Evangelización con amor, respeto y promoción humana

S

i has echado un vistazo al periódico de hoy podrás comprobar que, probablemente, en las noticias del día no haya aparecido ninguna como las que ahora vas a leer.
       Como podrás deducir, no todo es malo ni catastrófico en el mundo. No sólo son noticias los hombres que mueven los destinos de los pueblos, esos que llamamos poderosos. Existen otro tipo de hombres y de mujeres que, aunque no aparecen en las columnas de los diarios ni encabezan sus grandes titulares, son también noticia… a su modo. Sin demasiado ruido, eso es cierto: El beato José Allamano es una de esas personas.

       Nacido en Castelnuovo d'Asti un 21 de enero de 1851, en el seno de una  familia campesina, es hombre de débil salud, inteligente, tenaz, como quien está habituado a bregar con la tierra, y decidido a no perder ni un instante de su vida. Su padre José y su madre María Cafasso, hermana de aquel Don Cafasso que más tarde sería proclamado santo.
         Tres personas, además de la madre, tienen un papel fundamental en la formación de José Allamano: su maestra, Benedetta Savio, mujer muy religiosa; su tío materno, San José Caffaso y San Juan Bosco, en cuyo oratorio de Turín realizó los estudios primarios.
         Entra en el seminario de Turín. Los años revelan pronto el verdadero carácter de José. Estudia con voluntad y pasión. No es un empollón, “un busca notas” para ser el primero de la clase. Tiene una exigencia interior de prepararse con seriedad a la misión que el Señor le llama.

Empieza la aventura

    El 8 de mayo de 1902 marchan los primeros cuatro misioneros hacia Kenia: dos sacerdotes y dos cooperadores laicos; todos muy jóvenes, alrededor de los veinte años.
      El 29 de junio del mismo año los cuatro misioneros acompañados por monseñor Allgeyer, vicario apostólico de Zanzíbar (que abarcaba Madagascar, Zanzíbar, Tanzania, Kenia, Uganda y algo más), inauguran la primera misión, a nombre de la Consolata, en el poblado de Karoli, famoso jefe kikuyu. Todo Turín está de fiesta por este acontecimiento. Desde el Santuario de la Consolata, donde José Allamano era el rector, empieza a moverse un río de solidaridad misionera.
         En los años sucesivos las salidas se multiplican y la labor de los nuevos misioneros se potencia bajo el empuje innovador y las instrucciones de José Allamano: AMOR y RESPETO a los africanos y su cultura; PROMOCIÓN HUMANA como condición indispensable para la evangelización, como signo concreto del amor de Dios y de María a cada persona.

Su estilo

      El modo de orientar de Allamano es práctico, concreto e inmediato. Posee un claro compromiso con la misión, esto unido a su gran humanidad y humildad, atención y comprensión de los signos de los tiempos.
        No quiere sacrificios ni penitencias inútiles. Sus misioneros deben estar en forma tanto espiritual como físicamente. Vivir en África supone ya de por sí privaciones y riesgo. Quiere por tanto gente sana generosa y trabajadora, no quiere individuos creadores de problemas. En una ocasión, a un obispo que le escribió para mandarle un joven, le respondió: “Si lo que quieres es librarte de él, quédatelo; si te cuesta desprenderte de él, mándamelo”.

Cura diocesano

       José Allamano no formó nunca parte, jurídicamente hablando, del Instituto que fundó. Fue sacerdote diocesano hasta el último día. Sin embargo, los últimos años de su vida los dedica a los dos Institutos que fundó, el de los Misioneros y el de las Misioneras de la Consolata. “El P. Allamano comprendió una verdad que no ha estado presente en la conducta de la Iglesia hasta estos últimos años: que el anuncio del Evangelio no es sólo tarea del misionero que se marcha entre aquéllos que no lo conocen todavía, o de la Santa Sede, sino que es un compromiso de toda la Iglesia; y la Iglesia se concreta, ante todo, en la diócesis, en la Iglesia local; es un compromiso y es un deber de la Iglesia local. José Allamano, que yo sepa, no ha hecho teorías sobre esto sino que lo ha intuido y lo ha puesto en práctica de una manera maravillosa”. (Card. Miguel Pellegrino)

Nuestro fin

       El cometido que nos caracteriza en la Iglesia es la evangelización de los pueblos; lo realizamos para gloria de Dios y en la santidad de vida, según lo entendía José Allamano cuando repetía: “primero santos y, después, misioneros”. Este fin debe impregnar nuestra espiritualidad, guiar las opciones, cualificar la formación y las actividades apostólicas, orientar totalmente la existencia. (Const. 5).

Misioneros de la Consolata en el mundo

        Los misioneros nos sentimos enviados por una Iglesia que se siente misionera y la evangelización es la finalidad de la misión; su contenido debe ser ahora un compromiso y servicio a la fe y a la promoción de la justicia. Nuestra presencia se concreta en:

  • ÁFRICA: Kenia, Tanzania, Mozambique, Etiopía, Uganda, África del Sur, Libia,   Congo, Costa de Marfil, Guinea Bissau. 

  • AMÉRICA: Canadá, Estados Unidos, Colombia, Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina. 

  • EUROPA: Italia, Portugal, Inglaterra, España. 

  • ASIA: Corea del Sur y para el año 2003 en Mongolia.

DATOS CONTACTO

MISIONEROS DE LA CONSOLATA
C/ Pablo Aranda, 18
28006 MADRID

Tel.: 91 563 58 03
Fax: 91 563 58 04

E-mail (Sup. Prov.): supesp@wanadoo.es

E-mail (revista): antena@inicia.es

Web: http://www.antenamisionera.org

Por Manolo Collado
Misionero de la Consolata
Revista Misioneros Tercer Milenio