Pasión por el Reino en un mundo globalizado

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floran a lo largo de la evangelización de América Latina hombres y mujeres que dejaron desde el Evangelio una huella de liberación. Entre esos evangelizadores brilla la luz de una mujer, Nazaria Ignacia March Mesa, española, madrileña. Esta mujer fue llevada por el Espíritu al corazón del continente Latinoamericano, a Oruro, Bolivia.

Nazaria Ignacia nace en la última década del siglo XlX, en 1889, y muere en Argentina en 1943. Es paradigmática en esta nuestra hora porque supo vivir la difícil dialéctica de ser fiel a la Iglesia, desde el corazón del pueblo.

Marcada con el carisma del amor a la Iglesia, ha sido calificada por algunos teólogos como “Madre Conciliar” porque forma parte, por su honda experiencia eclesial, de quienes se adelantaron al Concilio Vatiano II. Fue  beatificada por Juan Pablo II el 27 de septiembre de 1992.

Se acerca a nuestro tiempo por su praxis. Fue una mujer que aunó lo antiguo y lo nuevo, de intensa vida interior, contemplativa en la acción, que inició su caminar en Bolivia, cuando el Vaticano intentaba fortalecer esa Iglesia local, con el nombramiento de nuevos obispos. Eran los años de 1925.  

Bajar a la calle

Nazaria incide en esta iniciativa queriendo suplir la escasez de sacerdotes para llevar el Evangelio por los caminos: llegando a las minas, a los ranchos indígenas, cruzando a caballo las crestas de los Andes y creando pequeñas comunidades en las alturas andinas, sin otra preocupación que el ministerio de la Palabra.

Una Palabra encarnada, porque Nazaria se introdujo en las luchas de su tiempo, para dar una respuesta audaz a la realidad sociopolítica y a la crítica situación económica de su momento. Supo leer los signos de su tiempo y alentar e incorporarse a las corrientes y brotes liberadores que generaba la crítica situación de injusticia.

Promovió obras sociales, organizando a la gente en pro de sus derechos. Orientó y acompañó a los desempleados y a las organizaciones campesinas; movilizó a las mujeres desde una acción social, fundando incluso el primer sindicato obrero femenino de Bolivia; abrió las primeras escuelas profesionales para formar a las jóvenes indígenas; concibió comedores populares y los puso en marcha; adiestró a sus novicias para recoger a los heridos en los campos de batalla durante la guerra del Chaco… Pedía como condición a sus jóvenes seguidoras “bajar a la calle”, estar codo a codo con el pueblo.  

Opción por los pobres

La nueva Congregación surgía “al lado del Papa y de los obispos” y, desde su amor a la Iglesia, este grupito pretendía, desde una evangelización explícita, dar la respuesta necesaria al hombre y a la mujer concretos, con una opción universal, pero ya claramente marcada por los pobres. Nazaria supo que ellos eran la herencia que Dios le daba.

Desde el comienzo la nota peculiar de su disponibilidad fue conocida por los obispos. El nuevo grupo apostólico “no tenía más intereses que los de la Iglesia y el bien de los pueblos”. Sin obras propias ni instituciones permanentes, su vocación se definía “como un nuevo diaconado o sacerdocio femenino”.

Evangelizando con una pastoral itinerante, de dos en dos por los caminos, en  respuesta a los tres criterios ignacianos: la mayor eficacia evangélica, la mayor urgencia histórica, el bien universal mayor.

 Iglesia-Comunión

El siglo XX será el siglo de la Iglesia, dijo Guardini, el gran sabio italoaleman. De su mismo tiempo, una mujer, desde el continente latinoamericano, iniciaba una obra –la Cruzada Pontificia– que no tenía más fin que amar y entregarse a la misión de la Iglesia. Así lo afirmaba Nazaria Ignacia: “Quitad la dedicación especialísima a la Iglesia, y no tiene el Instituto razón de ser”.

Como carisma se le dio la revelación del Misterio de la Iglesia, desde esa connatural experiencia a la que se refiere Pablo VI en la Ecclesiam suam. Experiencia que la llevaría a ir tejiendo una espirualidad capaz de engrandar una nueva familia eclesial.

La Iglesia-Comunión es el núcleo de su carisma y eclesiología. La nota de la cohesión vertebra toda su Obra; su teoría y su praxis. Será la mística de la Iglesia y de su misterio de unidad, en torno al cual gira su espiritualidad.

Sintió a la Iglesia, como obra de la Trinidad. Ahí sitúa su “devoción al Papa y a los obispos”. Sin la aspiración por ver a la Iglesia en comunión, y sin el amor maduro al Papa que le da unidad, su espiritualidad se quedaría sin nervio y sin eficacia. 

Abierta a la utopía del Reino

Sus Constituciones se inician como una gran puerta abierta a la utopía del Reino desde el ángulo de la unidad: “Nuestra Congregación –dice– deberá tener un solo cuerpo, una sola alma con un solo ideal, que se cumpla pronto la predicción de nuestro Señor Jesucristo, de que al fin de los tiempos habría un solo Rebaño y un solo Pastor”.

Unidad, universalidad y mayor servicio irán siempre de su mano. Dos notas afirmarán (no diferenciando) el contenido del carisma, que ella ratificará con dos votos específicos, que brotan del Misterio de la Iglesia, de su ser y de su misión. Votos que la llevan a asumir el envío, la misión, la responsabilidad evangelizadora de la Iglesia, que no se pueden vivir, sino desde la unidad y la comunión vital con quien es el hacedor de la unidad, “El Papa y los obispos” y sin la “parresia”: la valentía, la audacia y el riesgo para dar incluso la vida en el anuncio del Reino.

El Reino de Dios fue en ella una pasión. El horizonte último, más allá de la Iglesia. El ser y el porqué de su convocación.

En los Ejercicios Ignacianos, le fue revelado el Reino, como a Ignacio, y ve “que una gran muchedumbre la seguía”. Por eso, para su Obra, llama a todos, hombres y  mujeres, en las diversas formas de vida –contemplativa, religiosa, consagrada, laical, sacerdotal– para conformar lo que define como “Una Cruzada de Amor en torno a la Iglesia”.

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Por Mercedes García Gutiérrez
Misionera Cruzada de la Iglesia
Revista Misioneros Tercer Milenio