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Comunicar la fe es la misión de la Iglesia en el tiempo de San Francisco Javier y en el nuestro Por
Cardenal Tarcisio Bertone |
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He aceptado con alegría la invitación que me dirigió vuestro rector, mons. Spreafico, para venir a concluir este Año javeriano que recuerda el V centenario del nacimiento de san Francisco Javier. Creo que la Universidad Urbaniana, en la que estudian personas procedentes de todos los continentes —muchos de ellos de Asia—, constituye el contexto más adecuado para recordar la figura y la obra de san Francisco Javier, patrono de las misiones. La
obra más destacada que ha llevado a cabo la Compañía de Jesús en su
historia plurisecular es la obra misionera (cf. card. Roberto Tucci,
revista "Jesuitas 2006"). Ha sido grande ante todo por el número
de países en los que los jesuitas han desarrollado su actividad apostólica,
pues han estado presentes en todos los países de Asia, Oceanía, América
y en algunos de África donde ha sido posible anunciar el Evangelio. También
ha sido grande por las dificultades que los jesuitas han tenido que
superar, pues son muchísimos los que, además de vivir en condiciones
de extrema pobreza y de dificultad por causa de climas insufribles para
los europeos, han padecido violentas persecuciones y, muchos de ellos,
el martirio. Por
último, ha sido grande por la audacia y la grandiosidad de los
proyectos y de las iniciativas apostólicas que han caracterizado su
actividad misionera. Baste pensar en las Reducciones de Paraguay, en la
introducción del cristianismo en China por obra de Matteo Ricci. El
que inició e impulsó esta extraordinaria actividad misionera de la
Compañía de Jesús fue san Francisco Javier. En efecto, fue el primer
jesuita en partir de Lisboa para las misiones, el 7 de abril de 1541,
nombrado por el Papa Pablo III nuncio apostólico "entre todos los
príncipes y señores del Océano, de las provincias y tierras de las
Indias, acá y allá del cabo que se llama de Buena Esperanza, y de las
tierras cercanas". En
esta conferencia deseo comparar los tiempos de san Francisco Javier con
los nuestros desde la perspectiva de la misión como comunicación de la
fe. En
efecto, desde esta perspectiva, estas dos épocas se asemejan bastante:
en ambas se produce una profunda aceleración de la sociedad
humana, que cobra mayor amplitud y mayor complejidad. A fines del siglo
XV, el uso de la brújula y de la vela latina moderna da a las naciones
ibéricas la posibilidad de afrontar el océano y suceder a los
venecianos en el control del comercio con las Indias. Mientras los
portugueses comienzan a bajar por las costas de África, los españoles
se dedican a buscar el Levante por el Poniente. En 1483 Diogo Cao llega
a la desembocadura del río Congo; en 1492 Colón desembarca en una
pequeña isla del Caribe; en 1500 Cabral llega a Brasil. Así comienza
una nueva historia mundial sobre la base de una unificación del mundo
bajo la hegemonía de Occidente; su poder militar y tecnológico tiende
a unificar el mundo en términos de dominio e interés, términos que
proyectan su luz negativa también sobre nuestro mundo. Como
entonces, también hoy la comunicación ha sufrido una impresionante
aceleración; el desarrollo de la informática ha reforzado el progreso
tecnológico y casi ha anulado las distancias geográficas y temporales.
Hoy es posible conocer y participar, en tiempo real, en acontecimientos
que suceden en lugares muy distantes. Con todo, también hoy, las
posibilidades de mayor participación y mayor responsabilidad que
conllevan estas novedades quedan contrarrestadas por una orientación
cultural y política que favorece el interés de algunos más que la
dignidad de todos. De ahí ha surgido una dificultad y una crisis de las
instituciones sociales y políticas, como es fácil comprobar. Se pueden
establecer algunas analogías entre aquel tiempo y el nuestro y, no por
casualidad, hay quienes ven el nuestro como el fin de una época que
comenzó entonces.[1]. Podemos
iluminar esta analogía con la luz de la fe y preguntarnos cómo ve la
fe este repentino ampliarse y unificarse del mundo. Los primeros en
captar el desafío ínsito en los cambios del siglo XV —me complace
destacar que son diplomáticos, a los que la experiencia acostumbró a
analizar el sentido de los acontecimientos— fueron unos patricios
venecianos, los cuales, después de prestar servicio en la diplomacia,
eligieron acabar su vida como monjes camaldulenses:
Paolo Giustiniani (1476-1528) y Pietro Quirini (1479-1514). En
1513, basándose en noticias aún genéricas, escriben una carta al Papa
León X[2] para poner de relieve que esta ampliación del mundo es un
desafío y una oportunidad para la fe. Después de recordar el celo de
san Pablo y de los Apóstoles, concluyen:
"No puede dudar Su Santidad en asumir la solicitud por todas
las criaturas humanas para que no se prive de la verdad de la religión
cristiana a ninguna persona, incluso bárbara o infiel" [3]. Aunque
son conscientes de que la fe es un acto libre y que, por consiguiente,
"nadie debe ser obligado a creer", insisten al Papa para que
la Iglesia les testimonie tanto su caridad como su fe. En primer lugar
su caridad. Las riquezas de la Iglesia se deben usar para dar a esa
gente lo necesario para el alimento y para el vestido, de modo que,
también con este trato, se les facilite el camino a la fe, pues
"la caridad que busca la salvación de las almas es caridad más
auténtica que la que busca el alimento de los cuerpos" [4]. Por
lo que respecta a la fe, piden que el Papa envíe misioneros virtuosos y
que prepare otros para que prosigan su labor; por lo demás, ellos
mismos se ofrecen para esa misión. Lo que resulta evidente es que, a
sus ojos, un redescubrimiento de la misión y un firme compromiso de
vivirla es la única respuesta que la Iglesia —una Iglesia que acoge y
salva a todos— puede dar a los descubrimientos de ese tiempo. Para
ellos, es totalmente inaceptable que se conozca la existencia de
personas alejadas de la fe, sin que este conocimiento provoque una
explosión de celo apostólico. Sin
embargo, aunque compartimos la misma fe, debemos reconocer que nuestro
tiempo es profundamente diferente. Por una parte, el fin de la segunda
guerra mundial implicó, con la independencia política, la búsqueda y
la afirmación del patrimonio cultural de aquellos pueblos, de forma
que, en vez de hablar de misiones, se suele hablar de Iglesias jóvenes[5].
Por otra, la secularización ha producido un cambio profundo en la dinámica
de la vida de las tierras de más antigua cristiandad; rompiendo la
unidad orgánica de la vida cristiana, ha puesto en tela de juicio su
valor humanístico, salvándola sólo como reserva de solidaridad con
los más necesitados. El
resultado es que nuestra Iglesia hoy no sólo tiene que afrontar una
disminución de fe, llegando a ser minoritaria desde el punto de vista
cultural y de la capacidad de orientar la vida, sino también una pérdida
de humanismo. La misión, juntamente con el anuncio del Evangelio de
nuestro Señor Jesucristo, también hoy debe reafirmar su valor antropológico
y su sensatez social [6]. Esta
es la tarea actual de la Iglesia. Abierta positivamente a los cambios
que se están produciendo, capta en ellos "un acercamiento
progresivo de los pueblos a los valores evangélicos", que el Papa
Juan Pablo II describió como "una gran primavera cristiana, cuyo
inicio ya se vislumbra" (Redemptoris missio, 86). Este optimismo
cristiano no puede ser ingenuo, no puede por menos de notar la
complejidad de las situaciones en las que se ha de llevar a cabo la misión
hoy; todos percibimos cómo "surgen cuestiones nuevas, las cuales
se trata de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando
propuestas y sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso
discernimiento" (Dominus Iesus, 3). En
este contexto quisiera reflexionar sobre las analogías entre el tiempo
de san Francisco Javier y el nuestro, y juntamente con vosotros buscar
alguna pista que nos lleve a "recordar con gratitud el pasado, a
vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro"
(Novo millennio ineunte, 1). Al hacerlo me inspiraré en las
indicaciones que la encíclica Redemptoris missio dedica a la
espiritualidad misionera. En efecto, para el cristianismo y para la
Iglesia, la espiritualidad no puede ser sólo un residuo de oraciones y
de buenas intenciones, que es preciso cultivar en la intimidad, sino,
por el contrario, dado que nos mantiene unidos a Cristo, es la fuente de
la que brota la misión y que continuamente la alimenta. Dejarse
guiar por el Espíritu Este
es el título con que el número 87 de la encíclica Redemptoris missio
nos pide vivir con plena docilidad al Espíritu:
sólo esta actitud nos asemeja a Cristo, nos colma de los
"dones de fortaleza y discernimiento" y nos transforma en
"testigos valientes de Cristo y preclaros anunciadores de su
palabra". Precisando ulteriormente estas actitudes, la Redemptoris
missio invita a tener a la vez "la libertad de proclamar el
Evangelio" y el compromiso de "escrutar las vías misteriosas
del Espíritu y dejarse guiar por él hasta la verdad completa". No
es difícil ver cómo al hablar de la proclamación del Evangelio se
alude al ministerio apostólico que la Iglesia recibió de su Señor,
mientras que al referirse a las vías misteriosas del Espíritu se alude
a las modalidades de acción divina que, según el Concilio[7], actúa
también fuera de los confines de la Iglesia. Se trata de dos elementos
irrenunciables, porque remiten al único Señor, el cual, a la vez que
dio a su Iglesia una precisa tarea apostólica[8], mantuvo para sí la
libertad de llevar a cabo esta acción de salvación con las modalidades
que él disponga[9]. Recientemente,
también Benedicto XVI insistió en la universalidad del amor,
desarrollando tanto su carácter eclesial —"pertenece a su
naturaleza (de la Iglesia) y es manifestación irrenunciable de su
propia esencia"— como su dimensión extraeclesial:
"la caritas-agapé supera los confines de la
Iglesia"[10]. Me
parece que esta es la actitud de san Francisco Javier, cuyo celo apostólico
es a la vez necesidad de proclamar el Evangelio y apertura al Espíritu.
Probablemente encontramos aquí el fruto del magis ignaciano, es decir,
de la convicción de que se debe responder al amor de Dios con un amor
nunca satisfecho y cada vez mayor. Este principio genera en él energías,
hasta el punto de que su persona, totalmente impulsada por el amor a
Dios, vive para la misión. En
poco más de diez años recorre más de cincuenta mil kilómetros,
pasando de la India a Singapur, de Malasia a Japón. ¿Cómo no ver algo
semejante en la experiencia de san Pablo, el cual, según los Hechos de
los Apóstoles (cf. Hch 16, 9-10), tuvo una visión que lo impulsó a
pasar a Macedonia, "persuadidos de que Dios nos había llamado para
evangelizarles"? Ciertamente,
no toda la actividad de san Francisco Javier es fruto de la llamada
divina; también hay razones que lo caracterizan como hijo de su tiempo.
Baste pensar en cómo vincula el celo apostólico por la salvación de
las almas a su condenación segura en caso de que no sean evangelizados,
o a las consecuencias de su falta de conocimiento de los mundos en los
que trabaja. De
san Francisco Javier podemos destacar también su esfuerzo por entrar
personalmente en contacto con las personas. Es consciente de que un auténtico
y profundo encuentro personal implica también una inculturación, pero
cree que, para anunciar a Cristo, basta utilizar el portugués de los
mercaderes y de los esclavos, de la gente común y de los colonos. En
pocas palabras, sin contar con los medios para prepararse al encuentro
con el Asia de su tiempo, aunque pide personal instruido que pueda
dialogar con las personas cultas, pone en el centro la predicación de
Cristo y la enriquece con el testimonio de una vida virtuosa, recta y
misericordiosa. A su parecer, debía bastar para conquistar el corazón
de las personas[11]. Si abandonamos una visión ética para avanzar una
hipótesis teológica, podemos decir que san Francisco Javier, a pesar
de todos sus límites, ve el apostolado como la revelación y la
manifestación del amor de Dios en la humanidad ministerial del
misionero [12]. Nuestra
visión actual es sutilmente diversa. Nosotros continuamos la misión de
Cristo de un modo que reconoce abiertamente la dignidad de todo ser
humano [13]. Con san Francisco Javier afirmamos que no hay auténtica
evangelización sin el anuncio de la fe en Jesucristo; pero, al mismo
tiempo, sabemos que esta misión debe tener en cuenta las
circunstancias. Así,
hay muchas y diversas modalidades de cumplir la misión, pero las
diferencias "dentro de esta misión de la Iglesia nacen no de
razones intrínsecas a la misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que esta se
desarrolla" (Redemptoris missio, 33). Una de estas circunstancias
es el valor del diálogo interreligioso:
"entendido como método y medio para un conocimiento y
enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión
ad gentes; es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus
expresiones" (ib., 55). En
esta compleja situación, también hoy la Iglesia está llamada a
escuchar y a seguir al Espíritu, "que sopla donde quiere, y oyes
su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va" (Jn 3, 8).
Sabemos bien, como nos enseñó Juan Pablo II, que "es el Espíritu
quien impulsa a ir cada vez más lejos, no sólo en sentido geográfico,
sino también más allá de las barreras étnicas y religiosas, para una
misión verdaderamente universal" (Redemptoris missio, 25). Este
"ir cada vez más lejos" invita a superar toda barrera, a no
tener miedo, sino a buscar servir al amor de Dios en todo. Sabemos también
que es imposible "consagrarse totalmente a la obra del Evangelio
(...) si no lo mueve y fortalece el Espíritu Santo" (Ad gentes,
24). Por eso, toda la Iglesia debe estar a la escucha de la misión como
un "lugar" privilegiado de escucha del Espíritu, pero, a la
vez, el mundo de la misión debe escuchar a la Iglesia cuando recuerda
la imposibilidad de "una economía del Espíritu Santo con un carácter
más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y
resucitado" (Dominus Iesus, 12). Vivir
el misterio de Cristo "enviado" El
segundo aspecto que los pasajes de la Redemptoris missio sobre la
espiritualidad misionera recuerdan es la necesidad de "una comunión
íntima con Cristo" (n. 88). Sin esta configuración con Cristo no
puede haber ninguna misión. De ese planteamiento la encíclica saca una
serie de actitudes que hacen concreta esta referencia decisiva. La
cita del texto de 1 Co 9, 22-23, con su radical invitación a
"hacerse todo a todos para salvar a toda costa a algunos", no
sólo remite al "hacer" sino también a "la presencia
consoladora de Cristo", el cual, a la vez que acompaña al
misionero en todos los momentos de su vida, "lo espera en el corazón
de cada hombre" (Redemptoris missio, 88). Estos
temas se pueden documentar fácilmente en la persona de san Francisco
Javier, el cual los vive casi espontáneamente en la espiritualidad que
dirige su acción misionera: la
gloria de Dios, el amor pascual de Cristo crucificado, la salvación de
las almas son los elementos que guían su personalidad apostólica.
Lejos de las opciones molinistas, que más tarde abrazarían los
jesuitas, san Francisco Javier se sitúa en la tradición
agustiniana-tomista que ve a Dios como el único autor de todo bien; de
ahí saca tanto una lección de humildad, porque sabe que él es sólo
un instrumento en manos de Dios, como un abandono total en su Señor. Este
último aspecto roza la mística, porque la radical confianza en el Dios
de amor lleva a san Francisco Javier, a semejanza de su Señor, a vivir
de amor y, por tanto, a sentir en su corazón como un tormento el pecado
de la humanidad. Para llegar al corazón de los hombres, sabe que debe
introducirse en esta miseria y también sabe que no puede hacerlo sin la
ayuda de Dios. De ahí su comunión con Cristo; de ahí su continua
oración; de ahí su paso natural del amor a Dios al amor al hombre. Sólo
de este modo, sólo aceptando amar como ama su Dios, libre y
gratuitamente, llega al secreto último de la vida misionera; se trata
del misterio de la Encarnación y de la Pascua:
sólo al precio de la kénosis, sólo al precio de una total
humillación, san Francisco Javier hace suyos los sentimientos de Dios,
y, encontrando el amor que Dios ya ha derramado en sus criaturas, saca
de él el compromiso necesario para hacerlo brillar. Creo
que, también hoy, no se puede menos de estar de acuerdo con este
planteamiento y con la antropología que supone. Aunque una tradición
teológica, deudora de la herejía arriana[14], ha hablado de una
criatura humana que sólo en un segundo momento entra en relación con
Cristo, la valoración plena del amor salvífico del Señor Jesús
conlleva una plena correspondencia de la persona a este don. En el amor
con el que Dios constituye a la persona humana como destinataria de su
vida, el hombre se capta simultáneamente en su diferencia criatural y
en su semejanza participada con Dios. Aunque la libertad creada las
expresa a ambas, ambas son interpeladas por el Evangelio de Cristo. Así,
el encuentro con el Dios de Jesús está en el origen tanto del creyente
como del hombre. De
este modo se puede comprender la expresión de la Redemptoris missio según
la cual la presencia de Cristo "espera al misionero en el corazón
de cada hombre" (n. 88). Si,
como enseñó el mismo Papa Juan Pablo II, "la realidad incipiente
del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia,
en la humanidad entera" [15], mientras que la acción del Espíritu
se revela "presente en todo tiempo y lugar"[16], entonces la
misión no es una comunicación en sentido único, sino que, mientras se
anuncia el Evangelio, implica comprender también su misteriosa
vitalidad que prepara para la acogida del Evangelio mismo[17]. Ya
sabemos qué cantidad de problemas se encuentran aquí y qué
consecuencias imprudentes algunos teólogos han sacado de ello. Aquí
baste decir que Jesucristo, en cuanto Dios, representa el amor personal
que entrega el hombre a sí mismo del modo libre que le permitirá ser
partícipe del don recibido y acogido; en cuanto hombre, representa la
figura finita e histórica que se deja modelar por el Verbo para
representar —por su plena correspondencia— la forma definitiva e
insuperable de la efusión del amor divino en la historia humana. Así,
en el misterio de la Encarnación se explica la estructura última de la
persona humana como constitucionalmente abierta a una excedencia que la
supera. Dado que en esta apertura de la persona al Ser está implícita
la apertura a ser-más, es decir, a un camino hacia su maduración,
entonces la teología —que indica esta plenitud en la relación con
Cristo— descubre que en la apertura del hombre al ser está inscrita
una exigencia religiosa, una exigencia de encuentro con el misterio
santo de Dios. Esta exigencia no puede menos de ser aún anónima e
indefinible, suscitando asombro y temblor:
sólo el amor libre de Dios la puede realizar. Sin embargo, si
esta es la voluntad del Padre, como sostiene 1 Tm 2, 3-6, entonces se
realizará en la forma trascendente e insuperable —la única digna de
Dios—, es decir, se realizará en el misterio de Cristo, en el que
encuentra plena luz el misterio del hombre. Conclusión
Quisiera
concluir esta reflexión con una última observación, que atañe al
profundo amor de san Francisco Javier a la Iglesia. Era una personalidad
eclesial en el sentido más profundo y noble de la palabra; es decir,
tenía hacia la Iglesia la misma actitud de Jesucristo, que "amó a
la Iglesia y se entregó por ella" (Ef 5, 25). Es lo que desarrolla
el pasaje de la Redemptoris missio que elegimos como guía. En efecto,
el número 89 recuerda que "sólo un amor profundo por la Iglesia
puede sostener el celo del misionero". Dado que su preocupación
diaria es "la solicitud por todas las Iglesias" —como
escribe san Pablo en la segunda carta a los Corintios (2 Co 11, 28)—,
está llamado a llenar de sensibilidad católica cada uno de los
momentos. Transformado por el amor a Dios, lleno de celo por las almas,
el misionero rebosa de amor a la Iglesia. San Francisco Javier fue
hombre de Iglesia de modo sincero y profundo. Permitidme
que me dirija a vosotros, estudiantes procedentes de las Iglesias de los
diversos continentes, para exhortaros y animaros a cultivar este
profundo sentido eclesial. El hecho de estar realizando vuestros
estudios aquí en Roma, en esta universidad única en la Iglesia católica
por su carácter misionero, tiene este significado:
enamoraros de la Iglesia. Aquí,
donde san Pedro y san Pablo derramaron su sangre por el Señor; aquí,
donde san Francisco Javier recibió su obediencia; aquí, donde surgió
la Congregación de Propaganda Fide para impulsar la obra misionera de
la Iglesia; aquí, donde es casi natural pensar con una dimensión católica;
aquí espero de vosotros las mismas palabras, llenas de fe y de
docilidad eclesial, con las que san Francisco Javier respondió a san
Ignacio cuando le propuso la misión. "Pues, sus, heme aquí".
Este espíritu eclesial os permitirá revivir el espíritu de san
Francisco Javier, juntamente con una profunda y renovada preparación
intelectual y humana, y os capacitará para realizar la primavera
misionera que esperan hoy la Iglesia y la humanidad. NOTAS
[1]
Esta era la opinión de F. Fukuyama (The End of History and the
Last Man, Nueva York 1992; traducción italiana:
La fine della storia e l'ultimo uomo, Milán 1996), el cual, basándose
en un finalismo histórico, avanzaba la hipótesis de que ese tiempo se
cumplía con la globalización tecnológica y con la afirmación del
modelo liberal-democrático de Occidente; a su entender, la caída del
imperio soviético era su señal evidente. De opinión totalmente
opuesta era S. Huntington (The Clash of Civilizations and the Remaking
of World Order, Nueva York 1997; traducción italiana:
Lo scontro delle civiltà e il nuovo ordine mondiale, Milán
1997), el cual refutaba esa visión del modelo único; para él, el fin
del bipolarismo liberó a las diferentes civilizaciones, de las que las
religiones son parte fundamental, de esta constricción y ahora ve que
se contraponen. Tras el bipolarismo no ha quedado una civilización
unitaria, sino un multipolarismo. [2]
Al no tener noticias precisas sobre esos pueblos, los dos camaldulenses
se atienen a la interpretación común de la carta a los Romanos (cf. Rm
10, 18), y siguen creyendo que los Apóstoles predicaron el Evangelio
también a estos pueblos, pero que estos, luego, acabaron por olvidar
ese primer anuncio (P. Giustiniani
P. Quirini, "Lettera al Papa":
Libellus ad Leonem X, año 1513. Noticias de introducción y
versión italiana de G. Bianchini, Módena 1995. [3]
P. Giustiniani P. Quirini,
"Lettera al Papa", 13. [4] Ib., 17. [5] J. Metzler, Dalle missioni alle Chiese locali
(1846-1965), ed. Paulinas, Cinisello Balsamo 1990. [6]
A este respecto, tal vez el texto magisterial más preciso es el del Sínodo
de los obispos de 1971: "La acción en favor de la justicia y la
participación en la transformación del mundo se nos presentan
claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del
Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia para la redención del
género humano y la liberación de toda situación opresiva" (Sínodo
de los obispos, La justicia en el mundo, 30 de noviembre de 1971:
el texto puede verse en Enchiridion Vaticanum IV, ed. Dehoniane,
Bolonia 1978, n. 803). [7]
"Por consiguiente, aunque Dios, por caminos conocidos sólo por él,
puede llevar a la fe, sin la que es imposible agradarle, a los hombres
que ignoran el Evangelio sin culpa propia..." (Ad gentes, 7). Fórmulas
semejantes se encuentran en Gaudium et spes 22:
"De un modo conocido sólo por Dios". [8]
Es el tema del "gran mandato":
Mt 28, 16-20; Mc 16, 15; a estos textos tradicionales se puede añadir
al menos Hch 1, 8. [9]
Baste recordar el comentario de santo Tomás a la salvación de quienes,
privados del bautismo, tienen un vivo desiderium; santo Tomás reconocerá
igualmente su salvación "propter desiderium baptismi, quod
procedit ex fide per dilectionem operante, per quam Deus interius
hominem sanctificat, cuius potentia sacramentis visibilibus non
alligatur" (Summa Theol. III, q. 68, a. 2, in c). De
modo análogo, la encíclica Redemptoris missio, en el número 10, habla
de la universalidad de la gracia pascual de Cristo, que considera
verdadera también para los que no tienen la posibilidad de conocer el
Evangelio y convertirse: "Para
ellos, la salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que,
aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce
formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su
situación interior y ambiental". [10]La
encíclica Deus caritas est, en el número 25, hablando de la Iglesia,
familia de Dios en el mundo, reafirma que "en esta familia no debe
haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo,
la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del
buen samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la
universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado
"casualmente" (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea". [11]
San Francisco Javier en la carta de febrero de 1548 escribe:
"Recomiendo encarecidamente que os esforcéis por haceros
amar en las aldeas que visitáis o donde residís, con obras buenas y
palabras amables, para ser amados por todos y nunca detestados. De este
modo, tendréis mayores frutos". [12]
Me parece que J. Polanco, secretario de san Ignacio, intuyó este hilo
que une al misionero con Dios. Cuando le informan de la muerte de san
Francisco Javier, escribe: "La
divina Bondad ha cortado el hilo de los proyectos del padre Francisco.
Sin embargo, Dios, que se los había sugerido, quería que primero
muriese él mismo, a imitación de Cristo, como un grano de trigo
arrojado en los umbrales de China; así otros recogerían frutos más
abundantes. A uno toca sembrar y a otro recoger". Cuando murió san
Francisco Javier, Matteo Ricci tenía sólo dos meses de vida. [13]
El Concilio "declara que el derecho a la libertad religiosa está
realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se
conoce por la palabra de Dios revelada y por la misma razón" (Dignitatis
humanae, 2). [14]Por
temor a caer en la herejía arriana, la teología postnicena abandonó
totalmente el papel cósmico del Verbo. La creación en Cristo fue
sustituida por la creación del Padre todopoderoso, con el resultado de
que la relación del mundo creado con el Verbo no es constitutiva de su
existencia sino que es sólo sucesiva a su existir. [15]
El texto preciso, reafirmado en Diálogo y anuncio 35 y globalmente
presente en Dominus Iesus 12, dice:
"Es verdad, pues, que la realidad incipiente del Reino puede
hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad
entera, siempre que esta viva los "valores evangélicos" y esté
abierta a la acción del Espíritu que sopla donde y como quiere (cf. Jn
3, 8); pero además hay que decir que esta dimensión temporal del Reino
es incompleta si no está en coordinación con el reino de Cristo
presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica"
(Redemptoris missio, 20). [16]
Redemptoris missio, 29. Además de esta acción universal, operante
también en las demás religiones, el mismo número hace otras dos
precisiones: el Espíritu
no es "algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de
vacío (...). Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la
historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene
un papel de preparación evangélica y no puede menos de referirse a
Cristo". [17]
Son los temas de los "semina Verbi", de la "praeparatio
evangelica" y de los "elementos de santidad y verdad"
presentes también fuera de la Iglesia visible.
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