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Discurso del Papa a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias
Roma, 5 al 12 de mayo de 2006
Señor cardenal;
1.-
Os dirijo mi cordial saludo a cada uno de vosotros, en particular al señor
cardenal Crescenzio Sepe, a quien le agradezco las palabras que me ha
dirigido en vuestro nombre, y a monseñor Henryk Hoser, presidente de las
Obras Misionales Pontificias. Bienvenidos a este encuentro, que tiene
lugar con motivo de la anual asamblea general ordinaria de vuestro Consejo
Superior. Vuestra presencia testimonia el compromiso misionero de la
Iglesia en los diferentes continentes y el carácter «pontificio» que
caracteriza a vuestra asociación subraya el lazo particular que os une
con la Sede de Pedro. Sé que, después de un intenso trabajo de «actualización»,
habéis terminado la redacción y alcanzado la aprobación de vuestro
Estatuto. Deseo que este paso contribuya a ofrecer más perspectivas aún
al trabajo de animación misionera y de ayuda a la Iglesia en que estáis
comprometidos. 2.-
En vuestra asamblea general queréis reflexionar sobre el mandato
misionero que Jesús confió a sus discípulos y que representa una
urgencia pastoral experimentada por todas las Iglesias locales, recordando
también lo que afirma el Concilio Vaticano II, es decir, que «el
compromiso misionero es esencial para la comunidad cristiana» («Ad
gentes», 2). Al ponerse al servicio de la evangelización, las Obras
Misionales Pontificias, desde su nacimiento en el siglo XIX, han
experimentado que la acción misionera consiste en definitiva en comunicar
a los hermanos el amor de Dios que se reveló en el designio de la salvación.
Conocer y acoger este Amor salvífico es, de hecho, una cuestión
fundamental para la vida, he escrito en la encíclica «Deus caritas est»--
y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quién somos nosotros
(Cf. n. 2). A través de actos de caridad concreta y generosa, las Obras
de Propagación de la Fe, de San Pedro Apóstol, y de la Santa Infancia,
han difundido el anuncio de la Buena Nueva y han contribuido a fundar y
consolidar las Iglesias en nuevos territorios; la Unión Misionera del
Clero ha favorecido el crecimiento de la atención del clero y de los
religiosos por la evangelización. Todo esto ha suscitado en el pueblo
cristiano un despertar de fe y de amor, junto a un gran entusiasmo
misionero. 3.-
Queridos amigos de las Obras Misionales Pontificias: gracias también a la
animación misionera que realizáis en las parroquias y en las diócesis,
la oración y el apoyo concreto a las misiones hoy son experimentados como
parte integrante de la vida de todo cristiano. Así como la Iglesia
primitiva hacía llegar a Jerusalén las «colectas» recogidas en
Macedonia y Acaya para los cristianos de aquella Iglesia (Cf. Romanos 15,
25-27), así hoy un responsable espíritu de coparticipación y de comunión
involucra a los fieles de toda comunidad en el apoyo a las necesidades de
las tierras de misión y esto constituye un signo elocuente de la
catolicidad de la Iglesia. Vuestro Estatuto, subrayando que la misión,
obra de Dios en la historia, «no es un mero instrumento, sino un
acontecimiento que pone a todos a disposición del Evangelio y del Espíritu»
(artículo 1), os alienta a trabajar para que los cristianos crezcan en la
conciencia de que el compromiso misionero les involucra en el dinamismo
espiritual del bautismo, reuniéndoles en comunión en torno a Cristo para
participar en su misión (Cf. ibídem). 4.-
Este intenso movimiento misionero, que afecta a las comunidades eclesiales
y a cada uno de los fieles, se ha desarrollado en estos años con una
prometedora cooperación misionera. Vosotros sois un significativo
testimonio de la misma, pues ayudáis a alimentar por doquier ese espíritu
de misión universal, que ha sido el signo distintivo de vuestro
nacimiento como Obras Misionales y la fuerza de vuestro desarrollo. Seguid
ofreciendo este precioso servicio a las comunidades eclesiales,
favoreciendo su cooperación recíproca. La armonía de objetivos y la
deseada unidad de acción evangelizadora crecen en la medida en que toda
actividad tiene como punto de referencia a Dios que es Amor y al corazón
traspasado de Cristo, en el que este amor se expresa en su plenitud (Cf.
«Deus caritas est», 12). De este modo, cada una de vuestras acciones,
queridos amigos, no se reducirá nunca a mera eficiencia organizativa, ni
quedará ligada a intereses particulares de cualquier tipo, sino que
siempre se revelará como manifestación del Amor divino. Vuestras
diferentes diócesis de origen muestran claramente que las Obras
Misionales Pontificias, «si bien son las Obras del Papa, son también de
todo el episcopado y de todo el Pueblo de Dios» («Cooperatio missionalis»,
4). 5.- Queridos directores nacionales: os agradezco en particular todo lo que hacéis para salir al paso de las exigencias de la evangelización. Que vuestro compromiso estimule a todos los que se benefician de vuestra ayuda a acoger el don inestimable de la salvación y a abrir el corazón a Cristo, único Redentor. Con estos sentimientos, invocando la materna asistencia de María, Reina de los Apóstoles, os imparto a los aquí presentes y a las Iglesias particulares a las que representáis, una especial bendición apostólica. En el Vaticano,
8 de mayo de 2006. |