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eis de marzo de 2009. Me encuentro en un edificio situado en un barrio residencial de Kampala que a su entrada ostenta el curioso título de “Oficina de Conexión” del Gobierno autónomo de Sudán meridional. Desde los acuerdos de paz de enero de 2005 entre el Gobierno de Jartum y los rebeldes sudistas del SPLA, que pusieron fin a varias décadas de guerra, el sur del país goza de una autonomía que, en la práctica, es casi una independencia. De hecho, esta Oficina de Conexión (Liaison Office, en inglés) funciona como una embajada y yo he venido para recoger mi visado de entrada, que me permitirá viajar por el sur del país, bajo la autoridad del SPLA. Me lo dan en menos de 24 horas. Si lo hubiera solicitado en la Embajada de Sudán habría tenido que esperar varias semanas, tal vez meses. Mientras espero en la sala un nutrido grupo de sudaneses del sur siguen las noticias de la CNN con gran expectación. Cuando, por fin, se anuncia que la Corte Penal Internacional (CPI), con sede en La Haya, acaba de dictar una orden de busca y captura contra el presidente Omar al Bashir, los espectadores estallan en gritos de júbilo. Cuando por fin recojo mi visado, me marcho pensando que, si uno no supiera lo que se muestra en la pantalla, podría pensar que su equipo acaba de ganar los mundiales de fútbol.
Bastante más al norte, en Jartum, nada más conocer la noticia, Al Bashir se da un baño de multitudes y declara que “la CPI se puede comer su orden de arresto”. Los manifestantes queman una efigie del fiscal, el argentino Luis Moreno Ocampo. Envalentonado por las reacciones de la Liga Árabe y la Unión Africana, durante las semanas sucesivas Al Bashir viaja al extranjero en varias ocasiones: Eritrea, Qatar, Arabia Saudita, Egipto y Libia, países amigos donde nadie se atrevería a ponerle la mano encima. Pero lo peor es la expulsión de Darfur, en días sucesivos, de 13 ONGs internacionales (entre ellas Oxfam, Care y Médicos sin Fronteras) y tres locales, acusadas de “complicidad” con la CPI, una decisión que deja en la intemperie a millones de desplazados. Con toda su demostración de derecho al pataleo, es probable, sin embargo, que al menos dos nombres resuenen en los oídos de Al Bashir: el del ex presidente serbio Slobodan Milosevic y el del antiguo mandatario de Liberia Charles Taylor. Ambos terminaron por ser detenidos y llevados a los tribunales (ver recuadro), algo impensable en su día. En el caso de Al Bashir hay que matizar, no obstante, que se trata de una decisión sin precedentes, ya que es la primera vez que un jefe de Estado en ejercicio es sometido a la humillación de saber que pesa sobre él una orden internacional de arresto, y por acusaciones de atrocidades cometidas contra sus propios ciudadanos: ser el cerebro que ha alentado y encubierto crímenes de guerra y de lesa humanidad en la región de Darfur, donde desde 2003 las tropas de Jartum y sus aliados, las milicias janjawid, han asesinado, violado y torturado a miles de civiles indefensos, todos ellos no árabes, sobre todo de las tribus fur, marsalit y zaghawa. Según Naciones Unidas, esta tragedia ha causado ya 300.000 muertos y tres millones de desplazados, repartidos entre Darfur y el vecino Chad, después de que estallara el conflicto en 2003.
Los países africanos, en contra Hasta el último momento varios países intentaron que no llegara esta decisión de la CPI. El día antes, China y Rusia se alinearon con la mayoría de los Estados africanos para pedir al Consejo de Seguridad que solicitara al tribunal que retrasase un año la orden de arresto. La moción no prosperó después de que Estados Unidos, Francia y Reino Unido se negaran a secundarla. La Unión Africana (UA) ha sido muy crítica con la CPI: “La justicia internacional sólo aplica las normas de la lucha contra la impunidad en África, como si nada sucediera en otras partes”, declaró el presidente de la UA, Jean Ping, al conocer la orden de arresto contra Al Bashir.
Algunos hechos parecen dar la razón al antiguo arzobispo surafricano. Si bien es cierto que, hasta la fecha, la CPI ha intervenido sólo en cuatro casos (Uganda, R. D. del Congo, República Centroafricana y Sudán). No hay que olvidar que los tres primeros países solicitaron ellos mismos que el tribunal interviniera, y en el caso de Darfur ha sido el Consejo de Seguridad. Treinta países africanos están, además, entre los fundadores de la CPI, la cual –por cierto– investiga también desde hace algún tiempo presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en Israel y Colombia. Y la Unión Africana no debería olvidar su ominoso silencio ante los horrores de Darfur y de otros países del continente. Pocos recuerdan, por ejemplo, que en julio de 2006 la UA decidió organizar un proceso contra el antiguo dictador de Chad, Hissene Habré, quien hasta hoy continúa disfrutando de su exilio dorado en Senegal. El verdadero talón de Aquiles de la CPI es el hecho de que no dispone de una policía o un ejército a su disposición que pueda ejecutar las órdenes de arresto. Sólo los Estados miembros pueden hacerlo, y de hecho están obligados a ello. En el caso de Al Bashir, sus recientes viajes a países árabes vecinos ya han puesto en entredicho este principio, aunque seguramente tendrá que guardarse mucho de poner el pie en otras naciones que sí estarían dispuestos a detenerle.
¿Justicia en detrimento de la paz? Otro de los aspectos de esta polémica tiene que ver con el siempre difícil dilema entre justicia y paz. En el mismo Sudán meridional, al mismo tiempo que casi todos reconocen que Al Bashir es culpable no sólo de acciones criminales en Darfur sino también en el sur del país durante la guerra que terminó en 2005, igualmente son conscientes de que su detención podría provocar una vuelta a una guerra que nadie quiere ver repetirse. Así lo manifestó el obispo auxiliar de Jartum, monseñor Daniel Adwok, quien alertó de que un cambio de liderazgo en Sudán podría hacer descarrillar el frágil proceso de paz; sobre todo, en el sur del país, donde lo que se necesita es una reconciliación nacional. Sus comentarios llegaron después de que el obispo Rudolf Deng, presidente de la Conferencia Episcopal Sudanesa, emitiera una declaración en la que afirma también que el arresto de Al Bashir sólo crearía más tensión. Muy parecida fue la declaración del Consejo Ecuménico de las Iglesias de Sudán, que hizo público un comunicado en el que afirmaba que “la Iglesia cree en la justicia sin poner en peligro la paz”.
Por José Carlos Rodríguez |