|
Pablo VI Graves et increscentes Carta Apostólica a la Pontificia Unión Misional del Clero (5 de septiembre de 1966)
|
|
1. Las necesidades, graves y crecientes, entre las que se desenvuelve hoy, por las particulares condiciones de nuestra época, el ministerio de los misioneros requieren sin duda que todas las obras relativas al apostolado misionero sean adaptadas del modo más eficaz a las exigencias de los tiempos y reciban nuevo impulso y nuevos incrementos. 2.
Para lograr tal objetivo no escapará a nadie cuan necesaria sea la
activa iniciativa de los sacerdotes, puesto que éstos, por razón del
orden sacerdotal, están llamados antes que nadie a promover la causa
misionera. Por esta razón, el Concilio Ecuménico Vaticano II les ha
dejado este mandato: «(los sacerdotes) deberán ordenar cié tai modo
la cura pastoral que ayuden a la difusión del Evangelio entre los no
cristianos» (decreto Ad gentes 39). 3.
Era, por tanto, natural, venerables hermanos, que recibiéramos con
profunda complacencia el anuncio de que en el próximo mes de octubre se
celebrará el cincuenta aniversario de la providencial fundación de la
Pontificia Unión Misional del Clero. Tan fausta conmemoración nos
ofrece la grata oportunidad de expresar públicamente nuestra
benevolencia hacia una asociación a la que Nos mismo hemos dado el
nombre y por medio de la cual nos sentimos siempre unidos con los
operarios de Cristo en su trabajo allá en los lejanos territorios de
misión. Al mismo tiempo se nos ofrece la ocasión de detenernos en un
fructuoso coloquio con vosotros, venerables hermanos en el episcopado, y
de dirigir nuestras paternales exhortaciones a los queridísimos
sacerdotes, -«aptos colaboradores del orden episcopal y su ayuda e
instrumento" (const. dogm. Lumen gentium 28). 4.
Recordando los felices progresos y los insignes méritos que en este período
de tiempo han ilustrado la vida y la actividad de la Unión Misional del
Clero, no podemos menos que dirigir nuestro pensamiento, en recuerdo y
agradecimiento, a aquellas figuras de apóstoles que sentaron las
primeras bases de esta providencial asociación, principalmente al padre
Pablo Manna, del Instituto de las Misiones Extranjeras de Milán,
fundador de la Unión, cuyo nombre es digno de ser esculpido con
caracteres de oro en los anales de las misiones. 5.
Pues nunca podrá desaparecer el recuerdo de este heraldo del Evangelio
que, obligado varias veces a abandonar las regiones del Extremo Oriente
a causa de dificultades de salud, durante sus viajes pudo percatarse con
gran dolor en qué lamentable ignorancia se encontraba la mayor parte de
los cristianos en cuanto a la suerte espiritual de aquellas naciones a
las que todavía no había llegado el anuncio del Evangelio. 6.
Tampoco escapó a su consideración que esto sucedía generalmente
porque los sacerdotes, únicamente dedicados a las obras de su
apostolado, no demostraban una suficiente solicitud hacia las misiones
como hubiera sido necesario. 7.
De ahí que aquel hombre de Dios, no sin una inspiración de lo alto,
tuvo la magnánima idea de estimular el interés de todos los sacerdotes
en favor de las misiones y, por su medio, infundir en el pueblo
cristiano una auténtica conciencia misionera. 8.
Fue providencial que para la realización de tal proyecto le secundase
el piadosísimo prelado Guido María Confort!, obispo de Parma y
fundador del Instituto Misionero de San Francisco Javier. Este no sólo
ayudó egregiamente con su consejo y con su trabajo a la naciente Unión,
sino que interpuso también su autoridad a fin de que la Unión
obtuviese la aprobación pontificia. Esta fue concedida el 31 de octubre
de 1916 por nuestro predecesor, de feliz memoria, Benedicto XV7, que
también en la encíclica Máximum illud, del 30 de noviembre de 1919,
alabó abiertamente a la Unión, recomendándola oficialmente a todo el
clero. 9.
Es necesario reconocer que la Unión Misional del Clero, fundada con la
finalidad de recoger todas las formas de colaboración del clero en
favor de las misiones, no perdonó esfuerzo para realizar cuanto se había
propuesto en sus comienzos: formar e instruir a los sacerdotes,
favorecer un más completo conocimiento de las misiones, sostenerlas
vocaciones misioneras, procurar las colectas para los misioneros. Pero,
al mismo tiempo, extendiéndose desde Italia a todo el mundo, aquélla
fue paso a paso perfeccionándose en su configuración y estructura,
sobre todo en relación con la obra de educación del pueblo cristiano,
ya iniciada según las propias atribuciones por las Obras Pontificias de
la Propagación de la Fe, de San Pedro Apóstol y de la Santa Infancia. 10.
Así, pues, bajo los auspicios y el impulso de nuestros predecesores y
en particular del Papa Pío XI, de venerable memoria, la Unión Misional
del Clero fue confiada a la directa autoridad de la Sagrada Congregación
de Propaganda Fide, y ha alcanzado poco a poco, como era justo, un
puesto de importancia primaria entre nuestras Pontificias Obras
Misionales. 11.
Nos mismo tuvimos ya ocasión de afirmar que «las Pontificias Obras
Misionales, puestas al servicio directo del humilde Vicario de Cristo,
tienen el honor, la responsabilidad y el deber de sostener aquella misión
(de evangelizar) y de suministrarles las ayudas necesarias» (discurso a
los directores de las Pontificias Obras Misionales, 15 de mayo de 1965).
Con mayor razón hoy, después del Concilio Ecuménico Vaticano II,
confirmamos que aquella tarea y aquel deber afectan de modo particular a
la Unión Misional del Clero, y a ella le ratificamos los sentimientos
de nuestra confianza. 12.
Más aún, siguiendo el ejemplo de la benevolencia expresada por
nuestros venerados predecesores, también Nos queremos aprovechar la
propicia ocasión que se nos ha ofrecido para proponeros algunas
consideraciones que pueden contribuir al feliz incremento de esta
asociación; tales consideraciones deberán precisar mejor la naturaleza
y el fin de la Unión y a la vez reforzar su misma organización, de
modo que aparezca realmente que aquélla, aunque sea la última en orden
de tiempo entre las Pontificias Obras Misionales, no es, sin embargo, la
última por su prestigio espiritual. 13.
La Unión Misional del Clero considera, en primer lugar, como su específica
misión, que todos sus miembros muestren en sí mismos y traduzcan en la
vida práctica las riquezas espirituales del único, eterno, indivisible
sacerdocio de Cristo. Tal sacerdocio es por su naturaleza
"misionero», como está claramente afirmado por las mismas
palabras del Redentor que se refieren a la divina "misión» que El
había recibido del Padre y confió a su Iglesia para que la continuase;
"Como el Padre me envió, así os envío yo» (Jn 20,21). 14.
Por ello, todo ministro del altar, precisamente en cuanto participante
del sacerdocio de Cristo por medio de la sagrada ordenación, debe
manifestar necesariamente en sí esta particular característica del
sacerdocio de Cristo, es decir, en toda su vida y en toda la acción de
su sagrado ministerio, tiene el deber de continuar la divina misión de
Jesucristo, llevando a los hombres el anuncio de la salvación: «Los
sacerdotes -como claramente enseña el Concilio Ecuménico Vaticano II-,
bajo la autoridad del obispo, santifican y gobiernan la porción de la
grey a ellos confiada por el Señor; en cada lugar hacen visible la
Iglesia universal y prestan una eficaz ayuda a la edificación de todo
el Cuerpo místico de Cristo (Ef 4,12 (const. dogm. Lumen gentium 28). 15.
Por ello, como Cristo es el primer misionero, así también todos los
sacerdotes, en virtud del sacerdocio recibido, deben llamarse
misioneros. 16.
Estamos íntimamente persuadidos de que si los sacerdotes inscritos en
la Pontificia Unión Misional del Clero se entregan diligentemente a un
profundo estudio de la naturaleza misionera del sacerdocio católico, no
podrán menos que encenderse en un renovado fervor de piedad y de celo
pastoral en provecho cíe todo el Cuerpo místico de Cristo. 17.
Queremos destacar ardientemente otra tarea como empeño específico de
la Unión Misional del Clero. Del
mismo modo que el divino Redentor vino a la tierra no a buscar su
gloria, sino a cumplir la voluntad del Padre en la realización de la «misión"
a El confiada, haciéndose a un tiempo sacerdote y víctima, mediador
entre Dios y los hombres, maestro y pastor para la salvación de todos,
así el sacerdote de Cristo que haya penetrado profundamente en el
sentido de esta misión sabe que ha sido consagrado sobre todo para el
servicio de la Iglesia. «Los presbíteros..., en virtud del sacramento
del orden, a imagen de Cristo sumo y eterno sacerdote, son consagrados
para predicar el Evangelio, apacentar a los fieles y celebrar el culto
divino..., ejercitando, según su parte de autoridad, el oficio de
Cristo Pastor y Cabeza: reúnen a la familia de Dios como asamblea cíe
hermanos animados por un solo espíritu, y por medio de Cristo, en el
Espíritu Santo, los llevan al Padre» (Const. dogm. Lumen gentium 28). 18.
Por tanto, es preciso y gravísimo deber de los sacerdotes diocesanos
ayudar al Pueblo de Dios a formarse una recta y plena conciencia de la
Iglesia, entendida como cuerpo vivo formado de miembros entre sí
estrechamente ligados, a fin de que cada uno sepa asumir en la vida de
la Iglesia, con valor y responsabilidad, el puesto a él asignado por el
bautismo y por la confirmación, y así la Iglesia de Dios se convierte
realmente en "sacramento, o sea, signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (const. dogm.
Lumen gentium 1). Como ya tuvimos ocasión de afirmar; «Se trata de la
creación de una pedagogía, de una formación que nos habitúe a pensar
y a actuar como partes, como células, como hijos y hermanos de esta
comunidad eclesial» (disc. del 8 de junio de 1966). 19.
Puesto que no es posible que esta difícil tarea educativa se realice
aisladamente y con criterios personales por cada uno de los sacerdotes,
sino que más bien exige solidaridad y unión de fuerzas, debemos
confiar como tarea propia a la Pontificia Unión Misional del Clero
también ésta: promover y difundir cada vez más en el pueblo cristiano
esta plena conciencia del ministerio de la Iglesia, es decir, este
eficaz espíritu misionero. 20.
Tanto más cuanto que, para infundir el espíritu misionero en la masa
de los fieles, una parte insustituible corresponderá siempre a la acción
y a la predicación de los mismos misioneros; pero una sólida y
universal conciencia misionera de los fieles no podrá lograrse si no se
realiza también una habitual instrucción de los sacerdotes con cura de
almas, por la que ellos mismos realizan también una actividad
verdaderamente misionera. 21.
Deseamos también subrayar y confirmar con nuestra personal autoridad la
importancia y validez del decreto Ut universa, de 14 de abril de 1957,
de nuestra Sagrada Congregación de Propaganda Fide. mediante el cual la
Unión Misional de! Clero fue incluida oficialmente entre las
Pontificias Obras Misionales. Hoy, después del decreto Ad gentes, del
Concilio Ecuménico Vaticano II, la Unión Misional del Clero, bajo la
directa dependencia de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, no sólo
es confirmada públicamente como instrumento oficial de la Sede Apostólica
para "infundir en los católicos desde los primeros años un espíritu
verdaderamente universal y misionero», sino, sobre todo, ha de
considerarse como el alma de las otras Pontificias Obras Misionales. 22.
Aquélla no es, en efecto, una nueva obra para la recogida de limosnas,
sino que es la escuela natural de formación del espíritu cristiano en
el sentido social del bautismo y, además, ayuda y completa la actividad
de las otras Pontificias Obras Misionales, para que, a su vez, sean
escuelas de formación cristiana y misionera; por último, se emplea
activamente en que las mismas Pontificias Obras Misionales sean
conocidas por doquier, sean ayudadas en sus iniciativas y en sus fines y
sean instituidas y promovidas en toda parroquia. 23.
La Pontificia Unión Misional del Clero, así entendida en su contenido
doctrinal y en su acción formativa del clero, sea por tanto acogida con
sumo favor por vosotros, venerables hermanos, y por vosotros, queridos
sacerdotes, como un deber moral del corazón sacerdotal, con más interés
que cualquier obligación jurídica. 24. Por nuestra parte, repitiendo las exhortaciones de nuestros predecesores, ratificamos el deseo de que la Unión sea erigida en todas las diócesis y se considere parte integrante del sistema de cooperación misionera desarrollado por las Pontificias Obras Misionales. 25.
No queremos, por último, dejar de recordar el otro decreto de la
Sagrada Congregación de Propaganda Fide del 14 de julio de 1949,
mediante el cual se extendió la invitación de adherirse a la Unión a
los hermanos laicos religiosos y religiosas. Con tal decreto se abrió
muy oportunamente el campo de la oración, del sufrimiento y del
apostolado -propia y principal tarea de la Unión Misional del Clero- a
nuevos operarios evangélicos que, consagrados a Dios por medio de la
profesión religiosa, prestan ya una preciosa colaboración a los
sacerdotes en la obra de educación del pueblo cristiano. 26.
Pues a todos estos queridos hijos la Unión ofrece un medio valiosísimo
para confirmar y consolidar su vocación eclesial según el espíritu
del Concilio Ecuménico Vaticano II para sentirse todavía más partícipes
de la comunión de la vida católica y para ofrecer a la difusión del
Reino de Dios los incomparables tesoros espirituales de sus oraciones y
de su escondida inmolación diaria. Por ello expresamos fervientes votos
para que todos los institutos religiosos, y sobre todo los monasterios
de clausura, presten su generosa adhesión a nuestra Unión Misional del
Clero, de conformidad con los Estatutos que ya fueron aprobados por la
Sede Apostólica, y que así esta Unión, conservando el glorioso nombre
que tuvo desde el comienzo, pueda llamarse igualmente Unión Misional de
los Religiosos y de las Religiosas. 27.
Venerables
hermanos y queridos hijos: Os hemos manifestado abiertamente los
sentimientos de nuestro ánimo impulsados por un deseo ardiente de
fomentar la unidad, la solidaridad, la cooperación y, sobre todo, una
intensa espiritualidad misionera. La
humanidad entera espera de la Iglesia la salvación que proviene del
conocimiento del amor de Dios Padre; pero los queridos misioneros sólo
podrán dilatar el anuncio de la salvación si todos los cristianos
forman con ellos un solo corazón y una sola alma en la oración y en la
cooperación. La afirmación de esta unidad consagrada es el cometido
principal confiado a la Unión Misional del Clero: «Unum sint, ut
cognos-cat mundus quía Tu me misisti» (Jn 17,21). 28.
Erigiendo esta Asociación en vuestras diócesis, confiad su dirección
a los sacerdotes más piadosos y más abiertos al espíritu pastoral que
se ha suscitado saludablemente en la Iglesia por el Concilio Ecuménico
Vaticano II. La Unión esté, además, presente en los Consejos
Pastorales Diocesanos; entre en los seminarios bajo la guía de los
superiores responsables, los cuales podrán servirse de ella como de una
ayuda preciosísima para una formación completa y eclesial de los jóvenes
levitas; promueva por doquier oraciones y oportunas iniciativas para la
unión de los cristianos; por último, enriquezca, por medio de los
consiliarios eclesiásticos de la Acción Católica, ¡a actividad del
apostolado seglar con un verdadero espíritu misionero. 29.
Sobre todo deseamos vivamente que por medio de la Unión Misional del
Clero puedan afianzarse en todas las diócesis y en todas las parroquias
nuestras Pontificias Obras Misionales, «que son las que mejor realizan
la unidad de la cooperación de los fieles con el Sumo Pontífice»
(radiomensaje del 23 de octubre de 1965). 30. Invocando a la Virgen María, Reina de los Apóstoles, Patrona de la Unión Misional del Clero y Madre de la Iglesia, con el corazón lleno de esperanzas, confiamos a vosotros, venerables hermanos, estos nuestros votos y deseos, y en prenda de nuestro reconocimiento y benevolencia impartimos a vosotros, a vuestro clero y a todos los misioneros nuestra bendición apostólica. Dado en Roma, en San Pedro, el 5 de
septiembre de 1966, |