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El martes 27 de enero, la campana mayor de la catedral de Cristo Salvador de Moscú repicó en 16 ocasiones. La Iglesia ortodoxa rusa (IOR) acababa de elegir a su nuevo patriarca, el decimosexto desde la creación del Patriarcado moscovita en 1589. La designación del Concilio General no deparó sorpresas y el metropolita (arzobispo) Kirill de Smolenko y Kaliningrado, número dos de la institución, fue el escogido para suceder a Alexis II, fallecido el 5 de diciembre. En Roma, la noticia fue recibida con alegría y esperanza, toda vez que el nuevo líder está considerado una pieza clave del diálogo ecuménico. |
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Los viajes se preparan con antelación. Siempre es bueno el testimonio de aquellos que ya tuvieron la posibilidad de realizarlo. Las referencias de los medios de comunicación de estos últimos años sobre Níger acumulaban más bien malas noticias: sequías, hambrunas, inestabilidad política, conflicto nacional con los tuaregs, pobreza, permanencia de la esclavitud y un retraso económico generalizado. La realidad que he encontrado ha sido menos dramática de lo que pensaba. Los problemas antes citados estaban allí de alguna manera, pero compensados por la dignidad de las personas y una acogida amable, que nunca falta en África. En los viajes cuentan mucho las primeras impresiones. Cuando uno llega a África desde Europa, éstas se manifiestan, a menudo, en forma de contrastes. Es verdad que las comparaciones son odiosas, pero uno no puede menos de constatarlas. Europa y África son dos mundos diferentes. Riqueza, de un lado, y pobreza, del otro, son cosas que saltan a la vista. Cualquier aeropuerto de provincia dispone de infraestructuras mucho más modernas que la de los aeropuertos africanos que conozco. En este de Niamey, capital del país, todo sigue como hace cuarenta años. A ello contribuye el desmesurado despliegue de policías, soldados, agentes de aduanas y personal que se mueve por todas partes.
Me hubiera gustado comenzar la visita de la ciudad dando un paseo a pie. Pero Niamey es una urbe importante, que se presta poco a paseos de este género. Josep y yo hicimos un recorrido global, en coche y durante la mañana, cuando todavía no hace calor y el polvo no se ha apoderado de la ciudad. Niamey me recuerda Uagadugú, la capital de Burkina Faso. La circulación es desordenada y conflictiva. Entran en juego coches, bicis, motos, carretas, peatones que cruzan las calles y tiendas que invaden las calzadas. Yo no sería capaz de conducir en estas circunstancias. La vida transcurre en la calle. En ella trabajan y conviven a la luz del día talleres mecánicos y de reparación, carpinterías, tiendas, mercadillos... No hay problemas. En esta tierra funciona el “pase usted primero”. Durante el paseo atravesamos los mercados de varios barrios de la ciudad. Cada barrio tiene el suyo. La ubicación es casi siempre la misma: una acera que desborda hasta la carretera. Apenas hay sitio para pasar. El tráfico es obligatoriamente lento. Hay que ir al paso. Dejamos los barrios populares y nos adentramos en zonas de más empaque: hoteles, edificios administrativos, embajadas y chalets de personas manifiestamente adineradas. Representan otro mundo. Viven separados y protegidos en la zona más alta de la ciudad, dominando el paso del río Níger. Abajo, entre la ladera y el río, viven y trabajan los emigrantes. Mi compañero conocía algunas familias originarias de Burkina. Nos paramos a saludarles y nos ofrecen, de pura alegría, unas hermosas lechugas. Fue lo mejor de mi paseo por la ciudad. En medio del islam No se puede hablar de Níger sin hablar del islam. Es la religión mayoritaria, arraigada en el país desde hace varios siglos. La presencia de mercaderes que bajaban por el desierto hasta Kano, en Nigeria, desde el siglo XI, está bastante bien documentada. Sin embargo, la referencia que se hace en los libros árabes de historia sobre la llegada del conquistador de África del Norte, Oqba ben Nafi, a la región de Kawar, cerca de la frontera de Libia, en el siglo VII de nuestra era, parece poco plausible. Más segura parece la convicción de que la región de Gobir, en la zona hausa hablante de hoy, empezó a convertirse al islam en el siglo XIV. Esta tendencia de conversión a la religión de Mahoma se afianzó de manera casi definitiva a comienzos del siglo XIX, bajo la impulsión de un jefe carismático bien conocido en el norte de Nigeria: Uzman Dan Fodio. Hoy día se considera que Níger es un país islámico en su casi totalidad, representado prácticamente por todos los grupos humanos que la componen: tuaregs, árabes, zermas, songays y hausas, con la excepción de los gurmanches, influenciados por el vecino Burkina Faso, en donde el cristianismo ha encontrado un profundo arraigo.
Los cristianos de Níger representan una pequeña minoría de apenas 20.000 fieles, perdidos en una población total de casi 13 millones de habitantes. Entre ellos hay muy pocos cristianos autóctonos. La gran mayoría son extranjeros procedentes de Benín, Burkina Faso, Nigeria y Togo. Así mismo, el clero, que está compuesto de europeos y africanos de los países vecinos. Esta situación hace que el francés sea la lengua franca de los cristianos, un handicap que se añade a la impresión de que el cristianismo sea una religión poco arraigada en el país. Pero acaso se trata de una impresión errónea. La Iglesia está al servicio del país. Su acción se hace visible a través de los dispensarios, colegios, hospitales, atención a los enfermos de SIDA, desarrollo y alfabetización, la ONG CADEV, es decir, Caritas, con un nombre que combina Caritas y Desarrollo. La participación de las religiosas de diferentes congregaciones es sencillamente admirable. El servicio de la Iglesia católica al país y a sus habitantes es variado y eficaz y reconocido por el país. Pero uno no puede menos que interrogarse sobre el sentido de la presencia de la Iglesia en un país islámico en su casi totalidad. El servicio a la comunidad cristiana no puede excluir la atención al país y a sus habitantes. Los cristianos no entenderían que la Iglesia los desatendiera, favoreciendo a los musulmanes. Pero deben de comprender, y así lo hacen, que es servidora también de una realidad humana local y solidaria con los problemas que tiene el país. Ese fue el lema de monseñor Berlier, el primer obispo de Niamey, que tuve la suerte de conocer en los años 80, y lo es también el obispo actual, monseñor Michel Cartateguy. Encuentros impactantes Merece tratamiento aparte la actividad de mi compañero, Josep Frigola, que lleva desde hace muchos años un proyecto piloto de alfabetización de adultos. La iniciativa lleva el nombre de Waye Kai, que en lengua hausa significa “espabila”, o más literalmente “despierta tu mente”... Su método se inspira en Paulo Freire, un pedagogo brasileño que dio a miles de personas analfabetas la posibilidad de leer y escribir, y con ella la de poder participar en las elecciones del país. De la misma manera, mi amigo y compañero ha dado a muchos nigerinos/as la ocasión de recuperar en la edad adulta las oportunidades que no tuvieron durante la infancia. El método elaborado por Josep Frigola no busca la mera trasmisión de conocimientos, sino que ayuda a integrar valores para la vida, valores que nos humanizan, creando la conciencia crítica y liberadora.
Tuve también la posibilidad de hablar con una mujer que pasó del islam al cristianismo. Conserva todavía su nombre musulmán, Fatuma, al que ha añadido otro nombre cristiano. Le preguntaba cómo ocurrió esa conversión y me dijo con naturalidad: “Me convertí sencillamente, cuando llegó la hora”. Su cristianismo no es producto de una toma de posición negativa u opuesta al islam. Habla con respeto de su anterior confesión. Pero uno tiene la sensación de que el Evangelio ha sido la perla preciosa por la que ha vendido todo lo que tenía. Me agradó ver que no ha roto puentes. Es importante establecer vínculos, “escuchar la oración de los demás”, me decía. |