Francisco Javier, 
peregrino apasionado

Por Carlos Collantes Díez,
Misionero Javierano

59ª Semana de Misionología
Burgos, Julio 2006

 

INTRODUCCIÓN. La historia de una Presencia.

1. CONVERSIÓN

La influencia y la lógica de los Ejercicios espirituales ignacianos.

El principio y fundamento ignaciano: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima…”

Gracia comunitaria y apostólica.

Una existencia apostólica hecha de escucha
         y obediencia de la voluntad de Dios.

2. LA TRANSFIGURACIÓN DE SUS SUEÑOS

Las etapas de su peregrinación geográfica, interior, espiritual:

- De Lisboa a Goa: las “prisas” de la Providencia.

- Decepciones, discernimiento y nuevos horizontes:
            las Molucas, Japón.

                            
Caminar, soñar hasta morir… Una muerte fecunda.

3. 1 DIOS PADRE

3. 1 A Confianza absoluta en Dios. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

3. 1 B Servicio suyo, un amor radical. “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…

3. 1 C Humildad, un instrumento indigno en manos de Dios. “Preserva a tu siervo de la arrogancia… así quedaré libre e inocente del gran pecado…

3. 2 JESUCRISTO

3. 2 A Pasión por los intereses de Jesús. “El celo de tu casa me devora”.

3. 2 B Los pobres, los preferidos de su Señor. “… tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida…

3. 2 C Ministerio vivido en el gozo, “alegraos de que vuestros nombres  estén escritos en los cielos”.

3. 3 ESPÍRITU SANTO

3. 3 A Itinerancia. “También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva...”

3. 3 B Atención a la propia vida espiritual. Lucidez interior o espiritual.

CONCLUSIÓN:

Hijo de Dios, discípulo de Cristo, dócil al Espíritu.
Confianza heroica, humildad profunda, libertad interior

 

 

 

“... en vida hizo maravillas, y en muerte, obras asombrosas” Eclesiástico 48, 14.Y creedme que los que a estas partes viniéredes, seréis bien probados para cuanto sois... No os digo estas cosas para daros a entender que es trabajosa cosa servir a Dios, y que no es leve y suave el yugo del Señor, porque si los hombres se dispusiesen en buscar a Dios, tomando y abrazando los medios necesarios para ello, hallarían tanta suavidad y consolación en servirlo, que toda la repugnancia que sienten en vencerse a sí mismo, les sería muy fácil ir contra ella, si supiesen cuantos gustos y contentamientos de espíritu pierden por no se esforzar en las tentaciones, las cuales en los flacos suelen impedir tanto bien y conocimiento de la suma bondad de Dios y descanso de esta trabajosa vida; pues vivir en ella sin gustar de Dios, no es vida, sino continua muerte” [1]. 

La existencia de Francisco de Javier, tras su conversión, es la historia de una Presencia que le va guiando con suavidad y firmeza, a la que él responde -fiel a su temperamento- con pasión y generosidad. La Providencia le guiará entre sueños y decepciones, entre informaciones y mediaciones humanas, entre soledades y presencia permanente de sus hermanos en su corazón, entre esperas y viajes arriesgados, entre tempestades y el gozo de anunciar el nombre de Jesús... Más allá de los límites históricos de Javier y de su tiempo: una teología de la salvación excluyente, las enormes ambigüedades de la evangelización dentro del sistema de Patronato y que tanto le hicieron sufrir, incluso la imposibilidad de una preparación específica y previa antes del encuentro con un mundo cultural y religioso muy diverso del europeo, lo que queremos es descubrir el secreto de la existencia de Javier, secreto del que su sobrecogedora e inimitable aventura exterior no es sino el reflejo. Queremos adentrarnos en su itinerario espiritual, místico y descubrir el palpitar de esa Presencia que siempre le acompaña, en la que él está firmemente enraizado, el “principio y fundamento” de su vida, por cuyo amor y a cuyo servicio vive y se desvive, trabaja, sufre y disfruta, acompañado con frecuencia por intensas consolaciones interiores, sintiéndose en todo momento envuelto por la misericordia divina. Su misma vocación, sin duda especial, no es sino un regalo de la misericordia divina.

1.- Conversión  Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo tuve por pérdida comparado con el Mesías; más aun: cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús mi Señor. Por él perdí todo aquello y lo tengo por basura con tal de ganarme a Cristo e incorporarme a él…” (Flp 3, 7-9).

El hombre que emerge del Renacimiento está habitado por deseos de gloria, de honores, de aventuras. El propio entorno familiar de Francisco -sus raíces y su situación tras unos años difíciles- le empujaba también en esa misma dirección. Dotado de muchas y grandes cualidades humanas, soñaba con una gloria humana, quería sobresalir, y ambición tampoco le faltaba. En París, la Providencia le rodeó de buenos compañeros: Pedro Fabro e Ignacio de Loyola. Ignacio, perseverante, paciente y guiado por su olfato espiritual supo conquistar su corazón: “¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?”. Años más tarde, el mismo Ignacio, refiriéndose al proceso de su conversión diría de él que fue “el barro más duro que le tocó moldear”. Fue, sin duda, la gracia la que conquistó su corazón. Serían los primeros y más amados de su nueva familia: los compañeros de Jesús.

Transformando su corazón, el Señor se apoderara completamente de él, y Javier convertido y seducido pondrá todas sus ricas cualidades al servicio de la fe, y de su “acrecentamiento”. Una vez entregado al Señor fue todo generosidad sin límites, entusiasmo desbordante, entrega incansable. Su conversión nos revela la armonía entre la gracia y la naturaleza: temperamento fogoso, ambicioso, generoso, apasionado, tenaz, enérgico… y una gracia sin duda singular, una gracia eclesial que marcará toda una época y que él vivirá con constantes referencias y fundamentos comunitarios: pide y cuenta con las oraciones de sus hermanos, de quienes siente en todo momento necesidad: “pues acá vivimos con mucha necesidad de vuestras ayudas espirituales ” (C 49, 178. C 55, 202). E irá descubriendo cada vez con más intensidad que todo es don: “Pensábamos nosotros hacerle algún servicio en venir a estas partes a acrecentar su santa fe, y agora por su bondad dionos claramente a conocer y sentir la merced que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japón, librándonos del amor de muchas criaturas que nos impedían tener mayor fe, esperanza y confianza en él.[2] A lo largo de sus cartas Francisco Javier no dejará de poner en relación su miseria y la infinita misericordia divina que le llega a través de sus hermanos. Además de eclesial, la gracia de la conversión es apostólica. De hecho el ministerio apostólico es obra y gracia de la misericordia divina: “agora os hago saber cómo Dios nuestro Señor, por su infinita misericordia, nos trujo a Japón” [3].Pero sólo una cosa nos da mucho ánimo: que Dios N. S. sabe las intenciones que en nosotros por su misericordia quiso poner, y con esto la mucha confianza y esperanza que quiso por su bondad que tuviésemos en él…” [4]. Un rasgo de esta espiritualidad apostólica es la predicación a la que Francisco se dedicará como actividad prioritaria, con pasión y gran creatividad; pedirá a sus hermanos que hagan otro tanto: “Vuestras predicaciones serán tan continuas, cuanto lo pudieren ser; porque esto es un bien universal, donde se hace mucho fruto, y servicio a Dios y provecho a las almas... [5]. Se convertirá en un peregrino infatigable de la fe y del evangelio.

Creo que es útil hacer referencia al llamado principio y fundamento ignaciano para entender mejor la figura de Javier: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima…”, fundamento que vivió con absoluta radicalidad. Dada la teología de la época, su sentido dramático y excluyente de la salvación y la visión negativa, desde el punto de vista soteriológico, de los destinatarios del mensaje evangélico, Francisco Javier, empujado por la grandeza de su generoso corazón, su sentido de la responsabilidad y su pasión por Jesús, cruzará mares y países, irá siempre más allá para que nadie pierda su alma. “Que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Es su deseo ardiente, aunque Dios tiene sus caminos que los hombres ignoramos. “Me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos” (I Cor 9, 22), escribe Pablo. Francisco quería ganar a todos, tanto era su celo.

Creo que vale la pena hacer también referencia a la célebre parábola ignaciana del Rey eternal…”cuanto es cosa más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey eterno, y delante dél todo el universo mundo, al cual y cada uno en particular llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo... por tanto quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria ”. El acento lo pongo no en la idea-deseo de conquista, sino en la identificación-solidaridad con su Señor y Maestro. “Si alguno me sirve que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor” (Jn 12, 26). Francisco convertido querrá en todo momento vivir como su Maestro, trabajar con él, compartir todos sus trabajos con total generosidad. La respuesta de los ejercicios: “todos los que tuvieren juicio y razón” será seguir sin condiciones a su Señor, por tanto, lo más juicioso y sabio será responder con un amor personal, generoso y agradecido a ese amor infinito y misericordioso de Dios Padre que le llega a través del Verbo encarnado. Es la respuesta de Francisco de Javier… “los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y señor universal no solamente ofrecerán sus personas...” (EE 95-97). El amor de Francisco es un amor rendido, entregado, porque ha sido seducido. En su temperamento fogoso y apasionado lleva incrustada la lógica ignaciana: “señalarse en servir más…”, la lógica de los EE: “más, más, más”. Javier sale de los ejercicios convertido, es decir, espiritual e interiormente libre. Y el hombre espiritual de los ejercicios ignacianos se hace totalmente disponible a lo que Dios quiera, tiene delante de sí un camino y un horizonte humanamente inalcanzable, pero posible con la gracia. Francisco Javier se convierte en un hombre “espiritual”, capaz de servir a Dios y al prójimo según una dinámica creciente de generosidad y de creatividad. Se decidirá siempre por lo que más y mejor servirá a Dios y procurará no elegir nunca solo sino con Dios en un clima siempre orante y de discernimiento[6], rastreando las insinuaciones del Espíritu. Se trata de elegir dejándose iluminar por el Espíritu, para tener nuestro espíritu siempre libre de “afecciones desordenadas”, de vanidades, orgullos, honras humanas, miedos, apegos a uno mismo, y poder llegar a la clarividencia, la lucidez que da el Espíritu. “No apaguéis el Espíritu... examinando todo, retened lo que haya de bueno” (I Tes 5, 19-20). Cuando alguien quiere de verdad ser fiel a Dios, sabe que todas sus decisiones y opciones son importantes, ninguna es banal o intranscendente. Acoger la gracia, seguir las inspiraciones de lo alto nos permite descubrir siempre algo nuevo, acoger la novedad del Espíritu.

La existencia apostólica de Francisco se estructura en torno a la escucha-obediencia de la voluntad de Dios, de ahí la importancia capital de la oración como búsqueda y escucha. La búsqueda de la voluntad de Dios será siempre una luz orientadora, un estímulo permanente, una fuente de inspiración en su existencia. “Solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (EE 23). El “más” de los ejercicios ignacianos es un “más” claramente apostólico y audaz. Cuando Francisco ha descubierto en una situación, en un sueño, en una información, en un sufrimiento... la llamada de Dios, nada ni nadie lo frenarán y pondrá siempre todos los medios para alcanzar lo que el Espíritu le sugiere. Ahí se revela también su temperamento. “El viento sopla donde quiere; oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8). En Javier, los dos amores a Dios y al prójimo se armonizan ofreciendo al hermano el tesoro más precioso que uno lleva: la salvación de Jesús. Tesoro que querrá llevar -como veremos- al rey más poderoso de Oriente: China. Siempre dispuesto incluso a perder la vida por la salvación del hermano. Francisco de Javier se libera de su querer para hacerse totalmente disponible al querer divino, permite a Dios entrar en el núcleo más profundo de su persona. La conversión es dejar a Dios actuar libremente en nosotros. “Porque piense cada uno que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, quanto saliere de su propio amor, querer y interesse ” (EE 189). Jesús no nos pide, en un primer momento, hacer más sino ser más… ser más de Dios, dejarle entrar en el centro de nuestro corazón, en el lugar secreto de donde brotan las decisiones y opciones significativas. Javier vivió completamente “prisionero” de los intereses de Jesucristo, por eso fue audazmente libre.

 

2.- La transfiguración de sus sueños. En su peregrinar geográfico, pero sobre todo interior, espiritual irá atravesando sucesivas etapas. La primera de ellas, la salida de su tierra y familia, aunque le siguen acompañando sus sueños humanos de gloria. Patrimonio, honra, riquezas dignas de su ascendencia y acordes con sus ambiciones personales y tal vez con su temperamento. En París se encuentra con Ignacio -15 años mayor que él- por el que, en un primer momento, no podía sentir más que displicencia, rechazo tal vez; enemigo de su familia, había combatido contra sus hermanos mayores. Sus enormes resistencias irán cediendo progresivamente ante la palabra evangélica repetida por Ignacio, al que finalmente considerará como su padre queridísimo. “... ya no conocemos a nadie según la carne” (II Cor 5, 16). Su vida cambia totalmente de rumbo, sus sueños, sus ideales se transfiguran y su gloria, a partir de este momento, será únicamente Jesucristo. Años más tarde desde Cochín escribirá a sus compañeros de Roma una célebre carta con referencias claras a su antigua universidad, criticando a quienes persiguen sus propios intereses y buscan “dignidades, beneficios y obispados” [7]. Texto que expresa muy bien su conversión. Sabía bien de lo que hablaba, puesto que él estaba destinado por tradición familiar a tener beneficios o dignidades, critica aquello a lo que él se sintió tan apegado en el pasado, que retrasaba su conversión, y de lo que él se ha despojado gracias a la misericordia divina. Ahora pertenece a una nueva familia que persigue otros intereses más altos y nobles, los intereses de Jesús de quien ellos son compañeros y enviados. 

Marzo de 1540. El embajador de Portugal en la Corte Pontificia salía para Lisboa. Los dos elegidos para ir a la India eran Simón Rodrigues -por ser portugués-  y Bobadilla, pero éste llegó enfermo a Roma, el embajador no podía esperar, tal vez eran las “prisas” de la Providencia, Ignacio dice a Francisco: “ Esta es vuestra empresa; a vos toca esta misión ”. “Aquí estoy ”, fue su respuesta. Al día siguiente salieron para Lisboa. Disponible, generoso, entusiasta. Trece meses tardaría en llegar a Goa. Una nueva etapa, un cambio considerable, imprevisto… para él, no para el Señor. Hoy nos resultaría imposible imaginarnos a Francisco de Javier toda su vida en Roma, ejerciendo de secretario de Ignacio de Loyola, cargo que éste le había confiado.

Tras unos años en la India, en la Pesquería, tierra de los Paravas, Macuas y Careas sintió la necesidad de reflexionar sobre su apostolado. Estaba decepcionado, la evangelización avanzaba lentamente, y muy herido por el comportamiento de numerosos colonos portugueses, comerciantes y militares cegados por la ambición y la codicia, hasta el punto de poner en guardia al rey: “Yo, Señor, no estoy del todo determinado de ir a Japón, mas vame pareciendo que sí, porque desconfío mucho que no he de tener verdadero favor en la India para acrecentar nuestra santa fe, ni para conservación de la cristiandad que está hecha[8]. “Yo, Señor, porque sé lo que acá pasa, ninguna esperanza tengo que se han de cumplir en la India mandamientos ni provisiones que, a favor de la cristiandad, ha de mandar: y por eso casi voy huyendo para Japón, por no perder más tiempo del pasado”[9]. En los momentos más duros, incluso ha deseado morir: “porque todos los que quieren mal a estos cristianos, me desean mucho mal. Estoy tan enfadado de vivir, que juzgo sea mejor morir, por favorecer a nuestra ley y fe, viendo tantas ofensas, cuantas veo se hacen, sin acudir a ellas. No me pesa si no que no fui más a la mano a los que sabéis que tan cruelmente ofenden a Dios”[10]. Había oído hablar de las Molucas y del Japón. Tras innumerables dificultades y vicisitudes llega a la tumba de Santo Tomé (Tomás, el apóstol) para hacer un discernimiento. “En esta santa casa tomé por oficio ocuparme en rogar a Dios nuestro Señor me diese a sentir dentro de mi alma su santísima voluntad, con firme propósito de cumplirla, y con firme esperanza que dará el ejecutar quien haya dado el querer. Quiso Dios, por su acostumbrada misericordia, acordarse de mí; y con mucha consolación interior sentí y conocí ser su voluntad, fuera yo a aquellas partes de Malaca, donde nuevamente se hicieron cristianos[11]. Se quedará allí unos meses. A partir de ese momento iniciará un ministerio distinto: con los no cristianos preferentemente… Molucas, Japón y el sueño fracasado de China.

La última etapa, la más dura, el despojo total. De China dependía la conversión de Oriente y particularmente de Japón. (C 96, 418 y C 97, 424-425). Así se lo hicieron saber los propios japoneses. Dos pueblos cultos que Francisco siempre apreció. Sin embargo, todo fueron duros contratiempos, y circunstancias desfavorables, incluso hostiles; los proyectos soñados en su ardiente corazón, se vinieron abajo. Inmensos sufrimientos, duras pruebas, incluso persecución y burlas. “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca” escribirá al padre Gaspar Barzeo. Se sintió “desamparado de todo favor humano” (C 125, 517-518). Fue por su cuenta con un navío de un comerciante chino hasta la isla de Sancián, no encontraba quién le llevara a Cantón, y sin embargo su inquebrantable esperanza no naufragaba, ante los graves y certeros peligros se fue quedando solo, casi todos sus compañeros -prudencia humana- huyeron. El “más” ignaciano y apostólico le ha llevado muy lejos. Frío, soledad, fiebres altas, espera... Murió a las puertas de un sueño, su sueño más grande, despojado de todo, devorado y consumido por su única pasión y amor: Cristo. El seguimiento radical de su Maestro, el estar “con él y como él ” se ha consumado. Su sueño nunca más sería sólo suyo, dio origen a vocaciones, incluso congregaciones misioneras. Los Misioneros Javerianos en principio nacimos para la China y allí trabajamos durante decenios hasta que fuimos expulsados, dando origen a misiones en otros países. Un sueño fecundo. Su último “fracaso”, como el del Maestro, se convirtió en vida. “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Tras un peregrinar incansable y apasionado, de mar en mar, de país en país, Francisco llega al puerto deseado, al gozoso descanso. Algunos hermanos suyos, ya fallecidos, le acogerán en el paraíso, él acogerá a otros. “... Y pues presto nos veremos en la otra vida con más descanso que en ésta, no digo más” [12].

Francisco Javier es sobre todo un convertido. Una conversión -la suya- trabajada, trabajosa, progresiva, no fue repentina, pero sí definitiva y aunque no fue brusca, sí fue total. Y conversión significa estar y vivir profundamente enraizado en Jesucristo y permanecer enteramente dócil al Espíritu, a sus mociones interiores. Y ya se sabe, cuando alguien es totalmente dócil al Espíritu, éste se “impone”, lleva a donde quiere, hace que el amor sea más creativo y la vida más fecunda. El Espíritu, cuando le dejamos entrar de verdad, pone todo “patas arriba”, o “en su sitio verdadero”, provoca un cambio total, un giro radical en la forma de ver, de afrontar, de valorar la vida. Francisco se la juega muchas veces, porque para él no es el valor supremo, hay otros: servicio de Dios y salvación del hermano. El Espíritu realiza sobre todo una verdadera y total configuración de todo el ser a semejanza de Cristo. Imprime la imagen de Cristo en el corazón: los sentimientos, las actitudes son las de Jesús. Francisco se convierte en fiel reflejo del buen pastor, del buen samaritano, permitiendo que sólo le muevan los intereses de Jesucristo. Por eso es profundamente libre, porque no tiene nada propio: ni la vida que la vive al servicio de los demás, ni la voluntad, ni los deseos, ni el querer, ni mucho menos la búsqueda de una gloria personal de la que se ha despojado hace tiempo con total radicalidad y para siempre. Francisco convertido se ve a sí mismo con ojos nuevos: “siervos inútiles somos”, vive una humildad profunda y al mismo tiempo una relación de honda intimidad “ya no os llamo siervos, sino amigos...”. Conversión: nuevo nacimiento, nuevos ojos, nuevo rumbo, nuevas relaciones. Javier nos invita a no caer en esa trampa sutil y peligrosa de creerse -creernos- “protagonista de la misión”, sólo el Espíritu lo es. Escribe con insistencia y convicción a los suyos que apoyarse en uno mismo serían “falsas esperanzas”, y el camino para alcanzar confianza en Dios es desconfiar de uno mismo: “pues de la desconfianza propia nace la confianza de Dios, que es verdadera, y por esta vía alcanzaréis humildad interior…” (C 90, 373).

La conversión le ha empujado a vivir una existencia totalmente entregada, hasta el último suspiro, una existencia expropiada; ha vivido con el corazón rebosante de alegría y de disponibilidad. Ha sembrado su propia vida con total generosidad, sabiendo que Dios ama al que da con alegría (II Cor 9, 6-7). Ha brindado a todos y siempre lo mejor de él mismo, ha permitido que su yo más auténtico, profundo y verdadero salga en cada momento, por eso su talla es inmensa y su existencia transfigurada.

El sueño de Jesús  -una sociedad fraterna y solidaria donde los pequeños sean los preferidos- se estrella con la cruz, pero no termina en ella, pasa por ella, la atraviesa. Los sueños de Jesús, su fidelidad y la fidelidad del Padre transfiguran esa misma cruz convirtiéndola en fuente de fecundidad, en estrella luminosa y atractiva: “cuando sea elevado atraeré a todos…” (Jn 12, 32), en clave necesaria para entender la verdadera fecundidad. La muerte de Jesús hace caer el muro que separa a pueblos, culturas, y religiones (Ef 2, 13-22) Es fuerza de reconciliación y es aquí donde radica su enorme fecundidad, porque desarma los corazones. Desde entonces los sueños de sus discípulos -los más auténticos- pasarán por la cruz y se convertirán en vida para los demás. Javier muere casi solo a las puertas de un sueño: abrir las puertas de China al evangelio de Jesús. Muere despojado de todo, consumido por su pasión por Jesús. Podemos ver el momento de máxima gloria de Javier -como el de Jesús- en la cruz, en su muerte en soledad, frente a las costas de un continente por evangelizar. Su muerte es el símbolo supremo de su entrega apasionada queriendo conquistar todo el mundo para Cristo. Un símbolo cargado de fecundidad por las circunstancias, el cómo, el dónde. Muerte fecunda, porque no es muerte sino donación, entrega, pasión loca de amor y el amor siempre abre horizontes. Una muerte así abre puertas. Aquí terminan sus sueños históricos, otros los continuarán.

3.- Voy a destacar algunos de los rasgos humanos y espirituales más sobresalientes de su personalidad, de su identidad creyente y misionera, poniéndolos en relación con la Trinidad, con ese Dios cristiano, misterio y manantial inagotable de comunión y de amor.

3.1- Padre. La relación de Javier con Él está hecha de confianza, humildad y servicio. La motivación permanente que guía todos sus afanes y desvelos apostólicos la tiene siempre muy clara y aparece como un hilo conductor constante en sus cartas: “por cuyo amor y servicio vamos”, “por cuyo amor únicamente hago este viaje”. Encontramos, al mismo tiempo, un lenguaje que puede contrariar incluso herir nuestra sensibilidad humana y teológica actual. Aunque se siente en todo momento invadido y envuelto por la infinita misericordia de Dios de la que habla constantemente, con relativa frecuencia hace referencias a posibles castigos divinos. Igualmente encontramos en sus cartas el temor de ofender a Dios. Tal vez, haya que entenderlo desde la perspectiva de quien se ha sentido y se siente profundamente amado y por nada del mundo quisiera ofender a quien es la fuente de tanto amor. Se trata del temor bíblico, don del Espíritu, mezcla de respeto y de confianza, expresión de la delicadeza de su amor por Dios. ¿Cómo podría temer quien de esta manera se expresa: “Muchas veces me acaece oír decir a una persona que anda entre estos cristianos: ¡Oh Señor!, no me deis muchas consolaciones en esta vida; o ya que me las dais por vuestra bondad infinita y misericordiosa, llevadme a vuestra santa gloria, pues es tanta pena vivir sin veros, después que tanto os comunicáis interiormente a las criaturas [13]. Tiene una idea muy alta de la trascendencia de Dios, al tiempo que vive una profundísima actitud de confianza y abandono, de servicio y alabanza.

3.1. AEl Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida...” (Salmo 26, 1). Un rasgo fuerte y muy característico es la confianza absoluta, ciega, indefectible en Dios y cuyo secreto está en su determinación firme de querer servir a Dios por encima de todas las criaturas -el principio y fundamento ignaciano-; esta confianza le hace relativizar y superar miedos, trabajos, peligros, riesgos, soledades, tentaciones… resaltamos tres textos suyos.

Espántanse mucho todos mis devotos y amigos de hacer un viaje tan largo y peligroso. Yo me pasmo más de ellos, en ver la poca fe que tienen, pues Dios nuestro Señor tiene mando y poder sobre las tempestades del mar de la China y Japón, que son las mayores que hasta ahora se han visto; y poderoso sobre todos los vientos y bajos, que hay muchos, a lo que dicen, donde se pierden muchos navíos. Tiene Dios nuestro Señor poder y mando sobre todos los ladrones del mar, que hay tantos que es cosa de espanto. Y son estos piratas muy crueles en dar muchos géneros de tormentos y martirios a los que cogen, principalmente a los portugueses. Como Dios nuestro Señor tiene poder sobre todos éstos, de ninguno tengo miedo, sino de Dios que me dé algún castigo por ser negligente en su servicio, inhábil e inútil para acrecentar el nombre de Jesucristo entre gentes que no lo conocen. Todos los otros miedos, peligros y trabajos que me dicen mis amigos, los tengo en nada[14].

Mucha diferencia hay del que confía en Dios teniendo todo lo necesario, al que confía en Dios sin tener ninguna cosa, privándose de lo necesario, pudiéndolo tener, por más imitar a Cristo. Y así mucha diferencia hay de los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, fuera de los peligros de muerte, a los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, cuando por su amor y servicio, de voluntad se ponen en peligros casi evidentes de muerte, pudiéndolos evitar si quisieren pues queda en su libertad dejarlos o tomarlos. Paréceme que los que en peligros continuos de muerte vivieren, solamente por servir a Dios, sin otro respeto ni fin, que en poco tiempo les vendrá aborrecer la vida y desear la muerte, para vivir y reinar para siempre con Dios en los cielos, pues ésta no es vida, sino una continuada muerte y destierro de la gloria, para la cual somos criados[15].

“Los peligros que corremos, son dos, según dice la gente de la tierra: el primero es, que el hombre que nos lleva, después que le fuere entregados los doscientos cruzados, nos deje en alguna isla desierta o nos bote al mar...; el segundo es, que, si nos llevare a Cantón y fuéremos ante el gobernador, que nos mandará atormentar o nos cautivará... Además de estos dos peligros, hay otros mucho mayores que no alcanza la gente de la tierra... El primero es, dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios, pues por su amor y servicio vamos a manifestar su ley, y a Jesucristo... Pues desconfiar ahora de su misericordia y poder... es mucho mayor peligro de lo que son los males que nos pueden hacer todos lo enemigos de Dios... Nos, considerando estos peligros del alma que son mucho mayores que los del cuerpo, hallamos que es más seguro y más cierto pasar por los peligros corporales, antes que ser comprendidos delante de Dios en los peligros espirituales. De manera que, por cualquier vía, estamos determinados a ir a China. El suceso de nuestro viaje espero en Dios nuestro Señor que ha de ser para acrecentamiento de nuestra santa fe, por mucho que los enemigos y sus ministros nos persigan; porque “si Dios estuviere por nosotros, ¿quién tendrá victoria contra nosotros?”[16].

No hay tempestad, circunstancia adversa, riesgo, peligro que nos pueda separar del amor del Padre, estamos siempre en sus manos. (Rom 8, 31-39). El pecado de desconfianza, en el fondo, es un pecado de desconocimiento de Dios, un pecado de olvido grave de la fidelidad de Dios, como le sucedió al pueblo de Israel en el desierto donde la murmuración contra Dios era falta de fe-confianza. “Mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene” (Sal 62, 9). Francisco místico se sabe en todo momento en manos de Dios, y en su manera de expresarse descubrimos con claridad el aliento paulino: “sé de quien me he fiado” (II Tm 1, 12), el espíritu evangélico: “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21, 18). Bien distinto es su comportamiento del de los discípulos que temerosos gritan a ese Jesús que parece dormir (Mc 4, 35-41). ¿Imprudencia, comportamiento temerario, locura? Francisco temerario ha descubierto y vivido la sabiduría de Dios, la locura de la cruz, “porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres” (I Cor 1, 25).

3.1. BTened ceñida la cintura y encendidas las lámparas... Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentra en vela...” (Lc 12, 35-38). Confianza en Dios y servicio suyo van estrechamente unidos en Francisco. “Mucho tiempo estuve, después de tener información de Japón, si iría o no allá, para determinarme; y después que Dios nuestro Señor quiso darme a sentir, dentro en mi alma, ser él servido que fuera a Japón, para en aquellas partes servirlo, paréceme que, si lo dejara de hacer, fuera peor de lo que son los infieles de Japón. Mucho trabajó el enemigo para impedirme esta ida; no sé lo que recela de que vayamos nosotros a Japón… Muy confiados vamos de la misericordia de Dios nuestro Señor, que nos ha de dar la victoria contra sus enemigos. No recelamos vernos con los letrados de aquellas partes, porque quien no conoce a Dios ni a Jesucristo ¿qué puede saber? Y los que no desean sino la gloria de Dios y la manifestación de Jesucristo, con la salvación de las almas ¿qué pueden recelar ni temer? … Sólo un recelo y miedo llevamos, que es temor de ofender a Dios nuestro Señor…” [17]. Resuenan las palabras evangélicas: “No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más... Temed a Aquel que... tiene poder para arrojar en la gehena...No temáis...” (Lc 12, 4-7). El servicio de Dios hace que la mayor de todas las osadías: que un pecador -un instrumento indigno- se atreva a hablar de Dios... se convierta en obediencia.

No es difícil descubrir detrás de estas palabras la radicalidad del amor de Francisco: “amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas…” (Lc 10, 27). El celo apostólico nace al descubrir el amor misericordioso e infinito con que Dios rodea y envuelve nuestra vida, amor que nos impulsa y mueve a poner el anuncio del evangelio sobre todas las cosas, por encima de los propios programas, del propio éxito, de las propias ideas, incluso de la propia vida. Así lo vivió Francisco Javier.

3.1. C “... pues Dios levanta y esfuerza a los humildes” (C 90, 373). A pesar de sus ricas y numerosas cualidades humanas, Javier vive una humildad impresionante, humildad que no tiene nada de fingido o ficticio, apoyada siempre en su honda experiencia espiritual, en un sentido fuerte de la trascendencia y de la misericordia de Dios. “Preserva a tu siervo de la arrogancia... así quedaré libre e inocente del gran pecado…” (Sal 18, 14). No es difícil descubrir la influencia de los ejercicios, la impronta de Ignacio en sus expresiones que sin duda traslucen su profunda y rica vivencia espiritual… “desear más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (Los tres grados de humildad EE 165-167). La búsqueda y el deseo de la humildad interior son en él constantes; encarecidamente y con expresiones, a veces, fuertes y duras, advierte a sus hermanos de los fatales peligros del orgullo y de la soberbia, de la “vana opinión y grande soberbia”, invitándoles en todo momento a seguir el camino de la humildad (C 116)[18]. Bien podemos entender esta búsqueda como un rasgo determinante de su seguimiento e identificación con su Señor, el Verbo encarnado “que por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga” (EE 104); búsqueda que nos descubre, también, el recuerdo permanente de su propia conversión, sus luchas interiores venciendo ambiciones y vanidades -trampas sutiles-, reorientando sueños de gloria, nobleza y honra humana.

Hízome Dios nuestro Señor tanta merced por vuestros merecimientos, de darme, conforme a esta pobre capacidad mía, conocimiento de la deuda que a la santa Compañía debo; no digo de toda, porque en mi no hay virtud, ni tanto talento, para igual conoscimiento de deuda tan crescida; mas para evitar en alguna manera pecado de ingratitud, hay, por la misericordia de Dios nuestro Señor, algún conoscimiento, aunque poco. Así ceso rogando a Dios nuestro Señor, que, pues nos juntó en su santa Compañía en esta tan trabajosa vida por su santa misericordia, nos junte en la gloriosa compañía suya del cielo, pues en esta vida tan apartados unos de otros andamos por su amor[19].

Permite Dios nuestro Señor, por su grande misericordia, que tantos miedos, trabajos y peligros el enemigo nos ponga delante, por nos humillar y bajar, para que jamás confiemos en nuestras fuerzas y poder, sino solamente en él y en los que participan de su bondad. Bien nos muestra en esta parte su infinita clemencia y particular memoria que de nos tiene, dándonos a conocer y sentir dentro en nuestras almas cuán para poco somos, pues nos permite que seamos perseguidos de pequeños trabajos y pocos peligros, para que no descuidemos de él haciendo fundamento en nos...”[20].

Jamás podría escribir lo mucho que debo a los del Japón, pues Dios nuestro Señor, por respeto de ellos, me dio mucho conocimiento de mis infinitas maldades; porque estando fuera de mí, no conocí muchos males que había en mí, hasta que me vi en los trabajos y peligros de Japón...” [21].

Algo digno de resaltar, a mi modo de ver, es que en estos textos, y en otros, la humildad aparece revestida de una clara y fuerte dimensión comunitaria y de un amor profundo al pueblo sencillo. La humildad verdadera es camino obligado de todo crecimiento espiritual y condición necesaria de toda fecundidad apostólica: “...porque sin la verdadera humildad ni vos podéis crecer en espíritu, ni aprovechar en él a los prójimos...”, escribirá en una instrucción dirigida al novicio Juan Bravo (C 89, 362)[22].

Existe en él una profunda conciencia de pecado -propia de la época- así como de sus nefastas y dramáticas consecuencias. En modo alguno quiere que sus pecados obstaculicen la obra salvadora de Dios. La verdadera empresa importante en esta vida transitoria y provisional es servir al Señor y salvar el alma. Se trata, tal vez, de la sensibilidad espiritual propia de la época, pero que no deja de ser una verdad importante, aunque las acentuaciones varíen según las épocas. “… pues ésta no es vida, sino una continuada muerte y destierro de la gloria, para la cual somos criados[23]. Y él tiene una conciencia especial, muy viva de ser un instrumento indigno en manos de Dios para que otros conozcan y se abran a la salvación del Dios vivo: “Escríbenme de aquella tierra los portugueses, que hay grande disposición para acrecentarse nuestra santa fe, por ser la gente muy avisada y discreta, allegada a razón y deseosa de saber. Confío en Dios nuestro Señor, que ha de hacerse mucho fruto en algunos y en todos los japoneses; digo en sus almas, si nuestros pecados no nos impidieran, para no querer Dios nuestro Señor servirse de nosotros” [24]. Y la gran tentación y trampa es atribuirse a sí mismo lo que es de Dios. “Primeramente buscar mucha humildad acerca del predicar, atribuyendo primeramente todo a Dios muy perfectamente[25]. Morir cada día a uno mismo, vivir descentrados de nosotros mismos nos permite una mayor escucha de los demás y de la realidad para descubrir, acoger, discernir las llamadas de Dios, las insinuaciones del Espíritu.

3.2  Jesucristo: Cristo es el centro de todos sus intereses y quehaceres. Francisco vive una existencia “expropiada”, se desvive por cada hermano. Su máxima aspiración es parecerse a su maestro, vivir “con él y como él ”, y su suprema preocupación es darlo a conocer “internamente[26]. “Nos, en estas partes, lo que pretendemos es traer las gentes en conocimiento de su Criador, Redentor y Salvador Jesucristo nuestro Señor. Vivimos con mucha confianza, esperando en él que nos ha de dar fuerzas, gracias, ayuda y favor para llevar esto adelante[27]. Javier sigue a su Maestro de forma radical, hay en él un deseo intenso de servir e imitar al Maestro, deseo profundo de “significarse” en ésta su gran empresa. Así se lo pedirá también a los suyos: “pues os deseáis señalar en servir a Cristo” (C 90, 375). 

El deseo de seguir a Jesús -su único Señor- y de ponerse a su servicio pasa necesariamente por la cruz, como Jesús mismo había anunciado a sus discípulos. En tierra de misión los peligros son más numerosos, “peligros continuos y evidentes de muerte” (C 97, 423), las posibilidades de sufrir persecuciones son también más ciertas: “... principalmente en el Japón y en la China, porque estas dos partes requieren personas que pasaron muchas persecuciones y fueron muy probadas en ellas...” (C 109, 463), incluso el martirio: “Creo que aquellas islas del Moro han de engendrar muchos mártires de la Compañía... Así que los de la Compañía que deseen dar su vida por Jesucristo, anímense y alégrense... (C 79, 315-316). Podemos decir que hay una mayor sintonía y cercanía entre la misión y la cruz. “Creo que los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor, descansan viniendo en estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos[28]. Si la cruz es, para todo discípulo, camino obligado de seguimiento de Jesús, ese camino, con mayor seguridad y certeza, pasa por la misión. Francisco nos recuerda la palabra evangélica: “Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 26-27. Mt 10, 16-39). La misión permitirá a Francisco de Javier vivir una identificación profunda con su Maestro, e irá aprendiendo a integrar persecuciones, burlas, menosprecios, incluso fracasos y decepciones. Entre ellas, una de las más dolorosas: su “inútil” y duro viaje hasta Miyako, la capital del imperio nipón para pedir licencia al rey para anunciar el nombre de Jesús en su reino. Otro sueño fracasado[29]. Fiel hijo de Ignacio, aprenderá a escoger y desear “pobreza contra riqueza; oprobios o menosprecio contra el honor mundano; humildad contra la soberbia; (EE 146. Encontramos claras y frecuentes resonancias de los ejercicios ignacianos en muchas de sus cartas EE 98. 167. 169). Vive la exhortación paulina dirigida a su discípulo: “toma parte en los duros trabajos del evangelio” (II Tim 1, 8b). Francisco utilizará una expresión muy semejante: “… deseos de padecer muchos trabajos por servir a Cristo…” (C 90 373).

El camino de la gloria, tan soñada primero y después reorientada, pasa por la Cruz. Sus proyectos juveniles de gloria humana, proyectos vinculados a un rango y una estirpe familiares, tras la conversión se liberan de ataduras y expectativas familiares, transfigurándose en sueños apostólicos. Su proyecto será el de Dios; su familia, los compañeros de Jesús y a través de ellos y con ellos la humanidad entera; su camino, el seguimiento radical de Jesucristo, camino que pasa necesariamente por la cruz; su estilo, la peregrinación constante en pobreza radical[30] .”El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (II Cor 5, 17).

Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra ” (Jn 4, 34). Fiel a su Señor, Francisco de Javier se despojará de voluntad propia y querrá servir a Dios buscando y queriendo hacer siempre y en todo la voluntad del Padre, y de esta manera trabaja sólo y siempre para “la mayor gloria de Dios”; y así se lo recomendará frecuentemente a sus hermanos: “… muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones…”[31]. Encontramos el eco de un principio fundamental en la espiritualidad ignaciana, el de la indiferencia: “hacernos indiferentes a todas las cosas criadas” (EE 23; y modos de hacer elección 169. 179-180) buscando siempre una mayor libertad interior. Francisco nos ayuda a descubrir que existe una relación profunda entre el camino de seguimiento, encarnación, abajamiento (kénosis) y la libertad del apóstol (I Cor 9, 19-23); entre la actitud de escucha del siervo: “cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios, me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás ” (Is 50, 4b-5) y la obediencia al proyecto salvífico del Padre, obediencia vivida en actitud de confianza filial y de humildad. Quien se pone completamente al servicio del plan de salvación de Dios, de su voluntad salvífica, se abre a los secretos de Dios -Dios le revela sus secretos- y, de esta manera, se convierte en un “contemplativo en la acción  ”.

Destaco tres rasgos significativos en su seguimiento de Jesús.

3.2 A El celo de tu casa me devora” (Sal 69, 10). Pasión por los intereses de Jesús. Despojado de voluntad propia, de intereses propios, de la búsqueda de gloria personal, la pasión por el anuncio del nombre de Jesús y de su salvación, se convierte en su verdadero alimento y tormento. Javier nos recuerda permanentemente algo básico y necesario: sin una experiencia personal y profunda de Jesucristo no puede haber verdadera proclamación del evangelio. El anuncio nace de la amistad profunda y sin cesar cultivada.

Estuve casi movido de escribir a la universidad de París ... cuántos mil millares de gentiles se harían cristianos, si hubiese operarios, para que fuesen solícitos de buscar y favorecer las personas que no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Es tanta la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra donde ando, que muchas veces me acaesce tener cansados los brazos de bautizar, y no poder hablar de tantas veces decir el Credo y mandamientos en su lengua de ellos y las otras oraciones, con una amonestación que sé en su lengua…” [32].  Es en esta misma y célebre carta donde expresa su “deseo” de perder el juicio: “desear más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167), para presentarse en su antigua universidad reclamando urgentemente obreros para el anuncio del evangelio.

3.2 B “... el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida...” (Mc 10, 42-45). Amor hacia los pobres, los últimos, los enfermos. Francisco, pobre él mismo y de manera radical, vivió con frecuencia entre los pobres a quienes sirve con dedicación admirable y prioritaria. Su pobreza radical expresa y revela un seguimiento convencido y transparente de su Maestro, el cual “siendo rico se hizo pobre” (II Cor 8, 9), una manera de encarnar los intereses de Jesucristo, una actitud de reconocimiento de la imagen y presencia de Cristo pobre en los pobres que encontraba y buscaba. Tiene las mismas preferencias que su Señor, por eso puede convertirse en testigo de Cristo pobre. Francisco se identifica con la suerte de los pobres, las ofensas hechas a los pequeños las siente como hechas a él: “es una pena que llevo siempre conmigo” (C 24, 130). Tras un largo y penoso viaje de París a Venecia se hospedó en el hospital de los incurables, y allí -junto con sus hermanos- se puso al servicio de estos incurables. Al llegar con el embajador de Portugal a Lisboa, para embarcarse hacia Goa fue enseguida recibido por el Rey Juan III, que le ofreció hospedarse en el Palacio Imperial, pero él se fue al hospital a hospedarse con los enfermos. Y cuando salió hacia la India como nuncio, el conde de Castañeira, veedor de Hacienda del rey Juan III le sugirió que tuviera un criado, y él le dijo que no era esta la manera de salvar el honor del nuncio, sino el hacer sus cosas y servir a los otros. “Señor conde: el adquirir crédito y autoridad por ese medio… ha traído a la Iglesia de Dios y a sus Prelados al estado de decadencia en que ahora se encuentran; y el medio por donde se ha de adquirir este crédito y autoridad es lavando la ropa y guisando la olla, sin tener necesidad de nadie, procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos[33].

Ya en el barco durante la larga travesía se puso completamente al servicio de quienes enfermaban y necesitaban su ayuda o su presencia. El mismo tuvo que soportar innumerables dificultades en aquel largo viaje, desangrado 9 veces, 3 días en coma, y sin estar del todo restablecido con dedicación incansable se ponía inmediatamente al servicio de los otros hasta la extenuación. En Goa mismo, él -el nuncio- la primera cosa que hacía era atender a los enfermos, a los encarcelados, a los leprosos. Escogía a los más indefensos para ayudarlos y defenderlos, los pescadores de perlas -los Paravas de la Pesquería- entre ellos, y que nadie defendía. Él les atendía porque eran los más pobres e indefensos. Buena prueba de ello son las numerosas cartas escritas al P. Francisco Mansilhas, donde Javier comparte todos los desvelos de su corazón apasionado, generoso, relata sus infatigables idas y venidas, y además de erigirse en defensor de los pobres, intenta por todos los medios desempeñar un papel de mediador de paz y de reconciliador. En sus instrucciones aconseja, ordena -en calidad de superior- a sus hermanos que presten una atención especial a pobres, enfermos, encarcelados.

Sin embargo no absolutiza su pobreza radical. Llegado el momento, cuando sea necesario vestirse de manera vistosa y rica y aparecer con la “pompa” de su cargo -legado pontificio- para obtener la licencia de predicar el nombre de Jesús en tierras japonesas, así lo hará. Ricamente ataviado se presentará ante el Daimio de Yamaguchi en su segundo intento. El primero había fracasado, entre otras causas, porque se había presentado como un pobre mendigo delante del Daimio. La urgencia de anunciar el evangelio -un bien “universal” y mayor que su pobreza radical- prevalecerá.

Entregado en cuerpo y alma al servicio de los pobres, enfermos y oprimidos que encuentra, y que él mismo busca, Francisco Javier nos indica el secreto de la coherencia y de la verdadera fecundidad apostólica: no separar nuestro compromiso en favor de la justicia y de los derechos humanos, nuestro compromiso con los últimos, de su raíz y fundamento: la fe en Jesucristo. Los dos amores son inseparables y no se cultiva el uno a expensas del otro. Una dimensión esencial de todo discípulo-apóstol es cultivar permanentemente una relación privilegiada con el Señor que envía. Es imposible no quedar impresionado por la radicalidad de su entrega, se ha dejado invadir por el amor misericordioso e infinito del Padre y lo deja transparentar en su incansable entrega y peregrinar. De esta forma hace presente el amor de Dios en su humanidad desbordante, expropiada. “ ... todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios... A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros...” (I Jn 4, 7-12). Su total dedicación y entrega al servicio de los pobres lo convierte para nosotros en un modelo, en icono fiel del buen samaritano, del buen pastor compasivo y con entrañas de misericordia. También en este rasgo suyo encontramos claras resonancias de la espiritualidad ignaciana, de los ejercicios (EE 98. 146-147. 157).

3.2 C “... pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10, 20). Gozo inmenso en su ministerio. Javier de carácter alegre, jovial, amable y, tras la conversión, plenamente centrado en Jesucristo se siente invadido por frecuentes e intensas consolaciones, incluso en los momentos más imposibles o impensables por peligrosos. Dones extraordinarios de Dios y expresión, por otra parte, de su trato familiar y constante con el Señor.

De estas partes no sé que más escribiros, sino que son tantas las consolaciones que Dios nuestro Señor comunica a los que andan entre estos gentiles, convirtiéndolos a la fe de Cristo, que, si contentamiento hay en esta vida, éste se puede decir. Muchas veces me acaesce oír decir a una persona que anda entre estos cristianos: ¡Oh Señor!, no me deis muchas consolaciones en esta vida; o ya que las dais por vuestra bondad infinita y misericordiosa, llevadme a vuestra santa gloria, pues es tanta pena vivir sin veros, después que tanto os comunicáis interiormente a las criaturas[34]. Francisco de Javier vive la misma experiencia de Pablo: “Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo...”  (II Cor. 12, 2). Es la experiencia de todos místicos.

Hablando de la larga navegación que le llevó desde Lisboa a Goa, de su entrega incansable, durante el penoso y accidentado viaje, a todos, de su preocupación por la vida y situación espiritual de quienes con él viajaban y de sus primeros trabajos apostólicos en Goa, trabajos que para él son “grandes refrigerios”, escribe: “Creo que los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor, descansan viniendo en estos trabajos, y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos. ¡Qué muerte es tan grande vivir, dejando a Cristo, después de haberlo conocido, por seguir propias opiniones o aficiones! No hay trabajo igual a éste. Y por el contrario, ¡qué descanso vivir muriendo cada día, por ir contra nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de Jesucristo! [35].

Gozo que se manifiesta incluso en medio de riesgos y peligros extraordinarios. Escribía a sus compañeros: “Estas islas son muy peligrosas por causa de las muchas guerras que hay entre ellos… Esta cuenta os doy para que sepáis cuán abundosas islas son estas de consolaciones espirituales, porque todos estos peligros y trabajos voluntariosamente tomados por solo amor y servicio de Dios, nuestro Señor, son tesoros abundosos de grandes consolaciones espirituales, en tanta manera que son islas muy dispuestas y aparejadas para un hombre en pocos años perder la vista de los ojos corporales con abundancia de lágrimas consolativas. Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas consolaciones espirituales como en estas islas con tan poco sentimiento de trabajos corporales… Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios, que no islas del Moro"… “Hallar un grandísimo pecador lágrimas de placer y consolación en tanta tribulación, para mí, cuando me acuerdo es una muy grande confusión; y así rogaba a Dios nuestro Señor en esta tormenta que, si de esta me librase, no fuese sino para entrar en otras tan grandes o mayores, que fuesen de mayor servicio suyo[36].

¡Pide incluso verse en mayores peligros! Francisco de Javier, ya lo hemos señalado, es un místico -“Mi alma está unida a Ti y tu diestra me sostiene” (Sal 62, 9)-, no es simplemente un héroe prometéico, animado de una voluntad indomable o de una fuerza desmedida, frágil camina tras las huellas del Verbo encarnado. Lúcido, sabe en toda circunstancia que no puede apoyarse en sus propias fuerzas. Apoyarse en sí mismo sería “falsas esperanzas”. Es un enamorado de Jesucristo y seguirle de forma radical y apasionada le hace sentir una alegría continua y le proporciona una total libertad interior, vive desasido de su propia vida que sabe en manos de Dios. El paralelismo con Pablo es evidente e inmediato… “paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra cuerpo; es decir, que a nosotros que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra carne mortal” (II Cor 4, 7-18). Sentía con tanta intensidad la presencia de Dios que en los más grandes peligros experimentaba las mayores consolaciones interiores. Francisco es una maravillosa obra de la gracia de Dios, gracia a la que él respondió admirablemente.

Jamás podría terminar de escribir cuánta consolación interior siento en hacer este viaje, estando como está lleno de grandes peligros de muerte por los vientos y tempestades y bajos y muchos ladrones: cuando de cuatro se salvan dos naves, parece gran ventura. Pero no dejaría de ir al Japón, por lo que he sentido dentro de mi alma, aunque tuviera por cierto que me había de ver en los mayores peligros en que jamás me he visto, pues tenemos grande esperanza en Dios que sea para gran acrecentamiento de nuestra santa fe[37].

Como Pablo podrá exultar: “Por eso estoy contento en las debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor 12, 10). Su gozo está en poder anunciar el evangelio de balde, compartiendo el tesoro, la perla escondida. De la debilidad, de la propia pobreza asumida se llega a la “fuerza” tras un proceso de desposesión de sí mismo y de confianza puesta en el Señor. Pero la “fuerza” es un don, porque en la debilidad Dios revela su fuerza, su lógica, y las dificultades se convierten entonces en fuente permanente de gozo (I Pe 1, 6-9. Col 1, 11-12). La escucha se hace obediencia y ambas permiten la auténtica libertad. Javier se hace vida, pan partido para los demás como el Maestro[38]. Está siempre preocupado por la salvación de cada uno. Quiere que encuentren a Aquel que es el principio y fundamento de sus vidas.

Gozo e intensa alegría porque hay amor, un amor desbordante, el que Dios derrama generosamente en nuestros corazones. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones... ” (Rom 5, 5) ¿Quién puede olvidarse completamente de sí mismo? ¿Quién puede amar como Jesús, con sus actitudes, sentimientos, criterios? ¿Quién puede darse y entregarse totalmente, hasta el final? Sólo quien ha nacido del Espíritu. Francisco es, en el sentido más genuino y verdadero, “hombre espiritual”, ha sido invadido por el Espíritu, por eso su existencia se parece a la de Jesús, una existencia “expropiada”. Y en su expropiación siente un gozo inmenso. Gozo que viene del Espíritu, del Amor, gozo que acompaña su profundo deseo de intentar parecerse a su Señor, de saber que por sí mismo no puede conseguir ideal tan grande y noble, y por tanto sólo queda dejarse hacer, dejarse trabajar por el Espíritu, manantial de gozo y el único que puede recrear la imagen de Jesús en él, en nosotros.

3.3  Espíritu Santo. Javier se entusiasma fácilmente. Sus relatos desbordan con frecuencia optimismo. Es un gran soñador, sin embargo no es ingenuo, sabe que, muchas veces, se juega la vida. “... grande atrevimiento... ir a tierra ajena y a un rey tan poderoso a reprender y hablar verdad que son dos cosas muy peligrosas en nuestro tiempo” (C 109, 462-463). Vive habitado por deseos de querer ir a todas partes, de convencer, persuadir a las personas influyentes, de llegar allí donde se pueda realizar el máximo fruto: al corazón de Oriente... China. Siempre buscando el bien más grande. Se aventuró el primero por caminos no trazados, allí donde el Espíritu le iba sugiriendo. “... y para estar bien en esta vida, hemos de ser peregrinos para ir a todas partes donde más podamos servir a Dios nuestro Señor”, escribirá al P. Mansilhas (C 50, 180). Aunque está convencido de ser un instrumento indigno, tiene, al mismo tiempo, una conciencia aguda de su singular misión: ir abriendo caminos, otros vendrán después para continuar la siembra iniciada. “Rogad a Dios nuestro Señor que me dé gracia de abrir camino a otros, ya que yo no hago nada” (C 99, 428), escribirá a su querido hermano y amigo Simón Rodríguez a su vuelta de Japón, describiendo las características y cualidades que deberían tener los misioneros enviados a “estas partes”. Utilizará esta misma expresión “abrir camino” para referirse a la predicación del evangelio en China. (C 96, 419 y C 107, 457). Sin escatimar esfuerzos ni regalos prepara con sumo cuidado esta última “aventura”, la más soñada; lleva un tesoro único, el más hermoso, y aunque ha contado con la inestimable ayuda de un buen amigo, Diego Pereira, que ha gastado su fortuna en los preparativos de viaje tan importante, sabe que todo depende de la misericordia divina. El texto es precioso: “Llevamos un presente muy rico al rey de la China, de muchas y ricas piezas que compró a su costa Diego Pereira. Y de parte de V A -escribe a Juan III, rey de Portugal- le llevo una pieza, la cual nunca fue enviada de ningún rey ni señor a aquel rey, que es la ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor. Este presente que V A le envía es tan grande, que, si él lo conociera, lo estimara más que ser rey tan grande y poderoso como es. Confío en Dios N S que tendrá piedad de un reino tan grande como este de la China, y que por sólo su misericordia se abrirá camino para que sus criaturas y semejantes adoren a su Criador, y crean en Jesucristo, Hijo de Dios, su Salvador[39].  Se siente animado y conducido por una sabiduría sublime, la misma que guiaba a Pablo: “saber a Cristo y a éste crucificado” (I Cor 2,2).

Quiere conocer, él mismo, los lugares a los cuales irán después sus hermanos o él les enviará en virtud de su cargo y responsabilidad. “La navegación a Japón y China, como todos me lo aseguran, está llena de trabajos y peligros. Mi experiencia en esta parte es nula; cuando allá fuere, que será según creo, dentro de dos meses y medio, os informaré de todo[40]. Pedirá a los suyos esta misma actitud de “itinerancia”, de querer ir siempre “más allá”, es el celo por los últimos, la preocupación por no dejar a nadie desamparado: “… no estaréis de asiento en ningún lugar, sino continuamente andaréis de lugar en lugar, visitando a todos esos cristianos, como lo hacía yo cuando allí estaba, porque de esta manera serviréis más a DiosDos cosas os encomiendo mucho: la primera que andéis peregrinando continuamente de lugar en lugar…”[41]. Tan grande es su celo, su corazón que a veces llega al extremo de sentirse “desocupado”. Sus sueños, su pasión, su optimismo surgen fácilmente. Apenas le llega una primera información sobre Japón que comienza a imaginar los frutos que la predicación del evangelio producirá entre los japoneses: “Estoy convencido de que la religión cristiana se propagará notablemente en aquellas partes. Añádase a esto que ya aquí estoy sin ocupación” (C 79, 310). Sus sueños apostólicos nos parecen “desmesurados”, para él no existen las medias tintas, por eso sueña con implicar a numerosos estudiantes de las universidades católicas europeas. Es la urgencia del anuncio, urgencia que vive con su habitual pasión[42].

La libertad interior -libertad espiritual- es posible desde esa actitud ya dicha de humildad-confianza y de escucha-obediencia. Es una libertad que se transforma en audacia apostólica, en firme determinación de ir allá donde el Espíritu, a través de sus mociones interiores, sugiere o llama. “Grande atrevimiento parece éste, ir a tierra ajena y a un rey tan poderoso a reprender y a hablar verdad, que son dos cosas muy peligrosas en nuestro tiempo[43]. Lo contrario de esta audacia (la parresía que encontramos en Los Hechos de los Apóstoles) es la pusilanimidad “… Esta miseria tan peligrosa y dañosa…” (C 90, 367) contra la que Javier pone en guardia a sus hermanos.

3.3 A Pero él les dijo: También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4, 43). La itinerancia como búsqueda de nuevos horizontes. Esta pasión que siente le empuja a estar siempre en camino, a tener bien abierto el corazón para intuir donde es más urgente el anuncio del nombre de Jesús para “acrecentamiento de nuestra santa fe”, como él escribirá frecuentemente. No es simple estrategia, sino fidelidad y docilidad al Espíritu cuyos caminos conoce, frecuenta y escruta pacientemente, sin precipitación. Francisco posee una finura especial para acoger y seguir las insinuaciones del Espíritu. Las ganas de aprender, la búsqueda constante de información, la enorme inquietud o curiosidad que siente aparece siempre transfigurada por el deseo de anunciar el evangelio, podemos pensar que influye también ese sentido dramático de la salvación -la necesidad del bautismo- propio de la época. El Espíritu trabaja con nuestros “materiales” humanos, con nuestras visiones limitadas, incompletas, incluso defectuosas. Siendo hijos de nuestro tiempo, el Espíritu va siempre más allá y quien de verdad se deja conducir por El transciende su tiempo.

A un mercader portugués, amigo mío que estuvo en Japón muchos días en la tierra de Angero, le rogué que me diese por escrito alguna información de aquella tierra y de la gente de ella, de lo que había visto y oído a personas que le parecía que hablaban verdad. El me dio esta información tan menuda por escrito, la cual os envío con esta carta mía. Todos los mercaderes portugueses que vienen de Japón, me dicen que si yo allá fuese, haría mucho servicio a Dios nuestro Señor, más que con los gentiles de la India, por ser gente de mucha razón. Paréceme, por lo que voy sintiendo dentro en mi ánima, que yo, o alguno de la Compañía, antes de dos años iremos a Japón, aunque sea viaje de muchos peligros, así de tormentas grandes y de ladrones chinos que andan por aquel mar a hurtar, donde se pierden muchos navíos [44].

Un portugués mercader hallé en Malaca, el cual venía de una tierra de grande trato, la cual se llama China. Este mercader me dijo que le demandó un hombre chino muy honrado que venía de la corte del rey, muchas cosas… De Malaca van todos los años muchos navíos de portugueses a los puertos de la China. Lo tengo encomendado a muchos para que sepan de esta gente, avisándoles que se informen mucho de las ceremonias y costumbres que entre ellos se guardan, para por ellas se poder saber si son cristianos o judíos. Muchos dicen que S Tomé, apóstol, fue a China y que hizo muchos cristianos...” [45].

De aquí a seis días, con la ayuda y favor de Dios nuestro Señor, vamos tres de la Compañía, dos Padres y un lego, a la corte del rey de China, que está cerca de Japón, tierra muy grandísima, y poblada de gente mucho ingeniosa, e de muchos letrados. Por la noticia que tengo, danse mucho a las letras… Mucho confiados vamos en Dios nuestro Señor que se ha de manifestar su nombre en la China…”[46].

3.3 B Señalo dos actitudes que me parecen importantes para poder oír con mayor nitidez la voz del Espíritu en ese proceso de eliminación progresiva de interferencias, impedimentos, “afecciones desordenadas”. La primera es la atención delicada y el cultivo perseverante de la propia vida espiritual, condición necesaria para poder dar frutos apostólicos. “Pedir a Dios con mucha eficacia que me dé a sentir dentro de mi alma los impedimentos que pongo de mi parte, por respeto de los cuales deja él de hacerme mayores mercedes y servirse de mí en cosas grandes”[47].

Algo que también pedirá a sus hermanos. “Primeramente acordaos de vos mismo, teniendo cuenta con Dios principalmente, y después con vuestra conciencia. Con estas dos cosas podréis mucho aprovechar a los prójimos…”[48]. Siempre preocupado por el crecimiento espiritual, el suyo y el de sus amadísimos hermanos.

Y mirad bien que yo holgaría mucho, por el bien que os quiero, así a vos como a todos, que miraseis más lo que Dios deja de hacer por vosotros, que lo que por vosotros hace; porque con lo primero os confundiréis y humillaréis, y conoceréis cada día más vuestras flaquezas y ofensas contra Dios; y con lo segundo, corréis riesgo muy grande de una engañosa y falsa opinión, haciendo fundamento en lo que no es vuestro, ni hecho por vos, sino solamente por Dios[49].

La segunda actitud es la lucidez interior o espiritual para ser en todo momento consciente de que el fruto lo da el Señor y que el protagonista de la misión es el Espíritu: “… y acordaos siempre que en más tiene Dios una buena voluntad llena de humildad con que los hombres se ofrecen a él, haciendo oblación de sus vidas por solo su amor y gloria, de lo que precia y estima los servicios que le hacen, por muchos que sean[50]. Consejo o actitud importante para no caer en el voluntarismo, o en un activismo insano que podría hacer del enviado un “címbalo que retiñe”. Sólo así se podrá -podremos- ser testigos del Espíritu “que Dios da a los que le obedecen” (Hch 5, 32), en una actitud de disponibilidad incondicional al Espíritu que habla suavemente al corazón.

De la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,7). Francisco tras su conversión ha nacido de nuevo, ha nacido de verdad y se ha convertido en hombre nuevo, libre y espiritual. Por eso ha vivido con una actitud de permanente confianza-fe en el Padre, se sabe en todo momento en sus manos, no duda, se fía... porque conoce a Dios.

CONCLUSIÓN

Nos hemos acercado, de manera parcial y limitada, a la existencia espiritual de Francisco de Javier que se concentra en esa actitud de obediencia al Padre, conducido por el Espíritu y en unión con Cristo, Señor y Maestro de su vida. Una vida interior rica, intensa, profunda, fiel. Hemos visto en él la determinación firme de responder en todo momento y circunstancia al amor de Dios. Como su Maestro y Señor quiere hacer de la voluntad del Padre su comida; de sus deseos, su camino; y de la misión recibida por misericordia, la razón de su existir, de sus desvelos, trabajos, viajes, penas y gozos. Tiene el mismo secreto que Jesús: una unión profunda con el Padre alimentada mediante una relación-oración constante. Estamos ante una verdad elemental: “el que permanece en mí y yo en él ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Francisco de Javier es un hijo de Dios confiado, servicial, humilde; un discípulo de Cristo, fiel y apasionado, radical y alegre; un hombre libre, fecundo, guiado por el Espíritu. Acercarnos a Francisco nos permite descubrir el sentido, la significación de nuestro ser enviados y las condiciones de fecundidad espiritual y apostólica: búsqueda constante de la voluntad salvífica de Dios para todos, empezando por uno mismo como Javier aconseja a los suyos y como Pablo había aconsejado a Timoteo: “… No descuides el don que posees, que se te concedió por indicación de una profecía con la imposición de manos… Preocúpate de ti y de la enseñanza, sé constante; si lo haces te salvarás a ti y a los que te escuchan” (I Tim 4, 6-16), incluso Pablo mismo: “Y todo lo hago por el evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí” (I Cor 9, 23). Nos invita al seguimiento radical del Verbo encarnado que en todo momento se ha dejado conducir por el Espíritu y se ha ofrecido a sí mismo (Heb 9, 14).

Tenemos necesidad, como enviados, de vivir esa indiferencia ignaciana que es libertad interior para poder ser, en manos del Señor, instrumentos dóciles a pesar de nuestra indignidad. Ahí está el camino de la verdadera fecundidad. Quien de verdad se deja conducir por el Espíritu descubre en las distintas situaciones que Dios le va presentando una exigencia apostólica de entrega y creatividad, una posibilidad de vivir ese “más” apostólico, ignaciano. Fecundidad y libertad interior son inseparables.

La libertad de Francisco de Javier tiene como fundamento una confianza “heroica”: “sé de quien me he fiado” (II Tm 1, 12) y una humildad profunda, convencida, no tiene nada propio que defender ni siquiera sus muchas cualidades humanas regaladas por Dios, ni una bondad propia. “... no tenemos de qué gloriarnos, si no fuere de nuestras maldades, que éstas solo son nuestras obras” (C 116, 486). Profunda lección evangélica, pues nadie puede presentar, exhibir o hacer valer méritos delante de Dios (Lc 18, 9-14). Estamos ante una pobreza asumida y puesta en manos de Dios, “por imitar y parecer más actualmente a Cristo…” (EE167). Por ello es profundamente libre y audaz, con esa libertad, genuinamente evangélica, entendida como amor y entrega de uno mismo que implica y exige la desposesión de sí mismo (Gál 5, 13-14).

Cuando sus ambiciones de gloria mundana desaparecen de su corazón y de su horizonte, Cristo hace nacer en su ya generoso y ardiente corazón deseos a la medida de todo el mundo. Y desde entonces su deseo único será dar a Dios la mayor gloria posible, e ir donde más pueda servir a Jesús. Cuando se guiaba por su ambición era él quien construía sus planes y soñaba su futuro. Cuando se libera de sus propios intereses para no seguir más que los de Jesús (Flp 2, 21) se hace completamente disponible, libre; sus horizontes se vuelven, entonces, ilimitados como el amor de Dios. Como apóstol aprenderá a caminar al estilo de los grandes creyentes, de Abraham que caminaba sin saber a donde iba, fiado de una palabra, sin conocer el punto de llegada. Lo único cierto es que ese camino conduce al corazón de Dios. Nuestras raíces son nuestro destino: el corazón de Dios. El camino, el recorrido, lo hacemos a veces en la niebla, es la dificultad del crecimiento y la necesidad del discernimiento. Caminar hasta morir de amor, de pasión, -no de una pasión inútil, sin futuro y sin fecundidad propia del hombre “carnal”, sin esperanza y miope- sino de una locura de amor.

Lo que vemos en Francisco Javier es una locura de amor, locura que conlleva o se manifiesta en decisiones arriesgadas, “irracionales”, en comportamientos desmedidos, fuera de toda prudencia humana, de todo sentido común. Leyendo sus cartas no es difícil descubrir un comportamiento humanamente temerario, “imprudente”. Sin embargo, este comportamiento brota de una confianza total, absoluta, ciega en Dios, tan ciega que ilumina, que da lucidez: es la lucidez y la libertad del Espíritu. Y en el fondo de esta confianza late siempre una única preocupación: el servicio de Dios, su causa, su Reino y la salvación del alma, más importante que la conservación –siempre pasajera y precaria- de la vida temporal y terrena. “El amor no pasa nunca” (I Cor 13, 8-9.13).



[1] C 90, 375. Haré referencia siempre a las Cartas y Escritos de S. Francisco Javier, BAC, Madrid, 1953. Cito siempre la carta seguida de la página. Las siglas EE se refieren a los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio.

[2] C 90, 380-381.

[3] C 90, 363. “A mí se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo” (Ef. 3, 8)

[4] C 109, 462.