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Eminencia Reverendísima,
Excelencia
Queridos Monseñores,
Queridos Directores Nacionales
Queridos colaboradores laicos,
Hace una decena de años, tuve
el privilegio, como Director Nacional, de formar parte de esta
importante asamblea, coherente e impresionante expresión de la
catolicidad de la Iglesia, y compartí así las alegrías y los
sufrimientos, como también las esperanzas y las necesidades de todas
las Iglesias del mundo. Me sentaba entre vosotros, Directores
Nacionales, rezando, escuchando, intercambiando ideas y considerando las
ansias misioneras de la Iglesia. Una experiencia que me ha enriquecido
mucho.
Para mí era un verdadero Pentecostés. Recuerdo con
afecto y admiración a algunos Directores Nacionales, como el llorado
Mons. Capmany de España, que me han ayudado a lograr una mayor
sensibilidad misionera por las necesidades de los demás, a través del
trabajo que hacían como Directores Nacionales de las Obras Misionales
Pontificias.
Estas grandes personas me han llevado a entender el
valor de cada una de las Obras, insistiendo en la fidelidad de cada Obra
al carisma de su fundador o fundadora y en la necesidad de salvaguardar
una justa y equilibrada autonomía de acción para cada una de ellas.
Por eso, al tomar posesión de mi nuevo cargo como
Presidente de las Obras Misionales Pontificias, quiero aseguraros a cada
uno de vosotros mi máxima colaboración en el total respeto a la
naturaleza y al carisma individual de cada una de las Obras, buscando,
al mismo tiempo, integrar bien las orientaciones de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos en las actividades de las mismas
Obras.
Querría también recordar con gratitud el servicio
ofrecido por su Excelencia, Mons. Charles Schleck, mi ilustre
predecesor, que ha mantenido, en ocasiones con grandes sacrificios, la
buena andadura de estas Obras.
Os quiero de nuevo asegurar, individual y
colectivamente, que haré lo que esté en mi mano para hacer avanzar y
reforzar nuestro trabajo como Directores Nacionales. Os prometo que
estaré disponible y, por vuestra parte, espero confianza, y
parafraseando las palabras de San Agustín, os digo “Para vosotros soy
el Presidente, pero con vosotros soy vuestro hermano, amigo y
colaborador”.
Agradezco, finalmente, a Su Santidad el Papa Juan Pablo
II y a su Eminencia el Cardenal Crescenzio Sepe, por haberme llamado a
este servicio no obstante mi indignidad.
Un segundo elemento que aporto a esta tarea, y que
forma parte de mi historia personal, es una decena de años de
experiencia pastoral como obispo en una de las zonas más misionales de
la Iglesia.
Por otra parte, el haber sido el primer Obispo de una
nueva Diócesis misionera me ha ayudado a entender, de una manera más
auténtica, las ansias y las dificultades, que los Obispos, pastores de
las Iglesias misioneras, tienen que afrontar en su labor. Si quizás las
peticiones de ayuda que provienen de estos Obispos parecen demasiadas o
no del todo razonables, cuando se han vivido las muchas dificultades que
encuentran, no hay un motivo válido para no apoyarles en su difícil
labor. Además, muchos de ellos no conocen bien las Obras Misionales
Pontificias. Y les debemos ayudar a adquirir un conocimiento más
profundo de las Obras. De esto hablaremos más adelante.
Espero, por ello, en esta Asamblea, poder subrayar las
preocupaciones de trabajo de mis hermanos Obispos y también de mis
colaboradores en los distintos Secretariados Generales de las Obras.
El Santo Padre, en su Carta Encíclica Redemptoris
Missio sobre la permanente validez del mandato misionero, hablando
de la necesidad de formación misionera dice: “Las actividades de
animación deben orientarse siempre hacia sus fines específicos:
informar y formar al Pueblo de Dios para la misión universal de la
Iglesia; promover vocaciones ad gentes; suscitar cooperación para la
evangelización” (RM 83).
El Santo Padre añade: “las cuatro Obras... tienen en
común el objetivo de promover el espíritu misionero universal en el
Pueblo de Dios” (RM 84).
Corresponde a las Obras Misionales, por lo tanto, un
misión de gran importancia, ser el motor de la sensibilización
misionera de todos los diversos sectores de la Iglesia. Si bien es
verdad que la recogida de fondos para las diversas necesidades en los
territorios de misión es uno de los aspectos principales de las
actividades de estas Obras, es necesario, sin embargo, no olvidar que,
desde su fundación, las Obras estaban sólidamente unidas con la
animación y con la sensibilización misionera de los diversos sectores
de la Iglesia.
Los sacrificios o contribuciones, ya sea espirituales o
materiales, nacían de un corazón que ardía de espíritu misionero. Y,
entonces, aquel sacrificio se convertía verdaderamente en una
expresión de heroísmo misionero, y llevaba frutos espirituales
inmensos tanto a la Iglesia como a aquel que lo hacía. En otras
palabras, la contribución o el ofrecimiento no es un simple acto de
altruismo o de generosidad sino, sobre todo, un acto de fe y testimonio
de comunión espiritual y de fraternidad eclesial, y también un acto de
misionariedad. Por una parte, este acto aumenta la fe de quien da y
muestra un testimonio de solidaridad cristiana y, por otra, habla al
corazón de quien recibe y lo evangeliza.
Las Obras Pontificias se convierten así en un, y uso
esta palabra entre paréntesis, banco de energías espirituales para la
misión de la Iglesia. El Santo Padre, para acentuar este aspecto,
decía: “no se puede dar una imagen reductiva de la actividad
misionera, como si fuera principalmente ayuda a los pobres,
contribución a la liberación de los oprimidos, promoción del
desarrollo, defensa de los derechos humanos. La Iglesia misionera está
comprometida también en estos frentes, pero su cometido primario es
otro: los pobres tienen hambre de Dios, y no sólo de pan y libertad; la
actividad misionera ante todo ha de testimoniar y anunciar la salvación
en Cristo” (RM 83).
Estas palabras me recuerdan, cuando hace unos años
ante una multitud inmensa de jóvenes, en la celebración de la Jornada
Mundial de la Juventud, una joven adolescente que subió a la tribuna y
dirigió estas palabras al Papa: “Padre, diga a sus sacerdotes que nos
hablen de Dios”. El mundo tiene necesidad de sentir de modo más
ardiente el gran amor que el Señor Dios le ha mostrado en la vida,
muerte y resurrección de Cristo y la Iglesia misionera no debe dejar de
anunciar este gran mensaje.
Y nosotros, miembros de las Obras Misionales
Pontificias, teniendo esta tarea en nuestras manos, debemos ser los
primeros en anunciar, sensibilizar, formar e incluso provocar un
ardiente deseo en los corazones de todos los miembros de la Iglesia para
que se conviertan tanto en anunciadores con palabras y obras, como
también en “conductores” de energías espirituales y materiales
para las necesidades misioneras de la Iglesia.
Querría dirigirme ahora especialmente a nuestros
hermanos Directores Nacionales de los países de antigua cristiandad, si
se me permite este término. Es un fenómeno alarmante que en estos
países haya un número, cada vez más en aumento, de cristianos que
dejan la Iglesia o que se vuelven indiferentes. En países que eran casi
al cien por cien católicos, hoy la práctica religiosa ha descendido
por debajo del diez por ciento, mientras que en muchos países así
llamados de misión el número de practicantes es claramente superior a
estas cifras.
Esto significa que las antiguas fórmulas han caído y
que la misionariedad se ha vuelto mucho más urgente e importante para
los países de antigua cristiandad. Es necesario apuntar hacia un
intenso programa de animación misionera en estos países, especialmente
para aquellos cristianos que han abandonado o están abandonando la fe.
La formación en la misionariedad de todos los sectores de la Iglesia,
sobre todo de los agentes pastorales, forma parte de nuestra tarea.
Las Oficinas Nacionales en estos países deben ser más
activas en la animación y sensibilización de las ilesias locales en su
deber misionero. Hoy es una exigencia. ¡No una elección!
Por un lado, tal dirección aumentará las
contribuciones espirituales y materiales de las comunidades católicas
y, por otro, dará un impulso misionero a la Iglesia en estos países.
Es necesario acabar para siempre con el mito de que las misiones “están
sólo en el Sur”.
Al mismo tiempo, querría subrayar que la cooperación
misionera no es solamente en una única dirección. Cada país, también
el más pequeño o considerado económicamente más pobre, debe hacer
todo lo que pueda para encontrar ayudas para las iglesias todavía más
necesitadas.
Normalmente nuestras colectas no provienen de las
ofrendas de los super ricos o ricos, sino más bien de los pobres y de
gente económicamente normal. Sabemos que quien dona estas
contribuciones con frecuencia hace un sacrificio, porque se priva de
algo de lo que tiene necesidad. Por eso, debemos superar también el
otro mito de que los pobres no son capaces de contribuir generosamente.
Las ofrendas de los pobres agradarán más al Señor y llevarán más
bendiciones a nuestra labor misionera (Mc 12, 42). Tendrán un efecto
saludable en la Iglesia.
Por eso, querría animar sobre todo a los Directores
Nacionales de los países de misión a mejorar todavía más sus
esfuerzos. En este sentido, debemos pensar seriamente en algunos
aspectos, de los cuales habla el Santo Padre en la Redemptoris Missio,
como aspectos de cooperación misionera a reforzar y mejorar. Como por
ejemplo, el turismo, que resulta positivo si se practica con una actitud
respetuosa para un mutuo enriquecimiento cultural (RM 82). A los
cristianos se les pide sobre todo –dice el Papa- la conciencia de ser
siempre testigos de la fe y de la caridad de Cristo en cualquier sitio
al que vayan (RM 82).
El Sumo Pontífice habla también del voluntariado y de
la migración a los territorios de misión de expertos técnicos
cristianos. Y, al mismo tiempo, habla de la inmigración como un
fenómeno que podría alimentar un verdadero espíritu de cooperación y
compromiso misionero hacia los inmigrantes no cristianos, que llegan a
los países de antigua cristiandad, como también los inmigrantes
cristianos que pueden convertirse en instrumentos de conversión y
evangelización de aquellos que les acogen. Hay ejemplos de conversiones
que han tenido lugar en familias italianas que tenían a sus servicio
domésticas cristianas extra-comunitarias.
Estos nuevos aspectos indicados por el Papa no son
categorías que normalmente nos preocupen mucho, sin embargo, las
palabras del Papa nos deben estimular a reflexionar y a buscar integrar
estos fenómenos modernos para alimentar la cooperación misionera.
La línea general de las Obras Pontificias, que nos
indica el Santo Padre, es clara, apuntar mucho hacia la animación y
formación misionera.
ANIMACIÓN
MISIONERA
Creo que debemos comenzar esta
animación con nuestros mismos colaboradores, me refiero al equipo que
trabaja en nuestras Oficinas Internacionales, así como en las
regionales y diocesanas. Ellos, antes que nadie, deben ser verdaderos
ejemplos de personas animadas por la verdadera y transparente
espiritualidad misionera y por un ardiente celo misionero.
Deben entender que su labor no es solamente una labor
de animación o de profesionalidad, sino que debe ser, sobre todo,
expresión de la solicitud por las necesidades misionales-pastorales de
la Iglesia.
Los Secretariados Generales, como también las Oficinas
Nacionales y Diocesanas deben convertirse, por ello, en centros de
energía y de irradiación espiritual y misionera para la Iglesia y no
simples oficinas burocráticas. Cada uno de nuestros colaboradores debe
sentirse, antes que nada, un misionero de Cristo.
Creo que a nuestros santos fundadores les gustaría ver
tal orientación en las Obras. En este sentido, manifiesto mi
admiración y gratitud, también en nombre de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos, a todos vosotros, Directores Nacionales,
por la labor que ya realizáis. Sé que no es fácil, sobre todo en
estos tiempos en los que la secularización por una parte, y diversos
problemas de la misma comunidad cristiana, por otra, os causan inquietud
y dificultades al encontraros vosotros en medio. Pero debemos confiar en
el Señor. Participamos de su misión. No es sólo nuestro esfuerzo.
Como hombres de fe no hay razón para desesperar. Intentemos dar un
contenido más espiritual a nuestro trabajo y con el Señor lograremos
hacer aquello que se nos pide.
LOS
MÁS POBRES
Esta Asamblea del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias
debe ser la expresión más viva de aquella catolicidad y universalidad
de la Iglesia de que habla el Papa. Por ello, en vez de pedir sólo por
las propias necesidades y de hablar sólo a favor de los países que
forman parte de la propia zona de influencia, debemos pensar en las
necesidades de quien tiene más carencias.
Querría
ser el portavoz de algunas iglesias ante cuyas necesidades debemos ser
más sensibles. Mi pensamiento va a las diversas necesidades de las
iglesias que sufren persecuciones religiosas de diverso tipo, como las
de China continental, de Sudán, de ciertas zonas del África central,
del norte de Nigeria, de Corea del Sur y de Vietnam.
Nuestro
pensamiento se dirige hacia la iglesia en Colombia, y la iglesia de
algunas zonas de Indonesia.
Debemos
pensar también en las diversas necesidades de todos aquellos países
del Asia central, abiertos a la evangelización, como Kazajstán,
Uzbekistán y Mongolia, donde se están implantando las primeras
estructuras de la presencia cristiana y tienen necesidad urgente de
ayuda.
Debemos
pensar también en las nuevas diócesis que se están erigiendo en
diversos países del mundo misional. Estas diócesis son una bendición
del Señor para hacer progresar la presencia y el testimonio cristiano
en las zonas más remotas del mundo. Y éste es precisamente el mandato
del Señor (Mt 18, 20-28) de ir a todo el mundo.
RENOVACIÓN DE LOS ESTATUTOS
Querría subrayar el hecho de que la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos ha decidido, con la aprobación del Santo
Padre, proceder a una revisión de los estatutos de las Obras Misionales
Pontificias. Esto es necesario, no sólo por la necesidad de adaptar los
Estatutos a las nuevas exigencias, sino también para completar y
ultimar los diversos intentos de revisión hechos en los últimos años.
Además, está el hecho de que los mismos Estatutos fueron aprobados en
1980 por el Santo Padre con la petición de que deberían ser
actualizados cada cinco años, sin “la necesidad de una ulterior
aprobación pontificia” (Estatutos 1980, Decreto de promulgación).
No
se ha hecho esta revisión, sólo algún estudio. Esta revisión es, por
ello, necesaria para dar a las Obras Misionales Pontificias una guía
equilibrada entre los dos polos de responsabilidad, el de la Santa Sede,
es decir, el de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
y el de los obispos, es decir, el carácter episcopal de las Obras.
Se
deberá aclarar el papel del Comité Supremo que ha permanecido
inoperante durante mucho tiempo, si bien era mencionado explícitamente
en los actuales Estatutos. Está además la necesidad de aclarar el
papel del Presidente, mencionado también en los estatutos actuales, que
ha sido reforzado por el Santo Padre a través de un nombramiento
explícito.
La
revisión no se ha madurado sólo por motivos de mejora administrativa,
sino también para aclarar el modo de guiar
y la responsabilidad, tanto de la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos como de los obispos, de acuerdo a los
documentos oficiales de la Iglesia (Cfr. Por ejemplo RM 84 y
Cooperatio Missionalis 6), y también para coordinar mejor las
actividades de las Obras según las necesidades y exigencias pastorales
y misionales modernas de acuerdo con la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos.
Vosotros, queridos hermanos, habéis tenido la ocasión
de un intercambio fraterno con su Eminencia, el cardenal Crescenzio
Sepe, nuestro Prefecto, sobre este tema y espero hayáis comprendido
bien los motivos por los que la Congregación ha puesto en marcha tal
proceso de revisión. Tendréis ocasión de contribuir personalmente con
vuestras sugerencias.
Finalmente, quiero agradecer a todos nuestros
Secretarios Generales por la difícil y loable labor que llevan adelante
al servicio de la Iglesia misionera cuidando tan bien de las Obras.
Quiero también agradecer a todos sus colaboradores por
su dedicación y amor a la Iglesia misionera. Gracias y que Dios os
bendiga a todos.
S.
E. Mons. Malcolm A. Ranjith
Secretario adjunto de la Congregación
para la Evangelización de los Pueblos |