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idjrossé
es un barrio de Cotonú, capital económica y administrativa de
Benín. Hasta hace poco era un barrio periférico en el que
nadie quería vivir porque, entre otros inconvenientes, allí se
encontraba un hospital psiquiátrico. A este lugar llegaron en
1989 los misioneros combonianos. Actualmente la comunidad
comboniana de Fidjrossé está integrada por tres misioneros
africanos: el P. Ruffino Ezama, ugandés, el P. Abtú Teclai
Tiluck, eritreo, y el Hno. Simon Tsoklo Zissou, togolés. Tres
combonianos africanos de tres países distintos que evangelizan
a africanos de otro país.
Es
la encarnación del gran sueño de Daniel Comboni,
fundador de los Misioneros Combonianos: “Salvar
África por medio de África”. Y el ejemplo de uno de los
objetivos actuales del Instituto comboniano: la
internacionalidad y la interculturalidad.
Me
lo resume perfectamente el P. Abtú: “No se trata sólo de
personas que vienen de Eritrea, de Uganda o de Togo a
evangelizar, sino que estamos aquí para compartir o poner en
común estos valores culturales en esta comunidad concreta de
Fidjrossé. Aunque tengamos distintos puntos de vista y
distintas mentalidades, lo que nos une es el ideal de la
comunidad. Vivir juntos da un testimonio por encima de las
palabras. Es verdad que sorprende ver una comunidad comboniana
integrada sólo por africanos. Los tres nos hemos conocido aquí.
Y los tres tenemos una preocupación común: comprender a la
gente y vivir con ella”.
Togo
y Benín son dos de los 16 países africanos donde trabajan
actualmente buena parte de los 1.800 misioneros combonianos.
Otros lo hacen en 12 países de América y en tres países de
Asia (Filipinas, China –Macao– y Taiwán). A todos ellos les
anima el carisma de Daniel Comboni, que será canonizado el próximo
5 de octubre. Este intrépido misionero italiano del siglo XIX
(nació en Verona en 1831 y murió en Jartum en 1881) intuyó
que en su época los pueblos más pobres y abandonados vivían
en África. Y por
eso diseñó el Plan para la Regeneración de
África, que condensó en el lema “Salvar África por medio de
África”. La
fuerza motriz de su incansable ministerio –ha escrito
recientemente el superior general del Instituto– es el hecho
de que, como el mismo Comboni subrayó, “el corazón de Cristo
palpitó también por los africanos y por ellos murió en la
cruz”.
El
plan era ambicioso y profético. Creer y amar a los africanos
durante la etapa de la exploración y posterior colonización
del continente era humanamente casi absurdo. Europa se lanzó a
la conquista de África porque creía y ambicionaba sus recursos
materiales: oro, diamantes, cobre, madera, etc. Como antes había
creído y ambicionado una mano de obra barata para trabajar en
las inmensas plantaciones americanas de algodón. Pero los
europeos despreciaron al hombre negro, hasta el punto de que
algunos intelectuales de la Ilustración llegaron a justificar
la esclavitud porque el negro no tenía alma, es decir, porque
no era persona.
Para
el pobre y con el pobre
Los misioneros combonianos asumieron la obra de Comboni, después
de su muerte prematura como primer obispo del Vicariato de África
Central, con sede en Jartum. Se empaparon de esta convicción de
evangelizar a los africanos a partir de ellos mismos, es decir,
con sus valores y su cultura. Y con esta misma creencia fueron a
América.
Como
está sucediendo en otros institutos misioneros, en los
combonianos hay cada vez más miembros africanos y
latinoamericanos. Esta internacionalidad e interculturalidad, de
la que hablaba en Benín el eritreo P. Abtú, es ya un signo de
identidad. Los misioneros combonianos están dedicados
exclusivamente a la evangelización ad gentes, porque, como quería
su fundador, tienen como objetivo estar entre los más pobres y
abandonados. Esta presencia conlleva compartir con ellos un
estilo de vida y un compromiso, basado en la fe en Cristo
encarnado, muerto y resucitado. De ahí que en las últimas décadas
varios combonianos hayan pagado con su vida su lealtad a los
valores del Reino, un Reino de paz, de justicia y de amor. Tanto
en África como en América.
En
esta época en que algunos confunden evangelización con misión,
los combonianos tienen muy claro que están consagrados de por
vida a la misión ad gentes, es decir, a anunciar el Evangelio a
quienes aún no lo conocen y no tienen posibilidad de conocerlo
si alguien no se lo comunica. Esta misión sigue coincidiendo
con la geografía de la pobreza y de la marginación, en el
llamado Sur, allí donde millones de hombres y mujeres sufren
los embates del hambre, la exclusión, la guerra, la explotación,
y el olvido.
Saben
los misioneros combonianos que pueden hacer muy poco para
quebrar el desequilibrio entre Norte y Sur. Pero están
convencidos de que su puesto es estar al lado del pobre, en el
corazón del Sur, para que quienes viven allí comprendan que
Dios los ama y mantengan viva la esperanza. Así de sencillo y,
al mismo tiempo, así de complicado.
Toda
la actividad diaria de los combonianos en las diversas misiones
africanas, latinoamericanas y asiáticas está impregnada de
esta convicción profunda. Lo mismo da si se excava un pozo que
si se prepara a un catequista, si se crea una comunidad de base
que si se investiga una lengua, si se monta un dispensario que
si se levanta una escuela, si se trabaja entre los pigmeos del
Ituri o en las favelas brasileñas...
Todo para ellos pero con ellos, sujetos siempre de su desarrollo
y su evangelización. Es, en definitiva, la encarnación del sueño
de Comboni: “Salvar África por medio de África”.
Enseñando
a trabajar la tierra
Constant Marcel Tsomafo-Agbemelo es un Hermano comboniano togolés de 30 años que dirige la Escuela Agrícola de Vogan, puesta bajo la protección de Daniel Comboni. Habla un correcto castellano, aprendido en Colombia durante la etapa de formación. La granja se creó en 1999. Como en la zona hay bastantes problemas y los jóvenes tienen que salir del pueblo para buscar trabajo en Lomé, la provincia comboniana de Togo-Ghana-Benín pensó que se podía ayudar a los jóvenes creando un centro como éste para proporcionarles una formación agrícola.
El Hno. Constant me va mostrando las dependencias para las gallinas ponedoras y pollitos de distinto tamaño, los patos, las pocilgas de los marranos y sus crías, los campos de verduras y hortalizas, los pozos, los árboles frutales... Los 13 jóvenes que se están formando en estos momentos ratifican el entusiasmo del Hermano. Su mano derecha es el ingeniero agrónomo togolés Lawson Aimé, responsable de la formación teórica. Hay también cuatro técnicos agrícolas.
Los combonianos eligieron esta zona porque en Vogan hay mucho terreno, pero los jóvenes no se atreven a cultivarlo, por no saber dónde llevar después los productos para venderlos, ni qué es lo que se puede producir. "La comercialización –dice el Hno. Constant– fue al principio un gran problema. Cuando empezamos, no sabíamos dónde vender los productos. Fuimos a Lomé y contactamos con posibles clientes. Nos presentamos desde el primer momento como misisioneros que trabajamos en la promoción humana de los jóvenes. Poco a poco, vinieron a vernos los dueños de los supermercados, tiendas y restaurantes. Se dieron cuenta de que comprar huevos, pollos y cerdos en el centro era ventajoso para ellos y, al mismo tiempo, ayudaban a los jóvenes togoleses a salir adelante".
Constant está satisfecho con su trabajo. "Puedo decir con sencillez pero con alegría que aquí me siento realizado como misionero. Paso el día con los jóvenes y trabajo con ellos en el campo. Lo que más me gusta es que así trato de mostrar la verdadera cara de Jesús, que sufre con el pobre y que trabaja con él. Hay quien piensa que la agricultura no es algo específico de los combonianos. Pero yo digo que la formación de la conciencia juvenil es un trabajo genuinamente
comboniano".
Por
Gerardo González Calvo
Misionero Comboniano
Revista
Misioneros Tercer Milenio |