Pan partido para nuestros hermanos |
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ara hablar hoy de la Congregación de Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, del Carisma y Misión que realizamos en la Iglesia, queremos presentaros primero a alguien que fue siempre fiel a una “llamada” y, estando alerta, supo responder desde la sencillez.
Sólo cuenta Emilia siete años cuando muere su madre. Acude a la Santísima Virgen en busca de consuelo y, desde ese momento, va creciendo su amor a María; de tal forma que, según consta, tiene una experiencia maravillosa de la Santísima Virgen en su adolescencia, que va a marcar de forma definitiva su vida y su vocación. La vida le sonríe, tiene cuanto una joven puede apetecer: cultura, dinero, posición, además de muchas virtudes que realzan su atractivo y que la hacen ser encantadora. Vive intensamente la Eucaristía y el amor a los más necesitados y, como cada día la gracia le reclama mayor entrega, expone a su padre su deseo de ser para Dios. Él, sin embargo, no quiere ni oír hablar de ello. Por consejo de su confesor, mientras viva su padre tendrá pospuesta su entrada en la vida religiosa. Entre tanto, María Emilia no descansa. Capta las necesidades de su tiempo y redobla su trabajo a favor de los más necesitados. Quiere vivir el “sí” que hace años dio a Dios. Con filial cariño y dedicación atiende a su padre hasta el último momento. Tras su muerte en 1885, ella busca, ora y trabaja por los más desamparados y desea encontrar su lugar. Hay tanteos de vida religiosa en diferentes lugares y, al calor de los ejercicios espirituales y de la adoración al Santísimo Sacramento, nace ese despliegue de total entrega y se lanza a cumplir la voluntad de Dios: fundar una nueva congregación. Abre un camino en la Iglesia con un estilo propio. Al anochecer de un siglo, surge la Obra de María Emilia; mejor “la Obra de la Virgen”, como ella la llama en honor a Jesús y María. Su nombre: Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada.
Nuestro estiloLa congregación ha recogido la antorcha viva de manos de su fundadora y sus miembros estamos dispuestos a seguir manteniendo en la Iglesia esta pequeña luz. Son ya más de cien años evangelizando desde la Eucaristía, adorando a Jesús y siendo entrega para los hermanos, al calor de María Inmaculada. Queremos ser prolongación de Jesús como alimento, fuerza y consuelo para nuestros hermanos. Este carisma lo vivimos en tres dimensiones: vivencia eucarística (como celebración y como presencia permanente, en la adoración perpetua al Santísimo Sacramento), misión y evangelización (en misión ad gentes, educación y diversas tareas pastorales) y vivencia mariana (bajo el misterio de la Inmaculada Concepción).
Espiritualidad Eucarística
Esta dimensión eucarística nos lleva a ser “pan partido” para nuestros hermanos, a ser prolongación de Cristo entregado a los hombres de hoy. Queremos que Jesús Eucaristía sea adorado, conocido y amado por muchos, mediante la celebración diaria, la exposición permanente del Santísimo y la profundización en este misterio. Mª Emilia nos decía: “Dios me dio la vocación de que vengan muchas gentes a arrodillarse a sus pies; felicidad verdadera sólo la encontrarás a los pies de Jesús Sacramentado”.
Amor a MaríaNuestra dimensión mariana nace de la experiencia de María que tuvo nuestra madre fundadora desde su más tierna infancia. Es ella quien vive e inculca a todas este amor a la Virgen Inmaculada, “Nuestro Todo después de Dios”. María Inmaculada, mujer del “hágase”, del “sí” incondicional a Dios, es quien nos enseña a vivir en plenitud nuestra consagración. María es una dimensión esencial del carisma. Ella es Reina y Madre de la congregación. “En María encontramos un modelo excelente de caridad, de perfecta unión con Cristo, de esposa amante que, estrechamente unida a su Señor, rinde culto al Padre”. La Eucaristía y la Inmaculada son dos misterios que se relacionan íntimamente. Las misioneras los llevamos fuertemente entrelazados en el corazón y queremos hacer vida las palabras de nuestra fundadora: “Todo tu ser entero dáselo a tu Madre Inmaculada, y Ella como suyo se lo ofrecerá a Jesús”.
Celo misioneroNuestro título de “Misioneras” nos urge. Nos sentimos comprometidas en la obra misionera de la Iglesia, y estamos disponibles para colaborar en países de misión, aunque para ello tengamos que sacrificar otras obras. Como Jesús en su encarnación asumió las situaciones de los hombres, acogemos con mente abierta y ánimo esforzado las costumbres, patrimonio cultural, condiciones sociales de cada país, insertándonos en sus tradiciones religioso-culturales.
Nuestra manera de vivir, de orar y de trabajar quiere ajustarse a las necesidades de la misión, a las exigencias de la cultura, a la realidad socioeconómica y a las necesidades de nuestros hermanos. Esto nos obliga a una perpetua flexibilidad y desprendimiento para trabajar y vivir adaptándonos con gran espíritu religioso y congregacional a las circunstancias de cada lugar. A lo largo de los años hemos ido respondiendo a la urgencia misionera de la Iglesia desde el carisma recibido, conscientes de que “para la misionera no hay fronteras”, como nos dice Mª Emilia Riquelme.
Por
Marian Macías,
misami |