![]() |
Mensaje para la Jornada Misionera Mundial |
|
|
Queridos hermanos y hermanas:
Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a renovarse en el fervor misionero. ¡Sí! Es necesario promover con valentía la misión “ad gentes”, partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. El Congreso Eucarístico internacional, que será celebrado en Guadalajara, en México, el próximo mes de octubre, mes misionero, será una ocasión extraordinaria para esta unánime toma de conciencia misionera alrededor de la Mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su origen y su mandato misionero. “Eucaristía y Misión”, como bien subraya el tema de la Jornada Misionera Mundial de este año, forman un binomio inseparable. A la reflexión sobre los lazos que existen entre el misterio eucarístico y el misterio de la Iglesia, se une este año una elocuente referencia a la Virgen Santa, gracias a la celebración del 150 aniversario de la definición de la Inmaculada Concepción (1854-2004). Contemplamos la Eucaristía con los ojos de María. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todas las gentes, para que le reconozcan y le acojan como único Salvador.
“La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía” (n. 26): así escribía observando cómo la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la de Cristo (cfr. Jn 20, 21), y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su Cuerpo y con su Sangre. Fin de la Eucaristía es precisamente “la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (Ecclesia de Eucharistia, 22). Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa “se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (Ibíd., 60). Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica. Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente “no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía” (Ibíd., 33; cfr. Presbyterorum Ordinis, 6). Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras “Ite, misa est”, todos deben sentirse enviados como “misioneros de la Eucaristía” a difundir en todos los ambientes el gran don recibido. De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor.
El
pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, transformados por la fuerza
del Espíritu Santo en el cuerpo y sangre de Cristo, son la prueba de
“un nuevo cielo y una nueva tierra” (Ap 21, 1), que la ¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera? Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles “expertos” en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía.
La Iglesia, Pueblo de Dios en camino a lo largo de los siglos, renovando cada día el sacrificio del altar, espera la vuelta gloriosa de Cristo. Es cuanto proclama, después de la consagración, la asamblea eucarística reunida alrededor del altar. Con fe cada vez renovada, confirma el deseo del encuentro final con Aquél que vendrá a llevar a cumplimiento su designio de salvación universal. El Espíritu Santo, con su acción invisible, pero eficaz, conduce al pueblo cristiano en este su diario camino espiritual, que conoce inevitables momentos de dificultad y experimenta el misterio de la Cruz. La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado; es el “pan de vida” que sostiene a todos cuantos, a su vez, se hacen “pan partido” para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio su fidelidad al Evangelio.
María, “el primer tabernáculo de la historia” (Ibíd., 55), nos muestra y nos ofrece a Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida (cfr. Jn 14, 6). “Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia, 57). Es mi deseo que la feliz coincidencia del Congreso Internacional Eucarístico con el 150 aniversario de la definición de la Inmaculada ofrezca a los fieles, a las parroquias y a los Institutos misioneros la oportunidad de afianzarse en el ardor misionero, para que se mantenga viva en cada comunidad “una verdadera hambre de la Eucaristía” (Ibíd., 33). La ocasión es igualmente propicia para recordar la contribución que las beneméritas Obras Misionales Pontificias ofrecen a la acción apostólica de la Iglesia. Éstas cuentan con todo mi aprecio y les doy las gracias, en nombre de todos, por el precioso servicio que ofrecen a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Invito a apoyarlas espiritual y materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra. Con tales sentimientos, invocando la materna intercesión de María, “Mujer eucarística”, os bendigo de corazón a todos. Por
Juan
Pablo II |