Evangelizar educando |
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osé
de Calasanz, creador de la primera escuela popular y gratuita de Europa
y Fundador de las Escuelas Pías, establece los dos compromisos
constitutivos de la identidad de su Obra: Escuela y Evangelización.
El Evangelio es para entrar en el interior de la cultura y la cultura para empaparse del Evangelio: “no hay auténtica fe si no está inculturizada”.
La actualidad de nuestra misión
Las
sociedades del denominado Tercer Mundo, caracterizadas por el predominio
claro de los niños y jóvenes y por enormes necesidades en el campo
educativo, nos reafirman a los escolapios respecto a la innegable
actualidad de nuestro Carisma, que quiere promover la reforma de la
sociedad mediante la educación integral, abierta a todos, sin distinción
de raza, etnia, religión o nivel social. Ante
esta muchedumbre de niños y jóvenes que reclama el pan de la cultura y
de la fe, los escolapios queremos aparecer como testigos de Cristo,
salvador de los oprimidos, que bendecía a los pequeños. En nuestra
vida diaria nos entregamos a los niños y jóvenes, sobre todo a los más
desfavorecidos, en una vida sencilla de servicio educativo, de acompañamiento
y de solidaridad. Calasanz sintió como dichas a él las palabras bíblicas “a ti se te ha encomendado el pobre, tú serás la ayuda del huérfano”. Es la herencia que han recibido las Escuelas Pías con esa conciencia de paternidad y maternidad. Los escolapios vivimos la frescura permanente del Carisma y su fuerza transformadora y profética. En los niños y jóvenes más necesitados redefinimos nuestra identidad y vemos renacer en muchos jóvenes vocacionados el entusiasmo de nuestros orígenes en este contexto concreto y en unas necesidades básicas que remediar. Interpelados por el grito de los pobres
Con
cuánto ardor defendió Calasanz el ejercicio del ministerio educativo
para los niños más necesitados: “La
educación de los niños y jóvenes pobres es opción
preferencial de las Escuelas Pías”. Copiamos literalmente un
fragmento de una carta de Calasanz en 1647: “El Prefecto debe recibir
con toda caridad a los niños pobres, descalzos o con vestidos pobres,
principalmente para éstos es nuestro Instituto”. Los
escolapios experimentamos la importancia de esta predilección de
Calasanz por los pequeños. Desde que el Hijo de Dios se manifestó como
niño necesitado y en condiciones de pobreza, no acoger o descuidar a la
infancia marginada significa no acoger al mismo Dios.
Creciendo en fraternidad
Crear
fraternidad cuando medio mundo está en guerra, vivir en el corazón de
demasiadas situaciones de inestabilidad y conflictos interétnicos, nos
compromete a los escolapios, en cuanto religiosos, a transparentar y
testimoniar el gozo de vivir juntos en Comunidad de hermanos. Nuestros
pequeños núcleos comunitarios se proponen ser verdaderos focos de
acogida, de diálogo, vida fraterna y llamada a la reconciliación y a
la comunión; todo esto desde la propia pluralidad. En mi Comunidad de
Yaoundé vivimos cinco escolapios: 2 de España, 1 de Polonia, 1 de
Guinea Ecuatorial y 1 de Camerún. Nuestro
estilo de vida permite acoger entre nosotros la presencia temporal de jóvenes
interesados en hacer una experiencia de comunidad, la integración de
laicos en nuestros momentos de oración comunitaria, la participación
en actividades de barrio que favorece la aparición de un tejido de
solidaridad entre vecinos, la introducción de gestos y símbolos de las
culturas autóctonas en nuestras relaciones interpersonales. Más
que la capacidad de solucionar muchos problemas materiales prácticos,
lo que queremos ofrecer es el ejemplo de la fraternidad diaria y de la
comunión entre nosotros mismos: caminar juntos en la alegría, la
disponibilidad y la gratuidad; es decir, vivir la cultura africana,
americana, asiática o de Oceanía, basada sobre los valores
fundamentales del respeto a la vida, la familia, la educación y una
solidaridad efectiva. La educación, fermento de transformación
Demos
a los niños un futuro de paz. Son palabras del Papa Juan Pablo II:
“Los niños, además de la fundamental educación familiar, tienen
derecho a una específica educación en la paz en la escuela y en las
otras instituciones educativas que tienen el deber de conducirlos
gradualmente a comprender la naturaleza y las exigencias de la paz. Es
necesario que aprendan la historia de la paz y no sólo de las guerras
ganadas o perdidas…”. Ciertamente
nuestras escuelas en tierras de misión son un lugar privilegiado de
vida fraterna y pacífica, donde cada cual –musulmán, católico,
protestante, animista, pagano…– es aceptado como es, en el respeto
de sus valores y creencias personales y familiares.
El
“no” a la guerra, que es el “sí” a la paz, está sobre todo en
la educación de las nuevas generaciones. El educador calasancio tiene
una mirada crítica respecto a la sociedad y es sensible a las
necesidades reales de la gente a la que sirve. Un misionero educador
lanzaba este grito profético: “Quitadles de las manos el fusil y
ponedles un libro y un cuaderno, así cambiarán el país violento en un
país pacificado y pacificador”. Ciertamente
los misioneros, religiosos y seglares, son reconocidos como promotores
de la paz y desarrollo en los países del Tercer Mundo. Nuestro gran
reto es superar la separación entre fe y cultura, vida y Evangelio,
convencidos de que la educación es la más eficaz fuente de progreso. África, por poner un ejemplo, está saturada de problemas, pero es un continente rico en inquietudes materiales y espirituales. Hay en África muchos valores y muchos motivos de esperanza que constituyen su dignidad y nobleza. No es un continente de muerte sino de vida. Jesús vivo es Buena Noticia de liberación de todo miedo y alienación. Nuestra fe, lejos de servir de tapadera y fuga hacia lo irreal, se ha convertido en un empeño y en un reto para la vida de un continente que Dios ama.
Por
Mariano Blas |