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La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol
Las señoras Stephanie y Jeanne Bigard (madre e hija) pusieron las bases de la Obra de San Pedro Apóstol. Desde Caen (Francia) se fue extendiendo por Europa y América a partir de 1889, hasta que Pío XI dio a esta Obra el título oficial de Pontificia, en la misma fecha que a la de la Propagación de la Fe y a la entonces llamada Santa Infancia (3 de mayo de 1922). Sus principales objetivos son:
Cada país tiene institucionalizada –dentro de su calendario litúrgico– una Jornada para hacer partícipes a todos los bautizados de la naturaleza y finalidad de esta Obra Pontificia y para promover en las comunidades eclesiales la oración y la cooperación económica. En España este año 2009 la celebramos el 26 de abril. Sin embargo, la importancia misionera de la Obra de San Pedro Apóstol debe estar presente en la pastoral ordinaria de todo el año, suscitando entre los cristianos la responsabilidad misionera ante la magnitud de sus objetivos. Necesidad de las vocaciones nativas en las IglesiasDurante el siglo XIX y, principalmente, en los inicios del XX, el avance y el éxito de la acción misionera harán ver en la experiencia concreta qué significa de hecho una Iglesia que nace, se desarrolla y se consolida. En ese proceso se realiza en la práctica la eclesiogénesis; es decir, el nacimiento de una Iglesia, el inicio de una biografía. Se trataba de una consecuencia inevitable de la actividad misionera. No era sostenible pensar en transplantar sin más el modelo occidental y latino. Ello provocaría una situación de dependencia insostenible por mucho tiempo. Para salir de esa tentación, que hubiera sido un callejón sin salida, se requería un clero nativo y una real inculturación en el contexto.
Las encíclicas misionales insistirán en la importancia de constituir comunidades autóctonas con sus propios pastores, autónomas en su gobierno, economía y acción. La carta apostólica Maximum illud de Benedicto XV (1919) recomienda a los obispos, vicarios y prefectos apostólicos de tierras de misión que cuiden y formen al clero indígena, con el objetivo de que “puedan asumir el día de mañana tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo y ejercer en él el divino ministerio” (MI 34). Pío XI, en Rerum Ecclesiae (1926), asumiendo lo anterior, introduce referencias novedosas: la formación del clero nativo se convierte ahora en una preocupación más expresa por fundar seminarios (RE 68) donde se prepararán los futuros sacerdotes, de modo que no haya distinción alguna entre misioneros europeos o indígenas (RE 97). Pío XII en Evangelii praecones (1951) urge a que la Iglesia “se establezca sólidamente en otros pueblos y se constituya en ellos una jerarquía propia, formada con elementos indígenas” (EP 22), criterios que recogerá posteriormente en Fidei donum (1957).
Y, para ello, teniendo en cuenta la amplitud de la tarea que compete a los presbíteros, a los religiosos y a los laicos en el mundo actual, y considerando las múltiples dificultades que encontramos en la evangelización, de cara a edificar estas Iglesias jóvenes o en formación –como nos recordaba proféticamente el mismo Juan Pablo II–, “es preciso cultivar, consolidar y formar las vocaciones suscitadas por Dios. Y esta labor corresponde sobre todo a los seminarios menores y mayores. Estas instituciones tienen necesidad de la cooperación generosa de todos los fieles para poder dar a los candidatos al sacerdocio la formación equilibrada que necesitan. El crecimiento del clero autóctono podría detenerse a causa de la insuficiencia de los recursos disponibles. Según el testimonio de numerosos obispos de los países de misión, más de una diócesis hoy día correría el peligro de ver reducida su esperanza de contar con un clero autóctono, si no gozara de la ayuda aportada por la Obra de San Pedro Apóstol. No cerremos nuestro corazón: ¡lo que hemos recibido de su bondad, démoslo también nosotros con alegría!” (Carta apostólica con ocasión del centenario de la Obra de San Pedro Apóstol, 5c).
Han sido llamadosEstas vocaciones no son otra cosa que la llamada que el Dios del amor sigue dirigiendo a su pueblo. Él, como a los profetas, a los apóstoles y discípulos, y como a tantas personas a lo largo de la historia, es el que sigue llamando a personas de rostro conocido por su nombre propio. Y a cada uno nos llama para una misión concreta.
Para que todo esto sea posible es necesario conocer y apoyar con realismo, gratitud y esperanza el crecimiento de las vocaciones nativas entre las Iglesias jóvenes. El realismo nos lleva a comprender que aún existen muchos problemas para aquellos que sienten la llamada de Dios a un modo concreto de existencia cristiana: discernimiento, acogida diocesana y de congregaciones religiosas, formación adecuada, sustento económico... Pero junto a ello, también lo hemos de contemplar con gratitud: dada la vivencia cercana de la fe, la vida floreciente –a pesar de todo– de las Iglesias locales y la confiada acogida de la llamada a la vocación por parte de Dios y de la Iglesia, en estas Iglesias jóvenes están surgiendo muchas vocaciones nativas que se concretan en opciones de vida y en carismas y ministerios al servicio de la edificación de las Iglesias; y, también, desde su pequeñez y pobreza, con apertura a la misión en otras Iglesias y ámbitos más necesitados. ¡Cómo no entonar, por ello, un canto de alabanza, al Padre, por el Hijo, en el Espíritu! Entre el realismo y la gratitud, desde las viejas Iglesias hemos de dinamizar procesos personales y comunitarios de esperanza. Hemos de abrir una mirada universal a la Iglesia como “comunión de Iglesias” y romper con nuestro pesimismo. Una tercera Iglesia (después de la judeo-latina y la occidental) llama a nuestras puertas para ofrecernos lo mejor de sus pueblos, lenguas y culturas. En ese proceso de dar y de recibir que siempre ha de acompañar a la misión, esta Jornada nos invita de manera especial a compartir desde la alegría de la fe y a acoger las riquezas de una Iglesia auténticamente mundial desde una mutua solidaridad entre todas las Iglesias.
¡Ayudémosles!
Una vez más hemos de recordar que “cien años después de su fundación, la Obra de San Pedro Apóstol está lejos de haber acabado su misión. Si las jóvenes Iglesias ven aumentar felizmente el número de las vocaciones sacerdotales y religiosas surgidas en su seno, el grito oído por el Apóstol Pablo: «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16,9), no dejará de resonar entre los ministros del Evangelio, de todas partes del mundo, mientras el número de los bautizados no crezca al mismo ritmo que la población del globo. La invitación de Cristo nos concierne a todos y nos interpela con fuerza” (Carta apostólica con ocasión del centenario de la Obra de San Pedro Apóstol, 5a-b). Sigamos orando para que Dios continúe suscitando nuevas vocaciones nativas y las Iglesias las podamos acompañar en sus procesos vocacionales, comunitarios y formativos. Por eso, ¡ayudémosles!
Roberto
Calvo Pérez |
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