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Queridos niños:
Con ocasión de mi visita apostólica a Austria, me
alegra poder dirigirme en particular a vosotros, que participáis
activamente en las iniciativas de la Obra Pontificia de la Infancia
Misionera. Os agradezco de corazón las cartas y los dibujos que me
habéis entregado como signos de vuestro afecto y de vuestra cercanía
a mi misión. En ellos expresáis los sentimientos de fe y de amor por
los que Jesús amaba tanto a los niños y los acogía con los brazos
abiertos, señalándolos como ejemplo a sus discípulos: “De los que
son como estos es el Reino de Dios” (Mc 10,14).
Quiero
deciros que aprecio mucho vuestro compromiso en la Infancia
Misionera. Veo que sois pequeños colaboradores en el servicio que el
Papa presta a la Iglesia y al mundo: vosotros me sostenéis con
vuestra oración y también con vuestro compromiso por difundir el
Evangelio. Hay muchos niños que aún no conocen a Jesús. Y, por
desgracia, hay otros muchos que carecen de lo necesario para vivir:
alimento, asistencia sanitaria, instrucción; a muchos les falta paz
y serenidad. La Iglesia les dispensa una atención particular,
especialmente mediante los misioneros; y también vosotros os sentís
llamados a dar vuestra contribución, tanto individualmente como en
grupo.
La amistad con Jesús es un don tan hermoso que no se
puede tener sólo para uno mismo. Quien recibe este don siente la
necesidad de transmitirlo a los demás; y, de este modo, el don,
compartido, no disminuye sino que se multiplica. Seguid así.
Vosotros estáis creciendo y pronto llegaréis a ser adolescentes y
jóvenes: no perdáis vuestro espíritu misionero. Mantened una fe
siempre límpida y genuina, como la de San Pedro.
Queridos pequeños amigos, os encomiendo a la
protección de la Virgen. Pido por vosotros, por vuestros padres y
vuestros hermanos. Pido por vuestros grupos misioneros y vuestros
educadores, y a todos imparto de corazón la bendición apostólica.
Castelgandolfo,
3 de septiembre de 2007 |