El método misionero de San Pablo:
Iglesias que nacen de y para la misión

Por Roberto Calvo
Facultad de Teología de Burgos
61ª Semana de Misionología
Burgos, Julio 2008

 

La exaltación del genial teólogo y del vivaz escritor de epístolas no debe hacernos olvidar un hecho trascendental: Pablo de Tarso fue ante todo una persona de acción. Seríamos injustos con él si lo limitáramos a su papel de pensador, que ciertamente lo era. Pero lo mejor de sí mismo lo dio en el campo de la misión cristiana. Sobre todo si se tiene en cuenta que su teología es una teología misionera, contextuada entre los problemas vitales del anuncio del evangelio, la edificación de iglesias y el entorno socio-cultural entre el que se mueve.

Algunos, para resaltar la gran importancia que el testimonio y la santidad de vida tienen en la comunicación del evangelio (cf. RMi 90) no dudan en decir que “una fe viva no tiene necesidad de métodos especiales para propagarse” (A. von Harnack); o que “la conversión del mundo antiguo al cristianismo no fue el resultado de una actividad planificada, sino el fruto de la prueba de la fe en el mundo como era contemplada en la vida de los cristianos y en la comunidad de la Iglesia. La invitación real de experiencia a experiencia, y nada más, fue, humanamente hablando, la fuerza misionera de la Iglesia antigua” (J. Ratzinger). Ahora bien, cuando esto se afirma de modo excluyente y unilateral, aparte de dar una visión ingenua y romántica de la misión, no es del todo exacto. Históricamente se puede demostrar que ni Cristo, ni los apóstoles, ni la Iglesia antigua improvisaron en esta tarea.

         Lo cierto es que, como veremos, en la tarea misionera de los inicios hubo pluralidad de proyectos. Pablo –junto a sus colaboradores e iglesias– tenía una estrategia específica, una planificación adecuada o un método como proyecto misionero propio que puede orientar la actividad misionera de nuestras iglesias, hoy. ¿A qué nos referimos cuando hablamos del «método como proyecto misionero» de Pablo? Sin pretender una traslación de categorías actuales para encorsetar aquella grandiosa actividad del «apóstol de los gentiles», hemos de decir que cuando hablamos de método misionero nunca ha de entenderse como técnica. El método “es el modo como se realiza una tarea específica en una situación particular, mientras que técnica es el medio empleado para poner en práctica el método elegido” (Ángela W. Cass).

El proyecto es un plan comunitario y general de intervenciones que hace explícita una determinada concepción misionera –elaborada a través de las decisiones– en vistas al futuro inmediato y desde una situación concreta. Presupone una referencia explícita a la propia identidad junto con una intervención operativa (el deseo-necesidad de llevar a la práctica en una concreta situación y destinatarios, determinados valores y opciones fundamentales). Siempre mira hacia una acción realizada en y desde el futuro, expresando simultáneamente «lo que queremos ser y lo que tendemos a hacer».

         Desde aquí, podemos comprender, ya de entrada, lo que queremos desarrollar. ¿Cómo realizó la tarea misionera Pablo? ¿Desde qué proyecto la llevó adelante? ¿Cuál era su plan comunitario de actuación? ¿Qué identidad cristiana subyacía a su quehacer? ¿Qué Iglesia, en definitiva, quería edificar desde la situación y el contexto concretos en los que se movía?

1. Las iglesias neotestamentarias, una misión plural

         Algunos cristianos quieren negar la pluralidad eclesial neotestamentaria desde una teoría rígida de la inspiración divina que no cuenta con la situación humana de estos escritos; e insisten en que su mensaje debe ser uniforme porque sólo puede oírse la voz de Dios. Otros niegan la diversidad apelando a una situación idílica en la que Jesús habría planeado la Iglesia y los apóstoles sólo tendrían que llevar a cabo sus directrices. Estas objeciones caen por la evidencia que muestra una lectura atenta y adecuada del nuevo testamento.

         Por otro lado, algunos estudiosos recrudecen la diversidad eclesial de esta época hasta el punto de considerarla luchas dialécticas y posturas contradictorias. Sin embargo, no puede demostrarse que ninguna de las iglesias nacientes hubiese roto la «koinonía» o comunión con las otras. Tampoco es probable que las iglesias neotestamentarias carecieran del sentido de comunión entre los cristianos y fueran conventículos autónomos que actuaran por libre[1].

         La pluralidad de iglesias en la comunión se irá desarrollando entre otros muchos motivos por el carisma fundacional de un misionero venido de fuera que anuncia la buena nueva desde sus acentos teológicos, pastorales, espirituales... Y ello irá brotando en unas personas y comunidades concretas, situadas en un entorno cultural, desde una tradición religiosa, e incorporadas a una iglesia con una vida y un nombre propios. El dinamismo misionero cristiano de los primeros tiempos no fue en absoluto monolítico, sino muy plural, como corresponde a una realidad sumamente viva, participativa y que se desarrolla en contextos diversos y dinámicos. Pero es obvio que todo este dinamismo está atravesado por la unidad, la cual mantiene los puntos de referencia comunes y las relaciones específicas que los vinculan[2].

Los primeros seguidores de Jesús aparecen como un grupo particular dentro del un judaísmo que era muy plural. La primitiva comunidad de Jerusalén era estrictamente de origen judío y, como tal, observaba los preceptos del judaísmo: el respeto absoluto de la ley, el culto en el templo, la práctica de la circuncisión, etc. Pronto aparece en el seno de esta comunidad un grupo de judeo-cristianos helenistas que no son menos judíos que los demás, pero quizá –por provenir de la diáspora– son de habla griega y de cultura más helenista. Esto crea ciertos problemas internos, y los apóstoles deciden poner a algunos judeo-helenistas como responsables de su propio grupo (Hch 6).

En un primer momento, parece que la figura más representativa de la iglesia de Jerusalén es Pedro. Pero pronto será Santiago –el hermano del Señor– quien ocupe el primer puesto. Se trata de una iglesia cristiana que ha acentuado su judaísmo (si puede hablarse así). Incluso su organización interna es muy parecida a la de las comunidades judías, y está dirigida por Santiago y un grupo de presbíteros (Hch 21,18).

La primera persecución contra los cristianos de Jerusalén (Hch 8,1-3) afecta a los cristianos de procedencia judeo-helenista. Éstos en su huída van predicando a Jesucristo por los territorios que atraviesan (Hch 11,19s.). Llegan hasta Antioquia de Siria y dan un paso decisivo: “anunciaban a los griegos [paganos] la buena nueva del Señor Jesús” (Hch 11,20). Así brotará una iglesia por primera vez abierta a los gentiles y que no pretende someter a éstos a la ley del antiguo testamento. Es una iglesia más carismática, y con una organización diferente de la jerosolimitana (Hch 13), sin reflejar ya el modo judío. Bernabé, la figura más destacada, trae a la ciudad a Pablo, donde recibe la formación más fundamental de su fe cristiana. Pablo comenzará su actividad misionera como enviado de la iglesia de Antioquia.

Jerusalén y Antioquia son las dos grandes iglesias del cristianismo primitivo, pero ambas de características muy diferentes. La de Jerusalén es una iglesia judeo-cristiana rigurosa, fiel a todas las normas del judaísmo y cuyos miembros, que constituyen un grupo particular dentro de dicho judaísmo, se consideran a sí mismos y son tenidos por plenamente judíos. La de Antioquia, en cambio, es una iglesia misionera y abierta a los paganos, a los que no se los considera obligados a someterse a la circuncisión ni a las normas veterotestamentarias.

Además, dentro del mismo nuevo testamento encontramos iglesias muy diferentes. Un grupo está representado por las iglesias paulinas, caracterizadas por rasgos peculiares que después veremos, pero en las que sobresale su dinamismo misionero y su voluntad de encarnarse en el mundo. Los escritos deuteropaulinos (cartas pastorales) desarrollarán esta voluntad de encarnación, que viene acompañada de un proceso fuerte de institucionalización (jerarquía y fe como ortodoxia).

         En el otro polo están las iglesias que reivindican el nombre del apóstol Juan. Éstas acentúan el rechazo del mundo y se cierran sobre sí mismas; su vida interna se basa en unas relaciones afectivas y emocionales que no admiten autoridades y que son reacias a la institucionalización. El «juanismo» representa tradicionalmente la experiencia individual de la persona y de cada comunidad. Por ello, no es extraño que el evangelio de Juan fuera y es el más utilizado por las sectas cristianas.

         En cuanto a la comunidad de Mateo, se la ha considerado frecuentemente como un término medio o un intento de síntesis entre las iglesias judeo-cristianas y las pagano-cristianas[3].

         Desde esta rápida descripción resulta fácil comprender que no tardara en plantearse un problema muy grave: ¿cómo podían estar en comunión iglesias tan diferentes? Este asunto es el que debe dar respuesta el impropiamente llamado «concilio de Jesuralén» (cf. Hch 15 y Gál 2). Tras mucha tensión, la tendencia judeo-cristiana aceptó la legitimidad del cristianismo antioqueno. La unidad de la Iglesia se basaba en la comunión fundamental desde lo diferente. Se puede decir, sin exagerar, que ésta ha sido la decisión más importante que ha tomado la Iglesia en toda su historia, pues sentó las bases para superar una religión étnica y convertir así al cristianismo en una religión universal. Se pasó de una visión centrípeta (en la escatología judía se esperaba “la peregrinación de todos los pueblos a Sión”) a una visión centrífuga: la Iglesia está llamada a salir en misión a todos los pueblos y etnias. Pablo será el misionero por excelencia ya que, sintiéndose llamado a anunciar el evangelio, se experimentará como apóstol de los gentiles hasta los confines del mundo.

2. Pablo, «apóstol para proclamar el evangelio»

         Resulta elocuente el inicio de la carta que Pablo envía a los cristianos de Roma:

“Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el evangelio que Dios había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas. Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David, y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el poder santificador: Jesucristo, Señor nuestro, por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que, para que su gloria, respondan a la fe todas las naciones” (Rom 1,1-6).

         En esta experiencia será donde arraigue y arranque el proyecto y el método misionero de Pablo: él es el evangelista y el evangelizador por excelencia[4]. Pablo habla del evangelio unos quince años antes de que se escribiese el primer evangelio. Y utiliza el vocablo con tanta frecuencia que supera a cualquier otro escritor neotestamentario: 48 veces en las cartas reconocidas por todos como paulinas, 8 en las deuteropaulinas y 4 en las pastorales. Recurre al verbo «evangelizar» 19 veces, a las que hay que añadir otras 2 en las deuteropaulinas. Con cierto tono polémico les dice a los cristianos de Corinto: “Cristo no me ha mandado a bautizar, sino a anunciar el evangelio” (1Cor 1,17); esto es, él no es un mistagogo portador de ritos sagrados con que alcanzar la inmortalidad bienaventurada, sino un «evangelista» en el sentido literal de la palabra.

         El evangelio para Pablo es la realidad de la que vive, el motor que impulsa toda su actividad, la finalidad a la que ha sido destinado por el que le llamó (1Cor 1,17). Anunciar el evangelio no es para él un placer sino una necesidad, no es ni siquiera una opción sino una imposición (1Cor 1,17). No es algo que surja de su interior sino del poder divino que le ha invadido tomando posesión de él (Gál 2,20). La iniciativa de esta tarea evangelizadora no arranca de su celo ferviente y agradecido sino de su convicción de ser «siervo» y deudor del evangelio (Fil 2,22). Su entrega a la causa del evangelio no procede de intenciones bastardas sino del encargo recibido de Dios y por pura gracia (1Tes 2,4; Gál 2,7). Cuando afirma que ha trabajado en esta tarea más que nadie (1Cor 15,10) no es pretensión petulante sino conciencia clara de la especial gracia que le ha sido concedida y de la elección que, al estilo profético (Jer 1,5; Is 49,1), le ha separado y destinado al nuevo servicio de la palabra de Dios.

         Todo esto significa que para el apóstol la palabra evangelio no pertenece al terreno literario sino al teológico; no designa un libro sino una realidad viva; no describe un acontecimiento del pasado sino un suceso que sigue ocurriendo en el presente. El evangelio sintetiza toda la actividad llevada a cabo por Dios en Cristo para la salvación de las personas y el modo específicamente paulino de presentarlo.

         Su evangelio no es distinto del que predicaban otros apóstoles o ministros de la palabra. Él no ofrece un mensaje diferente del que ellos anunciaban: “pues tanto yo como ellos, esto predicamos y esto habéis creído” (Gál 1,17; 1Cor 15,11). Pero, a pesar de que el fundamento sobre el que todos construyen es el mismo, el material utilizado en la construcción y las diferentes formas de colocarlo hace que el edificio adquiera formas singulares y distintivas. Cuando Pablo habla de «su» evangelio, de «nuestro» evangelio, del «evangelio que yo predico, de que «no me envió Cristo a bautizar sino a evangelizar» (Rom 2,16; 16,25; Gál 2,2; 1,8.11; 1Cor 1,17), el apóstol se refiere al mismo evangelio que proclamaban los demás anunciadores oficiales del mismo.

         ¿Cuál es la novedad paulina? ¿Por qué habla de «su» / «nuestro» evangelio...?[5]. El evangelio de Pablo es el evangelio en toda su pureza, sin adicciones ni omisiones, sin mixtificaciones de ningún tipo. Esta pureza del evangelio se halla aludida implícitamente cuando él mismo afirma: “no me avergüenzo” del evangelio. Llega hasta aquí el eco de las palabras de Jesús: “si alguien se avergonzare de mí... también el Hijo del Hombre se avergonzará de él ante su Padre”. Palabras que era necesario inculcar cuando las dificultades por mantener la fidelidad al evangelio aumentaban: “no te avergüences jamás del testimonio de nuestro Señor y de mí su prisionero, antes soporta con fortaleza los trabajos por la causa del evangelio, en el poder de Dios... (2Tim 1,8). El evangelio de Pablo es el evangelio no contaminado. En lugar de sonrojo y vergüenza, la tarea de anunciar el evangelio produce en él intrepidez, valentía y decisión para querer llegar hasta los confines del mundo entonces conocido.

3. Pablo, el «apóstol de los gentiles»

         Jesús ya tuvo un eco muy favorable en amplios sectores del campo galileo. Allí estaba la mayoría de sus simpatizantes y seguidores[6]. Se debe hablar de dos grupos misioneros de Jesús: los procedentes de Jerusalén y los de Galilea. A la luz de la experiencia pascual se entiende el concepto de apóstol, clave en la misión cristiana primitiva. «Apóstol» es alguien enviado con plenos poderes y se usa de diversas maneras en el nuevo testamento. Los apóstoles, en su sentido estricto (han visto al Resucitado y han sido enviados por él: 1Cor 15,3-11), cumplen una función única e irrepetible pues están caracterizados por una tarea o misión, que surge de la experiencia pascual, y que como tal es una figura sin antecedentes judíos.

         Pasamos al tercer grupo de discípulos de la primera generación cristiana, que desarrolla su actividad en la diáspora: los judeo-helenistas. En Jerusalén existía un grupo de judíos helenistas, llamados así por su cultura y por el idioma que usaban. Procedían de la diáspora y habían cumplido su sueño de establecerse en la ciudad santa, donde contaban con su propia sinagoga. Pronto hubo judíos helenistas que se incorporaron a la comunidad de los judíos seguidores que rendían culto a Jesús de Nazaret. Para facilitar la convivencia y evitar conflictos, los cristianos helenistas recibieron una organización peculiar con unos varones a su frente, que procedían de entre ellos, donde sobresalían Esteban y Felipe (Hch 6s.).

         Este grupo mantenía una actitud crítica con la ley y el templo judíos, que podía encontrar coincidencias con la actitud del mismo Jesús. Esto les acarreó conflictos y dificultades. El caso es que tuvieron que salir de Jerusalén y en su dispersión anunciaban el evangelio por la planicie costera y por Samaría –entre una población considerada a los ojos de los judíos pagana– (Hch 8). Pero algunos llegaron a Antioquia, la capital de Siria y, probablemente, la segunda ciudad más importante del imperio romano en aquel tiempo. Predicaban a los judíos, pero la gran novedad está en su apertura misionera a los gentiles:

“Los que se habían dispersado a causa de la persecución provocada por el caso de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia, pero sin predicar la Palabra a nadie más que a los judíos. Había, sin embargo, entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, los cuales, al llegar a Antioquia, predicaban también a los no judíos, anunciándoles la buena noticia de Jesús, el Señor. El poder del Señor estaba con ellos, y fue grande el número de los que creyeron y se convirtieron al Señor” (Hch 11,19-21).

         Desde aquí, cabe decir que Pablo no fue el primero que predicaba a los gentiles. Se incorpora a un movimiento ya en marcha; aunque sea después él quien más lo impulsa y lo formula teológicamente. Los primeros misioneros cristianos se dirigen a las sinagogas judías de la diáspora. Ahora bien, se da un rechazo notable por parte del judaísmo mesiánico y una notable aceptación por parte de los paganos, ante todo por los llamados «temerosos de Dios», que no se habían convertido al judaísmo, pero que simpatizaban con el monoteísmo y la moral judía.

         En este contexto llegamos a la figura de Pablo. Éste se denomina a sí mismo y varias veces «apóstol de los gentiles» (Rom 1,5.13; 11,13; 15,16.18; Gál 1,16; 2,8). Anuncia con toda decisión el evangelio a los paganos y les admite en la comunidad cristiana sin someterles ni a la circuncisión ni a las leyes judías. Pero Pablo, “hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a la justicia de la ley, intachable” (Fil 3,5s.), como dice él mismo, ¿tuvo siempre las cosas tan claras? En la vida de Pablo hay unos años bastante oscuros –los que van de su conversión hasta la Asamblea de Jerusalén– y parece probable que sólo tras un proceso de maduración llegara a tener esta conciencia tan diáfana que marcará su destino de ser «apóstol de los gentiles».

         El origen de la vocación misionera de Pablo está en una profunda experiencia religiosa que describe con las categorías de las vocaciones proféticas[7]: “cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que yo lo anunciase entre los gentiles” (Gál 1,15s.). A él se le apareció Jesucristo resucitado, de quien recibió el evangelio, de modo que es apóstol con el mismo derecho que los jerosolimitanos y no está subordinado a ellos (Gál 1,11s.; 1Cor 15,3-11). La experiencia pascual de Pablo no fue puntual, sino reiterada, como podemos ver en sus cartas; y le acompañó y marcó decisivamente. Fue una experiencia del amor de Dios que ofrece la salvación gratuitamente en Cristo: “el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 3,20). Por ello, Pablo se siente urgido a anunciar este evangelio –“¡Ay de mí si no predico el evangelio!... es una misión que me ha sido confiada” (1Cor 9,16s.)– y lo hace desinteresadamente, sin aceptar ninguna recompensa material, para no crear obstáculos al evangelio de Cristo (1Cor 12,9).

         Pablo no parte primariamente de la preocupación por el deseo de conseguir la conversión de los individuos, sino porque el evangelio llegue hasta el último confín de la tierra, en clave de universalidad (entonces, del imperio romano). Ciertamente Israel ha recibido la adopción filial, la alianza, las promesas, el culto, los patriarcas... De ellos procede Cristo según la carne (Rom 9,1). La negativa de Israel a aceptar a Jesús como su Mesías es un misterio insondable que debemos dejar en las manos de Dios. Pero esta negativa ha sido la ocasión para que el evangelio llegue a los gentiles y muchos lo aceptan (Rom 11,11s.25. 30s.). Y cuando el evangelio llegue a hasta la totalidad de los gentiles y de los confines (Rom 11,25) –es decir, a todas las naciones–, entonces también Israel será salvo (Rom 11,26). 

4. La planificación misionera: «hacerse todo con todos»

         La experiencia fundante de Pablo con el Señor resucitado le hace situarse en el amor fontal de Dios que ha de comunicar como buena nueva hasta los confines de la tierra. Esto le da una enorme libertad, que le permite relativizar lo secundario:

“Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos... Con los que están sin ley [paganos], yo, que no estoy sin ley de Dios pues mi ley es Cristo, vivo como si estuvieran sin ley, para ver si también a éstos los gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. Y todo esto lo hago por el evangelio, del cual espero participar” (1Cor 11, 19-23).

         Desde este planteamiento radical no extraña que Pablo dé a su ministerio misionero una inusitada creatividad. El apóstol de los gentiles va perfilando un claro proyecto misionero con sus propias características[8]; resaltemos las principales.

 

4.1. La urbe, campo de misión

         Pablo concentró su esfuerzo en unas pocas ciudades, donde no había llegado todavía el evangelio (Rom 15,20), situadas básicamente en cuatro provincias del imperio romano: Galacia y Asia, en el oriente; Macedonia y Acaya, en el occidente. Eran urbes normalmente populosas y llenas de vida, y en su intención debían asegurar la evangelización de toda la región. Este hecho, además de reflejar la convicción del apóstol de que el evangelio, en cualquier sitio donde es anunciado, se abre camino por sí mismo, responde a un preciso proyecto, característico de la misión paulina: Pablo hacía a las comunidades recién fundadas por él responsables de su servicio misionero. Corinto no tardó en apadrinar la comunidad de Cencreas, por su puerto en el oriente (Rom 18,1s.), y Éfeso, las de Colosas y Laodicea, en el valle del Lico (Col 1,7; 4,16).

         No hay que exagerar, con todo, el influjo que las iglesias apenas creadas pudieron tener en su región, dada la poca relevancia social de sus miembros y su número reducido. La comunidad de Corinto podía contar con un centenar de cristianos en una ciudad que superaba el millón de habitantes. Pero eso mismo hace más significativo el proyecto misionero urbano del apóstol: quiso sembrar el imperio de pequeñas células, estratégicamente situadas y permanentemente ligadas a su persona, a las que encargaba proseguir su misión personal. La misión paulina fue, pues, esencialmente urbana[9]. Las grandes ciudades, situadas a lo largo de las calzadas romanas, eran más fácilmente alcanzables; y además, sólo allí podía Pablo hacerse entender siempre en griego.            

4.2. Llegar hasta los confines para reconciliar a todos los pueblos

         La planificación misionera asume dimensiones plenamente mundiales en su momento histórico: no sólo el oriente sino también el occidente entra de lleno en la esfera de su actividad misionera. En Roma existía ya una iglesia surgida de la iniciativa de unos misioneros anónimos. Pues bien, como excepción a su regla de llevar el evangelio a regiones todavía vírgenes, proyecta zarpar para la capital del imperio romano. Quizá sea este el motivo: llegar a Roma por toda la simbólica de la capitalidad imperial. Más aún, desde Roma pretende llegar a España, hasta el fin del mundo conocido –Finis Terrae: hoy Finisterre– (15,23s. y 28). Su misión no es la de convertir a cada uno de los individuos sino la de constituir en los grandes centros urbanos comunidades como signos vivientes de la presencia de la nueva fe, que no conoce límites.

         La planificación paulina tiene puesta la mirada en los pueblos, de los que ninguno tiene que quedar excluido del encuentro con el evangelio. Más aún, él se siente comprometido a superar las profundas rupturas que entonces dividían a la humanidad, dividida en campos contrapuestos entre griegos y bárbaros, judíos y paganos, hombres y mujeres, libres y esclavos... El evangelio de Cristo constituye el factor decisivo de agregación a una nueva comunidad humana universal, en donde las diferencias socioculturales dejen de ser motivo de discriminación violenta. Se siente al servicio de un Dios imparcial que no discrimina a nadie (Rom 3,29). Su plan misionero prevé la reconciliación de circuncidados e incircuncisos en la misma Iglesia de Cristo, no la exclusión de los judíos a favor de los paganos (Rom 11,11-32). 

4.3. Una misión encarnada desde abajo

         La evangelización paulina se realiza de forma encarnada, desde abajo, penetrando a través del tejido social. La religión en aquel tiempo no era una dimensión autónoma e independiente, sino que aparecía incrustada en los dos grandes ámbitos de experiencia del mundo greco-romano: el político y el doméstico. Así, había una religión política –la oficial de la ciudad– que incluía el culto al emperador; y una religión doméstica, muy viva, independiente de la oficial –practicada en las casas– que acompañaba todo el ciclo vital y en el que el papel central correspondía al paterfamilias[10].

         Pablo hubiera sido un suicida si se hubiera presentado en medio del imperio –en Éfeso, Corinto o Roma– como un heraldo de una religión política, contraponiendo el Reino de Dios o el culto a Jesucristo –además un crucificado– al culto del Emperador[11]. Pablo no hace eso, es un misionero posibilista[12]. El cristianismo paulino aparece en un primer momento como una religión doméstica, celebrada en las casas. No intenta evangelizar desde arriba; quiere penetrar y cambiar desde abajo, desde unas iglesias domésticas que confieren identidad, que ayudan a sus miembros y visibilizan un nuevo tipo de relaciones sociales. Tiene pretensión popular y de extensión; no es una religión elitista, ni una pura secta, ni un grupo cerrado o monocolor. Esta encarnación –cuando tiene éxito y llega a una cierta madurez– sale adelante e irrumpe en lo político. Ahora bien, es obvio que el cristianismo doméstico paulino no es individualista ni privado; tiene una dimensión política latente que, a veces aparece en sus mismas cartas y que no pasó desapercibida a las autoridades romanas, que tomaron medidas muy serias contra el apóstol.

4.4. La organización misionera

         Las cartas paulinas y los Hechos no dedican mucha atención a la organización misionera de Pablo, pero no faltan datos para poder trazar, a grandes líneas, un cuadro del aspecto organizativo de su actividad misionera. ¿Cómo llegar a las ciudades previstas en su proyecto?, ¿dónde albergarse?, ¿qué sitios serán los más adecuados para el anuncio? ¿con qué medios económicos contaba para una acción eficaz?

         Pablo recorrió varios millares de kilómetros. Las grandes calzadas romanas que unían los centros urbanos del imperio tuvieron que facilitarle sin duda esta tarea, pero sin quitarle nada al cansancio del camino a pie y sin mitigar las incomodidades a que estaban expuestos los viajeros. Los puestos militares escalonados a lo largo del trayecto garantizaban una relativa seguridad. Y en las paradas se podía disfrutar de posadas más o menos cómodas. También las comunicaciones marítimas estaban bien organizadas. Sin embargo, Pablo recuerda sus viajes subrayando su aspecto peligroso: “los viajes han sido incontables; con peligros al cruzar los ríos, peligros provenientes de salteadores, de mis propios compatriotas, de paganos; peligros en la ciudad, en despoblado, en el mar; peligros por parte de falsos hermanos. Trabajo y fatiga, a menudo noches sin dormir, hambre y sed, muchos días sin comer, frío y desnudez. Y a todo esto añádase, la preocupación que supone la solicitud por todas las iglesias” (2Cor 11,26-28).

         Una vez llegado a su destino, se imponía la necesidad de encontrar alojamiento. A menudo el apóstol encontró familias que le dieron hospedaje. En Filipos le abrió enseguida su casa Lidia, comerciante de tejidos y natural de Tiatira (Hch 16,14s. 40). También le ofreció hospitalidad Jasón en Tesalónica (Hch 17,5-7). En Corinto se hospedó primero en casa de Prisca y Aquila, que le tomaron además como obrero de su propio taller (Hch 18,2s.), luego en casa de Ticio Justo (Hch 18,7) y finalmente en casa de Gayo (Rom 16,23). No cabe duda de que regularmente recurrió a la hospitalidad de personas con las que se encontró por primera vez o de amigos que ya conocía de antaño. Pero en casos de emergencia cabe pensar que utilizase las posadas que existían al lado de las sinagogas judías de la diáspora. De todas formas, a diferencia de los predicadores itinerantes cínicos, no parece ser que buscara cobijo en los edificios públicos, como los gimnasios o las termas.

         Un lugar privilegiado para el anuncio del evangelio fueron las sinagogas de las ciudades que visitaba –según el testimonio del libro de los Hechos (12,5.14.43; 14,1; 17,1s.10.17; 18,4.19; 19,8)– donde podía encontrar no sólo a judíos de la diáspora, sino también a muchos judíos simpatizantes o neófitos; aunque también utilizó las casas privadas, que ya han sido mencionadas: en Corinto, enfrentado con la hostilidad de la gente de la sinagoga, tuvo que acudir a la casa de Ticio Justo (1Cor 16,19). Pero además, debió trabajar en la misión del tú a tú; el testimonio de tesalónica nos lo reafirma: “recordad, hermanos nuestras penas y fatigas; recordad cómo trabajábamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros mientras os anunciábamos el evangelio... Sabéis perfectamente que tratamos con cada uno de vosotros personalmente, como un padre con sus hijos” (1Tes 2,9.11).

        ¿De qué medios económicos dispuso Pablo para una acción misionera tan extraordinaria? Cabe decir que fueros modestos sus recursos económicos. Él trabajaba para ganarse la vida; no quería ser una carga para nadie. Pablo no acepta nunca vivir a la sombra de ningún patrón humano; vivirá de su trabajo como constructor de tiendas de cuero, lo que le proporcionaba una ocasión inestimable para anunciar el evangelio y le identificaba, por su dureza y humildad, con el Señor que proclamaba[13]. Lo mismo hay que decir de todos los que formaban parte de su movimiento misionero. Pero aceptaba de sus iglesias ayudas financieras para continuar su tarea evangelizadora (2Cor 11,8s.; Flp 4,15s.). Sobre todo les pedía que prestasen todo lo necesario para el viaje: escolta, provisión de víveres, equipaje, indicaciones y recomendaciones útiles (Rom 15,24; 1Cor 16,6.11; 2Cor 2,16).

5. Las iglesias paulinas, «su corona y su alegría»

         Uno de los criterios fundamentales que Pablo tuvo en su tarea misionera era la de edificar iglesias. No pretendía simplemente evangelizar a personas concretas ni crear comunidades. Su perspectiva era amplia y clara: el anuncio del evangelio conllevaba incorporarse vital y responsablemente a la Iglesia como piedras vivas, para vivirlo en las iglesias domésticas, que irán abriendo paso a las iglesias (locales) en un lugar, dentro del misterio de Dios[14]. Una prueba de ello es que dirige sus cartas no a los responsables de las comunidades –como será el caso de las Pastorales– sino a toda la comunidad de Tesalónica, de Corinto, de Filipos, de Galacia, de Roma.

         Pablo consideraba a sus iglesias –por las que se declara preocupado siempre (cf 2Cor 11,28)– como la obra de su vida, el mejor título que avalaba su misión ante su Señor (1Tes 2,1.9-12.19-20; 1Cor 3,3.5-17; 9,15-23; Gál 1,16; 3,1-5; Rom 1,13s; 15,14-29). Ateniéndonos a sus propias cartas, se cuentan enseguida las comunidades que surgieron por su evangelización. Todas ellas, en expresión paulina llena de ternura maternal a los cristianos de Tesalónica, son “nuestra corona y nuestra alegría” (1Tes 2,20). Sorprende su carácter estratégico: aparecen como oasis en el desierto del imperio. Y es que Pablo se entendía a sí mismo más como fundador que como acompañante, más misionero que catequista (1Cor 1,17;3,6)[15]. Todas ellas eran unas iglesias vivas y evangelizadoras –no exentas de problemas y dificultades– edificadas desde los carismas y los ministerios, con unas características peculiares que reconocen el estilo de Pablo.

5.1. Sois templo de Dios

         La Iglesia no aparece en el epistolario paulino como algo distinto o contrapuesto respecto a las personas concretas. Por ello, la realidad eclesial puede ser algo vivo y dinámico, existencial y experimentado. Es muy ilustrativo a este respecto observar el uso de la metáfora de la edificación para designar a la Iglesia. Pablo y la tradición paulina afirman de modo directo “vosotros sois el templo de Dios” (1Cor 3,16-17; 2Cor 6,16; Ef 2,21). Se trata de un templo que está construido por piedras vivas (1Pe 2,5) que son cada uno de los bautizados. Cada bautizado es edificación eclesial. Es la misma convicción que se esconde en la designación de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que también tiene que ser “edificado” (Ef 4,12) por cada uno de sus miembros. No es un edificio estático y anquilosado, es un organismo que expresa la vida nueva regalada por el Espíritu de Cristo. La vida del cuerpo de Cristo no es distinta de la vida de los creyentes que son miembros de Cristo por el bautismo, por la eucaristía, por la gracia recibida.

         La armonía y el equilibrio de este edificio y de este cuerpo se expresan en la fraternidad y en la familiaridad entre todos sus miembros. La experiencia eclesial ha de tener siempre una dimensión comunitaria que se haga concreta y experimentable, en la que las relaciones son personales y directas, que evitan el anonimato y las relaciones impersonales. Por eso los cristianos se designan “hermanos” de un modo constante y con la espontaneidad de lo que resulta natural y evidente (Hch 15,24.40; 16,40; Rom 16,14; 1Cor 5,11; 7,24.29; 16,20; 2Cor 8,2; 9,5; 11,9; Fil 4,21; Col 4,15; 1Tes 4,10; 5,25; 2Tim 4,21; Flm 7.16). Al ser los cristianos “familiares de Dios” (Ef 2,19), que es el Padre común, las relaciones deben ser fraternales, y la Iglesia misma podrá ser considerada como fraternidad.

5.2. La iglesia en lo concreto del lugar

         Esta experiencia directa y personal era posible en los momentos iniciales debido a la magnitud de aquellas comunidades: eran grupos pequeños en los que todos se conocían por su nombre y podían establecer relaciones directas e inmediatas. En muchos lugares formaban en sentido estricto una iglesia doméstica, que abarcaba por ello a los componentes de la familia, de la parentela y de los trabajadores y siervos que residían en el mismo lugar. La vivienda, preparada para acoger a toda esa variedad de miembros, era también el lugar de la asamblea y de la reunión litúrgica, es decir, el ámbito más adecuado para celebrar la alegría de la fe como familia de Dios.

         El relato que ofrece Hechos de los Apóstoles sobre la actividad misionera de Pablo aporta alusiones suficientes para comprender esta realidad. En Filipos se bautizó Lidia “con toda su casa” (16,5) e igualmente el carcelero, que se convirtió con “los de su casa”, regocijándose “con toda la familia de haber creído en Dios” (16,30-34). Asimismo en Corinto se hizo cristiano Crispo, el jefe de la sinagoga, “con toda su casa” (18,8). Estos grupos fueron sin duda el origen y el fundamento de la iglesia en aquella ciudad. La iglesia-en-una-casa había encontrado ya un lugar geográfico y humano, sus raíces en la experiencia humana. Su existencia se mantuvo sin duda durante cierto tiempo. En dos ocasiones Pablo envía saludos a “la iglesia de la casa de Prisca y Aquila” (Rom 16,3-5; 1Cor 16,19), quienes habían sido colaboradores suyos. La casa de Estéfana, “primicia” de Acaya, debe ser comprendida en el mismo sentido. Arquipo también tenía a la iglesia en su casa (Flm 2; cf. igualmente Col 4,15).         Paulatinamente el contexto geográfico de la iglesia no será ya la casa sino la ciudad, aunque en ésta pudieran existir diversas iglesias domésticas. La iglesia en un lugar tendrá como punto de referencia la ciudad, ámbito público, social y político en que tendrá que realizar su misión y su testimonio. Los saludos iniciales de las cartas de Pablo se dirigen a la iglesia de Dios en Corinto (1Cor 1,2; 2Cor 1,1) o a los santos que están en Filipos (Fil 1,1) o a los que moran en Colosas (Col 1,2). Con estas expresiones se designa al conjunto de los bautizados en cuanto forman la presencia de la Iglesia en aquella ciudad. La alegría compartida y celebrada en el hogar se desprivatiza, se abre más al ámbito de lo público y de lo social. Su horizonte es la ciudad, y en medio de la ciudad debe presentar su peculiaridad y su alternativa.

         De un modo más concreto iglesia designa a la asamblea reunida, es decir, al conjunto de los cristianos de aquella ciudad en cuanto que se encuentran juntos en un lugar. Es ese el momento en el que se da lectura a las cartas (1Tes 5,27; Col 4,16), se celebra la eucaristía, se debaten las cuestiones importantes (Gál 2,14), se experimentan los dones del Espíritu y se interpretan los acontecimientos (1Cor 11,20ss.; 14,19.23), se disciernen los carismas particulares en orden a la edificación de la comunidad (1Cor 14,4-5). La iglesia en una ciudad y reunida en un lugar va escribiendo su biografía en el entrelazamiento de los sucesos en los que se descubre protagonista[16].

5.3. Iglesia de iglesias en el misterio de Dios

         La multiplicación y la variedad de iglesias provoca que se hable frecuentemente de iglesias (Hch 16,5; 2Cor 8,18s.23-34), especificadas en ocasiones por su ubicación geográfica o étnica: de la gentilidad (Rom 16,4), en/de Galacia (Gál 1,2; 1Cor 16,1), en/de Asia (1Cor 16,19; cf. Ap 1,4), en/de Macedonia (2Cor 8,1.12). Motivo permanente de júbilo era la expansión del evangelio y el surgimiento de iglesias en nuevas regiones. Criterio de responsabilidad eclesial era el compromiso que cada iglesia asumía en la tarea de expandir la Iglesia de Cristo más allá de su propio contexto.

         Esta diversidad de iglesias viven en una profunda comunión, que se expresa en gestos y contactos múltiples y variados. Esta comunión se apoya en el hecho de que todas ellas se sienten Iglesia de Cristo y en que, por ello, se reconocen unas a otras como iglesias de pleno derecho. Pablo envía a Timoteo para que recuerde a los corintios su enseñanza (1Cor 4,17), las iglesias eligen a Tito para que acompañe a Pablo en su ministerio (2Cor 8,19), escribe a los fieles de Roma para que le apoyen en sus planes misioneros hacia España y en su viaje a Jerusalén (cf. Rom 15,25), implica a todas las iglesias en la colecta que realiza en favor de los cristianos de Jerusalén (1Cor 16,1; 2Cor 8-9), hay intercambio de las cartas dirigidas a Colosas y a Laodicea (Col 4,16), se acoge a los visitantes (Hch 15,4), se comunican recíprocamente los logros y las carencias, las persecuciones padecidas y las empresas evangelizadoras planificadas...

         Estos gestos de reconocimiento recíproco y de apoyo mutuo se basan en un fundamento más radical: así como cada cristiano es un miembro del cuerpo de Cristo (Rom 12,5), todas las iglesias forman igualmente un solo cuerpo (1Cor 12,13.20.27) cuya cabeza es Cristo (Col 1,18; Ef 5,23). Las iglesias en comunión sirven a la tarea de reconciliación de todas las personas en un solo cuerpo (Ef 2,16). Ese cuerpo de reconciliación no puede ser más que el de Cristo. Por eso cada iglesia no puede ser más que la Iglesia de Cristo. La Iglesia de Cristo es por ello una realidad que vive de y para Cristo. Es Cristo el que amó a la Iglesia y se entregó por ella (Ef 5,25.32). Y la Iglesia tiene como misión y tarea servir a la reconciliación de todas las cosas y a la proclamación a todos los pueblos del misterio de Dios, que consiste en ofrecer a todos los pueblos la reconciliación realizada por Cristo en el Espíritu (Ef 3,10ss).

5.4. La diversidad de carismas para la edificación eclesial

Pablo comprende la Iglesia como un cuerpo animado por la única vida, donde el Espíritu Santo suscita distintos dones para el bien de la comunidad[17]. Rom 12,6-8 alude a servicios de la palabra: profecía, enseñanza, exhortación; a funciones administrativas: diaconía y distribución y a la capacidad de presidencia. 1Cor 12,8-10 menciona la sabiduría, la ciencia, la fe, las acciones milagrosas, la profecía, el discernimiento de espíritus, el don de lenguas. Mientras que 1Cor 12,28-30 presenta a los apóstoles, profetas, doctores, poder de los milagros, virtudes, gracias de curación, de asistencia, de gobierno, de géneros de lenguas. Según Ef 4,11, en esa comunidad existen apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores y doctores. A ello hay que añadir los “presbíteros que presiden” (1Tim 5,10) y los obispos (Flm 1,1). Es muy significativo que Pablo resalte la importancia de la caridad (1Cor 13) precisamente tras la enumeración de los carismas.

         El carisma, en la mentalidad paulina, es un fenómeno esencial de eclesiogénesis, ya que siempre tiende a la edificación de la comunidad eclesial (1Cor 12,4-11; Ef 4,11-13). Resulta significativo que los contextos en que Pablo habla del tema se refiera al cuerpo de Cristo (Rom 12 y 1Cor 12), a la corporeización de la salvación. Será 1Pe 4,10 quien nos dé un criterio fundamental: “el don que cada uno haya recibido póngalo al servicio de los otros”. El carisma, por tanto, no es propiedad personal. Y, por ello mismo debe ser sometido al discernimiento evangélico en conformidad con la norma de la fe apostólica y desde el orden y la disciplina de la comunidad (1Cor 14).

5.5. Unas iglesias concretas en torno a Pablo

         Las iglesias de impronta paulina, encuadradas en su mundo concreto, nos permiten dibujar un perfil de las mismas[18]. Éstas se configuran como fraternidades: son hermanos porque son hijos, según ya hemos expuesto en otro momento. Acogen a todos, desde los últimos: la absoluta acogida del Señor hace que se relativicen todas las barreras que entretejen la división del mundo (socio-económicas, socio-culturales y socio-religiosas); están enclavadas en el mundo de los pobres y formadas por gran parte de pobres, aunque no de forma exclusiva y excluyente. Son iglesias que por dentro están en conflicto: unas veces entre ricos y pobres, otras entre fuertes y débiles, otras entre sabios e ignorantes; no sólo conocen facciones sino también enfrentamientos... pero siempre muestran una voluntad práctica para buscar la comunión. Son iglesias que por fuera están perseguidas: todas y a corto plazo; pero esto será el mayor aguijón para mostrarse como novedad e interpelación ante el mundo.

         En ese contexto Pablo, para expresar lo que para él suponían estas iglesias, recurrió al lenguaje del amor humano, paterno (1Cor 4,15) o materno (1Tes 2,7s.). Y es que, como fundador, Pablo se sentía padre de comunidades enteras (Corinto: 1Cor 4,15; 2Cor 6,12; 12,14; Filipos: Fil 2,22; Tesalónica: 1Tes 2,11), lo mismo que de personas (Onésimo: Flm 10; Timoteo: 1Cor 4,17; Fil 2,22; 1Tm 1,2.18; Tito: Tit 1,4). Su afecto era tanto que pudo declararse dispuesto a gastar la vida por quienes sabe que no le aman demasiado (2Cor 12,15). Llega a comparar su misión como dar a luz en el dolor (Gál 4,19s.), al amamantar (1Cor 3,1-3). Sus convertidos son hijos suyos (1Cor 4,16; 2Cor 6,13; Gál 4,19; Fil 2,22; 1Tes 2,7.11), amados con exclusividad (2Cor 11,1-3). Se presenta como padre en su tarea misionera y, por eso puede exhortar (1Tes 2,11s.) o corregir (1Cor 4,12.14-21), prefiriendo al mandato la apelación (Rom 12,1; 15,30; 16,7; 1Cor 1,10; 4,16; 16, 16; 2Cor 5,20; 6,1; 10,1; 13,11; Fil 4,2; Flm 8-9). El amor y la ternura, con todo, no le hacen abdicar de su autoridad (2Cor 10,6; Flp 2,12; Flm 2), conferida por Cristo para la edificación de sus iglesias (2Cor 10,8; 13;10). Tal preocupación fue para Pablo fuente de no pocas fatigas e, incluso, de sufrimientos (2Cor 11,28).

6. Iglesias «para la misión encomendada»

         Las iglesias de impronta paulina viven la fe y la responsabilidad misionera desde la alegría y la comunión. La alegría les lleva a dar gracias a Dios por la nueva vida y a desear compartir el evangelio vitalmente a todos. Por ello, la misión se realiza de forma corresponsable, al igual que Pablo hizo corresponsables de la misión del Señor a más de un centenar de colaboradores, entre los cuales un grupo amplio de mujeres tuvo un papel determinante. Pero más allá de este hecho, las iglesias paulinas guardan la memoria de haber sido edificadas por un misionero y, por ello, se descubren a sí mismas llamadas a la misión encomendada (cf. Hch 13,2).

6.1. Una misión en comunión de colaboradores

         Las fuentes neotestamentarias nos muestran a casi un centenar de personas que ayudaron a Pablo en su actividad misionera. Sólo la despedida de la carta a los Romanos (16,13-16) llega a citar a veintiséis. Aunque Hechos, de forma indebida, reduzca su papel al de meros compañeros de viaje, en realidad algunos fueron auténticos apóstoles, con iniciativa propia, como Bernabé (Hch 11,15-20; 12,24), Apolo, judío de Alejandría (1Cor 1,12; 3,4-9; 4,6; 16,12; Hch 18,24-28) o el matrimonio de Aquila y Priscila (Hch 18,2-3. 18-26; 1Cor 16,19; Rom 16,3-5). Otros acompañaron permanentemente a Pablo, como Silas (Hch 15,40-18,17; 1Tes 1,1; 2Cor 1,19), y llevaron a cabo misiones muy difíciles: Timoteo será enviado a Tesalónica (1Tes 3,2) a Corinto (1Cor 4,17; 16,10) y a Filipos (Fil 2,19) para resolver situaciones muy delicadas. Tito, tras el fracaso de Timoteo en Corinto, logrará el éxito (2Cor 7,6s.) y será mandado de nuevo allí para organizar la colecta (2Cor 8,6s.). Filemón (Flm 1), Aristarco, Marco, Demas, Lucas, Justo (Flm 23,2-4), Epafrodito (Flp 2,5), Clemente (Flp 4,2s.), Urbano (Rom 6,9) y muchos más (1Cor 16,15-18) son considerados por el mismo apóstol como auténticos apóstoles colaboradores.

Con palabras de un gran conocedor de Pablo, hay que decir que “no cabe duda, Pablo supo movilizar alrededor de su proyecto misionero a muchas personas y programar un trabajo articulado y eficaz de propaganda. Fue un óptimo organizador y un sabio planificador, líder carismático de equipos misioneros suficientemente elásticos, en donde se juntaban colaboradores estrechos y permanentes, ayudantes ocasionales, personalidades fuertes y humildes gregarios, compañeros de viaje, representantes de las comunidades” Desde ahí, la conclusión más obvia es que, “sin menguar en lo más mínimo su espíritu de iniciativa y su intensa acción, hay que reconocer la aportación tan importante que le dieron sus colaboradores. Sólo así se explica históricamente que su actividad misionera, reducida en el tiempo a menos de veinte años, se haya podido extender tanto y haya cosechado éxitos espectaculares y duraderos”[19].

         Pero no fue tanto la necesidad personal de Pablo de verse acompañado en sus esfuerzos, ni tampoco las meras razones de eficacia misionera lo que le llevo a formar junto a sí un círculo de colaboradores. Éstos representan el compromiso de las iglesias por la evangelización del mundo. Pablo sabía que estos colaboradores no eran suyos, sino de la misión (1Tes 3,2; 1Cor 3,5-9; 2Cor 6,1-4).

6.2. La mujer en la misión paulina

         Es curioso observar que tanto Hechos como la correspondencia paulina resalten la aportación de bastantes mujeres en la misión paulina (Hch 12,7.12: María, madre de Juan Marcos; 16,14: Lidia; 17,34: Damaris; Rom 16,1: Febe; Rom 16,3: Aquila y Priscila; Rom 16,6: María; Rom 16,7: Andrónico y Junia; Rom 16,12: Preside, Trifena y Trifosa; Rom 16,15: Julia; 1Cor 1,11: Cloe; 1Cor 16,19: y Fil 4,2: Evodia y Síntique; Col 4,15: Ninfa; Flm 2: Afia; 2Tim 1,5: Lois y Eunice; 2Tim 4,21: Claudia).

Algunas son conversas (como Lois y Eunice, Damaris y Lidia); otras llegaron a ocupar puestos de responsabilidad en las comunidades locales (Cloe y Ninfa); otras compartieron con Pablo la misión apostólica (Evodia y Síntique; Prica); y las hubo que llegaron, probablemente, a ejercer funciones ministeriales, como Febe, diaconisa en Cencrea y protectora del apóstol (Rom 16,1.3; cf. 1Cor 3,5; 2Cor 3,6; 6,4) y Junia, ilustre entre los apóstoles y compañera de prisión de Pablo (Rom 16,7); con algunas, la querida Preside y la madre de Rufo –que la consideraba como propia: Rom 16,12s.– mantuvo una afectuosa relación.

 6.3. Iglesias para la misión

         El hecho de haber buscado ayuda entre tantos hombres y mujeres aporta un dato importante para la comprensión del Pablo misionero. Él, tan consciente de haber sido llamado por Dios directamente (Gál 1,11-15), favorece la comunidad de trabajo, busca colaboradores y les encomienda tareas y, no rara vez, les envía en su lugar. Aquí se deja ver la grandeza de Pablo: su modo de relacionarse y de educar personalmente a sus colaboradores, a quienes concede total libertad de acción y de iniciativas, mientras espera de ellos que se atengan al evangelio y unidad con él (1Cor 1,11s.; 3,10s.). Sólo así se entiende que las iglesias que fundara colaboraran con él, después en la comunicación del evangelio (Fil 4,2s.; Col 1,7s.; Flm 23s.).

         Ahora bien, estas iglesias de impronta paulina dan un paso más: ellas, que han nacido de la misión, se descubren a sí mismas llamadas a la misión edificando nuevas iglesias. Se saben nacidas de la misión y llamadas a la misión[20]. La iglesia de Antioquia (Hch 13). Esta iglesia, que había nacido de la misión, supo ver que por ella pasaba el futuro de la Iglesia, y que en ese futuro se abría el espacio para la aportación a la humanidad de la novedad del evangelio del Reino del Señor Resucitado.

         Reunidos en oración, como comunidad eclesial, los cristianos de Antioquia intentan discernir cuál es su responsabilidad evangelizadora. Descubren que ellos existen como Iglesia porque la Palabra, a través de otros misioneros venidos de fuera, ha fructificado entre ellos. En consecuencia, deciden que también ellos han de cooperar en el dinamismo de esa Palabra. Por ello acuerdan enviar a Pablo y a Bernabé, a pesar de que –o precisamente porque– eran las personas más cualificadas de la comunidad. Como signo de que no es una tarea particular de los dos elegidos, sino de toda esa iglesia, reciben la imposición de manos de los asistentes. Ven fronteras que deben rebasarse, identifican los carismas y les dejan espacio de realización como tarea de todos para que puedan surgir nuevas iglesias al servicio de la reconciliación entre los pueblos.

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          Llega en momento de concluir. Y tras presentar los aspectos más sobresalientes del método/proyecto misionero de Pablo hay que decir que éste es una invitación permanente a la fidelidad creativa, nunca a la repetición. De él aprendemos a discernir los horizontes del Espíritu, las estructuras históricas y culturales que pueden ser aptas para comunicar la buena noticia a fin de edificar iglesias, sin despreciar ni sacralizar las del pasado. De él aprendemos a no quedarnos donde estamos, sino a ir hacia allí donde ningún cristiano aún ha llegado. Como él, necesitamos presentar con libertad lo recibido del pasado para que sea significativo en el presente y así vaya abriendo caminos al futuro. Él nos ayuda a encarar los conflictos intraeclesiales, con libertad y sin claudicaciones, pero con amor y voluntad de comunión.

         Por ello, las palabras que Pablo dirigía a su iglesia tan estimada de Filipos pueden ser su mejor memoria creativa para nosotros, empeñados de modos diversos en la misión:

“Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros que sois mi alegría y mi corona, mis amigos, manteneos firmes en el Señor. Encarecidamente ruego a Evodia y a Síntique que se pongan de acuerdo como corresponde a creyentes. Y a ti compañero fiel, te ruego que las ayudes pues ellas lucharon a mi lado por el evangelio, junto con Clemente y el resto de mis colaboradores, cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida. Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad. El Señor está cerca, no os agobiéis por nada” (Fil 4,1-4).


 

[1] Pablo es elocuente cuando habla de la importancia de la «koinonía», y en lo que se a su tradición se refiere, la unidad cristiana aparece en Lucas/Hechos y Efesios. Pedro es una figura-puente en el nuevo testamento, y el concepto de pueblo de Dios en su primera epístola requiere una comprensión comunitaria del cristianismo. Con toda su carga de individualismo, el cuarto evangelio habla de otras ovejas que no son del redil y de que Jesús quiere que se haga uno con el resto. Mateo tiene un concepto de la Iglesia y extiende los horizontes del cristianismo a todas las naciones.

[2] R. Aguirre, La mesa compartida. Estudios del NT desde las ciencias sociales, Sal Terrae, Santander 1994, 201-242; R. E. Brown, Las iglesias que los apóstoles nos dejaron, DDB, Bilbao 1986. Cf. F. Bovon, Pratiques missionnaires et comummunication de l’Evangile dans le christianisme primitif, «Revue de Théologie et de Philosophie» 114 (1982) 369-381; D. Muñoz León, Modelos de misión en las primeras comunidades cristianas, en OMP, La misionología hoy, Verbo Divino, Estella 1987, 112-137.

 

[3] Dentro de esta pluralidad cabe señalar el hecho de que hubo dos corrientes que acabaron separándose de la Iglesia. Una «judeo-cristiana», que mantuvo una vinculación estricta con las normas y leyes del antiguo testamento; los grupos de este estilo generalmente tenían una base social pobre y de poco relieve, caracterizándose por una ética radical y una cristología poco desarrollada. En segundo lugar, la corriente gnóstica, compleja y de enorme pujanza, que respondía, según parece, a los intereses y a las necesidades de personas bien situadas socialmente; se basaban en una fuerte experiencia espiritual personal y en la conciencia de poseer un conocimiento privilegiado de los misterios divinos.

[4] F. Fernández Ramos, Evangelista por excelencia, en Id. (dir.), Diccionario de San Pablo, Monte Carmelo, Burgos 1999, 518-521.

[5] Esta forma de hablar llamó la atención a los lectores de sus cartas desde siempre. La interpretación patrística más antigua consideró que Pablo se refería al evangelio de Lucas al que ellos consideraban como una narración condensada o como un sumario de la predicación de Pablo. Según los conocimientos actuales esta hipótesis tiene como único valor el puramente informativo sobre un intento del pasado en orden a explicar la expresión paulina.

[6] De Galilea procede el documento Q, cuya redacción se suele situar en la década de los 50. Este documento –que testimonia la existencia de profetas itinerantes cuya misión se caracterizaba por continuar la predicación de Jesús, sin relato de la pasión ni kerigma pascual– permite descubrir a un grupo que va evolucionando y que, al final, como consecuencia de la increencia de Israel, parece abrirse a La perspectiva de acogida de los gentiles: cf. P. D. Meyer, The Gentile Mission in Q, «Journal of Biblical Literature» 89 (1970) 405-417.

[7] C. Ghidelli, Lo stile e il metodo missionario di Paolo, «Parole di Vita» 35 (1990) 278-285. Cf. J. L. Barriocanal Gómez (dir.), Diccionario del profetismo bíblico, Monte Carmelo, Burgos 2008; «Misiones Extranjeras» 213-214 (2006) [Profetas y mártires hoy].

[8] R. Aguirre, Ensayo sobre los orígenes del cristianismo, Verbo Divino, Estella 2001, 53-73; G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Sígueme, Salamanca 1989, 91-98; J. J. Bartolomé, Misionero, en F. Fernández Ramos (dir.), Diccionario de San Pablo, Monte Carmelo, Burgos 1999, 766-784.

[9] Cf. W. A. Meeks, Los primeros cristianos urbanos. El mundo social del Apóstol Pablo, Sígueme, Salamanca 1988.

[10] R. Penna, Chiese domestiche e culti privati pagani alle origini del cristianesimo. Un confronto, en N. Ciola (dir.), Servire Ecclesiae. Miscellanea in onore di Mons. Pino Scabini, EDB, Bolonia 1998, 61-85.

[11] En torno al contexto y a la dimensión política de la misión paulina tiene hoy gran repercusión, particularmente en ambientes americanos, el denominado “Paul and the Politics Group”; para una aproximación a esta corriente, cf. D. Álvarez Cineira, Pablo, el antisistema, «Estudios Agustinianos» 42 (2007) 293-334.

[12] Cf. R. Penna, Un cristianismo posible. Pablo de Tarso, Paulinas, Madrid 1995.

[13] Cf. J. Comblin, Pablo: trabajo y misión, Sal Terrae, Santander 1994.

[14] E. Bueno de la Fuente - R. Calvo Pérez, La Iglesia local: entre la propuesta y la incertidumbre, San Pablo, Madrid 2000; 39-47; cf. J. Sánchez Bosch, Iglesia e iglesias en las cartas paulinas, «Revista Catalana de Teología» 8 (1983) 1-43; Id., La Iglesia universal en las cartas paulinas, «Revista Catalana de Teología» 9 (1984) 35-81.

[15] Ello no impide que también haya que valorar una función pastoral posterior en el mismo Pablo: cf. M. Pesce, L’apostolato di fronte alla crescita pneumatica dei Corinti (1Cor 12-14). Tentativo di un’analisi storica della funzione apostólica, «Cristanesimo nella Storia» 3 (1982) 1-39.

[16] Hay que resaltar la importancia de la asamblea efectivamente reunida y por ello la responsabilidad de quienes han respondido a la llamada, a la convocatoria proclamada entre los habitantes de la ciudad. Algunos datos lingüísticos permiten captar más claramente el hondo sentido de esta afirmación: a) los cristianos utilizaron un término profano y político para designar sus asambleas; ekklesía designaba en el mundo griego el conjunto de los ciudadanos libres que se reunían para deliberar acerca de los asuntos que afectaban a la vida colectiva (cf. Hch 19,32); este significado no desaparece en el uso cristiano, aunque añade un enriqucimiento significativo: no se convoca sólo a varones libres, sino también a mujeres, a niños y a siervos. b) No se habla normalmente de “iglesia de Tesalónica” sino de “iglesia de los tesalonicenses” (1Tes 1,1; 2Tes 1,1), de los laodicenses (Col 4,16), o de la iglesia en Corinto (1Cor 1,2), en Jerusalén (Hch 8,1) o en Antioquía (Hch 13,1); con ello se intenta poner de relieve, de un lado, el carácter personal de la iglesia en el sentido indicado anteriormente, y de otro lado que no se identifica con la sociedad del lugar, pues entre los habitantes de Tesalónica sólo algunos responden a la llamada. c) de este modo se pone de manifiesto la dimensión escatológica y la función de signo que desempeña la iglesia en aquel lugar: escatológica porque está de paso, se siente peregrina hacia la patria definitiva, y por ello se siente libre para marchar a otro lugar; a la vez, y por existir esta distancia, se descubre como enviada a aquel lugar para ofrecer un testimonio distinto, alternativo.

[17] J. Delorme (ed.), El ministerio y los ministerios según el NT, Cristiandad, Madrid 1975, 23-39 [A. Jaubert], 40-60 [P. Grelot] y 61-74 [A. Lemaire].

[18] M. Legido López, Fraternidad en el mundo. Un estudio de eclesiología paulina, Sígueme, Salamanca 1982, 37-153.

[19] G. Barbaglio, Pablo de Tarso y los orígenes cristianos, Sígueme, Salamanca 1989, 97s.

[20] E. Bueno de la Fuente, La misión de iglesias en estado de misión, «Misiones Extranjeras» 192 (2003) 19-30; Id., La iglesia local, espacio de comunión para la misión, en Aa. Vv., Los organismos de animación misionera, espacios de comunión, Facultad de Teología, Burgos 2004, 37-64.