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Juan XXIII Princeps Pastorum Encíclica sobre el Apostolado Misionero (28 de Noviembre de 1959)
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INTRODUCCIÓNEl
Príncipe de los Pastores (1) Nos confió los "corderos" y las "ovejas", esto es,
toda la grey de Dios (2) doquier que more en el mundo, para apacentarla y regirla, y, por ello,
Nos respondimos a su dulce llamamiento de amor, tan conscientes de
Nuestra humildad como confiados en su potentísimo auxilio; y desde
aquel mismo momento siempre tuvimos ante Nuestro pensamiento la
grandeza, hermosura y gravedad de las Misiones católicas (3);
por lo cual nunca dejamos de consagrarles Nuestra máxima preocupación
y cuidado. Al cumplirse el primer aniversario de Nuestra Coronación, en
la Homilía, señalamos como uno de los más gozosos acontecimientos de
Nuestro Pontificado el día aquél, cuando, el 11 de octubre, se
reunieron en la sacrosanta Basílica Vaticana más de cuatrocientos
misioneros, para recibir de Nuestras manos el Crucifijo antes de
dirigirse a las más lejanas tierras a fin de iluminarlas con la luz de
la fe cristiana. Y
ciertamente que, en sus arcanos y amables designios, la Providencia
Divina ya desde los primeros tiempos de Nuestro ministerio sacerdotal lo
quiso enderezar al campo misional. Porque, apenas terminada la primera
guerra mundial, Nuestro predecesor, de v. m., Benedicto XV Nos llamó
desde Nuestra nativa Diócesis a Roma, para colaborar en la "Obra
de la Propagación de la Fe", a la que de buen grado consagramos
cuatro muy felices años de Nuestra vida sacerdotal. Todavía recordamos
gratamente la memorable Pentecostés del año 1922, cuando tuvimos la
alegría de participar aquí, en Roma, en la celebración del tercer
centenario de la Fundación de la Sagrada Congregación "de
Propaganda Fide", que precisamente tiene cual propio cometido el de
hacer que la verdad y la gracia del Evangelio brillen hasta los últimos
confines de la tierra. Años
aquéllos, en los que también Nuestro Predecesor, de v. m., Pío XI,
Nos animó con su ejemplo y con su palabra en el apostolado misional. Y,
en vísperas del Cónclave, en el que había de resultar elegido Sumo
Pontífice, pudimos escuchar de sus propios labios que nada mayor podría
esperarse de un Vicario de Cristo, quienquiera fuese el Elegido, que
cuanto en este doble ideal se contiene: irradiación extraordinaria de
la doctrina evangélica por todo el mundo; procurar y consolidar entre
todos los pueblos una paz verdadera (4). 2. Llena la mente de estos y otros dulces recuerdos, consciente Nuestro ánimo de los grandes deberes que atañen al Supremo Pastor de la grey de Dios, deseamos, Venerables Hermanos -con ocasión del cuadragésimo aniversario de la memorable carta apostólica Maximum illud[5] con la que Nuestro Predecesor, de piadosa memoria, Benedicto XV, dio nuevo y decisivo impulso a la acción misionera de la Iglesia-, hablaros sobre la necesidad y las esperanzas de la dilatación del Reino de Dios en aquella considerable parte del mundo, donde se desarrolla la preciosa labor de los Misioneros, que trabajan infatigablemente para que surjan nuevas comunidades cristianas exuberantes en saludables frutos. Materia
ésta sobre la que Nuestros predecesores, Pío XI y Pío XII, de fel.
rec., han dado normas y exhortaciones muy oportunas por medio de Encíclicas[6],
que Nos mismo hemos querido confirmar con Nuestra autoridad y con igual
caridad" en Nuestra primera Encíclica[7]. Mas nunca se hará
bastante para lograr que se realice plenamente el deseo del Divino
Redentor, de que todas las ovejas formen parte de una sola grey bajo la
guía de un solo Pastor[8]. 3.
Cuando convertimos singularmente Nuestra atención a los sobrenaturales
intereses de la Iglesia en las tierras de Misión, donde todavía no ha
llegado la luz del Evangelio, también se Nos presentan regiones
exuberante en mieses, y otras en las que el trabajo de la viña del Señor
resulta arduo en extremo, mientras no faltan las que conocen la
violencia, porque la persecución y regímenes hostiles al nombre de
Dios y de Cristo se afanan por ahogar la semilla de la palabra del Señor[9].
Doquier Nos apremia la urgente necesidad de procurar la salud de las
almas en la mejor forma posible; doquier surge la llamada "¡Ayudadnos!"[10]
que llega a Nuestros oídos. Así, pues, a todas estas innumerables
regiones, fecundadas por la sangre y el sudor apostólico de los
heroicos heraldos del Evangelio procedentes de todas las naciones que
hay bajo el cielo[11], y en las que ya germinan ahora como floración y
fruto de gracia apóstoles nativos, deseamos que les llegue Nuestra
afectuosa palabra, tanto de alabanza y de ánimo como de
adoctrinamiento, alimentada por una gran esperanza que no teme ser
confundida, porque está cimentada en la promesa infalible del Divino
Maestro: Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la
consumación de los siglos[12]. Tened confianza; yo he vencido al
mundo[13]. I.
LA JERARQUÍA Y EL CLERO LOCAL 4.
Luego de terminar la tremenda guerra mundial primera, que a una gran
parte de la humanidad causó tantas muertes, destrucciones y tristezas,
la Carta apostólica, que ya hemos recordado, de Nuestro predecesor
Benedicto XV, Maximum illud[14], resonó cual desgarradora llamada
paterna que quería despertar a todos los católicos para lograr doquier
las nuevas y pacíficas conquistas del Reino de Dios; del Reino de Dios
-decimos-, único que puede dar y asegurar a todos los hombres, hijos
del Padre celestial, una paz duradera y una genuina prosperidad. Y desde
entonces, durante cuarenta años de actividad misionera, tan intensos
como fecundos, un hecho de la máxima importancia ha coronado los ya
felices progresos de las Misiones: el desarrollo de la Jerarquía y del
clero local. Conforme
al "fin último" del trabajo misional que es, según Pío XII,
el de constituir establemente la Iglesia entre otros pueblos y confiarla
a una Jerarquía propia, escogida de entre los cristianos de allí
nacidos[15], esta Sede Apostólica siempre oportuna y eficazmente ha
provisto, y en estos últimos tiempos con expresiva largueza, el
establecer o restablecer la Jerarquía eclesiástica en aquellas
regiones donde las circunstancias permitían y aconsejaban la constitución
de sedes episcopales, confiándolas siempre que era posible a Prelados
nativos de cada lugar. Por lo demás, nadie ignora cómo éste ha sido
siempre el programa de acción de la S. Congregación "de
Propaganda Fide". Mas fue precisamente la epístola Maximum illud
la que puso bien de manifiesto, como nunca hasta entonces, toda la
importancia y urgencia del problema, recordando una vez más, con
tiernos y apremiantes acentos, el urgente deber -por parte de los
responsables de las Misiones- de procurar vocaciones y la educación de
aquel que entonces se llamaba "clero indígena", sin que este
calificativo haya significado jamás discriminación o peyoración, que
siempre han de excluirse del lenguaje de los Romanos Pontífices y de
los documentos eclesiásticos. 5.
Llamamiento éste de Benedicto XV, renovado por sus Sucesores Pío XI y
Pío XII, de v. m., que ya ha tenido sus providenciales y visibles
frutos, y por ello os invitamos a dar gracias con Nos al Señor, que ha
suscitado en las tierras de Misión una numerosa y selecta pléyade de
Obispos y de sacerdotes, dilectísimos Hermanos e Hijos Nuestros,
abriendo así Nuestro corazón a las más dulces esperanzas. Pues
una rápida ojeada aun tan solo a las estadísticas de los territorios
confiados a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, sin contar los
actualmente sometidos a la persecución, nos dice que el primer Obispo
de raza asiática y los primeros Vicarios apostólicos de estirpe
africana fueron nombrados en el 1939. Y, hasta el 1959, se cuentan ya 68
obispos de estirpe asiática y 25 de estirpe africana. El Clero nativo
ha pasado de 919 miembros, en el 1918, a 5.553, en 1957, para el Asia, y
de 90 miembros a 1.811, en el mismo espacio de tiempo, para el Africa.
Así es como el Señor de la mies[16] ha querido premiar las fatigas y méritos
de todos cuantos, con la acción directa y con la múltiple colaboración,
se han consagrado al trabajo de las Misiones según las repetidas enseñanzas
de la Sede Apostólica. No sin razón, pues, podía afirmar así, con
legítima satisfacción, Nuestro predecesor Pío XII, de v. m.:
"Tiempo hubo en que la vida eclesiástica, en cuanto es visible, se
desarrollaba preferentemente en los países de la vieja Europa, de donde
se difundía, cual río majestuoso, a lo que podría llamarse la
periferia del mundo; hoy aparece, por lo contrario, como un intercambio
de vida y energía entre todos los miembros del Cuerpo Místico de
Cristo en la tierra. No pocas regiones de otros continentes han
sobrepasado hace ya mucho tiempo el periodo de la forma misionera de su
organización eclesiástica, siendo regidos ya por una propia jerarquía
y dando a toda la Iglesia bienes espiritales y materiales, mientras que
antes solamente los recibían"[17]. Al
Episcopado y al clero de las nuevas iglesias deseamos dirigir Nuestra
paternal exhortación para que rueguen y obren de suerte que su
sacerdocio se torne fecundo, mediante la decisión de hablar siempre que
sea posible, en las explicaciones catequísticas y en la predicación,
sobre la dignidad, la belleza, la necesidad y los grandes merecimientos
del estado sacerdotal, hasta mover a todos cuantos Dios quisiere llamar
a tan excelso honor a que correspondan sin vacilación y con gran
generosidad a la vocación divina. Y hagan también que las almas a
ellos confiadas rueguen por ello, mientras la Iglesia toda, según la
exhortación del Divino Redentor, no cesa de suplicar al Cielo por la
mismas intenciones, para que el Señor envíe operarios a su mies[18],
singularmente en estos tiempos, cuando la mies es mucha y son pocos los
operarios[19]. 6.
Las iglesias locales de los territorios de Misión, aun las fundadas y
establecidas con su propia Jerarquía, ya sea por la extensión del
territorio, ya por el creciente número de los fieles y la ingente
multitud de los que esperan la luz del Evangelio, aún continúan
teniendo necesidad de la colaboración de los misioneros venidos de
otros países. De
ellos, por lo demás, puede muy bien decirse, con las mismas palabras de
Nuestro Predecesor: En realidad ellos no son extranjeros, puesto que
todo sacerdote católico en el cumplimiento de sus propias misiones se
encuentra como en su patria, doquier que el reino de Dios florezca o se
encuentre en sus principios[20]. Luego trabajen todos juntos, en la
armonía de una fraternal, sincera y delicada caridad, firme reflejo del
amor que ellos tienen al Señor y a su Iglesia, en perfecta, gozosa y
filial obediencia a los Obispos que el Espíritu Santo ha puesto para
regir la Iglesia de Dios[21], agradeciendo cada uno al otro por la
colaboración ofrecida, cor unum et anima una[22], para que del modo
como ellos se aman brille a los ojos de todos como son verdaderamente
discípulos de Aquel que ha dado a los hombres como primero y máximo
precepto "nuevos" y suyo, el del mutuo amor[23]. II.
LA FORMACIÓN DEL CLERO LOCAL 7.
Nuestro recordado Predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insistió
en inculcar a los directores de Misión que su más asidua preocupación
había de ser dirigida a la completa y perfecta[24] formación del Clero
local ya que, al tener comunes con sus connacionales el origen, la índole,
la mentalidad y las aspiraciones, se halla maravillosamente preparado
para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningún
otro las vías de la persuasión[25]. Apenas
si es necesario recordar que una perfecta educación sacerdotal ante
todo ha de estar dirigida a la adquisición de las virtudes propias del
santo estado, ya que éste es el primer deber del sacerdote, el deber de
atender a la propia santificación[26]. El nuevo clero nativo entrará,
pues, en santa competencia con el clero de las más antiguas diócesis,
que desde hace ya tanto tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el
heroísmo de sus esplendentes virtudes y la viva elocuencia de sus
ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el clero de toda
la Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede
demostrar que es luz y sal de la tierra[27], esto es, de su propia nación
y de todo el mundo; puede convencer de la belleza y poder del Evangelio;
puede eficazmente enseñar a los fieles que la perfección de la vida
cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo
y con perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su
ambiente, su cultura y su civilización. Con paternal corazón ansiamos
llegue el día en que el clero local pueda doquier dar sujetos capaces
de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, siendo
sus guías espirituales. A los Obispos y a los superiores de las
Misiones, Nos dirigimos también la invitación de que ya desde ahora no
duden escoger, de entre su Clero local, sacerdotes que por sus virtudes
y prudencia den seguridad de ser, para sus seminaristas connacionales,
sus seguros maestros y sus guías en la formación espiritual. 8.
Bien sabéis, además, Venerables Hermanos, cómo la Iglesia siempre ha
exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante
una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de
ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier
parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la
experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la
formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores
ambientales propios de las diversas regiones. Para
todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientísima norma, según
la cual ellos no han de formarse en un ambiente demasiado retirado del
mundo[28], porque entonces cuando vayan a en medio del mundo podrán
encontrar serias dificultades en las relaciones con el pueblo y con el
laicado culto, y puede así ocurrir o que tomen una actitud equivocada o
falsa hacia los fieles, o que consideren desfavorablemente la formación
recibida[29]. Habrán ellos de ser sacerdotes espiritualmente perfectos,
pero también gradualmente y con prudencia insertados en la parte del
mundo[30] que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con
la verdad y la santifiquen con la gracia de Cristo. A
tal fin, aun en lo que atañe al régimen mismo del seminario, conviene
insistir sobre la manera de vivir local, mas no sin aprovechar todas
aquellas facilidades ya técnicas, ya materiales, que hace mucho tiempo
son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que representan un
real progreso para un tenor de vida más elevado y para una más
conveniente salvaguarda de las fuerzas físicas. 9.
La formación del Clero autóctono, decía Nuestro venerado predecesor
Benedicto XV, ha de encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en
sus manos, tan pronto sea posible, el gobierno de las iglesias y guiar,
con la enseñanza y su ministerio, a los propios connacionales por el
camino de la salvación[31]. A tal fin Nos parece muy oportuno que todos
cuantos, ya sean misioneros, ya nativos, se cuidan de tal formación, se
consagren concienzudamente a desarrollar en sus alumnos el sentido de la
responsabilidad y el espíritu de iniciativa[32], de suerte que éstos
se hallen en grado de tomar muy pronto y progresivamente todas las
cargas, aun las más importantes, inherentes a su ministerio, en
perfecta concordia con el clero misionero, pero también con igual
autoridad. Y ésta será, en realidad, la prueba de la eficacia plena de
la educación a ellos dada y constituirá la coronación y el premio
mayor de todos cuantos a ella hayan contribuido. 10.
Precisamente, en atención a una formación intelectual que tenga
presentes las reales necesidades y la mentalidad de cada pueblo, esta
Sede Apostólica siempre ha recomendado los estudios especiales de
Misionología, y ello no sólo a los misioneros, sino también al clero
nativo. Así,
Nuestro predecesor Benedicto XV decretaba la institución de las enseñanzas
de las materias misionales en la Universidad Romana "de Propaganda
Fide"[33], y Pío XII aprobó con satisfacción la erección del
Instituto Misionero Científico en el mismo Ateneo Urbaniano y la
institución, tanto en Roma como en otras partes, de facultades y cátedras
de Misionología[34]. Para ello, los programas de los seminarios locales
en tierras de Misión no dejarán de asegurar cursos de estudio en las
varias ramas de Misionología y la enseñanza de los diversos
conocimientos y técnicas especialmente útiles para el ministerio
futuro del clero de aquellas regiones. Por lo tanto, se organizará una
enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida
tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los
sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos
y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión
cristiana. La Iglesia Católica -ha escrito Nuestro inm. predecesor Pío
XII- ni desprecia ni rechaza completamente el pensamiento pagano, sino
que más bien, luego de haberlo purificado de toda escoria de error, lo
completa y lo perfecciona con cristiana prudencia. Ello, en igual forma
que ha acogido el progreso en el campo de las ciencias y de las
artes..., y en igual forma consagró las particulares costumbres y las
antiguas tradiciones de los pueblos; aun las mismas fiestas paganas,
transformadas, sirvieron para celebrar las memorias de los mártires y
los divinos misterios[35]. Y Nos mismo ya hemos tenido ocasión de
manifestar sobre esta materia Nuestro pensamiento: "Doquier haya
auténticos valores del arte y del pensamiento, que pueden enriquecer a
la familia humana, la Iglesia está pronta a favorecer ese trabajo del
espíritu. Y ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna
cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan
ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden:
el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una
juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta
a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la
inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo,
distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del
cristianismo"[36]. 11.
Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados en este campo tan
importante y difícil, en el que pueden contribuir tan eficazmente, podrán
dar vida, bajo la dirección de sus Obispos, a movimientos de penetración
aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y
profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que
basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es
el que ha de "reducir toda inteligencia en homenaje a
Cristo"[37], como decía aquel incomparable misionero que fue San
Pablo, y así atraerse en su patria la estimación aun de las
personalidades y de los doctos[38]. A juicio suyo, los Obispos procuren
oportunamente constituir, para las necesidades de una o más regiones,
centros de cultura donde los sacerdotes -los misioneros y los nativos-
tengan ocasión de hacer que fructifique su preparación intelectual y
su experiencia en beneficio de la sociedad en la que viven por elección
o por nacimiento. Y a este propósito necesario es también recordar lo
que sugería Nuestro inmediato predecesor Pío XII, que es deber de los
fieles el multiplicar y difundir la prensa católica en todas sus
formas[39], así como preocuparse por las técnicas modernas de difusión
y de cultura, pues conocida es la importancia de una opinión pública
formada e iluminada[40]. Y aunque no todo se podrá intentar doquier,
necesario es aprovechar toda ocasión buena de proveer a estas reales y
urgentes necesidades, aunque a veces quien siembra no sea el mismo que
haya de recoger[41]. 12.
La difusión de la verdad y de la caridad de Cristo es la verdadera misión
de la Iglesia, que tiene el deber de ofrecer a los pueblos en la medida
más grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de su
vida, mantenedoras de un orden social critiano[42]. Ella, por ende, en
los territorios de Misión, provee con toda largueza posible aun a las
iniciativas de carácter social y asistencial que son de suma
conveniencia a las comunidades cristianas y a los pueblos entre los que
ellas viven. Mas cuidese bien de no agobiar el apostolado misionero con
un conjunto de instituciones de orden puramente profano. Bastará con
aquellos servicios indispensables de fácil mantenimiento y de utilidad
práctica, cuyo funcionamiento pueda lo antes posible ser puesto en
manos del personal local, y que se dispongan las cosas de tal suerte que
al personal propiamente misionero se le ofrezca la posibilidad de
dedicar las mejores energías al ministerio de la enseñanza de la
santificación y de la salvación. 13.
Si es verdad que, para un apostolado lo más ampliamente fructuoso, es
de primaria importancia que el sacerdote nativo conozca y sepa con sano
criterio y justa prudencia estimar los valores locales, aún será mayor
verdad que para él vale lo que Nuestro inmediato Predecesor decía a
todos los fieles: Las perspectivas universales de la Iglesia serán las
perspectivas normales de su vida cristiana[43]. Para ello el clero
local, no sólo habrá de estar informado de los intereses y vicisitudes
de la Iglesia universal, sino que habrá de estar educado en un íntimo
y universal espíritu de caridad. San Juan Crisóstomo decía de las
celebraciones litúrgicas cristianas: Al acercarnos al altar, primero
oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos[44]; y gráficamente
afirmaba San Agustín: Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a
toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el
mundo[45]. Y
precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico
que debe animar la obra de los misioneros, Nuestro predecesor Benedicto
XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que
podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado
misionero y así comprometer su eficacia: Cosa bien triste sería -así
escribía él en la epístola Maximum illud- que algún misionero de tal
modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en
la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y
extender su gloria. Tal modo de obrar constituiría un daño funestísimo
para el apostolado, y en el misionero apagaría todo impulso de caridad
hacia las almas y disminuiría su propio prestigio a los ojos aun de su
propio pueblo[46]. Peligro,
que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en
muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los
pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de
las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos
no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de
la humanidad. Nos
mismo confiamos plenamente que el Clero nativo, movido por sentimientos
y propósitos superiores que se conformen a las exigencias
universalistas de la religión cristiana, contribuirá también al
bienestar real de la propia nación. La
Iglesia de Dios es católica y no es extranjera en ningún pueblo o nación[47],
decía Nuestro mismo Predecesor, y ninguna iglesia local podrá expresar
su vital unión con la Iglesia universal, si su Clero y su pueblo se
dejaran sugestionar por el espíritu particularista, por sentimientos de
malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que
destruyese la realidad de aquella caridad universal que es el fundamento
de la Iglesia de Dios, la única y verdadera "católica". III.
EL LAICADO EN LAS MISIONES 14.
Insistiendo en la necesidad de preparar con el mayor celo el surgir del
clero autóctono y de formarlo con la máxima diligencia, Nuestro
venerado predecesor Benedicto XV no quería, ciertamente, excluir la
importancia, también ella muy fundamental, de un laicado nativo a la
altura de su propia vocación cristiana y consagrado al apostolado. Que
es lo que hizo expresamente, realzándolo por completo, Nuestro
inmediato Predecesor, de ven. m., Pío XII[48], al volver muchas veces
sobre este tema que, hoy más que nunca, se impone a la consideración y
requiere ser resuelto doquier en la mayor amplitud posible. El
mismo Pío XII -y de ello le resulta singular mérito y loable- con
abundante doctrina y con renovadas exhortaciones[49] ha avisado y
animado a los laicos a tomar solícitos su puesto activo en el campo del
apostolado colaborando con la Jerarquía eclesiástica: pues, en verdad,
ya desde los principios de la historia cristiana y en todas las épocas
sucesivas, esta colaboración de los fieles ha logrado que los Obispos y
el clero pudieran eficazmente desarrollar su labor entre los pueblos así
en el campo propiamente religioso como en el de la vida social. Y ello
puede y debe cumplirse también en nuestros tiempos, que presentan aún
mayores necesidades, proporcionadas a una humanidad numéricamente más
vasta y con exigencias espirituales multiplicadas y complejas. Por lo
demás, doquier que sea fundada la Iglesia, allí debe estar ella
siempre presente y activa con toda su estructura orgánica, y, por lo tnato, no sólo con la Jerarquía en sus varios grados, sino también
con el laicado; pues por medio del Clero y de los seglares es como ella
necesariamente tiene que desarrollar su obra de salvación. 15.
En las nuevas cristiandades se trata, no tanto de procurar con las
conversiones y bautismos un gran número de ciudadanos para el reino de
Dios, cuanto de hacerlos también aptos, con la conveniente educación y
formación cristiana, para asumir cada uno, según su propia condición
y sus posibilidades propias, su responsabilidad en la vida y en el
porvenir de la Iglesia. De poco serviría el número de los cristianos,
si les faltase la calidad; si faltara la firmeza de los fieles mismos en
la profesión cristiana y si les faltase profundidad en su propia vida
espiritual; si, después de haber nacido a la vida de la fe y de la
gracia, no fueran ayudados a progresar en la juventud y en la madurez
del espíritu que da impulso y prontitud para el bien. Porque la profesión
de la fe cristiana no puede reducirse a un dato estadístico, sino que
ha de revestir y modificar al hombre en su profundidad[50], dando
significado y valor a todas sus acciones. Pero
a dicha madurez no podrán llegar los seglares si tanto el clero
misionero como el nativo no se propusieren el programa sugerido ya en
sus líneas esenciales por el primer Papa Sois una raza escogida, un
sacerdocio real, una nación santa, un pueblo salvado, para que anunciéis
las alabanzas de Aquél que desde las tinieblas os ha llamado a su
admirable luz[51]. Una
instrucción y educación cristiana que se diera por satisfecha con
haber enseñado y haber hecho aprender las fórmulas del catecismo y los
preceptos fundamentales de la moral cristiana con una sumaria casuística,
sin traducirse en la conducta práctica, correría el riesgo de procurar
a la Iglesia de Dios una grey, por decirlo así, pasiva. La grey de
Cristo, por lo contrario, está formada por ovejitas que no sólo
escuchan a su Pastor, sino que están en grado de reconocerlo y de
reconocer su voz[52], de seguirle fielmente y con plena conciencia por
los pastos de la vida eterna[53] a fin de merecer un día del Príncipe
de los Pastores la corona inmarcesible de la gloria[54]; ovejuelas que,
conociendo y siguiendo al Pastor que por ellas ha dado su vida[55], estén
prontas a dedicarle su vida y a cumplir su voluntad de conducir también
a hacer parte del único redil, a otras ovejas que no le siguen, sino
que vagan, separadas de El, camino, verdad y vida[56]. El
celo apostólico pertenece esencialmente a la profesión de la fe
cristiana: en verdad que cada uno está obligado a difundir su fe entre
los demás, ya para instruir y confirmar a los otros fieles, ya también
para rechazar los ataques de los infieles[57], especialmente en tiempos,
como los nuestros, en los que el apostolado es un deber urgente a causa
de las difíciles circunstancias que envuelven a la humanidad y a la
Iglesia. Para
que sea posible una completa e intensa educación cristiana, se requiere
que los educadores sean capaces de encontrar las maneras y los medios más
apropiados para penetrar en las varias psicologías, facilitando así en
los nuevos cristianos la asimilación profunda de la verdad con todas
sus exigencias. Y es que nuestro Salvador ha impuesto a cada uno de
nosotros la realización de este supremo mandamiento: Amarás a tu Señor
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
inteligencia[58]. Ante los ojos de los fieles debe, pues, brillar muy
pronto con todo su esplendor la sublimidad de la vocación cristiana, de
suerte que pronta y eficazmente se encienda en su corazón el deseo y el
propósito de una vida virtuosa y activa, modelada en la misma vida del
Señor Jesús, que, habiendo asumido la humana naturaleza, nos ha
mandado seguir sus ejemplos[59]. 16.
Todo cristiano tiene que estar convencido de su deber primero y
fundamental, el ser testigo de la verdad en que cree y de la gracia que
le ha transformado. Cristo -decía un gran Padre de la Iglesia- nos ha
dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que
enseñen; para que cumplamos nuestro deber de levadura; para que nos
comportemos como ángeles, como anunciadores entre los hombres; para que
seamos adultos entre los menores, hombres espirituales entre los
carnales, a fin de ganarlos; que seamos simiente y demos numerosos
frutos. Ni siquiera sería necesario exponer la doctrina, si nuestra
vida fuese tan irradiante; ni sería necesario recurrir a las palabras,
si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya no habría ningún pagano,
si nos comportáramos como verdaderos cristianos[60]. Fácil
es de comprender que tal es el deber de todos los cristianos de todo el
mundo. Y
fácil es de entender cómo en los países de Misión podría dar frutos
especiales y singularmente preciosos para la dilatación del reino de
Dios aun junto a quienes no conocen la belleza de nuestra fe y la
sobrenatural potencia de la gracia, según ya exhortaba Jesús: Que
vuestras obras brillen de tal suerte ante los hombres, que vean vuestras
obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos[61],
y San Pablo amonestaba amorosamente a los fieles: Amados, os exhorto a
que os abstengáis de los deseos carnales, que hacen guerra al alma, y a
que en medio de los gentiles tengáis una buena conducta, de suerte que,
aunque os calumnien como a malhechores, la vista de vuestras buenas
obras les conduzca a glorificar a Dios, en el día de su visitación[62]. 17.
Mas el testimonio de cada uno debe ser confirmado y ampliado por el de
toda la comunidad cristiana, como sucedía en la floreciente primavera
de la Iglesia, cuando la compacta y perseverante unión de todos los
fieles en la enseñanza de los Apóstoles y en la común fracción del
pan y en las oraciones[63] y en el ejercicio de la más generosa caridad
era motivo de profunda satisfacción y de mutua edificación; y ellos
alababan a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo. Y luego el Señor
aumentaba cada día los que venían a salvarse[64]. La
unión en la plegaria y en la participación activa de los divinos
misterios en la liturgia de la Iglesia, contribuye en forma
particularmente eficaz a la plenitud y riqueza de la vida cristiana en
los individuos y en la comunidad, siendo medio admirable para educar en
aquella caridad que es signo distintivo del cristiano; caridad, que
rechaza toda discriminación social lingüística y racista, y que abre
los brazos y el corazón a todos, hermanos y enemigos. Sobre esto Nos
place hacer Nuestras las palabras de Nuestro predecesor San Clemente
Romano: Cuando
[los gentiles] nos oyen que Dios dice: No es mérito vuestro si amáis a
los que os aman, pero es mérito si amáis a los enemigos y a los que os
odian[65], al oír estas palabras ellos admiran el altísimo grado de
caridad. Pero cuando ven que no sólo no amamos a los que nos odian,
sino que ni siquiera a los que no aman, se ríen de nosotros y el nombre
[de Dios] es blasfemado[66]. El
mayor de los misioneros, San Pablo apóstol, al escribir a los Romanos,
en el momento en que se disponía a evangelizar el extremo Occidente,
exhortaba a la caridad sin ficción[67], luego de haber elevado un himno
sublime a esta virtud sin la cual ser cristiano es nada[68]. 18.
La caridad se hace visible, además, en el socorro material, como afirma
Nuestro inm. predecesor Pío XII: El
cuerpo necesita también multitud de miembros, que de tal modo estén
trabados entre sí que mutuamente se auxilien. Y así como en este
nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los otros
sufren también con él, y los sanos prestan socorro a los enfermos, así
también en la Iglesia los diversos miembros no viven únicamente para sí
mismos, sino que ayudan también a los demás, y se ayudan unos a otros,
ya para mutuo alivio, ya también para edificación cada vez mayor de
todo el Cuerpo místico[69]. Mas,
por cuanto las necesidades materiales de los fieles alcanzan también a
la vida e instituciones de la Iglesia, bueno es que los fieles nativos
se habitúen a sostener espontáneamente, según fuere su posibilidad,
sus iglesias, sus instituciones y su clero que plenamente está dedicado
a ellos. Ni importa si esta contribución puede no ser notable; lo
importante es que sea testimonio sensible de una viva conciencia
cristiana. IV.
NORMAS PARA EL APOSTOLADO LAICO EN LAS MISIONES 19.
Los fieles cristianos, pues que son miembros de un organismo vivo, no
pueden mantenerse cerrados en sí mismos, creyendo les baste con haber
pensado y proveído en sus propias necesidades espirituales, para
cumplir todo su deber. Cada uno, por lo contrario, contribuya de su
propia parte al incremento y a la difusión del reino de Dios sobre la
tierra. Nuestro predecesor Pío XII ha recordado a todos este su deber
universal: La
catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta el punto
que un cristiano no es verdaderamente devoto y afecto a la Iglesia si no
se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que
eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra[70]. Todos
deben entrar en porfía de santa emulación y dar asiduos testimonios de
celo por el bien espiritual del prójimo, por la defensa de la propia
fe, para darla a conocer a quien la ignora del todo o a quien no la
conoce bien y, por ello, malamente la juzga. Ya desde la niñez y la
adolescencia, en todas las comunidades cristianas, aun en las más jóvenes,
se necesita que clero, familias y las varias organizaciones locales de
apostolado inculquen este santo deber. Y se dan ciertas ocasiones
singularmente felices, en las que tal educación para el apostolado
puede encontrar el puesto más adaptado y su más conveniente expresión.
Tal es, por ejemplo, la preparación de los jovencitos o de los recién
bautizados al sacramento de la confirmación, con el cual se da a los
creyentes nueva fortaleza, para que valientemente amparen y defiendan a
la Madre Iglesia y la fe recibida de ella[71]; preparación, decimos,
sumamente oportuna, y de modo especial donde existan, entre las
costumbres locales, determinadas ceremonias de iniciación para preparar
a los jóvenes a entrar oficialmente en su propio grupo social. 20.
Ni podemos menos de realzar, justamente, la obra de los catequistas, que
en la larga historia de las Misiones católicas han demostrado ser unos
auxiliares insustituibles. Siempre han sido el brazo derecho de los
obreros del Señor, participando en sus fatigas y aliviándolas hasta
tal punto que Nuestros Predecesores podían considerar su reclutamiento
y su muy bien cuidada preparación entre los puntos más importantes
para la difusión del Evangelio[72] y definirlos el caso más típico
del apostolado seglar[73]. Les renovamos los más amplios elogios; y les
exhortamos a meditar cada vez más en la espiritual felicidad de su
condición y a no perdonar nunca esfuerzo alguno para enriquecer y
profundizar, bajo la guía de la Jerarquía, su instrucción y formación
moral. De ellos han de aprender los catecúmenos no sólo los rudimentos
de la fe, sino también la práctica de la virtud, el amor grande y
sincero a Cristo y a su Iglesia. Todo cuidado que se dedicare al aumento
del número de estos valiosísimos cooperadores de la Jerarquía y a su
adecuada formación, así como todo sacrificio de los mismos catequistas
para cumplir en la forma mejor y más perfecta su deber, será una
contribución de inmediata eficacia para la fundación y el progreso de
las nuevas comunidades cristianas. 21.
En Nuestra primera Encíclica ya hemos recordado los graves motivos por
los que se impone hoy, en todos los países del mundo, el reclutar a los
seglares "para el ejército pacífico de la Acción Católica, para
ayudar en las obras de apostolado a la Jerarquía eclesiástica"[74].
También hemos manifestado Nuestra complacencia al considerar "las
muchas obras realizadas ya, aun en los países de misión, por estos
preciosos colaboradores de los Obispos y de los sacerdotes"[75]; y
ahora queremos renovar con toda la vehemencia de la caridad que nos
apremia[76], el aviso y llamamiento de Nuestro predecesor Pío XII sobre
la necesidad de que los seglares todos, en las Misiones, afluyendo
numerosísimos a las filas de la Acción Católica, colaboren
activamente con la Jerarquía eclesiástica en el apostolado[77]. Los
Obispos de las tierras de Misión, el clero secular y el regular, los
fieles más generosos y preparados, han llevado a cabo los más nobles
esfuerzos para traducir en hechos esta voluntad del Sumo Pontífice; y
puede decirse que ya existe doquier una floración de iniciativas y de
obras. Mas nunca se insistirá bastante sobre la necesidad de adaptar
convenientemente esta forma de apostolado a las condiciones y exigencias
locales. No basta transferir a un país lo ya hecho en otro; sino que,
bajo la guía de la Jerarquía y con un espíritu de la más alegre
obediencia a los sagrados Pastores, precisa obrar de tal suerte que la
organización no se convierta en sobrecarga que cohiba o malbarate
preciosas energías, con movimientos fragmentarios y de excesiva
especialización, que, si son necesarios en otras partes, podrían
resultar menos útiles en ambientes, donde las circunstancias y las
necesidades son totalmente diversas. Prometimos,
en Nuestra primera Encíclica, volver a tratar con mayor amplitud este
tema de la Acción Católica, y a su tiempo también los países de Misión
podrán sacar de ello utilidad e impulsos nuevos. Hasta entonces,
trabajen todos en plena concordia y con espíritu sobrenatural,
convencidos de que tan sólo así podrán gloriarse de poner sus fuerzas
al servicio de la causa de Dios, de la espiritual elevación y del mejor
progreso de sus pueblos. 22.
La Acción Católica es una organización de seglares con propias y
responsables funciones ejecutivas[78]; por lo tanto, los seglares
componen sus cuadros directivos. Ello exige la formación de hombres
capaces de imprimir a las varias asociaciones el impulso apostólico y
asegurarlas en su mejor funcionamiento; hombres y mujeres, por lo tanto,
que, para ser dignos de verse confiar por la Jerarquía la dirección
primaria o la secundaria de las asociaciones, deben ofrecer las más
amplias garantías de una formación cristiana intelectual y moral solidísima,
por la cual puedan comunicar a los demás lo que ya poseen ellos mismos,
con el auxilio de la divina gracia[79]. Bien
puede decirse que el lugar apropiado para esta formación de los
dirigentes laicos de Acción Católica es la escuela. Y la escuela
cristiana justificará su razón de existir en la medida en que sus
maestros -sacerdotes y seglares, religiosos y seculares- lograren formar
sólidos cristianos. Nadie
ignora la importancia que siempre ha tenido y tendrá la escuela en los
países de Misión y cuánta energía ha empleado la Iglesia en la
fundación de escuelas de todo orden y grado, y en la defensa de su
existencia y de su prosperidad. Pero un programa de formación de
dirigentes de Acción Católica, como es obvio, difícilmente puede
encuadrarse en los cursos escolares, y así las más de las veces habrá
de realizarse necesariamente en iniciativas extraescolares que recojan a
los jóvenes de mejores esperanzas para instruirlos y formarlos en el
apostolado. Por lo tanto, los Ordinarios procurarán estudiar la forma
mejor de dar vida a escuelas de apostolado, cuyos métodos educativos
son ya de por sí distintos de los métodos escolásticos propiamente
dichos. A veces tocará también el preservar de falsas doctrinas a los
niños y jóvenes, obligados a frecuentar escuelas no católicas; en
todo caso será necesario contrapesar la educación humanista y técnica,
recibida en las escuelas públicas, con una educación espiritual
particularmente inteligente e intensa, no sea que la instrucción logre
individuos falsamente formados, pero llenos de pretensiones y más bien
nocivos que útiles a la Iglesia y a los pueblos. Su formación especial
sea proporcionada al grado de desarrollo intelectual, encaminada a
prepararlos para vivir católicamente en su ambiente social y
profesional y para ocupar oportunamente su puesto en la vida católica
organizada. Por ello, siempre que los jóvenes cristianos sean obligados
a dejar su comunidad para asistir en otras ciudades a escuelas públicas,
será muy oportuno pensar en la organización de "pensionados"
y lugares de reunión que les aseguren un ambiente religiosa y
moralmente sano, propio y adaptado para enderezar sus capacidades y
energías hacia los ideales apostólicos. Al atribuir a las escuelas una
misión singular y particularmente eficaz en la formación de los
directivos de la Acción Católica, no querríamos ciertamente sustraer
a las familias su parte de responsabilidad, ni negar su influjo, que
puede ser aún más vigoroso y eficaz que el de la escuela, tanto en
alimentar a sus hijos con la llama del apostolado como en el procurarles
una formación cristiana cada vez más madura y abierta a la acción. En
verdad que la familia es una escuela ideal e insustituible. 23.
La buena batalla[80] por la fe se combate no tan sólo en el secreto de
la conciencia o en la intimidad de la casa, sino también en la vida pública
en todas sus formas. En todos los países del mundo se plantean hoy
problemas de varia naturaleza, cuyas soluciones se intentan apelando, lo
más frecuentemente, tan sólo a recursos humanos y obedeciendo a
principios no siempre acordes con las exigencias de la fe cristiana.
Muchos territorios de Misión, además, atraviesan actualmente una fase
de evolución social, económica y política, que está saturada de
consecuencias para su porvenir[81]. Problemas que en otras Naciones ya
están resueltos o que en la tradición encuentran elementos de solución,
se presentan a otros países con urgencia que no está exenta de
peligros, en cuanto podría aconsejar soluciones apresuradas y
derivadas, con deplorable ligereza, de doctrinas que no tienen en
ninguna cuenta, o directamente les contradicen, los intereses religiosos
de los individuos y de los pueblos. Los católicos, por su bien privado
y por el bien público de la Iglesia, no pueden ignorar tales problemas,
ni esperar les sean dadas soluciones perjudiciales que en lo por venir
exigirían esfuerzo mucho más grande de enderezamiento y derivarían en
ulteriores obstáculos para la evangelización del mundo. En
el campo de la actividad pública es donde los laicos de los países de
Misión tienen su más directa y preponderante acción, y es necesario
proveer con gran premura y urgencia para que las comunidades cristianas
ofrezcan a sus patrias terrenales, para bien común de ellas, hombres
que honren primero las diversas profesiones y actividades, y luego, con
su sólida vida cristiana, a la Iglesia que los ha regenerado a la
gracia, de suerte que los sagrados Pastores puedan repetirles, como
dirigidas también a ellos, la alabanza que leemos en los escritos de
San Basilio: He
dado gracias a Dios Santísimo por el hecho de que, aun estando ocupados
en los negocios públicos, no habéis descuidado los de la Iglesia; al
contrario, cada uno de vosotros se ha preocupado de ella como si se
tratara de un asunto personal, del cual dependa su propia vida[82]. Concretamente,
en el campo de los problemas y de la organización de la escuela, de la
asistencia social organizada, del trabajo, de la vida política, la
presencia de expertos católicos nativos podrá tener la más feliz y
bienhechora influencia si ellos saben -como es deber suyo personal, que
no podrían descuidar sin realidad de traición- inspirar sus
intenciones y sus actos en los principios cristianos que una muy larga
historia demuestra eficaces y decisivos para procurar el bien común. A
este fin, como ya exhortaba Nuestro predecesor, de v. m., Pío XII, no
será difícil convencerse de la utilidad y de la importancia del
auxilio fraternal que las Organizaciones Internacionales Católicas podrán
dar al apostolado seglar en lo países de Misión, ya en el terreno
científico, con el estudio de la solución cristiana que haya de darse
a problemas específicamente sociales de las nuevas Naciones, ya en el
terreno apostólico, sobre todo, mediante la organización del laicado
cristiano activo. Bien sabemos cuánto ya se ha hecho y se va haciendo
por parte de laicos misioneros, que han preferido temporal o
definitivamente abandonar su patria para contribuir con múltiple
actividad al bien social y religioso de los países de Misión, y al Señor
rogamos ardientemente que multiplique las pléyades de estos espíritus
generosos y los mantenga a través de las dificultades y fatigas que
habrán de afrontar con espíritu apostólico. Los Institutos Seculares
podrán dar a las necesidades del laicado nativo en tierra de Misión
una ayuda incomparablemente fecunda, si con su ejemplo saben suscitar
imitadores y poner a sus fuerzas disposición del Ordinario, para así
acelerar el proceso de madurez de las nuevas comunidades. Se
dirige Nuestro llamamiento a todos aquellos laicos católicos que
doquier ocupan lugares destacados en las profesiones y en la vida pública:
consideren seriamente la posibilidad de ayudar a sus hermanos recién
logrados, aun sin abandonar su propia patria. Su consejo, su
experiencia, su asistencia técnica, podrán, sin excesiva fatiga y sin
graves incomodidades, aportar una cooperación a veces decisiva. Que no
falte a los buenos el espíritu de iniciativa para traducir a la práctica
este Nuestro paternal deseo, dándolo a conocer allí donde pueda ser
acogido, estimulando las buenas disposiciones y logrando en ellas la
mejor utilización. 24.
Nuestro inmediato Predecesor exhortó a los Obispos para que, con espíritu
de fraternal y desinteresada colaboración, proveyesen a la asistencia
espiritual de los jóvenes católicos venidos a sus Diócesis desde los
países de Misión, con el fin de completar estudios o adquirir
experiencias que les pongan en grado de asumir funciones directivas en
su propio País[83]. A cuán graves peligros intelectuales y morales se
hallen expuestos en una sociedad que no es la suya y que con frecuencia,
desgraciadamente, no es capaz de sostener su fe y animar su virtud, cada
uno de vosotros, Venerables Hermanos, lo entienda perfectamente y,
movido por la conciencia del deber misionero que a todos los sagrados
Pastores incumbe, proveerá con la más solícita caridad y en los modos
más apropiados. Ni os será difícil seguir a estos estudiantes,
confiarlos a sacerdotes y seglares particularmente dotados para este
ministerio, asistirles espiritualmente, hacerles sentir y experimentar
la fragancia y los recursos de la caridad cristiana que a todos nos hace
hermanos, preocupados cada uno del otro. A tantas y tantas ayudas como
dais a las Misiones, añádase ésta, que os presenta más
inmediatamente un mundo geográficamente alejado, pero espiritualmente
vuestro también. A
estos mismos estudiantes, ahora, Nos queremos significarles no sólo
todo Nuestro amor, sino también dirigirles un conmovedor y afectuoso
ruego: lleven siempre muy alta la frente signada por la sangre de Cristo
y por la unción del santo Crisma, aprovechen su estancia en el
extranjero no tan sólo para su propia formación personal, sino también
para ampliar y perfeccionar su formación religiosa. Podrán encontrarse
expuestos a muchos peligros, pero también tienen la buena ocasión de
lograr muchas ventajas espirituales de su estancia en las naciones católicas,
pues que todo cristiano, cualquiera sea y doquier haya nacido, tiene
siempre el deber del buen ejemplo y de la mutua edificación espiritual. CONCLUSIÓN 25.
Luego de haberos hablado, Venerables Hermanos, sobre las necesidades
actuales más características de la Iglesia en las tierras de Misión,
no podemos menos de expresar Nuestra conmovida gratitud hacia todos
cuantos se prodigan por la causa de la propagación de la fe hasta los
extremos confines del mundo. A los queridos misioneros del clero secular
y regular, a las religiosas tan ejemplarmente generosas y tan excelentes
para las varias necesidades de las Misiones, a los laicos misioneros que
con tan santo entusiasmo marchan a extender el reinado de la fe, Nos les
aseguramos Nuestras muy singulares y cotidianas oraciones y toda cuanta
ayuda esté en Nuestro poder. El éxito de su obra, visible hasta en la
solidez espiritual de las nuevas comunidades cristianas, es señal de la
gratitud y de la bendición de Dios, y al mismo tiempo atestigua el
acierto y la prudencia con que la Sagrada Congregación "de
Propaganda Fide" y la Sagrada Congregación de la Iglesia Oriental
cumplen las difíciles tareas a ellas encomendadas. A
todos los Obispos, al clero y a los fieles de las diócesis del mundo
entero, que con oraciones y ofertas contribuyen a las necesidades
espirituales y materiales de las Misiones, les exhortamos a que
intensifiquen más aún esta necesaria colaboración. No obstante la
escasez de clero que tanto preocupa a los Pastores aun de las más pequeñas
diócesis, que nunca se tenga la menor duda en animar las vocaciones
misioneras y en privarse de excelentes sujetos laicos para ponerlos a
disposición de las nuevas diócesis. No tardarán en recoger de tal
sacrificio los frutos sobrenaturales. Que la santa porfía de
generosidad en que actualmente se hallan empeñados los fieles del mundo
entero con las manifestaciones de celo y de tangible caridad en
beneficio de las Obras que, dependiendo de la Sagrada Congregación
"de Propaganda Fide", encaminan los socorros, procedentes de
todas partes, hacia los destinos más útiles y apremiantes, aumente
tanto cuanto sin cesar crecen las necesidades. La caridad solícita y práctica
de los hermanos animará a los fieles de las jóvenes comunidades y les
hará sentir el calor de un afecto sobrenatural que la gracia alimenta
en el corazón. Muchas
diócesis y comunidades cristianas de las tierras de Misión soportan
sufrimientos y persecuciones hasta sangrientas: a los sagrados Pastores
que dan a sus hijos espirituales el ejemplo de una fe que no se deja
doblegar y de una lealtad que jamás falla ni aun a precio del
sacrificio de la vida; a los fieles tan duramente probados, mas tan
amados por el Corazón de Jesucristo que ha prometido la felicidad y una
copiosa merced a quienes sufrieren persecuciones por causa de la
justicia[84], dirigimos Nuestra exhortación para que perseveren en su
santa batalla: el Señor, siempre misericordioso en sus inescrutables
designios, no dejará que les falte el socorro de las más preciosas
gracias y de la íntima consolación. Con los perseguidos se halla en
comunión de oraciones y de sufrimientos toda la Iglesia de Dios, segura
de lograr la esperada victoria. Invocando
con toda el alma sobre las Misiones Católicas la válida asistencia de
sus Santos Patronos y Mártires, y muy especialmente la intercesión de
María Santísima, amorosa Madre de todos nosotros y Reina de las
Misiones, a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a todos cuantos
de algún modo colaboran en la propagación del Reino de Dios, con el
mayor afecto impartimos la Bendición Apostólica, que sea prenda y
fuente de las gracias del Padre Celestial que se reveló en su Hijo
Salvador del mundo, y que en todos encienda y multiplique el celo
misionero. Dado
en Roma, junto a San Pedro, el día 28 de noviembre de 1959,
[1] 1 Pet. 5, 4. [2] Cf. Io. 21, 15-17. [3] Cf. Homilia in die
Coronationis habita: A. A. S. 50 (1958) 886. [4] Cf. La propagazione della
fede. Scritti di A. G. Roncalli, Roma,
1958, 103 ss. [5] Cf. A. A. S. 11 (1919) 440 ss. [6] Cf. Litt. enc. Pii XI Rerum Ecclesiae: A. A. S. 18
(1926) 65 ss.; Litt. enc. Pii XII Evangelii praecones: A. A. S. 43 (1951)
497 ss.; Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 225 ss. [7] Litt. enc. Ad Petri Cathedram: cf. A. A. S. 51
(1959) 497 ss. [8] Cf. Io. 10, 16. [9] Cf. Mat. 13, 19. [10] Act. 16, 9. [11] Ibid. 2, 5. [12] Mat. 28, 20. [13] Io. 16, 33. 14] Cf. A. A. S. 11 (1919) 440 ss. [15] Litt. enc. Evangelii praecones: A. A. S. 43
(1951) 507. [16] Cf. Mat. 9, 58. [17] Cf. Nuntius radioph. Pii
XII die Natali D. N. I. C. habitus: A. A. S. 38 (1946) 20. [18] Luc. 10, 2. [19] Ibid. [20] Epist. Pii XII ad Emmum. Card. Adeodatum Piazza:
A. A. S. 47 (1955) 542. [21] Act. 20, 28. [22] Ibid. 4, 32. [23] Cf. Io. 13, 34; 15, 12. 24] A. A. S. 11 (1919) 445. [25] Ibid. [26] Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A.
A. S. 42 (1950) 677. [27] Cf. Mat. 5, 13-14. [28] Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A.
A. S. 42 (1950) 686. [29] Ibid. [30] Ibid. 687. [31] Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11 (1919)
445). [32] Cf. Adhort. apost. Pii XII Menti Nostrae: A.
A. S. 42 (1950) 686. [33] Cf. Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11
(1919) 448. [34] Litt. enc. Evangelii
praecones: A. A. S. 43 (1951) 500. [35] Ibid. 522. [36] Cf. Discorso ai participanti
al II Congresso mondiale degli scrittori e artisti neri: Os. Rom. 3 aprile
1959, 1. [Allocutio...: A. A. S. 51 (1959) 260]. [37] Cf. 2 Cor. 10, 5. [38] Litt. enc. Pii XI Rerum Ecclesiae: A. A. S.
18 (1926) 77. [39] Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 233. [40] Ibid. [41] Io. 4, 37. [42] Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 231. [43] Ibid. 238. [44] Hom. 2 in 2 Cor. PG 61, 398. [45] In ep. Ioan. ad Parthos 10, 5 PL 35, 2060. [46] Epist. apost. Maximum illud: A. A. S. 11 (1919)
446. [47] Ibid. 445. 48] Litt. enc. Evangelii praecones: A. A. S. 43
(1915) 510 ss. [49] Cf. Litt. enc. Pii XII Mystici Corporis: A. A. S.
35 (1943) 200-201; Litt. enc. Pii XII Rerum Ecclesiae: A. A. S. 18 (1926) 78. [50] Cf. Eph. 4, 24. [51] 1 Pet. 2, 9. [52] Cf. Io. 10, 4. 14. [53] Cf. ibid. 10, 9. 10. [54] 1 Pet. 5, 4. [55] Cf. Io. 10, 11. [56] Ibid. 14, 6. [57] S. Thom. 2. 2ae., 3, 2, ad 2. [58] Mat. 22, 37. [59] Cf. 1 Pet. 2, 21; Mat. 11, 29; Io. 13, 15. [60] S. Io. Chrys. Hom. 10 in 1 Tim. PG 62, 551. [61] Mat. 5, 16. [62] 1 Pet. 2, 12. [63] Act. 2, 42. [64] Ibid. 47. [65] Cf. Luc. 6, 32-35. [66] F. X. Funk Patres Apostolici
1, 201. [67] Rom. 12, 9 ss. [68] 1 Cor. 13, 2. [69] Litt. enc. Mystici Corporis: A. A. S. 35 (1943)
200. 70] Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957) 237. [71] Litt. enc. Pii XII Mystici Corporis: A. A. S. 35
(1943) 201. [72] Cf. Litt. enc. Pii XI Rerum Ecclesiae: A.
A. S. 18 (1926) 78. [73] Cf. Sermonem a Pio XII anno
1957 habito ad eos, qui alteri interfuerunt Conventui catholicorum ex
universo orbe pro laicorum Apostolatu: A. A. S. 49 (1957) 937. [74] Cf. Litt. enc. Ad Petri Cathedram: A. A. S. 51
(1959) 523. [75] Ibid. 523. [76] Cf. 2 Cor. 5, 14. [77] Litt. enc. Evangelii
praecones: A. A. S. 43 (1951) 513. [78] Cf. Ep. Pii XII de Actione Catholica, die 11 oct.
1946 data: A. A. S. 38 (1946) 422; Disc. e Rad. 8, 468. [79] Litt. enc. Ad Petri Cathedram: A. A. S. 51 (1959)
524. [80] 2 Tim. 4, 7. [81] Litt. enc. Pii XII Fidei donum: A. A. S. 49 (1957)
229. [82] Ep. 288 PG 32, 855. [83] Cf. Litt. enc. Fidei donum: A. A. S. 49 (1957)
245. [84] Cf. Mat. 5, 10-12.
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