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Nuestras resistencias
Es frecuente constatar que la invitación a sacerdotes, inmersos en la pastoral de cada día, a mirar más lejos, a cruzar orillas, a apasionarse por un proyecto universal, por una misión siempre joven y rejuvenecedora..., le parece a más de uno un idealismo de otros tiempos, que choca y chirría con esa realidad pastoral diaria. Y es que los sacerdotes (los jóvenes y los mayores) creemos tener mil razones para dejarnos absorber por lo inmediato y cotidiano. ¡Se nos abren tantos frentes...! ¿Cómo caer en la cuenta de que eso está bien, pero no basta, y que sin la tensión que nos trae la misión ad gentes, sin su impulso universal, todo ese esfuerzo estaría deficientemente orientado y en peligro de envejecer? ¿Cómo reaccionamos ante esta “provocación”?
Una “provocación” saludable...
Pues bien, siendo de los que creen en lo pertinente de esa “provocación”, voy a intentar contagiarla. Porque estoy convencido de que es así, de que siempre hay que estar volviendo al principio y fundamento, siempre hay que beber de esa fuente inagotable, fresca y refrescante. Porque así fue en los primeros tiempos cristianos, cuando eran tan pocos y cuando algunos parecían tan imprescindibles como Pablo y Bernabé en Antioquía. Porque ese desprenderse para “cruzar fronteras” fortalece a las comunidades que viven ese envío, les amplía horizontes, las libera de miopías, las rejuvenece, las hace sentir fuerte el gozo de compartir, de dar y recibir, el gozo de nuevos Pentecostés...
Y mientras veo que a mi lado, entre mis vecinos y parientes, tengo “misión ad gentes” en plena vigencia, veo también que ese manantial de amor trinitario del que mana toda misión no me deja limitarme ni a los hermanos en la fe ni a los alejados ni a los “otros” de cerca ni a los de “misiones extranjeras”. Porque un mismo ímpetu, una misma corriente de amor abarca a todos, y el despreocuparme de unos empobrecería a todos y me empobrecería a mí con ellos.
Y al revés: el abrirme a todos me rejuvenece y renueva siempre; la información y comunicación, el intercambio de bienes, la atención a la voz de otras Iglesias, la sensibilidad ante otras pobrezas y explotaciones... enriquecen y ahondan nuestra conciencia humana y cristiana. Mis pies pueden pisar solo unos pocos caminos. Mis manos pueden llegar tan solo a unos pocos pobres. Pero mi corazón puede abrirse a los horizontes universales de la misión. Y esta misión me empuja a la esperanza, sin dejarme naufragar en tropiezos que no tienen la última palabra y que olvidan aquella “fuente que mana y corre” de la que brota mi misión.
... que nos llena de esperanza
Esta mirada amplia nos estimula a remar mar adentro para pescar (Lc 5,4), “a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro” (NMI). Nos invita también a afrontar las incertidumbres y crisis de nuestro tiempo (¿hubo algún tiempo sin crisis?) con serenidad y como oportunidad providencial para iniciar nuevos y maravillosos caminos de evangelización, y para dejar caer estilos y añadiduras caducas que se nos pegaron como lastre. Este espíritu de misión universal, en este nuestro mundo globalizado, nos pone en contacto directo con Iglesias llenas del fervor gozoso de quien acaba de conocer a Cristo; con Iglesias martiriales que sufren persecución por serle fieles; con Iglesias de pobres que han puesto en Él su confianza e interpelan a nuestra solidaridad; con Iglesias que reviven los tiempos primeros del cristianismo y ponen en evidencia, sin pretenderlo, cuántas cosas en nuestras comunidades son superficiales, y cómo solo una es necesaria.
Desde la fuente que no falla
Esta perspectiva universal nos hace, con toda naturalidad, profundizar y purificar los objetivos y las motivaciones de nuestra pastoral. Y es que, aunque toda nuestra misión y nuestra pastoral dimanen de la misma fuente, cuando nos referimos a la “misión ad gentes”, a la misión universal, esa fuente se nos impone en toda su fuerza y belleza: el amor eterno de Dios, que quiere hacernos participar a todos los hombres en su comunión y felicidad.
A ejemplo del cura de Ars
Quien bebe de esa fuente, quien la contempla en el rostro de Cristo, ¿cómo podría encerrarse en parcelas acotadas y dejar de latir al ritmo del Espíritu que llena el universo? Si el cura de Ars merece un puesto ejemplar en este espíritu misionero universal, no es por sus incursiones en tierras de infieles, ni siquiera por su empeño y esmero en secundar campañas misioneras (que lo hizo), sino por su sintonía profunda con esa fuente inmensa de toda misión: “¡Qué grande es el amor de nuestro Dios, que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro con tal de perdonarnos...! ¡Que los ministros de Jesús anuncien... que su misericordia es infinita!”. ¿Cómo no compartir, desde el gozo de la fe, ese tesoro encontrado? Si el amor tiende siempre a rebasar fronteras, esa fuente incomparable de amor no puede dejarnos quietos. Y si ese amor de Dios abarca al universo, iremos a los hombres todos con la confianza de ir a un terreno amigo y abonado que nos estaba esperando.
Un examen necesario
Si esto es así, bueno será preguntarnos: ¿en qué medida nuestra pastoral ordinaria refleja e irradia esa conciencia gozosa de que cada comunidad eclesial ha sido enviada al mundo entero? ¿Qué falla en nuestros métodos, en nuestra aproximación a la gente? Y si realmente todos los frentes de nuestra pastoral van a la par, vivificados desde ese manantial del que mana la misión, sin que la distinción entre los diferentes ámbitos de actividad (“ad gentes”, “nueva evangelización”, “pastoral ordinaria”) los separe, ¿no será normal y signo de juventud el que de toda Iglesia local salgan presbíteros (y seglares y religiosos) a otras latitudes, por muy necesarios que parezcan en ella los Pablos y Bernabés de hoy? Lo será, y lo contrario será signo de envejecimiento. ¿Y si nos dejamos rejuvenecer? Entonces estaremos heredando y transmitiendo una misión gozosa, y no precisamente unas estructuras, unos ritos o unas catedrales. Entonces no sabremos separar nuestra pastoral de su razón de ser: el anuncio primero que la desencadena. Entonces cada comunidad, cada Iglesia se preguntará con ilusión: ¿qué fronteras, qué orillas debería yo cruzar desde mi pobreza? Entonces, en esa misión, habría sitio y tareas para todos. Entonces recularían la nostalgia y la resignación, y ganarían la esperanza y la juventud.
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