Recuerdo que me contaron:

Que había un misionero empeñado en evitar que los pigmeos desaparecieran. Porque la Unión Europea da fondos para que los elefantes y los gorilas de Camerún no desaparezcan, pero, en cambio, no da nada para que los pigmeos, que están en peligro de extinción porque son sólo 300, dejen de existir. 

Vicente Esplugues, que así se llama el misionero, los quiere de verdad porque, aunque son pequeños y de otra raza, está convencido que el color de la piel no marca el valor de las personas. Por eso lleva seis años ayudándoles. Son seminómadas, se dedican a la caza y a la pesca, y cada vez que se trasladan tienen que volver a construir sus chozas con arcos de madera y hojas secas. Los misioneros, Vicente y sus compañeros, han logrado que a pesar de que ningún profesor quiera ir a sus poblados, 120 niños pigmeos estén escolarizados y sean de los que mejores notas sacan en Camerún. 

El otro problema es el agua potable, porque beben de charcos. Vicente les dijo una vez: ¿cómo bebéis esa agua negra? Los pigmeos le respondieron: pues tú bebes coca cola y no te pasa nada. Pero los misioneros les han construido 15 fuentes de agua potable, que evitan que mueran por los parásitos del agua, que se les hinche el estómago, o que sufran de oncocercosis, la ceguera de los ríos... Los pigmeos ven que “los enviados de Dios”, así es como ven a los misioneros, se ocupan de ellos y los valoran. Vicente no quiere otro agradecimiento.

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