Desafíos y retos de la Evangelización en ChinaPor
Antonio Bravo
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I. ¿POR QUÉ VOY A CHINA? «Necesitamos nos ayuden a tener el gusto del Evangelio y un gran amor a los pobres, pues nuestros cristianos están, ante todo, en las zonas rurales y pobres» II. PRINCIPALES DESAFÍOS Y RETOS 1. FORMAR COMUNIDADES EVANGELIZADAS Comunidades de fe, de esperanza y amor que se comprometan en favor del hombre y del servicio del futuro de un pueblo. 2. LA FORMACIÓN DE LOS MINISTROS DEL EVANGELIO Faltan formadores y es necesario repensar los presupuestos de la formación de los ministros y servidores del Evangelio. La exigencia es tanto más urgente cuanto mayor es el influjo del secularismo que favorece el proceso actual de la globalización. 3. LA INCULTURACIÓN DEL EVANGELIO DE LA GRACIA La inculturación del Evangelio presupone, ante todo, una experiencia existencial de la persona de Jesucristo, así como un gran amor a las corrientes profundas de la cultura que ha configurado el alma china. 4. LA RECONCILIACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS La reconciliación entre las Iglesias, así como el necesario trabajo del ecumenismo, exige de todos tiempo y tino. La dificultades entre las Iglesias proviene de opciones vividas de forma dolorosa por unos y otros. Es necesario cultivar el sentido de la comunión y de la solidaridad. 5. DIÁLOGO, AMOR Y SERVICIO EN LA VERDAD China vive una verdadera mutación cultural, económica y política, aun cuando no se aprecie siempre. La Iglesia tiene la tarea de situarse de forma correcta en la marcha del pueblo, evitando el miedo identitario, esto es, la pérdida de identidad o de poder en el camino. 6. TESTIGOS DE LA PALABRA VIVA DE DIOS Pasar de la comprensión del Evangelio como un camino moral y religioso, a ser testigos de Jesucristo muerto y resucitado. El testigo es una persona que vive e irradia la experiencia de haber sido salvado de modo gratuito. CONCLUSIÓN Avanzar en le dinamismo de la Encarnación para contagiar y comunicar la experiencia de la fe que obra por el amor. |
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Se me ha pedido hablar de los desafíos y retos de la evangelización en China. Lo haré bajo la forma de un testimonio, esto es, a partir de la experiencia vivida durante mis viajes -siete u ocho- a ese gran país. En el marco de la formación permanente del clero de la llamada Iglesia oficial o patriótica, he dirigido algunos cursos sobre pastoral, espiritualidad y teología bíblica. Quiero dejar constancia desde el principio que no soy un experto o especialista de la Iglesia en China. Mi conocimiento de la realidad es muy limitado, también puede ser un tanto sesgado, pues mis contactos se limitan a una de las Iglesias. Esto no quiere decir, sin embargo, que los desafíos y retos de una Iglesia no sean válidos también para la otra Iglesia, incluso pueden serlo de forma más aguda. Una segunda constatación: la situación de las Iglesias católicas y protestantes, así como de las otras religiones en China, es, a mi juicio, de una gran complejidad. La Administración pública tiene de la religión en general, y por los mismo de la fe cristiana, la visión propia de la sociología marxista, esto es, una visión funcional de acuerdo con los intereses y presupuestos políticos. A esto se añade la existencia de sectas marciales y opuestas al régimen, con las cuales tiende a equipararse los diferentes credos religiosos en la medida que se oponen abierta o de forma solapada al poder. Para unos, la posible represión que surge de esta situación es vista como persecución religiosa, pero ¿no sería más ajustado a la realidad interpretarla como falta de libertad de expresión y de crítica, la propia de todo régimen autoritario que no acepta la posibilidad de disentir públicamente? En este marco, complejo y tenso, presento mi testimonio,
nacido, no de los libros y revistas, sino de la experiencia reflexionada
y orada. Lo hago partiendo del encuentro con sacerdotes, obispos,
mujeres consagradas y unos pocos laicos. I ¿POR QUÉ
VOY A CHINA? Como Responsable General de “la Asociación de los
Sacerdotes del Prado” viajé, con
alguna frecuencia, entre 1983 y 2001, a Corea del Sur. En uno de
los viajes, allá por el año 1993, planteé a mis compañeros la
necesidad de estar atentos a la evolución económica, cultural y
religiosa del pueblo chino, en particular de la Iglesia. Habían
recibido la fe a través de China y era llegado el momento, a mi
juicio, de contribuir a la evangelización de aquella inmensa población.
Convenía colaborar para que la Iglesia presente en China se abriera a
los horizontes del Concilio Vaticano II. Por las circunstancias de
todos conocidas, en particular desde la llamada revolución cultural,
los seminarios se habían cerrado y la expresión religiosa había sido
seriamente limitada a la esfera privada. Tres años después de aquel encuentro, uno de los compañeros
surcoreanos, que había tomado en serio nuestro encuentro, era invitado
a dar unas clases al Seminario nacional de la Iglesia oficial sobre el
Concilio Vaticano II. Los responsables de esta Iglesia pidieron venir a
Francia. Querían conocer sobre el terreno cómo los sacerdotes del
Prado vivían el ministerio entre los pobres. Una delegación reducida,
compuesta de sacerdotes, un laico y una religiosa como traductora, pasó
unos días entre nosotros. Al finalizar la visita me propusieron
devolverles la visita. Unos meses después pude desplazarme a Pekín. De
ahí nació una colaboración que se mantiene durante casi diez años.
La petición se centró, ante todo, en la formación de los sacerdotes
y, más en particular, de los responsables de la formación en los
seminarios. También hemos trabajado, aun cuando de forma más reducida
en la formación de las religiosas. Esta cooperación se ha concretado
de esta forma: los veranos son enviados a Francia un grupo de formadores
de diferentes seminarios de la Iglesia oficial para seguir una sesión
de espiritualidad sacerdotal durante unos veinte días, el tiempo fijado
por la administración para los que salen del país. Por otra parte,
hemos viajado por diferentes diócesis de China para animar retiros y
ejercicios. Han enviado también religiosas y sacerdotes a formarse en
el marco de la espiritualidad del Prado. Por mi parte, aseguro todos los
años un mes de clases de teología bíblica y de pastoral para sacerdotes
de parroquias, de los servicios diocesanos y de la propia Conferencia
Episcopal. Estos contactos y colaboraciones se han desarrollado, en todo
momento, con el conocimiento y consentimiento de las autoridades
vaticanas, así como de los obispos afectados directamente. En alguna
ocasión tuve la posibilidad de informar personalmente al Papa Juan
Pablo II, quien me animó a continuar el servicio. ¿Qué me movió a desarrollar esta colaboración, primero
a nivel institucional y luego a titulo más personal? En primer lugar el
hecho de que no se pedía dinero, sino ayuda para formar un poco mejor
las abundantes vocaciones provenientes, ante todo, del mundo rural.
Puesto que durante varios años los seminarios habían permanecido
cerrados, era normal que la formación fuera bastante deficiente. Habían
carecido de libros de referencia y, ante todo, de profesores
competentes. La evolución de la Iglesia, tal como se plasmó en el
Concilio Vaticano II, no era conocida por una comunidad que había
permanecido al margen de este acontecimiento del Espíritu Santo. Valía
la pena implicarse y complicarse en esta tarea. Más determinante aún
fue cómo formularon y concretaron la petición: «Necesitamos ayuda
para conocer y saborear el Evangelio y, por otra parte, para vivir y
compartir con amor la vida de los pobres». No se olvide que la mayor
parte de los católicos se hallan en zonas rurales. Antes esta petición,
los posibles riesgos y ambigüedades, me parecieron insignificantes.
Mucho medite en esos días la visión de
Pablo cuando un macedonio le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Y comenta el narrador: «En cuanto tuvo la visión, inmediatamente
intentamos pasar a Macedonia, persuadidos que Dios nos había llamado
para evangelizarles» (Hch 16, 9-10). Había que mover voluntades,
consultar, persuadir, buscar medios, dedicar tiempo y arriesgarse ante
posibles incomprensiones. Bueno, hoy doy gracias a Dios por el camino
recorrido, sin negar las dificultades y ambigüedades del camino. La
misión incluye siempre sus dificultades, incomprensiones y
contrariedades. Es gran ingenuidad querer evangelizar al margen del
dolor y de los tanteos. En estos momentos, mi trabajo principal, siempre en el
marco de la formación permanente (cada año se reúnen unos cuarenta
sacerdotes), se centra en desarrollar una teología bíblica que sirva
de soporte para una lectura de los signos de los tiempos, para una
proyección pastoral y espiritual de los sacerdotes, así como para
una relectura de los temas mayores desarrollados por el Concilio
Vaticano II sobre la Iglesia y sus relaciones con el mundo. Como es fácil
adivinar no se trata de un estudio escolar, menos aún de tipo
universitario, sino de aprovechar los avances en el campo de la exégesis
para ayudar a una lectura del palabra de Dios que incida en la vida y en
el hacer del ministro del evangelio.
He querido contar brevemente mi pequeña experiencia para
situar los desafíos y retos que percibo desde este observatorio, tan
reducido por otra parte, para la evangelización de China. II PRINCIPALES DESAFÍOS Y RETOS1.- FORMAR COMUNIDADES EVANGELIZADAS Pablo VI, después de afirmar, «evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda», añadía: «Evangelizadora, la Iglesia comienza pro evangelizarse a sí misma». Y explicitaba luego la dinámica de una comunidad en proceso de evangelización. «Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los ídolos, necesita saber proclamar la ‘grandezas de Dios’, que le han convertido al Señor, y ser nuevamente convocada y reunida por él. En una palabra esto quiere decir que la Iglesia tiene siempre necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio» (EN 14-15). Tal es la condición para evangelizar el mundo de manera creíble. Este texto me parece explicitar bien el gran desafío y
reto para una verdadera evangelización de China. La Iglesia, aun cuando
sea insignificante por su número en medio de los más de 1400 millones
de la población, no lo olvidemos se halla ya implantada. Una
evangelización, promovida directa y principalmente desde fuera, sería
sentida, así lo he escuchado a un buen número de obispos, sacerdotes y
laicos, bien dispuestos por otra parte a acoger la ayuda exterior, como
una falta de respeto, como un intento de colonización. Por otra parte, y me parece que no se pone bastante de
relieve este punto, la Iglesia existente en China vive en su
inconsciente colectivo la añoranza de la cristiandad, pues a través de
ella recibió la fe. ¿Qué quiero decir con una afirmación un tanto
desconcertante? ¿Se puede hablar de cristiandad cuando la Iglesia vive
en una situación de minoría e insignificancia? La añoranza de la
cristiandad, a mi entender, se expresa de muchas formas. En ella
prevalecen la dimensión religiosa e institucional sobre el dinamismo
profundo de la fe. El gran reto es este: ¿cómo ayudarle a pasar a
ser una comunidad de fe, de esperanza y de amor? Los otros desafíos
dependen en buena parte de éste. Las comunidades cristianas tienen la necesidad de escuchar
sin cesar lo que deben creer, pues en ocasiones, como se deja
traslucir por la piedad y expresión de los propios sacerdotes, el interés
se centra en lo que hay que hacer, en la moral y menos en la búsqueda
de las raíces de la fe, esto es, en el encuentro y adhesión a la
persona de Jesús, principio y fundamento de una vida moral de acuerdo
con la identidad cristiana. La afirmación de Benedicto XVI: «No se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino
por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DCE 1),
expresa bien lo que he percibido en tantos hermanos y hermanas. Falta la
experiencia del encuentro personal con Jesucristo muerto y resucitado.
Lo explicitaba así un sacerdote: «Me interesa mucho la moral del
Evangelio y hago con cierta facilidad la experiencia de la divinidad,
pero me cuesta tener experiencia de Jesucristo como alguien vivo y
presente en mi vida». De hecho, la relación con Dios está marcada por
un cierto miedo; las homilías tienen poco contenido cristológico y sí
una gran carga de moral, agudizan los complejos de culpabilidad y
abundan en propuestas de prácticas religiosas; el sacerdote es visto,
ante todo, como un maestro de moral y un hombre de lo sagrado. Conviene tener en cuenta que los sacerdotes, en no pocas
ocasiones, son el único cristiano en la familia. La mayoría de ellos
no tienen una larga tradición de vida cristiana. Un cierto sentimiento
religioso les llevó a pedir el bautismo; y una vida de piedad les
condujo al ministerio, pero no aparece en ellos, al menos de forma
espontánea, la experiencia de ser amado por Dios, de haberse sentido
atraído por la persona de Jesucristo muerto y resucitado. La cuestión
es delicada, pues ante el fracaso moral tienden a dejar todo o bien a
replegarse en una disciplina donde no hay cabida prácticamente para la
libertad. La tentación del fundamentalismo aparece en el horizonte como
un verdadero riesgo. Los sacramentos pierden su verdadera perspectiva y
tienden a ser vistos como ritos religiosos. Evangelizar la comunidad
es, por tanto, el mayor reto. Si falta la experiencia del encuentro con Cristo, la
esperanza de la gloria, difícilmente la Iglesia será una comunidad de
esperanza vivida y compartida. Se verá tentada, como sucede, por los
nuevos ídolos del tener y del prestigio social, los propios de una
sociedad que se abre al confort y al consumo. La mera esperanza
religiosa no tiene fuerza para resistir los atractivos de la nueva sociedad.
Sólo una verdadera esperanza teologal capacita par vivir el dinamismo
propio de las bienaventuranzas. Sólo ella hace posible un compromiso
en favor de quienes tratan de cercenar tu propia libertad. Por otra parte, cuando falta la experiencia del
acontecimiento de un Dios que nos ama hasta el don de su propio Hijo, la
comunidad cristiana se diluye en una institución religiosa, cayendo en
las luchas propias por el poder. Entre sacerdotes y laicos, entre la
comunidad y la asociación patriótica aparece la rivalidad, sobre todo
en el momento de la elección y nombramiento de los obispos o bien de la
gestión de los bienes económicos. Al reproducirse de algún modo la lógica
de una Iglesia de cristiandad, se corre el peligro de desvirtuar la dinámica
fraterna. China, que vive un momento de apertura y búsqueda
religiosa, necesita para su evangelización de comunidades
evangelizadas; y para ello es preciso trabajar en la reconciliación de
las dos Iglesias como algo prioritario. La ayuda que puede prestarse
desde fuera, debe ir, a mi entender, en este sentido. Insisto: la misión
ha de tener en cuenta la realidad existente, de otra forma será vista
por muchos como una agresión, como el intento de una nueva colonización,
aun cuando no sea esta la intención de quienes desean llevar el
Evangelio de la gracia a ese inmenso pueblo. En resumen, la evangelización de China, es mi convicción,
exige de nosotros un servicio desinteresado y gratuito, para ayudar a
las comunidades a centrarse más y más en la persona de Jesucristo; a
peregrinar con esperanza en medio de las dificultades y tribulaciones; a
amar con pasión al pueblo, evitando confrontaciones inútiles. La misión,
como recuerda la historia, se llevo a cabo en medio de las más variadas
situaciones y regímenes políticos. La evangelización, desde los
Hechos de los Apóstoles hasta nuestros días, ha sido fecunda ahí
donde brotan comunidades que irradian el amor de Dios por la
humanidad; sólo ellas tienen la fuerza de atraer y contagiar la alegría
de la Buena Nueva del Evangelio. La transmisión de la fe pasa, ante
todo, por el compromiso de amor hacia el hombre, en particular hacia los
más necesitados y excluidos del progreso. 2.-
LA FORMACIÓN DE LOS MINISTROS DEL EVANGELIO En estrecha relación con el desafío anterior se encuentra el de la formación de los ministros del Evangelio, de los que presiden la comunidad en el nombre del Señor. Las vocaciones en China son numerosas, tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada femenina. Pero faltan, sin duda alguna, un buen plantel de formadores, capaces de discernir esa vocaciones y de encauzar ciertas ambigüedades. Existe, como entre nosotros en otro tiempo, la tentación de ver el sacerdocio como una promoción social, sobre todo en los seminaristas provenientes del mundo rural. Por otra parte, la formación se sitúa más en la lógica del buen funcionario religioso. Todo esto condiciona, como puede comprenderse sin dificultad, el futuro evangelizador de la Iglesia en China. La formación, por lo que conozco, se basa en una cierta lógica colectivista y funcional. La disciplina y la repetición tienen un espacio central. Hay que forjar personas para que ejerzan sus funciones sin crear problemas. Ahora bien, al reinsertarse en la vida, no saben qué hacer con su libertad ni cómo responder a las nuevas situaciones de una población que vive los grandes cambios de la globalización. No se forman personas para la libertad responsable, sino más bien para un ejercicio preciso de las funciones religiosas. Pero existe una cuestión más de fondo. La formación
espiritual no conduce necesariamente a una existencia dialogal. El
ejercicio del ministerio, en última instancia, podría vivirse al
margen de un diálogo con aquel que llama y envía. Falta la conciencia
de la necesidad de discernir los signos del Espíritu para ser sus
colaboradores en lo concreto de la existencia. Esto induce, consciente
o inconscientemente, a una lectura un tanto fundamentalista y
moralizante de las Escrituras; y también a un cierto miedo o complejo
de inferioridad ante la complejidad de la vida. Este miedo se traduce,
por ejemplo, en una cierta incapacidad para dialogar entre las Iglesias
católicas, con las protestantes y, por tanto, con las otras religiones. Cuando falta la experiencia del verdadero diálogo de la
fe, uno se incapacita para reconocer en los otros el rostro de ese tú
divino. El que no piensa o cree como nosotros aparece como un enemigo
potencial. Se pierde de vista que la evangelización es llevar adelante
el diálogo de la salvación tal como lo hiciera el propio Jesús, el
cual dio la vida por la muchedumbre. La Iglesia en China, si quiere prepararse para la
evangelización tiene la ingente tarea de repensar los presupuestos de
su formación. Ni el colectivismo ni el individualismo, y son las dos
tendencias predominantes entre los educadores, capacitan a los
pastores para conducir a la comunidad a la libertad del amor y del
servicio al mundo. Ante el hecho de ser una minoría acosada, como se ve
en la comunidad del cenáculo antes de Pentecostés, existe la tentación
real de formar para la resistencia y el gueto. Los verdaderos testigos de la fe se han caracterizado, ante
todo, por el amor y la confianza inaudita ante quienes eran hostiles a
su vida y mensaje. El verdadero mártir, en comunión con el Señor,
entrega su vida en favor de todos. Cree en el poder del Señor y confía
en la libertad del hombre. ¿Cómo ayudar en la dinámica de una formación
en la que la persona es vista en la comunidad y el yo en diálogo con
el tú? Esto no es fácil y supone una verdadera revolución, pues el
inconsciente de las personas y del pueblo chino, por lo general, se ha
configurado desde una
perspectiva colectivista o de tipo individualista-gregaria. Tengo la
firme convicción de que nuestra mejor manera de ayudar a la
evangelización de China es contribuir a la formación de ministros
capaces de dialogar con el mundo. No es una tarea fácil y exige
recorrer el lento y oscuro proceso del grano de trigo. Los resultado rápidos
y fáciles no son la mejor garantía de una misión realizada de acuerdo
con el proyecto del Padre, como lo hiciera el Hijo venido en la condición
de siervo. La fe se enraíza en un pueblo a través de testigos y
confesores. La propaganda y el proselitismo es relativamente fácil;
la misión presupone personas probadas y capaces de trabajar a largo
plazo. 3.-
LA INCULTURACIÓN DEL EVANGELIO DE LA GRACIA Mucho se escribe y habla de la inculturación del Evangelio
en Asia como en otros continentes. Hace unos años se hablaba más de la
evangelización de las culturas. La cuestión es decisiva, pues tanto la
evangelización de las culturas como la inculturación del Evangelio
necesita testigos y confesores, hombres y mujeres que viven lo
cotidiano desde una profunda comunión con el Señor y al servicio del
mundo. La inculturación es obra de personas carismáticas y no de
funcionarios. Sólo las personas animadas por el Espíritu Santo
tienen la capacidad de hacer carne de su carne la verdad del evangelio,
esto es, el amor apasionado por Dios por los hombres. Para dar respuesta, en la buena dirección, al reto de la
inculturación, juzgo de gran importancia inculcar en los ministros de
la comunidad y en éstas un gran amor y una gran fe en la palabra viva y
operante de Dios. El Espíritu Santo vivifica y fecunda la letra. Sin un
contacto directo y existencial con la Palabra en la comunión eclesial,
existe el riesgo de desviar a las personas de la verdadera fe. Urge
formar en la lectio divina a la comunidad y a sus ministros, tal como lo
recordó Juan pablo II: «Es necesario, en particular, que la escucha de
la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida
tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico
la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» (NMI
39). Sólo el Maestro interior, el Espíritu Santo, introduce en la
verdad de Dios y en su práctica. Cuando la Palabra deja de interpelar,
orientar y modelar la vida, el hombre, en lugar de dejarse conducir por
la verdad, se sitúa como el que posee y determina la verdad. Así se
arruina tanto la evangelización de la cultura como la inculturación
del evangelio. Junto a este amor y frecuentación de la Palabra, es
imprescindible cultivar el amor y conocimiento de la cultura y
tradiciones del pueblo. En ellas, a la luz del misterio de la
providencia divina, puede apreciarse el don de la pedagogía divina.
Pero no pueden ser elevadas a la categoría de absoluto, pues al igual
que la Ley, llegado el tiempo de la libertad y de la gracia, han de reconocer
su carácter relativo a los tiempos definitivos. En efecto, como
sabemos, Pablo vio en la Ley un pedagogo hacia Cristo. Cuando los
judaizantes quisieron perpetuar el poder de ella sobre los conversos al
Evangelio, el apóstol reaccionó con fuerza. He aquí lo que escribió
a los Gálatas: «Mientras el heredero es menor de edad, en nada se
diferencia de un esclavo, con ser dueño de todo; sino que está bajo
tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre. De igual
manera, también nosotros, cuando éramos menores de edad, vivíamos
como esclavos bajo los elementos del mundo. Pero, al llegar la plenitud
de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo al
ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos
la filiación divina. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado
a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!
De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero
por voluntad de Dios» (Gal 4, 1-7). El evangelio de la gracia se
incultura, por tanto, en las personas y comunidades que viven en la dinámica
de la libertad filial. Si esto no sucede, estamos ante un juego, nada más.
En efecto, Cristo nos libertó para la libertad y la vocación del
hombre es la libertad del amor, por la cual nos hacemos los unos siervos
de los otros (cf. Gal 5, 1.13). Sólo así se produce un auténtico
acontecimiento de gracia y verdad; entonces el evangelio hecha raíces
en la cultura y la transforma desde dentro: no para eliminarla, sino
para darle su máximo esplendor. Amor al evangelio y a la cultura no se oponen, antes bien
se postulan, como sucede con el amor a Dios y a los hombres. Pero esto
supone una búsqueda y apertura incondicional al Espíritu de la verdad,
un dejarse enseñar en la vida y por la vida, para mejor captar las
riquezas de la Palabra de Dios y liberar las capacidades de la persona
humana para recrear desde dentro su propia cultura. Ahora bien, una vez
que hemos tratado de inducir el amor a la Palabra y a la cultura, es
preciso dejar hacer al Espíritu Santo. Por ello es imprescindible un
trabajo constante de discernimiento y búsqueda. Educar en esta
dirección es decisivo, pues el riesgo de repetición o de las
novedades, como ha sucedido en la historia de la Iglesia, es una amenaza
real ante la apertura que vive el pueblo y la cultura china en estos últimos
decenios. La cultura no se reduce a algo folklórico, es una manera de
vivir y situarse en el mundo que el propio hombre modela con el paso del
tiempo. 4.-
LA RECONCILIACIÓN ENTRE LAS IGLESIAS La evangelización de China exige la pronta reconciliación
de las dos partes de la Iglesia católica en ese país. Entre ellas, según
conozco y he escuchado en Roma, no existen diferencias en cuanto al
dogma, la liturgia o la moral. La cuestión se sitúa, ante todo, en su
manera de posicionarse ante el régimen político. La llamada Iglesia
clandestina se opone de forma frontal al poder comunista. La Iglesia
patriótica, por el contrario, trata de convivir con él. Se le acusa de
estar sometida y, de alguna forma, controlada por el poder político.
Por otra parte, la falta de relaciones diplomáticas entre la Santa
Sede y el Estado chino, así como la dificultad para que las
Congregaciones religiosas puedan instalarse allá, hace que el ambiente
entre las Iglesias se halle bastante enrarecido, aun cuando se trate
de tender puentes entre ellas. En este punto, juega un papel decisivo para el futuro, la forma en que se desarrollará el nombramiento de los obispos. La cuestión es compleja y los análisis simplistas entorpecen más que favorecen la unidad y reconciliación de la Iglesia católica en China. Las herencias históricas son complejas y están marcadas por la ambigüedad propia de la condición humana, como lo recuerda la historia del pueblo de Dios. La reconciliación supone tiempo y tino, pues las personas, de una parte y otra, han sufrido mucho y debieron adoptar posturas muy arriesgadas. No creo justo el análisis de quienes ven sólo el sufrimiento en una de las dos partes. En las dos hay personas llenas de buena intención y que han tomado sus determinaciones con el ánimo sincero de ser fieles al Evangelio, aun cuando no todas las posturas puedan justificarse desde un punto de vista puramente objetivo. Por eso para facilitar la reconciliación, lo primero de todo es no situarse como jueces de la conciencia de los otros. Caminar en la verdad no es lo mismo que situarse como juez de las personas, de sus intenciones y actuaciones. La lucidez es un gran valor, el juicio suplanta al propio Dios. ¿Por qué es tan necesaria la reconciliación para la
evangelización? Los motivos evangélicos son conocidos de todos. Jesús
pidió al Padre que los suyos fueran uno para que el mundo creyera que
había sido enviado por él. Las divisiones entre los discípulos
arruina su fuerza testimonial y su capacidad para proponer el Evangelio
de la reconciliación y de la comunión. Además se halla el hecho de
que los católicos en China son una minoría numérica irrelevante. La
confrontación desgasta a ambas partes. Es verdad, hay signos de buena voluntad por una y otra
parte. En diócesis rurales y apartadas de los centros de poder, existe
una buena colaboración entre el clero y los cristianos de a pie. También
a nivel de obispos he podido constatar intentos de diálogo. La
paciencia y el saber hacer son importantes, así como la plegaria y la
determinación para anteponer los intereses del pueblo de Dios a
cualquier otro interés o proyecto personal. La reconciliación, como es
sabido, reclama una buena dosis de humildad y de ese amor que se goza
con la verdad, sin pretender dominar o ganar. Este trabajo por la reconciliación sería un signo del
verdadero ministerio de la alianza, tal como san Pablo lo presenta a las
facciones de la comunidad de Corinto: «porque el amor de Cristo nos
apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto
murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que
viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos… Y todo
proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió
el ministerio de la reconciliación» (2Cor 5, 14-15.18). La comunión
filial con Dios reclama la comunión fraterna entre los que han sido
incorporados al Cuerpo único de Cristo. Una convivencia fraterna tendría grandes beneficios en
orden a la formación de los ministros del Evangelio y también para
fortalecer la fe de las vocaciones consagradas y de las propias familias
cristianas. Para facilitar este camino de reconciliación, además de
los buenos servicios de la Santa Sede, es preciso que todos, y de modo
particular las Congregaciones religiosas, colaboren con su silencio,
discreción y amplitud de miras para propiciar un diálogo fraterno. Dentro de este marco es también muy importante desarrollar
unas relaciones cálidas con las Iglesias protestantes. Existen
profundas heridas del pasado lejano y reciente entre católicos y
protestantes. El largo camino del ecumenismo, tal como cristalizó en el
Concilio Vaticano II y ha sido vivido en estos últimos decenios, no ha
penetrado todavía en la conciencia de las comunidades cristianas en
China. Es necesaria una gran tarea educadora, pues el riesgo del fundamentalismo,
en las minorías acosadas e incapaces de interpretar la compleja
realidad, es muy fuerte. 5.-
DIÁLOGO, AMOR Y SERVICIO EN LA VERDAD Las mentalidades y sensibilidades evolucionan de forma rápida
en estos momentos. Ya no se puede vivir la misión como en los siglos de
la conquista, de las cruzadas o aquellos en que los súbditos abrazaban
la religión de su rey. La nota del pluralismo ideológico, cultural y
religioso, gana cada día terreno en todas partes del mundo, incluida la
China, aun cuando pueda existir una limitación en la expresión pública.
La dinámica profunda de la globalización y de la secularidad, afecta
también a «las religiones y cosmovisiones ateas» de ciertos regímenes
totalitarios, pues también ellos tratan de religar a los individuos a
un absoluto esbozado por los propios líderes y al que uno ha de estar
pronto a sacrificar todo, incluido lo más precioso, la persona, la
libertad. Pero la mayoría de la población, en la medida que accede a
un cierto nivel de reflexión, quiere pensar por ella misma y busca el
camino de su vida de acuerdo con un sentido último experimentado en la
libertad. En este contexto, la Iglesia en China tiene el desafío de
ahondar en el sentido del diálogo de la salvación, como un servicio al
hombre en búsqueda de su propia verdad, más allá de la que le viene
dictada por las instancias oficiales. No es misión de la Iglesia
imponer o dictar su verdad sobre Dios, el hombre y la sociedad, sino de
capacitar a sus fieles para un diálogo en todos los terreno, incluido
el social y el político. Hoy, a mi entender, la caridad de las
palabras, esto es, la evangelización pasa por el diálogo con una
sociedad en búsqueda. Un pueblo que anhela la democracia real y que
se abre al ejercicio de la crítica no aceptará fácilmente el
testimonio de la fe al margen de un contexto dialogal. La Iglesia, por
tanto, no puede situarse en la dependencia del discurso oficial, pero
tampoco en contra de una forma sistemática y a-racional. El diálogo, por otra parte, se hará inviable si la
comunidad eclesial no vive el olvido de sí en el servicio gratuito y
universal del amor. Si su pretensión fuera defender su futuro, me temo
que no será escuchada por un pueblo deseoso de promoción a todos los
niveles. La Iglesia se ha de situar pobre y al servicio de los últimos
de la sociedad. Sólo así será vista como la expresión actualizada
del amor de Dios por el mundo. Es preciso ser signo e instrumento de que
Dios está en favor del hombre y del pueblo chino. Este diálogo conlleva una apertura para encontrar los
caminos de colaborar en favor del hombre con las demás religiones
presentes en ese pueblo, pero también con las fuerzas sociales, culturales
y políticas. La fe auténtica no se presenta como una alternativa a los
diferentes regímenes políticos, sino como el anuncio de la verdad de
Dios sobre el hombre y la comunidad humana. Y esto la Iglesia puede
vivirlo y proclamarlo en todo momento, aun cuando le resulte duro y difícil
en ocasiones. Cierto, el diálogo, como enseña la Escritura y el
Magisterio, no se realiza con un sistema o doctrina, sino con personas
situadas y condicionadas por él. Por ello todo diálogo se inicia en el
amor y encuentro interpersonal. Dios ni rechazó ni abandonó el mundo,
antes bien lo amó y envió a su Hijo para que iniciase el diálogo de
la salvación a través de personas concretas. Rechazó el farisaísmo,
pero buscó a un fariseo, Saulo, para entablar el diálogo de la salvación
con todo hombre. La Iglesia en China, a mi entender, necesita avanzar
por este camino. Es un gran reto, pues no está suficientemente equipada
para el diálogo, aun cuando desarrolle una cierta negociación para
sobrevivir. Algunos miembros de la Iglesia en China tienen miedo de ser
absorbidos al abrirse al diálogo. Quizás le falte a ellos, como nos
falta a todos un poco, descubrir que la comunión católica presupone
la diversidad. La uniformidad, al igual que el repliegue étnico, se
oponen al verdadero dinamismo de la comunión eclesial. El Concilio
Vaticano II afirma: «Todos los fieles dispersos por el orbe comunican
con los demás en el Espíritu Santo, y así, “quien habita en Roma
sabe que los de la India son miembros suyos”. Y como el reino de
Cristo no es de este mundo, la Iglesia o el pueblo de Dios,
introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún
pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las
purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y
costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. […] Además
dentro de la comunión eclesiástica, existen legítimamente Iglesia
particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable
el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de
la caridad, protege las divergencias legitimas y simultáneamente vela
para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla. De aquí
se derivan finalmente, entre la diversas partes de la Iglesia, unos vínculos
de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros
apostólicos y ayudas materiales» (LG 13). El desafío del diálogo y de la comunión se plantea también
en el seno de la propia comunidad. Ante todo el diálogo de
generacional. Durante decenios de años apenas hubo ordenaciones al
sacerdocio. La mentalidad entre los mayores y los jóvenes, sobre todo
si han estudiado en los Estados Unidos, es muy diferente. Los Obispos,
por otra parte, o son muy mayores o muy jóvenes, con lo cual existe la
tensión propia entre generaciones de una sociedad que atraviesa una
verdadera mutación. El diálogo entre clérigos y laicos tampoco es fácil,
pues los sacerdotes más jóvenes reclaman mayor libertad y autonomía
ante ciertas estructuras laicales. La relación entre laicos y
sacerdotes no es siempre fácil. Las perspectiva y orientaciones
desplegadas por el Concilio Vaticano II no han penetrado en la
mentalidad de los sacerdotes ni de los propios laicos. A esto se añade
el hecho de que la llamada Asociación Patriótica está condicionada de
algún modo por el poder político. 6.-
TESTIGOS DE LA PALABRA VIVA DE DIOS De los chinos se me ha dicho, una y otra vez, a la hora de
impartir las clases: son muy concretos y prácticos. Esperan una
respuesta concreta a sus cuestiones, una orientación clara para su
hacer. Esto, sin embargo, no resulta fácil verificarlo, pues al
presentar las exigencias propias del encuentro personal con Jesucristo,
invocan su cultura para decirte: esa manera de vivir el Evangelio es
la vuestra, nosotros debemos encontrar la propia. Es una forma de
autodefensa. La cuestión tiene un gran calado. Intuyen el Evangelio
como un camino religioso para alcanzar una meta trascendente. Pero
tienen dificultad para captar a Jesucristo como el camino personal y sorprendente
hacia el Padre, hacia la fuente de la verdad y la vida. Tienen también
dificultad para comprender la dimensión sacramental de la existencia
eclesial, así como de descubrir la necesidad del Espíritu Santo para
ser testigos de la Palabra viva y operante en la historia. El sacerdote
es visto de manera espontánea, como ya indique, en la óptica del
funcionario religioso. Ha de ser buena persona y ejemplar en sus
costumbres, ha de representar de alguna forma la separación de lo
sagrado, como sucede en el sacerdocio de las religiones. La formación de los sacerdotes, consagrados y laicos como
testigos de Jesucristo muerto y resucitado es un reto inmenso. Tiene
mucho que ver con la comprensión y vivencia del Espíritu Santo enviado
el día de Pentecostés para hacer de la comunidad apostólica signo y
portavoz de las maravillas de Dios en el mundo. Falta, en buena parte,
la conciencia de ser enviados al mundo por Dios, para dar testimonio de
su amor, para anunciar a Jesucristo muerto y resucitado. Al faltar esta
dimensión esencial, la tentación es presentar el cristianismo como la
mejor de las morales. Pero luego aparece el drama, pues además de las
limitaciones de la comunidad y de sus miembros, se produce una verdadera
quiebra del Evangelio de la reconciliación y de la gracia. Se quiere
conquistar el futuro por el propio esfuerzo y crecen así los complejos
de culpabilidad. El testigo de la Palabra viva ha hecho, ante todo, la
experiencia de ser amado, de ser salvado por el Señor muerto y
resucitado. San Pablo podía ser testigo del Evangelio de la gracia
porque había experimentado el perdón y la confianza divina al ser
asociado al ministerio (cf. 1Tm 1, 12ss). Después del encuentro de
Damasco, experimentó la contradicción en sí del hombre viejo y del
hombre nuevo, sentía la fuerza del pecado que le conducía donde no
quería ir. Pero en esa situación escribe con emoción: «¡Pobre de mí!
¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias
sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo
quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne a la ley
del pecado» (Rm 7, 14-25). El testigo de la Palabra viva, de Jesucristo muerto y
resucitado, no lo es por ser un hombre perfecto, sino por vivir la
experiencia de la salvación y de la liberación en medio de la lucha
del hombre interior, del hombre nuevo, y del hombre viejo. CONCLUSIÓN Al término de estas reflexiones, me pregunto si muchos de
los retos de la Iglesia en China no son los nuestros. En efecto, vivimos
en un mundo globalizado no sólo desde el punto de vista económico,
sino también cultural y religioso. La mentalidad pragmática, técnica
y secular, así como el pluralismo cultural, se extiende como una mancha
de aceite en el tejido social de la China moderna. Nada, pues, de extraño
si aquella Iglesia se ve confrontada a los problemas de las Iglesias en
la sociedad que va configurando la lógica de la globalización. Lo que cambia realmente, es mi apreciación, son los
acentos, por el hecho de que los ritmos de apertura y expresión no son
los mismos, así como el recorrido de la propia Iglesia. Por otra parte
el hecho de ser una comunidad tan minoritaria, habiendo estado al margen
de la evolución vivida por las Iglesias de otros continentes, acentúa
todavía la problemática. Para terminar este testimonio quiero insistir en lo siguiente: el gran reto para ellos y para nosotros es vivir la comunión con el Señor y con la Iglesia para irradiar el compromiso de amor de Dios por la humanidad, tal como se ha hecho historia en la persona y pascua del Hijo enviado en la debilidad de la carne. Sólo la vivencia del dinamismo de la encarnación redentora es capaz de contagiar y comunicar la experiencia de la fe que obra por el amor. |