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Hijas de San José Enviadas al mundo trabajador pobre
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Hay personas que, cuando sueñan y desean, se paran tanto en las dificultades e imposibilidades que nunca inician la búsqueda que les lleve a hacer realidad sus sueños. Esto no le sucedió a Francisco Butiñá, sacerdote jesuita y fundador de dos congregaciones religiosas. Sí, Siervas de San José e Hijas de San José nacimos de un sueño, de un deseo, de la inquietud de un hombre que, ya en el siglo XIX, escuchó el sonoro clamor de un mundo trabajador que pedía libertad e igualdad de derechos y oportunidades. No es posible adentrarse en la vida, misión y carisma de nuestra congregación sin acercarse un poco más al perfil y a la historia de un hombre que se supo “co-creador” con Cristo Obrero desde la alabanza y el servicio.
Observador de la realidad Francisco Butiñá, gestado en el seno de una familia cristiana y trabajadora, nace en Bañolas (Gerona) el 16 de abril de 1834, época de gran inestabilidad, crisis e incertidumbre social, laboral y política en España y en Europa. Crece a la luz de la pequeña empresa artesana de cáñamo y lino con la que cuentan sus padres. Por su evolución y su historia se puede pensar que Francisco fue heredero fiel del carácter emprendedor, inquieto y entusiasta de su padre, así como del cuidado en el trabajo bien hecho de su madre. A los veinte años de edad, decide formar parte de la Compañía de Jesús, haciendo así opción por la vida religiosa. Gran observador de la realidad, aun en los largos años de formación, al comienzo de su vida de jesuita, dedicados al estudio y a la reflexión, Francisco no puede dejar de interesarse por la situación del hombre y la mujer trabajadores.
El “Evangelio del trabajo” Desde la experiencia del trabajo artesanal que ha vivido en su casa, Butiñá contempla asiduamente “la casa de Nazaret”. Llamará a nuestras casas “Talleres de Nazaret”, y a Nazaret estará íntimamente ligada nuestra espiritualidad. Jesús, José y María en el taller son nuestro modelo de vida y trabajo.
Del Taller de Nazaret tomamos el firme compromiso de hermanar trabajo y oración. Francisco Butiñá nos alentaba con sus palabras: “Estas son las dos alas con que debéis volar si queréis llegar a la cumbre de la perfección religiosa que os exige vuestra congregación”. El Taller es el lugar teológico donde nos encontramos con Dios y con el hermano por medio del trabajo. Este es nuclear en nuestra vocación. Nos sentimos llamadas a identificarnos con el himno de Filipenses como estilo propio de vida: “Se despojó de sí mismo y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Como “uno de tantos” estamos entre los que sirven, entre los más pobres del trabajo. Con ellos nos familiarizamos con lo humilde, lo pequeño, lo cotidiano y sencillo.
Ofreció un camino Después de diversos avatares y lugares a los que Francisco Butiñá fue enviado por la Compañía, llega a Salamanca en 1874 como profesor del seminario. La revolución industrial y el cambio social favorecen la oferta de empleo fuera del hogar. La entrada de la mujer en el mercado laboral comienza a hacerse factible, aunque con dificultades y con derechos siempre inferiores a los del hombre. En este momento Francisco comienza a hacer realidad su sueño.
Después del tercer destierro que Butiñá vive con la compañía en abril de 1874, en el último tercio de ese mismo año, llega a su Cataluña natal. Allí se encuentra con una situación laboral de la mujer pobre aún más precaria. Las posibilidades de inserción en el trabajo industrial, sobre todo de la mujer, son muy difíciles. Movido por el mismo ardor del carisma recibido, no se echa atrás y encamina a cuatro jóvenes cristianas y trabajadoras –María Gri, María Comas, Dolores Ros y Dolores Roca– a reproducir el proyecto comenzado en Salamanca. Estas jóvenes tenían vocación religiosa, pero “no contaban con dote ni condiciones para ingresar en otra religión antigua”. De la mano de Butiñá van a aprender, a la vez, el arte de fabricar medias y de ser religiosas, el ser una congregación “que tiene por coro el taller”. El grupo crece y pronto se unirá a él Isabel de Maranges, convirtiéndose en la cabeza que dará firmeza y estabilidad al Taller. Así comienzan las Siervas de San José de Cataluña, conocidas hoy como Hijas de San José.
Misión y tarea No podemos hablar de las Hijas de San José sin referirnos a la Familia Josefina en sus distintas ramas: religiosas y laicos. Las religiosas somos hoy 530. En los laicos existen dos ramas claramente definidas: Movimiento Nazaret (plataforma pastoral de niños y adolescentes) y Talleres Nazaret (que engloba jóvenes y familias). Estamos presentes, además de en España, en América del Sur desde 1924, con comunidades en Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Guatemala y México; también en EE UU. En África trabajamos en Angola. La Fundación Trabajo y Dignidad –promovida por las Hijas de San José y que invitamos a conocer a través de su web:www.trabajoydignidad.org– quiere ser la plataforma base de todos los proyectos de promoción y talleres microempresas sociales de producción con que cuenta el instituto. Cada Taller tiene como objetivo principal el crecimiento de la persona en todas sus dimensiones: humana, cristiana, familiar, social y laboral, así como ofrecer unas condiciones de trabajo dignas que aseguren una mejor calidad de vida en todos esos aspectos. Ojalá que el don de vivir la utopía del “Taller” siga esparciéndose y, como todas las cosas de Dios, actúe efectiva y silenciosamente en cada corazón para que el Reino sea una realidad en el mundo.
Por Purificación Rojo Artículo publicado en Misioneros Tercer Milenio, nº 99, noviembre 2009
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