Pasión por el Reino en un mundo globalizado |
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floran
a lo largo de la evangelización de América Latina hombres y mujeres
que dejaron desde el Evangelio una huella de liberación. Entre esos
evangelizadores brilla la luz de una mujer, Nazaria Ignacia March Mesa,
española, madrileña. Esta mujer fue llevada por el Espíritu al corazón
del continente Latinoamericano, a Oruro, Bolivia. Nazaria
Ignacia nace en la última década del siglo XlX, en 1889, y muere en
Argentina en 1943. Es paradigmática en esta nuestra hora porque supo
vivir la difícil dialéctica de ser fiel a la Iglesia, desde el corazón
del pueblo.
Se
acerca a nuestro tiempo por su praxis. Fue una mujer que aunó lo
antiguo y lo nuevo, de intensa vida interior, contemplativa en la acción,
que inició su caminar en Bolivia, cuando el Vaticano intentaba
fortalecer esa Iglesia local, con el nombramiento de nuevos obispos.
Eran los años de 1925. Bajar
a la calle Nazaria
incide en esta iniciativa queriendo suplir la escasez de sacerdotes para
llevar el Evangelio por los caminos: llegando a las minas, a los ranchos
indígenas, cruzando a caballo las crestas de los Andes y creando pequeñas
comunidades en las alturas andinas, sin otra preocupación que el
ministerio de la Palabra. Una
Palabra encarnada, porque Nazaria se introdujo en las luchas de su
tiempo, para dar una respuesta audaz a la realidad sociopolítica y a la
crítica situación económica de su momento. Supo leer los signos de su
tiempo y alentar e incorporarse a las corrientes y brotes liberadores
que generaba la crítica situación de injusticia. Promovió
obras sociales, organizando a la gente en pro de sus derechos. Orientó
y acompañó a los desempleados y a las organizaciones campesinas;
movilizó a las mujeres desde una acción social, fundando incluso el
primer sindicato obrero femenino de Bolivia; abrió las primeras
escuelas profesionales para formar a las jóvenes indígenas; concibió
comedores populares y los puso en marcha; adiestró a sus novicias para
recoger a los heridos en los campos de batalla durante la guerra del
Chaco… Pedía como condición a sus jóvenes seguidoras “bajar a la
calle”, estar codo a codo con el pueblo. Opción
por los pobres La
nueva Congregación surgía “al lado del Papa y de los obispos” y,
desde su amor a la Iglesia, este grupito pretendía, desde una
evangelización explícita, dar la respuesta necesaria al hombre y a la
mujer concretos, con una opción universal, pero ya claramente marcada
por los pobres. Nazaria supo que ellos eran la herencia que Dios le
daba.
Evangelizando
con una pastoral itinerante, de dos en dos por los caminos, en
respuesta a los tres criterios ignacianos: la mayor eficacia
evangélica, la mayor urgencia histórica, el bien universal mayor. Iglesia-Comunión El siglo XX será el siglo de la Iglesia, dijo Guardini, el gran sabio italoaleman. De su mismo tiempo, una mujer, desde el continente latinoamericano, iniciaba una obra –la Cruzada Pontificia– que no tenía más fin que amar y entregarse a la misión de la Iglesia. Así lo afirmaba Nazaria Ignacia: “Quitad la dedicación especialísima a la Iglesia, y no tiene el Instituto razón de ser”. Como
carisma se le dio la revelación del Misterio de la Iglesia, desde esa
connatural experiencia a la que se refiere Pablo VI en la Ecclesiam suam.
Experiencia que la llevaría a ir tejiendo una espirualidad capaz de
engrandar una nueva familia eclesial.
Sintió
a la Iglesia, como obra de la Trinidad. Ahí sitúa su “devoción al
Papa y a los obispos”. Sin la aspiración por ver a la Iglesia en
comunión, y sin el amor maduro al Papa que le da unidad, su
espiritualidad se quedaría sin nervio y sin eficacia. Abierta
a la utopía del Reino Sus
Constituciones se inician como una gran puerta abierta a la utopía del
Reino desde el ángulo de la unidad: “Nuestra Congregación –dice–
deberá tener un solo cuerpo, una sola alma con un solo ideal, que se
cumpla pronto la predicción de nuestro Señor Jesucristo, de que al fin
de los tiempos habría un solo Rebaño y un solo Pastor”.
El
Reino de Dios fue en ella una pasión. El horizonte último, más allá
de la Iglesia. El ser y el porqué de su convocación. En
los Ejercicios Ignacianos, le fue revelado el Reino, como a Ignacio, y
ve “que una gran muchedumbre la seguía”. Por eso, para su Obra,
llama a todos, hombres y mujeres,
en las diversas formas de vida –contemplativa, religiosa, consagrada,
laical, sacerdotal– para conformar lo que define como “Una Cruzada
de Amor en torno a la Iglesia”.
Por
Mercedes García Gutiérrez |