciones misionales, es fruto de la importante encíclica de Benedicto XV Maximun illud (30 noviembre 1919). La primera Guerra Mundial (1914-1919), junto con los progresos en los medios de comunicación, acababa de abrir la historia al universalismo. Es el contexto de la citada encíclica, primera dedicada por entero al tema misional. El cumplimiento de la misión apostólica, la necesaria formación intelectual, la propia santificación y la confianza en Dios, son los puntos clave de este documento pontificio, tomado como base para la formación en los grupos de “Juventud Misionera”.

La hora crítica de la misión

La nueva encíclica misional Rerum Ecclesiae, del Papa Pío XI, en 1926, activó el espíritu misionero en la Iglesia y, desde luego, en la Institución Teresiana. Precisamente en octubre de 1925 se había comenzado a publicar Juventud Teresiana Misionera, un folleto mensual que llegó a ser importante medio de formación y comunicación entre las distintas personas y grupos. Partiendo de que “El primer misionero y la primera misión” fue la encomendada por el Padre a Jesucristo, que Él transmitió a los Apóstoles y a la Iglesia, el n. 1 del citado folleto insistía en “La hora crítica”: los avances científicos, la rapidez en las comunicaciones y el despertar de los pueblos aún no evangelizados, “hace que la época presente sea la más favorable para la difusión del Evangelio”. 

Con esta conciencia y en esta actitud vivió la Institución Teresiana, arbitrando medios para la formación de sus miembros en la responsabilidad misional. Además, mientras esta Obra extendía su presencia a Santiago de Chile o a Roma, San Pedro Poveda soñaba con celebrar los 25 años de su fundación, que se cumplirían en 1936, con la llegada de sus miembros a países como India o China, donde la cultura y la religión habían tenido escaso contacto con el cristianismo. Pero su propio martirio marcó tan señalada efemérides, no pudiéndose realizar hasta años después, como fidelidad a su deseo, el citado propósito del fundador.

Los documentos conciliares y la encíclica Evangelii nuntiandi (1975) marcaron importantes hitos en el impulso misionero de la Institución Teresiana, así como la nueva conciencia en cuanto al modo de relación con los distintos pueblos, religiones y culturas. El Congreso General (1993), que tuvo como título “Evangelizar hoy: una nueva cultura, una historia distinta”, expresó bien estos renovados planteamientos. 

 

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Por Mª Encarnación González
Institución Teresiana
Revista Misioneros Tercer Milenio