El
Rosario y las Obras Misionales Pontificias
P.
Fernando Galbiati
Secretario General de la
Pontificia Unión Misional
Una
prueba convincente e histórica de la relación del Rosario con la vida
de cada día y con su componente social, política y económica de la
humanidad, nos la ofrece la constitución, en Lyón, en Francia, de la
Pontificia Obra para la Propagación de la Fe el 3 de mayo de 1822. Nace
como "Asociación" en 1819 y más tarde llega a ser "Obra
Pontificia" por sus grandes méritos en su ayuda en favor del
trabajo de evangelización de la Iglesia en todo el mundo. Su fundadora,
Pauline Jaricot, una joven de veinte años, ya anteriormente se había
interesado por la vida de privaciones y de necesidades espirituales de
las jóvenes trabajadoras de su ciudad. Movida por el Espíritu de Dios,
abandonó una pudiente vida de lujo y de frivolidad, y comenzó a
visitar a los pobres, vistiendo como ellos y buscando medios nuevos para
ofrecerles una limosna sin que se sintieran humillados, porque, decía
que "son ellos los que nos hacen el honor de aceptar nuestro
dinero".
Pauline
vivió y actuó en tiempos tristes para Francia, que acababa de salir de
la Revolución jacobina, y con ideas y movimientos anticatólicos. Para
contrarrestar esta ruina espiritual y honorar a Dios contra las
persistentes blasfemias e improperios despectivos contra Dios y contra
la Iglesia, comenzó un movimiento de jóvenes obreras que debían
"reparar los insultos al Sagrado Corazón de Jesús olvidado y
despreciado". Estas jóvenes llamadas Reparadoras, rezaban al
Sagrado Corazón de Jesús y hacían horas de adoración ante el Santísimo
Sacramento en expiación de los pecados de sus compatriotas. Era ésta
una época en que los pueblos de algunas naciones europeas se
encontraban inmersos en un cambio de época que había subvertido,
incluso con la persecución religiosa, el tradicional orden eclesiástico
y social. Los grupos de campesinos que confluían en Lyón desde el
campo, se convertían en las primeras víctimas de la revolución
industrial, en una ciudad que contaba con tantas fábricas,
especialmente textiles. Estos obreros y obreras sufrían, sin saberlo,
el impacto del nuevo orden social y económico que prefería la
industria a la agricultura.
En
su entusiasmo juvenil que la impulsaba a consagrarse, desde la vida
laical, al servicio del Reino de Dios, Pauline aceptó la invitación de
su hermano Philéas, más tarde sacerdote misionero, de ayudar a las
Misiones de América del Norte, primero, y después también las de
Asia, confiadas a los cuidados de la Sociedad de las Misiones
Extranjeras de París: nace así la Asociación para la Propagación de
la Fe. Paulina se dirigió a sus Reparadoras y a sus compañeras de
trabajo invitándoles a dar un céntimo a la semana a favor de las
Misiones. Calculando 10 obreras y que cada una de ellas podía invitar,
a su vez, a otras 10 amigas a hacer la misma oferta, se llegaba a la
colecta de 100 céntimos a la semana. Estas personas, convertidas en
socias de la Asociación, se empeñaban, cada una, a encontrar otras
diez personas que ofrecieran semanalmente la misma suma. La Asociación
pudo así extenderse velozmente, con millares de personas como miembros,
y con una colecta que aumentaba proporcionalmente. En los primeros meses
de 1820, cuando Pauline se encontraba al frente de la Asociación, las
trabajadoras de Lyón alcanzaron la suma de 1.800 francos a la semana:
¡una suma enorme, considerando que su salario mensual era de pocos
francos! Lo que es interesante señalar, es el entusiasmo y la prontitud
al sacrificio de las jóvenes trabajadoras, que unían al duro trabajo
el compromiso de reparación de las ofensas hechas a Dios y la ayuda a
las necesidades de los pobres en patria y, sobre todo, en las Misiones
Extranjeras. Pero todavía es más importante subrayar que la actividad
de penoso trabajo en una fábrica del siglo XIX, con más de 15 horas de
trabajo al día, no quitaba a estas jóvenes el deseo de la oración, y
no les suprimía la voluntad de hacer el bien a personas más pobres que
ellas mismas.
La
facilidad y la velocidad con la que la Asociación se extendió entre
los católicos franceses maduraron en Pauline la convicción de que se
necesitaba alguna cosa parecida, pero todavía más útil y enérgica,
para despertar y expandir la fe en Francia y en el mundo. Así, pensó
en otra cadena de corazones comprometidos en aportar ayudas espirituales
a toda la Iglesia, y tuvo la brillante idea de constituir un
"Rosario Viviente", siguiendo un método parecido al de la
Asociación para la Propagación de la Fe. Su deseo declarado era el de
llevar la oración del Rosario, reservada entonces y sobre todo a las
instituciones religiosas, a una práctica general. "Lo importante,
y lo más difícil, era hacer que la masa aceptase el Rosario",
recordaba en una carta posterior. En otra carta al Maestro General de
los Dominicos, Pauline declaraba: "Me pareció que había llegado
la hora de realizar el proyecto -perseguido desde hacía tiempo- de una
Asociación accesible a todos, que permitiera alcanzar la unión de la
oración con un modo único, breve y práctico, sin cansar a nadie y que
pudiera facilitar, al menos durante algunos minutos, la meditación
cotidiana de los misterios de la vida y de la muerte de Jesús".
Para
alcanzar este fin, Pauline lanzó su nueva iniciativa con la creación
de grupos, no ya de 10, sino de 15 personas, (una sección de 15
miembros dirigidos por una celadora), que correspondían a los 15
Misterios del Santo Rosario, y así, la sección recitaba cada día el
Rosario entero. Estos grupos no sólo recitaban diariamente los 15
Misterios del Rosario, sino que se comprometían también a meditarles y
a orar por una persona que tuviera una particular necesidad de conversión:
Pauline creía en la fuerza del Rosario para la conversión de los
pecadores. Tuvo también el ingenio de incluir en el grupo de las 15, a
personas buenas, otras, mediocres y también aquellas que no tenían
otra cosa que ofrecer sino su buena voluntad… Estaba convencida y
afirmaba que con 15 carbones, cuando uno está bien encendido y tres o
cuatro lo están a medias, y los otros nada… reuniéndoles, se
consigue enseguida una hoguera. Una particularidad del "Rosario
Viviente", debida siempre al genio y al celo de Pauline, era que
cada asociado se comprometía a entregar cada año una suma de cinco
francos para comprar y difundir buenos libros. En una década, la práctica
del "Rosario Viviente" se había propagado también a otros
continentes, y en Francia, en 1834, contaba con cerca de un millón de
asociados. Paulina declaraba en una carta del 1 de mayo de 1840:
"En breve estaremos en unión de oraciones con todos los pueblos
del universo". Ella misma constataba con alegría que la mayor
parte de los miembros de la "Asociación para la Propagación de la
Fe" eran también miembros del "Rosario Viviente".
Justamente, el Secretario del Comité Central de la Asociación,
Dominique Maynis, en una carta a Pauline, escribe: "Lo que usted
bien quiso añadir sobre este apoyo que el "Rosario Viviente"
prestaría a la Propagación de la Fe indicaba suficientemente que la
fundación de ésta no había estado del todo ajena al establecimiento
de aquélla… cosa que no hemos podido olvidar". Un Breve
Pontificio del Papa Gregorio XVI dio aprobación oficial al movimiento
del "Rosario Viviente", que había alcanzado ya los dos
millones de miembros, y que Pauline animará y guiará durante 15 años.
La
devoción mariana del Santo Rosario, afianzada debido a las apariciones
de la Virgen en Lourdes (11 de febrero de 1858), que había recomendado
a Bernardette Soubirous la recitación del Rosario, ha conducido a la
Iglesia, durante los últimos dos siglos, a un compromiso más fuerte en
favor de la Misión. La recitación del Rosario y las ofertas de tantos
fieles a la Obra de la Propagación de la Fe era la contribución de
personas pobres y sencillas, que ha constituido la más grande fuerza de
oración y de anuncio para la Misión en todos los continentes. La
providencial gran expansión de la Iglesia entre los pueblos no
cristianos en los últimos dos siglos apenas pasados, tiene algo de
milagroso, y es la prueba evidente de la fuerza de la oración y de la
limosna para la elevación y la salvación de los pueblos. De hecho,
para la Iglesia, que también hoy debe obedecer al mandato misionero de
Cristo, no existe más que un medio para llevar a todos la "Buena
Nueva": la oración a Dios nuestro Padre y la caridad amorosa a
nuestros hermanos, según la invitación y el ejemplo de la Madre común.
Juan Pablo II, en su Carta Apostólica, define también esto como un
"proceso de configuración con Cristo…, en el Rosario nos
encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa.
Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como
"miembro supereminente y completamente singular", es al mismo
tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos
para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión,
implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el
icono perfecto de la maternidad de la Iglesia" (RVM 15). El Papa,
en uno de los subtítulos del capítulo I "Anunciar a Cristo con
María", afirma que "El Rosario es también un itinerario de
anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es
presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia
cristiana… La Virgen del Rosario continúa… su obra de anunciar a
Cristo" (RVM 17).
Juan
Pablo II, tanto al comienzo como en la conclusión de su Carta Apostólica,
subraya la necesidad del Rosario en tiempos difíciles "como
instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad" (RVM
2). Desgraciadamente, es una constatación común la lamentación de que
nuestros tiempos son tiempos difíciles, como el Papa pone de
manifiesto: "La Iglesia ha visto siempre en esta oración una
particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación
comunitaria y a su práctica constante…Hoy deseo confiar a la eficacia
de esta oración… la causa de la paz en el mundo y la de la
familia" (RVM 39).
En
conclusión, constatamos, con el Santo Padre, que el Rosario y la Misión
han progresado juntamente en la historia secular de la Iglesia, y que el
movimiento laical de ayuda a la Misión ha tenido en el Rosario su
inspiración y su fuerza. Proponiendo en su Carta Pastoral la recitación
del Rosario, el Santo Padre no hace más que indicar, una vez más, en
nuestros tiempos difíciles, los medios y los instrumentos para la Misión
de la Iglesia: "La historia del Rosario muestra cómo esta oración
ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil
para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante
nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas
del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva
toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje
pastoral de todo buen evangelizador" (RVM 17).

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