Discurso ante la
Asamblea General de las
Obras Misionales Pontificias

 

Roma, 16 al 24 de mayo de 2002

 

Eminencia Reverendísima,
Excelencia
Queridos Monseñores,
Queridos Directores Nacionales
Queridos colaboradores laicos,

     Hace una decena de años, tuve el privilegio, como Director Nacional, de formar parte de esta importante asamblea, coherente e impresionante expresión de la catolicidad de la Iglesia, y compartí así las alegrías y los sufrimientos, como también las esperanzas y las necesidades de todas las Iglesias del mundo. Me sentaba entre vosotros, Directores Nacionales, rezando, escuchando, intercambiando ideas y considerando las ansias misioneras de la Iglesia. Una experiencia que me ha enriquecido mucho.
     Para mí era un verdadero Pentecostés. Recuerdo con afecto y admiración a algunos Directores Nacionales, como el llorado Mons. Capmany de España, que me han ayudado a lograr una mayor sensibilidad misionera por las necesidades de los demás, a través del trabajo que hacían como Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias.
     Estas grandes personas me han llevado a entender el valor de cada una de las Obras, insistiendo en la fidelidad de cada Obra al carisma de su fundador o fundadora y en la necesidad de salvaguardar una justa y equilibrada autonomía de acción para cada una de ellas.
     Por eso, al tomar posesión de mi nuevo cargo como Presidente de las Obras Misionales Pontificias, quiero aseguraros a cada uno de vosotros mi máxima colaboración en el total respeto a la naturaleza y al carisma individual de cada una de las Obras, buscando, al mismo tiempo, integrar bien las orientaciones de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos en las actividades de las mismas Obras.
     Querría también recordar con gratitud el servicio ofrecido por su Excelencia, Mons. Charles Schleck, mi ilustre predecesor, que ha mantenido, en ocasiones con grandes sacrificios, la buena andadura de estas Obras.
     Os quiero de nuevo asegurar, individual y colectivamente, que haré lo que esté en mi mano para hacer avanzar y reforzar nuestro trabajo como Directores Nacionales. Os prometo que estaré disponible y, por vuestra parte, espero confianza, y parafraseando las palabras de San Agustín, os digo “Para vosotros soy el Presidente, pero con vosotros soy vuestro hermano, amigo y colaborador”.
     Agradezco, finalmente, a Su Santidad el Papa Juan Pablo II y a su Eminencia el Cardenal Crescenzio Sepe, por haberme llamado a este servicio no obstante mi indignidad.
     Un segundo elemento que aporto a esta tarea, y que forma parte de mi historia personal, es una decena de años de experiencia pastoral como obispo en una de las zonas más misionales de la Iglesia.
     Por otra parte, el haber sido el primer Obispo de una nueva Diócesis misionera me ha ayudado a entender, de una manera más auténtica, las ansias y las dificultades, que los Obispos, pastores de las Iglesias misioneras, tienen que afrontar en su labor. Si quizás las peticiones de ayuda que provienen de estos Obispos parecen demasiadas o no del todo razonables, cuando se han vivido las muchas dificultades que encuentran, no hay un motivo válido para no apoyarles en su difícil labor. Además, muchos de ellos no conocen bien las Obras Misionales Pontificias. Y les debemos ayudar a adquirir un conocimiento más profundo de las Obras. De esto hablaremos más adelante.
     Espero, por ello, en esta Asamblea, poder subrayar las preocupaciones de trabajo de mis hermanos Obispos y también de mis colaboradores en los distintos Secretariados Generales de las Obras.
     El Santo Padre, en su Carta Encíclica Redemptoris Missio sobre la permanente validez del mandato misionero, hablando de la necesidad de formación misionera dice: “Las actividades de animación deben orientarse siempre hacia sus fines específicos: informar y formar al Pueblo de Dios para la misión universal de la Iglesia; promover vocaciones ad gentes; suscitar cooperación para la evangelización” (RM 83).
     El Santo Padre añade: “las cuatro Obras... tienen en común el objetivo de promover el espíritu misionero universal en el Pueblo de Dios” (RM 84).
     Corresponde a las Obras Misionales, por lo tanto, un misión de gran importancia, ser el motor de la sensibilización misionera de todos los diversos sectores de la Iglesia. Si bien es verdad que la recogida de fondos para las diversas necesidades en los territorios de misión es uno de los aspectos principales de las actividades de estas Obras, es necesario, sin embargo, no olvidar que, desde su fundación, las Obras estaban sólidamente unidas con la animación y con la sensibilización misionera de los diversos sectores de la Iglesia.
     Los sacrificios o contribuciones, ya sea espirituales o materiales, nacían de un corazón que ardía de espíritu misionero. Y, entonces, aquel sacrificio se convertía verdaderamente en una expresión de heroísmo misionero, y llevaba frutos espirituales inmensos tanto a la Iglesia como a aquel que lo hacía. En otras palabras, la contribución o el ofrecimiento no es un simple acto de altruismo o de generosidad sino, sobre todo, un acto de fe y testimonio de comunión espiritual y de fraternidad eclesial, y también un acto de misionariedad. Por una parte, este acto aumenta la fe de quien da y muestra un testimonio de solidaridad cristiana y, por otra, habla al corazón de quien recibe y lo evangeliza.
     Las Obras Pontificias se convierten así en un, y uso esta palabra entre paréntesis, banco de energías espirituales para la misión de la Iglesia. El Santo Padre, para acentuar este aspecto, decía: “no se puede dar una imagen reductiva de la actividad misionera, como si fuera principalmente ayuda a los pobres, contribución a la liberación de los oprimidos, promoción del desarrollo, defensa de los derechos humanos. La Iglesia misionera está comprometida también en estos frentes, pero su cometido primario es otro: los pobres tienen hambre de Dios, y no sólo de pan y libertad; la actividad misionera ante todo ha de testimoniar y anunciar la salvación en Cristo” (RM 83).
     Estas palabras me recuerdan, cuando hace unos años ante una multitud inmensa de jóvenes, en la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud, una joven adolescente que subió a la tribuna y dirigió estas palabras al Papa: “Padre, diga a sus sacerdotes que nos hablen de Dios”. El mundo tiene necesidad de sentir de modo más ardiente el gran amor que el Señor Dios le ha mostrado en la vida, muerte y resurrección de Cristo y la Iglesia misionera no debe dejar de anunciar este gran mensaje.
     Y nosotros, miembros de las Obras Misionales Pontificias, teniendo esta tarea en nuestras manos, debemos ser los primeros en anunciar, sensibilizar, formar e incluso provocar un ardiente deseo en los corazones de todos los miembros de la Iglesia para que se conviertan tanto en anunciadores con palabras y obras, como también en “conductores” de energías espirituales y materiales para las necesidades misioneras de la Iglesia.
     Querría dirigirme ahora especialmente a nuestros hermanos Directores Nacionales de los países de antigua cristiandad, si se me permite este término. Es un fenómeno alarmante que en estos países haya un número, cada vez más en aumento, de cristianos que dejan la Iglesia o que se vuelven indiferentes. En países que eran casi al cien por cien católicos, hoy la práctica religiosa ha descendido por debajo del diez por ciento, mientras que en muchos países así llamados de misión el número de practicantes es claramente superior a estas cifras.
     Esto significa que las antiguas fórmulas han caído y que la misionariedad se ha vuelto mucho más urgente e importante para los países de antigua cristiandad. Es necesario apuntar hacia un intenso programa de animación misionera en estos países, especialmente para aquellos cristianos que han abandonado o están abandonando la fe. La formación en la misionariedad de todos los sectores de la Iglesia, sobre todo de los agentes pastorales, forma parte de nuestra tarea.
      Las Oficinas Nacionales en estos países deben ser más activas en la animación y sensibilización de las ilesias locales en su deber misionero. Hoy es una exigencia. ¡No una elección!
      Por un lado, tal dirección aumentará las contribuciones espirituales y materiales de las comunidades católicas y, por otro, dará un impulso misionero a la Iglesia en estos países. Es necesario acabar para siempre con el mito de que las misiones “están sólo en el Sur”.
     Al mismo tiempo, querría subrayar que la cooperación misionera no es solamente en una única dirección. Cada país, también el más pequeño o considerado económicamente más pobre, debe hacer todo lo que pueda para encontrar ayudas para las iglesias todavía más necesitadas.
      Normalmente nuestras colectas no provienen de las ofrendas de los super ricos o ricos, sino más bien de los pobres y de gente económicamente normal. Sabemos que quien dona estas contribuciones con frecuencia hace un sacrificio, porque se priva de algo de lo que tiene necesidad. Por eso, debemos superar también el otro mito de que los pobres no son capaces de contribuir generosamente. Las ofrendas de los pobres agradarán más al Señor y llevarán más bendiciones a nuestra labor misionera (Mc 12, 42). Tendrán un efecto saludable en la Iglesia.
      Por eso, querría animar sobre todo a los Directores Nacionales de los países de misión a mejorar todavía más sus esfuerzos. En este sentido, debemos pensar seriamente en algunos aspectos, de los cuales habla el Santo Padre en la Redemptoris Missio, como aspectos de cooperación misionera a reforzar y mejorar. Como por ejemplo, el turismo, que resulta positivo si se practica con una actitud respetuosa para un mutuo enriquecimiento cultural (RM 82). A los cristianos se les pide sobre todo –dice el Papa- la conciencia de ser siempre testigos de la fe y de la caridad de Cristo en cualquier sitio al que vayan (RM 82).
      El Sumo Pontífice habla también del voluntariado y de la migración a los territorios de misión de expertos técnicos cristianos. Y, al mismo tiempo, habla de la inmigración como un fenómeno que podría alimentar un verdadero espíritu de cooperación y compromiso misionero hacia los inmigrantes no cristianos, que llegan a los países de antigua cristiandad, como también los inmigrantes cristianos que pueden convertirse en instrumentos de conversión y evangelización de aquellos que les acogen. Hay ejemplos de conversiones que han tenido lugar en familias italianas que tenían a sus servicio domésticas cristianas extra-comunitarias.
      Estos nuevos aspectos indicados por el Papa no son categorías que normalmente nos preocupen mucho, sin embargo, las palabras del Papa nos deben estimular a reflexionar y a buscar integrar estos fenómenos modernos para alimentar la cooperación misionera.
     La línea general de las Obras Pontificias, que nos indica el Santo Padre, es clara, apuntar mucho hacia la animación y formación misionera.

          ANIMACIÓN  MISIONERA

     Creo que debemos comenzar esta animación con nuestros mismos colaboradores, me refiero al equipo que trabaja en nuestras Oficinas Internacionales, así como en las regionales y diocesanas. Ellos, antes que nadie, deben ser verdaderos ejemplos de personas animadas por la verdadera y transparente espiritualidad misionera y por un ardiente celo misionero.
      Deben entender que su labor no es solamente una labor de animación o de profesionalidad, sino que debe ser, sobre todo, expresión de la solicitud por las necesidades misionales-pastorales de la Iglesia.
     Los Secretariados Generales, como también las Oficinas Nacionales y Diocesanas deben convertirse, por ello, en centros de energía y de irradiación espiritual y misionera para la Iglesia y no simples oficinas burocráticas. Cada uno de nuestros colaboradores debe sentirse, antes que nada, un misionero de Cristo.
     Creo que a nuestros santos fundadores les gustaría ver tal orientación en las Obras. En este sentido, manifiesto mi admiración y gratitud, también en nombre de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, a todos vosotros, Directores Nacionales, por la labor que ya realizáis. Sé que no es fácil, sobre todo en estos tiempos en los que la secularización por una parte, y diversos problemas de la misma comunidad cristiana, por otra, os causan inquietud y dificultades al encontraros vosotros en medio. Pero debemos confiar en el Señor. Participamos de su misión. No es sólo nuestro esfuerzo. Como hombres de fe no hay razón para desesperar. Intentemos dar un contenido más espiritual a nuestro trabajo y con el Señor lograremos hacer aquello que se nos pide.

         LOS MÁS POBRES

      Esta Asamblea del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias debe ser la expresión más viva de aquella catolicidad y universalidad de la Iglesia de que habla el Papa. Por ello, en vez de pedir sólo por las propias necesidades y de hablar sólo a favor de los países que forman parte de la propia zona de influencia, debemos pensar en las necesidades de quien tiene más carencias.
     Querría ser el portavoz de algunas iglesias ante cuyas necesidades debemos ser más sensibles. Mi pensamiento va a las diversas necesidades de las iglesias que sufren persecuciones religiosas de diverso tipo, como las de China continental, de Sudán, de ciertas zonas del África central, del norte de Nigeria, de Corea del Sur y de Vietnam.
     Nuestro pensamiento se dirige hacia la iglesia en Colombia, y la iglesia de algunas zonas de Indonesia.
     Debemos pensar también en las diversas necesidades de todos aquellos países del Asia central, abiertos a la evangelización, como Kazajstán, Uzbekistán y Mongolia, donde se están implantando las primeras estructuras de la presencia cristiana y tienen necesidad urgente de ayuda.
      Debemos pensar también en las nuevas diócesis que se están erigiendo en diversos países del mundo misional. Estas diócesis son una bendición del Señor para hacer progresar la presencia y el testimonio cristiano en las zonas más remotas del mundo. Y éste es precisamente el mandato del Señor (Mt 18, 20-28) de ir a todo el mundo.

     RENOVACIÓN DE LOS ESTATUTOS

      Querría subrayar el hecho de que la Congregación para la Evangelización de los Pueblos ha decidido, con la aprobación del Santo Padre, proceder a una revisión de los estatutos de las Obras Misionales Pontificias. Esto es necesario, no sólo por la necesidad de adaptar los Estatutos a las nuevas exigencias, sino también para completar y ultimar los diversos intentos de revisión hechos en los últimos años. Además, está el hecho de que los mismos Estatutos fueron aprobados en 1980 por el Santo Padre con la petición de que deberían ser actualizados cada cinco años, sin “la necesidad de una ulterior aprobación pontificia” (Estatutos 1980, Decreto de promulgación).
     No se ha hecho esta revisión, sólo algún estudio. Esta revisión es, por ello, necesaria para dar a las Obras Misionales Pontificias una guía equilibrada entre los dos polos de responsabilidad, el de la Santa Sede, es decir, el de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y el de los obispos, es decir, el carácter episcopal de las Obras.
     Se deberá aclarar el papel del Comité Supremo que ha permanecido inoperante durante mucho tiempo, si bien era mencionado explícitamente en los actuales Estatutos. Está además la necesidad de aclarar el papel del Presidente, mencionado también en los estatutos actuales, que ha sido reforzado por el Santo Padre a través de un nombramiento explícito.
     La revisión no se ha madurado sólo por motivos de mejora administrativa, sino también para aclarar el modo de guiar  y la responsabilidad, tanto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos como de los obispos, de acuerdo a los documentos oficiales de la Iglesia (Cfr. Por ejemplo RM 84 y Cooperatio Missio­nalis 6), y también para coordinar mejor las actividades de las Obras según las necesidades y exigencias pastorales y misionales modernas de acuerdo con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
      Vosotros, queridos hermanos, habéis tenido la ocasión de un intercambio fraterno con su Eminencia, el cardenal Crescenzio Sepe, nuestro Prefecto, sobre este tema y espero hayáis comprendido bien los motivos por los que la Congregación ha puesto en marcha tal proceso de revisión. Tendréis ocasión de contribuir personalmente con vuestras sugerencias.
      Finalmente, quiero agradecer a todos nuestros Secretarios Generales por la difícil y loable labor que llevan adelante al servicio de la Iglesia misionera cuidando tan bien de las Obras.
     Quiero también agradecer a todos sus colaboradores por su dedicación y amor a la Iglesia misionera. Gracias y que Dios os bendiga a todos.

S. E. Mons. Malcolm A. Ranjith
Secretario adjunto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

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