Dichosos los que creen
(Primera Parte)
Cuando
era niño y llegaba el día de las Misiones, el domingo mundial dedicado a
rezar y a solidarizarse con los misioneros, siempre me venía un deseo
interior de hacer lo mismo que hacían esos misioneros. Leía pequeñas
historias que salían en las revistas a ellos dedicadas y dentro de mí
seguía el mismo sentimiento de ser misionero; veía en ellos personas
generosas y valientes. El sacerdote del pequeño pueblo donde vivía nos
convocaba a los niños y nos impartía catequesis especiales sobre los
“testigos de la fe”; así llamaba a los misioneros.
Un día
estábamos rezando y de pronto sentí en mi interior de niño una luz que
me parecía no se apagaba; en ese momento el párroco nos indicaba que
creer es llevar dentro la Luz de Jesús, porque Él nos ha dicho que es la
Luz del mundo. Desde entonces los momentos de oración se han convertido
en los momentos más luminosos de mi vida. A pesar de las tinieblas y de
las oscuridades que la misma vida lleva consigo, esta Luz nunca se me ha
ocultado.
Creer
no es algo que uno se impone, sino que es una luz, una gracia recibida
que te invade y que nunca se apaga. Cuando los discípulos estaban en el
Cenáculo, faltaba Tomás, y Jesús se les aparecía resplandeciente de luz.
Los discípulos refieren a Tomás lo que han visto y sentido, y él no
cree. Por eso la fe no se puede explicar, sino que se ha de
experimentar, y la forma mejor, en quien la tiene, es mostrarla,
regalarla y ofrecerla sin imponerla. Cuando Tomás ve a Jesús –porque la
fe te hace ver a Jesús–, siente entonces que el mismo Cristo le abraza,
asegurándole que serán felices los que crean aun cuando no lo vean como
él lo está viendo. No es necesario “verlo” para sentirlo, puesto que hay
cosas que no se ven pero se sienten. La luz de la fe es más fuerte que
cualquier visión que pueda existir. Cristo es más resplandeciente que la
misma luz del sol, no tiene parangón.
El
sacerdote de mi pueblo nos contaba a los niños la vida de Jesús con tal
convicción que nos dejaba “con la boca abierta”. No eran narraciones
bonitas como pudieran ser los cuentos o las fábulas; nos ayudaba a
hacernos amigos de un Amigo que nunca habíamos conocido y al cual,
recuerdo, tuve como el mejor compañero. Creer, por lo tanto, no era
saber muchas cuestiones o hacer cosas extrañas, sino vivir una amistad
que vale más que ninguna otra cosa.
En
muchas ocasiones, a escondidas, me escapaba de casa para ir a visitarlo
a la iglesia de mi pueblo, porque el sacerdote me decía que en el
Sagrario –muy escondido–, allí estaba Él. Y era verdad, yo le sentía muy
cercano. No me hablaba pero me entendía, no jugaba pero me divertía, no
estudiaba pero me enseñaba, no me acariciaba pero me amaba, no le veía
pero le sentía. Yo le miraba y Él me sonreía, me ayudaba y no me daba
cuenta. ¡Qué feliz era cuando estaba a su lado! ¡Qué dicha la de creer!
Por
Monseñor Francisco Pérez González
Arzobispo Castrense y Director Nacional de OMP
Revista Misioneros Tercer Milenio, junio de 2007
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