Francisco
Javier,
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INTRODUCCIÓN. La historia de una Presencia. 1. CONVERSIÓN La influencia y la lógica de los Ejercicios espirituales ignacianos. El principio y fundamento ignaciano: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima…” Gracia comunitaria y apostólica. Una
existencia apostólica hecha de escucha 2. LA TRANSFIGURACIÓN DE SUS SUEÑOS Las etapas de su peregrinación geográfica, interior, espiritual: - De Lisboa a Goa: las “prisas” de la Providencia. -
Decepciones, discernimiento y nuevos horizontes: 3. 1 DIOS PADRE
3. 2 JESUCRISTO
3. 3 ESPÍRITU SANTO
CONCLUSIÓN: Hijo de Dios, discípulo de
Cristo, dócil al Espíritu.
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“... en vida hizo maravillas, y en muerte, obras asombrosas” Eclesiástico 48, 14.“Y creedme que los que a estas partes viniéredes, seréis bien probados para cuanto sois... No os digo estas cosas para daros a entender que es trabajosa cosa servir a Dios, y que no es leve y suave el yugo del Señor, porque si los hombres se dispusiesen en buscar a Dios, tomando y abrazando los medios necesarios para ello, hallarían tanta suavidad y consolación en servirlo, que toda la repugnancia que sienten en vencerse a sí mismo, les sería muy fácil ir contra ella, si supiesen cuantos gustos y contentamientos de espíritu pierden por no se esforzar en las tentaciones, las cuales en los flacos suelen impedir tanto bien y conocimiento de la suma bondad de Dios y descanso de esta trabajosa vida; pues vivir en ella sin gustar de Dios, no es vida, sino continua muerte” [1]. La existencia de Francisco de Javier, tras su conversión, es la historia de una Presencia que le va guiando con suavidad y firmeza, a la que él responde -fiel a su temperamento- con pasión y generosidad. La Providencia le guiará entre sueños y decepciones, entre informaciones y mediaciones humanas, entre soledades y presencia permanente de sus hermanos en su corazón, entre esperas y viajes arriesgados, entre tempestades y el gozo de anunciar el nombre de Jesús... Más allá de los límites históricos de Javier y de su tiempo: una teología de la salvación excluyente, las enormes ambigüedades de la evangelización dentro del sistema de Patronato y que tanto le hicieron sufrir, incluso la imposibilidad de una preparación específica y previa antes del encuentro con un mundo cultural y religioso muy diverso del europeo, lo que queremos es descubrir el secreto de la existencia de Javier, secreto del que su sobrecogedora e inimitable aventura exterior no es sino el reflejo. Queremos adentrarnos en su itinerario espiritual, místico y descubrir el palpitar de esa Presencia que siempre le acompaña, en la que él está firmemente enraizado, el “principio y fundamento” de su vida, por cuyo amor y a cuyo servicio vive y se desvive, trabaja, sufre y disfruta, acompañado con frecuencia por intensas consolaciones interiores, sintiéndose en todo momento envuelto por la misericordia divina. Su misma vocación, sin duda especial, no es sino un regalo de la misericordia divina. 1.- Conversión “Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo tuve por pérdida comparado con el Mesías; más aun: cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús mi Señor. Por él perdí todo aquello y lo tengo por basura con tal de ganarme a Cristo e incorporarme a él…” (Flp 3, 7-9). El
hombre que emerge del Renacimiento está habitado por deseos de gloria,
de honores, de aventuras. El propio entorno familiar de Francisco -sus
raíces y su situación tras unos años difíciles- le empujaba también
en esa misma dirección. Dotado de muchas y grandes cualidades humanas,
soñaba con una gloria humana, quería sobresalir, y ambición tampoco
le faltaba. En París, la Providencia le rodeó de buenos compañeros:
Pedro Fabro e Ignacio de Loyola. Ignacio, perseverante, paciente y
guiado por su olfato espiritual supo conquistar su corazón: “¿de
qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?”.
Años más tarde, el mismo Ignacio, refiriéndose al proceso de su
conversión diría de él que fue “el
barro más duro que le tocó moldear”. Fue, sin duda, la gracia la
que conquistó su corazón. Serían los primeros y más amados de su
nueva familia: los compañeros de Jesús. Transformando
su corazón, el Señor se apoderara completamente de él, y Javier
convertido y seducido pondrá todas sus ricas cualidades al servicio de
la fe, y de su “acrecentamiento”. Una vez entregado al Señor fue
todo generosidad sin límites, entusiasmo desbordante, entrega
incansable. Su conversión nos revela la armonía entre la gracia y la
naturaleza: temperamento fogoso, ambicioso, generoso, apasionado, tenaz,
enérgico… y una gracia sin duda singular, una gracia eclesial
que marcará toda una época y que él vivirá con constantes
referencias y fundamentos comunitarios: pide y cuenta con las
oraciones de sus hermanos, de quienes siente en todo momento necesidad:
“pues acá vivimos con mucha necesidad de vuestras ayudas
espirituales ” (C 49, 178. C 55, 202). E irá descubriendo cada
vez con más intensidad que todo es don: “Pensábamos nosotros
hacerle algún servicio en venir a estas partes a acrecentar su santa
fe, y agora por su bondad dionos claramente a conocer y sentir la merced
que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japón, librándonos del
amor de muchas criaturas que nos impedían tener mayor fe, esperanza y
confianza en él.” [2]
A lo largo de sus cartas Francisco Javier no dejará de poner en
relación su miseria y la infinita misericordia divina que le llega a
través de sus hermanos. Además de eclesial, la gracia de la conversión
es apostólica. De hecho el ministerio apostólico es obra y
gracia de la misericordia divina: “agora os hago saber cómo Dios
nuestro Señor, por su infinita misericordia, nos trujo a Japón” [3].
“Pero sólo una cosa nos da
mucho ánimo: que Dios N. S. sabe las intenciones que en nosotros por su
misericordia quiso poner, y con esto la mucha confianza y esperanza que
quiso por su bondad que tuviésemos en él…” [4].
Un rasgo de esta espiritualidad apostólica es la predicación a la que
Francisco se dedicará como actividad prioritaria, con pasión y gran
creatividad; pedirá a sus hermanos que hagan otro tanto: “Vuestras
predicaciones serán tan continuas, cuanto lo pudieren ser; porque esto
es un bien universal, donde se hace mucho fruto, y servicio a Dios y
provecho a las almas...”
[5].
Se convertirá en un peregrino infatigable de la fe y del evangelio. Creo
que es útil hacer referencia al llamado principio y fundamento
ignaciano para entender mejor la figura de Javier: “El hombre es
criado para alabar, hacer reverencia y servir
a Dios nuestro Señor, y
mediante esto salvar su ánima…”,
fundamento que vivió con absoluta radicalidad. Dada la teología de la
época, su sentido dramático y excluyente de la salvación y la visión
negativa, desde el punto de vista soteriológico, de los destinatarios
del mensaje evangélico, Francisco Javier, empujado por la grandeza de
su generoso corazón, su sentido de la responsabilidad y su pasión por
Jesús, cruzará mares y países, irá siempre más allá para que nadie
pierda su alma. “Que todos se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad”. Es su deseo ardiente, aunque Dios tiene sus caminos
que los hombres ignoramos. “Me
he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos” (I Cor
9, 22), escribe Pablo. Francisco quería ganar a todos, tanto era su
celo. Creo
que vale la pena hacer también referencia a la célebre parábola
ignaciana del Rey eternal…”cuanto
es cosa más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey
eterno, y delante dél todo el universo mundo, al cual y cada uno en
particular llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo...
por tanto quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo,
porque, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria ”.
El acento lo pongo no en la idea-deseo de conquista, sino en la
identificación-solidaridad con su Señor y Maestro. “Si alguno me
sirve que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi
servidor” (Jn 12, 26). Francisco convertido querrá en todo
momento vivir como su Maestro, trabajar con él, compartir todos sus
trabajos con total generosidad. La respuesta de los ejercicios: “todos
los que tuvieren juicio y razón” será seguir sin condiciones a
su Señor, por tanto, lo más juicioso y sabio será responder con un
amor personal, generoso y agradecido a ese amor infinito y
misericordioso de Dios Padre que le llega a través del Verbo encarnado.
Es la respuesta de Francisco de Javier… “los
que más se querrán afectar y señalar
en todo servicio de su rey eterno y señor universal no solamente
ofrecerán sus personas...” (EE 95-97). El amor de Francisco es un
amor rendido, entregado, porque ha sido seducido. En su temperamento
fogoso y apasionado lleva incrustada la lógica ignaciana: “señalarse
en servir más…”, la lógica de los EE: “más,
más, más”. Javier sale de los ejercicios convertido, es decir,
espiritual e interiormente libre. Y el hombre espiritual de los
ejercicios ignacianos se hace totalmente disponible a lo que Dios
quiera, tiene delante de sí un camino y un horizonte humanamente
inalcanzable, pero posible con la gracia. Francisco Javier se convierte
en un hombre “espiritual”, capaz de servir a Dios y al prójimo según
una dinámica creciente de generosidad y de creatividad. Se decidirá
siempre por lo que más y mejor servirá a Dios y procurará no elegir
nunca solo sino con Dios en un clima siempre orante y de discernimiento[6],
rastreando las insinuaciones del Espíritu. Se trata de elegir dejándose
iluminar por el Espíritu, para tener nuestro espíritu siempre libre de
“afecciones desordenadas”, de vanidades, orgullos, honras
humanas, miedos, apegos a uno mismo, y poder llegar a la clarividencia,
la lucidez que da el Espíritu. “No apaguéis el Espíritu...
examinando todo, retened lo que haya de bueno” (I Tes 5, 19-20).
Cuando alguien quiere de verdad ser fiel a Dios, sabe que todas sus
decisiones y opciones son importantes, ninguna es banal o
intranscendente. Acoger la gracia, seguir las inspiraciones de lo alto
nos permite descubrir siempre algo nuevo, acoger la novedad del Espíritu.
La
existencia apostólica de Francisco se estructura en torno a la
escucha-obediencia de la voluntad de Dios, de ahí la importancia
capital de la oración como búsqueda y escucha. La búsqueda de la
voluntad de Dios será siempre una luz orientadora, un estímulo
permanente, una fuente de inspiración en su existencia. “Solamente
deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos
criados” (EE 23). El “más” de los ejercicios
ignacianos es un “más” claramente apostólico y audaz.
Cuando Francisco ha descubierto en una situación, en un sueño, en una
información, en un sufrimiento... la llamada de Dios, nada ni nadie lo
frenarán y pondrá siempre todos los medios para alcanzar lo que el Espíritu
le sugiere. Ahí se revela también su temperamento. “El
viento sopla donde quiere; oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene
ni adónde va. Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn
3, 8). En Javier, los dos amores a Dios y al prójimo se armonizan
ofreciendo al hermano el tesoro más precioso que uno lleva: la salvación
de Jesús. Tesoro que querrá llevar -como veremos- al rey más poderoso
de Oriente: China. Siempre dispuesto incluso a perder la vida por la
salvación del hermano. Francisco de Javier se libera de su querer para
hacerse totalmente disponible al querer divino, permite a Dios entrar en
el núcleo más profundo de su persona. La conversión es dejar a Dios
actuar libremente en nosotros. “Porque
piense cada uno que tanto se aprovechará en todas cosas espirituales,
quanto saliere de su propio amor, querer y interesse ” (EE 189).
Jesús no nos pide, en un primer momento, hacer más sino ser más…
ser más de Dios, dejarle entrar en el centro de nuestro corazón, en el
lugar secreto de donde brotan las decisiones y opciones significativas.
Javier vivió completamente “prisionero” de los intereses de
Jesucristo, por eso fue audazmente libre. 2.- La transfiguración de sus
sueños. En su peregrinar geográfico, pero sobre todo interior,
espiritual irá atravesando sucesivas etapas. La primera de ellas, la
salida de su tierra y familia, aunque le siguen acompañando sus sueños
humanos de gloria. Patrimonio, honra, riquezas dignas de su ascendencia
y acordes con sus ambiciones personales y tal vez con su temperamento.
En París se encuentra con Ignacio -15 años mayor que él- por el que,
en un primer momento, no podía sentir más que displicencia, rechazo
tal vez; enemigo de su familia, había combatido contra sus hermanos
mayores. Sus enormes resistencias irán cediendo progresivamente ante la
palabra evangélica repetida por Ignacio, al que finalmente considerará
como su padre queridísimo. “... ya no conocemos a nadie según
la carne” (II Cor 5, 16). Su vida cambia totalmente de rumbo, sus
sueños, sus ideales se transfiguran y su gloria, a partir de este
momento, será únicamente Jesucristo. Años más tarde desde Cochín
escribirá a sus compañeros de Roma una célebre carta con referencias
claras a su antigua universidad, criticando a quienes persiguen sus
propios intereses y buscan “dignidades, beneficios y obispados” [7].
Texto que expresa muy bien su conversión. Sabía bien de lo que
hablaba, puesto que él estaba destinado por tradición familiar a tener
beneficios o dignidades, critica aquello a lo que él se sintió tan
apegado en el pasado, que retrasaba su conversión, y de lo que él se
ha despojado gracias a la misericordia divina. Ahora pertenece a una
nueva familia que persigue otros intereses más altos y nobles, los
intereses de Jesús de quien ellos son compañeros y enviados.
Marzo
de 1540. El embajador de Portugal en la Corte Pontificia salía para
Lisboa. Los dos elegidos para ir a la India eran Simón Rodrigues -por
ser portugués- y
Bobadilla, pero éste llegó enfermo a Roma, el embajador no podía
esperar, tal vez eran las “prisas” de la Providencia, Ignacio
dice a Francisco: “ Esta es
vuestra empresa; a vos toca esta misión ”. “Aquí estoy ”, fue su respuesta. Al día siguiente salieron para
Lisboa. Disponible, generoso, entusiasta. Trece meses tardaría en
llegar a Goa. Una nueva etapa, un cambio considerable, imprevisto…
para él, no para el Señor. Hoy nos resultaría imposible imaginarnos a
Francisco de Javier toda su vida en Roma, ejerciendo de secretario de
Ignacio de Loyola, cargo que éste le había confiado. Tras
unos años en la India, en la Pesquería, tierra de los Paravas, Macuas
y Careas sintió la necesidad de reflexionar sobre su apostolado. Estaba
decepcionado, la evangelización avanzaba lentamente, y muy herido por
el comportamiento de numerosos colonos portugueses, comerciantes y
militares cegados por la ambición y la codicia, hasta el punto de poner
en guardia al rey: “Yo, Señor, no estoy del todo determinado de ir a Japón, mas vame
pareciendo que sí, porque desconfío mucho que no he de tener verdadero
favor en la India para acrecentar nuestra santa fe, ni para conservación
de la cristiandad que está hecha” [8].
“Yo, Señor, porque sé lo que
acá pasa, ninguna esperanza tengo que se han de cumplir en la India
mandamientos ni provisiones que, a favor de la cristiandad, ha de
mandar: y por eso casi voy huyendo para Japón, por no perder más
tiempo del pasado”[9].
En los momentos más duros, incluso ha deseado morir: “porque todos los que quieren mal a estos cristianos, me desean mucho
mal. Estoy tan enfadado de vivir, que juzgo sea mejor morir, por
favorecer a nuestra ley y fe, viendo tantas ofensas, cuantas veo se
hacen, sin acudir a ellas. No me pesa si no que no fui más a la mano a
los que sabéis que tan cruelmente ofenden a Dios”[10].
Había oído hablar de las Molucas y del Japón. Tras innumerables
dificultades y vicisitudes llega a la tumba de Santo Tomé (Tomás, el
apóstol) para hacer un discernimiento. “En
esta santa casa tomé por oficio ocuparme en rogar a Dios nuestro Señor
me diese a sentir dentro de mi alma su santísima voluntad, con firme
propósito de cumplirla, y con firme esperanza que dará el ejecutar
quien haya dado el querer. Quiso Dios, por su acostumbrada misericordia,
acordarse de mí; y con mucha consolación interior sentí y conocí ser
su voluntad, fuera yo a aquellas partes de Malaca, donde nuevamente se
hicieron cristianos”[11].
Se quedará allí unos meses. A partir de ese momento iniciará un
ministerio distinto: con los no cristianos preferentemente… Molucas,
Japón y el sueño fracasado de China. La última etapa, la más dura, el despojo total. De China dependía la conversión de Oriente y particularmente de Japón. (C 96, 418 y C 97, 424-425). Así se lo hicieron saber los propios japoneses. Dos pueblos cultos que Francisco siempre apreció. Sin embargo, todo fueron duros contratiempos, y circunstancias desfavorables, incluso hostiles; los proyectos soñados en su ardiente corazón, se vinieron abajo. Inmensos sufrimientos, duras pruebas, incluso persecución y burlas. “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca” escribirá al padre Gaspar Barzeo. Se sintió “desamparado de todo favor humano” (C 125, 517-518). Fue por su cuenta con un navío de un comerciante chino hasta la isla de Sancián, no encontraba quién le llevara a Cantón, y sin embargo su inquebrantable esperanza no naufragaba, ante los graves y certeros peligros se fue quedando solo, casi todos sus compañeros -prudencia humana- huyeron. El “más” ignaciano y apostólico le ha llevado muy lejos. Frío, soledad, fiebres altas, espera... Murió a las puertas de un sueño, su sueño más grande, despojado de todo, devorado y consumido por su única pasión y amor: Cristo. El seguimiento radical de su Maestro, el estar “con él y como él ” se ha consumado. Su sueño nunca más sería sólo suyo, dio origen a vocaciones, incluso congregaciones misioneras. Los Misioneros Javerianos en principio nacimos para la China y allí trabajamos durante decenios hasta que fuimos expulsados, dando origen a misiones en otros países. Un sueño fecundo. Su último “fracaso”, como el del Maestro, se convirtió en vida. “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Tras un peregrinar incansable y apasionado, de mar en mar, de país en país, Francisco llega al puerto deseado, al gozoso descanso. Algunos hermanos suyos, ya fallecidos, le acogerán en el paraíso, él acogerá a otros. “... Y pues presto nos veremos en la otra vida con más descanso que en ésta, no digo más” [12]. Francisco Javier es sobre todo
un convertido. Una conversión -la suya- trabajada, trabajosa,
progresiva, no fue repentina, pero sí definitiva y aunque no fue
brusca, sí fue total. Y conversión significa estar y vivir
profundamente enraizado en Jesucristo y permanecer enteramente dócil al
Espíritu, a sus mociones interiores. Y ya se sabe, cuando alguien es
totalmente dócil al Espíritu, éste se “impone”, lleva a donde
quiere, hace que el amor sea más creativo y la vida más fecunda. El
Espíritu, cuando le dejamos entrar de verdad, pone todo “patas
arriba”, o “en su sitio verdadero”, provoca un cambio total, un
giro radical en la forma de ver, de afrontar, de valorar la vida.
Francisco se la juega muchas veces, porque para él no es el valor
supremo, hay otros: servicio de Dios y salvación del hermano. El Espíritu
realiza sobre todo una verdadera y total configuración de todo el ser a
semejanza de Cristo. Imprime la imagen de Cristo en el corazón: los
sentimientos, las actitudes son las de Jesús. Francisco se convierte en
fiel reflejo del buen pastor, del buen samaritano, permitiendo que sólo
le muevan los intereses de Jesucristo. Por eso es profundamente libre,
porque no tiene nada propio: ni la vida que la vive al servicio de los
demás, ni la voluntad, ni los deseos, ni el querer, ni mucho menos la búsqueda
de una gloria personal de la que se ha despojado hace tiempo con total
radicalidad y para siempre. Francisco convertido se ve a sí mismo con
ojos nuevos: “siervos inútiles somos”, vive una humildad
profunda y al mismo tiempo una relación de honda intimidad “ya no
os llamo siervos, sino amigos...”. Conversión: nuevo nacimiento,
nuevos ojos, nuevo rumbo, nuevas relaciones. Javier nos invita a no caer
en esa trampa sutil y peligrosa de creerse -creernos- “protagonista de
la misión”, sólo el Espíritu lo es. Escribe con insistencia y
convicción a los suyos que apoyarse en uno mismo serían “falsas
esperanzas”, y el camino para alcanzar confianza en Dios es
desconfiar de uno mismo: “pues
de la desconfianza propia nace la confianza de Dios, que es verdadera, y
por esta vía alcanzaréis humildad interior…” (C 90, 373). La
conversión le ha empujado a vivir una existencia totalmente entregada,
hasta el último suspiro, una existencia expropiada; ha vivido con el
corazón rebosante de alegría y de disponibilidad. Ha sembrado su
propia vida con total generosidad, sabiendo que Dios ama al que da
con alegría (II Cor 9, 6-7). Ha brindado a todos y siempre lo mejor
de él mismo, ha permitido que su yo más auténtico, profundo y
verdadero salga en cada momento, por eso su talla es inmensa y su
existencia transfigurada. El
sueño de Jesús
-una sociedad fraterna y solidaria donde los pequeños sean los
preferidos- se estrella con la cruz, pero no termina en ella, pasa por
ella, la atraviesa. Los sueños de Jesús, su fidelidad y la fidelidad
del Padre transfiguran esa misma cruz convirtiéndola en fuente de
fecundidad, en estrella luminosa y atractiva: “cuando
sea elevado atraeré a todos…” (Jn 12, 32), en clave necesaria
para entender la verdadera fecundidad. La muerte de Jesús hace caer el
muro que separa a pueblos, culturas, y religiones (Ef 2, 13-22) Es
fuerza de reconciliación y es aquí donde radica su enorme fecundidad,
porque desarma los corazones. Desde entonces los sueños
de sus discípulos -los más auténticos- pasarán por la cruz y se
convertirán en vida para los demás. Javier muere casi solo a las
puertas de un sueño: abrir las puertas de China al evangelio de Jesús.
Muere despojado de todo, consumido por su pasión por Jesús. Podemos
ver el momento de máxima gloria de Javier -como el de Jesús- en la
cruz, en su muerte en soledad, frente a las costas de un continente por
evangelizar. Su muerte es el símbolo supremo de su entrega apasionada
queriendo conquistar todo el mundo para Cristo. Un símbolo cargado de
fecundidad por las circunstancias, el cómo, el dónde. Muerte fecunda,
porque no es muerte sino donación, entrega, pasión loca de amor y el
amor siempre abre horizontes. Una muerte así abre puertas. Aquí
terminan sus sueños históricos, otros los continuarán. 3.- Voy a destacar algunos de los rasgos humanos y
espirituales más sobresalientes de su personalidad, de su identidad
creyente y misionera, poniéndolos en relación con la Trinidad, con ese
Dios cristiano, misterio y manantial inagotable de comunión y de amor. 3.1- Padre.
La relación de Javier con Él está hecha de confianza, humildad y
servicio. La motivación permanente que guía todos sus afanes y
desvelos apostólicos la tiene siempre muy clara y aparece como un hilo
conductor constante en sus cartas: “por
cuyo amor y servicio vamos”, “por
cuyo amor únicamente hago este viaje”. Encontramos, al mismo
tiempo, un lenguaje que puede contrariar incluso herir nuestra
sensibilidad humana y teológica actual. Aunque se siente en todo
momento invadido y envuelto por la infinita misericordia de Dios de la
que habla constantemente, con relativa frecuencia hace referencias a
posibles castigos divinos. Igualmente encontramos en sus cartas el temor
de ofender a Dios. Tal vez, haya que entenderlo desde la perspectiva de
quien se ha sentido y se siente profundamente amado y por nada del mundo
quisiera ofender a quien es la fuente de tanto amor. Se trata del temor
bíblico, don del Espíritu, mezcla de respeto y de confianza, expresión
de la delicadeza de su amor por Dios. ¿Cómo podría temer quien de
esta manera se expresa: “Muchas veces me acaece oír decir a una persona que anda entre estos
cristianos: ¡Oh Señor!, no me deis muchas consolaciones en esta vida;
o ya que me las dais por vuestra bondad infinita y misericordiosa,
llevadme a vuestra santa gloria, pues es tanta pena vivir sin veros,
después que tanto os comunicáis interiormente a las criaturas ”[13].
Tiene una idea muy alta de la trascendencia de Dios, al tiempo que
vive una profundísima actitud de confianza y abandono, de servicio y
alabanza. 3.1. A “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré? El Señor es la defensa de mi vida...” (Salmo 26, 1). Un
rasgo fuerte y muy característico es la confianza
absoluta, ciega, indefectible en Dios y cuyo secreto está en su
determinación firme de querer servir
a Dios por encima de todas las criaturas -el principio y fundamento
ignaciano-; esta confianza le hace relativizar y superar miedos,
trabajos, peligros, riesgos, soledades, tentaciones… resaltamos tres
textos suyos. “Espántanse
mucho todos mis devotos y amigos de hacer un viaje tan largo y
peligroso. Yo me pasmo más de ellos, en ver la poca fe que tienen,
pues Dios nuestro Señor tiene mando y poder sobre las tempestades del
mar de la China y Japón, que son las mayores que hasta ahora se han
visto; y poderoso sobre todos los vientos y bajos, que hay muchos, a lo
que dicen, donde se pierden muchos navíos. Tiene Dios nuestro Señor
poder y mando sobre todos los ladrones del mar, que hay tantos que es
cosa de espanto. Y son estos piratas muy crueles en dar muchos géneros
de tormentos y martirios a los que cogen, principalmente a los
portugueses. Como Dios nuestro Señor tiene poder sobre todos éstos, de
ninguno tengo miedo, sino de Dios que me dé algún castigo por ser negligente
en su servicio, inhábil e inútil para acrecentar el nombre de
Jesucristo entre gentes que no lo conocen. Todos los otros miedos,
peligros y trabajos que me dicen mis amigos, los tengo en nada”[14].
“Mucha diferencia hay del que confía en Dios teniendo todo lo necesario, al que confía en Dios sin tener ninguna cosa, privándose de lo necesario, pudiéndolo tener, por más imitar a Cristo. Y así mucha diferencia hay de los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, fuera de los peligros de muerte, a los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, cuando por su amor y servicio, de voluntad se ponen en peligros casi evidentes de muerte, pudiéndolos evitar si quisieren pues queda en su libertad dejarlos o tomarlos. Paréceme que los que en peligros continuos de muerte vivieren, solamente por servir a Dios, sin otro respeto ni fin, que en poco tiempo les vendrá aborrecer la vida y desear la muerte, para vivir y reinar para siempre con Dios en los cielos, pues ésta no es vida, sino una continuada muerte y destierro de la gloria, para la cual somos criados”[15]. “Los peligros que corremos, son dos, según dice la gente de la tierra: el primero es, que el hombre que nos lleva, después que le fuere entregados los doscientos cruzados, nos deje en alguna isla desierta o nos bote al mar...; el segundo es, que, si nos llevare a Cantón y fuéremos ante el gobernador, que nos mandará atormentar o nos cautivará... Además de estos dos peligros, hay otros mucho mayores que no alcanza la gente de la tierra... El primero es, dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios, pues por su amor y servicio vamos a manifestar su ley, y a Jesucristo... Pues desconfiar ahora de su misericordia y poder... es mucho mayor peligro de lo que son los males que nos pueden hacer todos lo enemigos de Dios... Nos, considerando estos peligros del alma que son mucho mayores que los del cuerpo, hallamos que es más seguro y más cierto pasar por los peligros corporales, antes que ser comprendidos delante de Dios en los peligros espirituales. De manera que, por cualquier vía, estamos determinados a ir a China. El suceso de nuestro viaje espero en Dios nuestro Señor que ha de ser para acrecentamiento de nuestra santa fe, por mucho que los enemigos y sus ministros nos persigan; porque “si Dios estuviere por nosotros, ¿quién tendrá victoria contra nosotros?”[16]. No
hay tempestad, circunstancia adversa, riesgo, peligro que nos pueda
separar del amor del Padre, estamos siempre en sus manos. (Rom 8,
31-39). El pecado de desconfianza, en el fondo, es un pecado de
desconocimiento de Dios, un pecado de olvido grave de la fidelidad de
Dios, como le sucedió al pueblo de Israel en el desierto donde la
murmuración contra Dios era falta de fe-confianza. “Mi alma está
unida a ti y tu diestra me sostiene” (Sal 62, 9). Francisco místico
se sabe en todo momento en manos de Dios, y en su manera de expresarse
descubrimos con claridad el aliento paulino: “sé de quien me he fiado” (II Tm 1, 12), el espíritu evangélico:
“ni un cabello de vuestra cabeza
perecerá” (Lc 21, 18). Bien distinto es su comportamiento del de
los discípulos que temerosos gritan a ese Jesús que parece dormir (Mc
4, 35-41). ¿Imprudencia, comportamiento temerario, locura? Francisco
temerario ha descubierto y vivido la sabiduría de Dios, la locura de la
cruz, “porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad
de Dios más potente que los hombres” (I Cor 1, 25). 3.1. B “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas...
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentra en
vela...” (Lc 12, 35-38). Confianza en Dios y servicio suyo van estrechamente unidos en Francisco. “Mucho
tiempo estuve, después de tener información de Japón, si iría o no
allá, para determinarme; y después que Dios nuestro Señor quiso darme
a sentir, dentro en mi alma, ser él servido
que fuera a Japón, para en aquellas partes servirlo,
paréceme que, si lo dejara de hacer, fuera peor de lo que son los
infieles de Japón. Mucho trabajó el enemigo para impedirme esta ida;
no sé lo que recela de que vayamos nosotros a Japón… Muy
confiados vamos de la misericordia de Dios nuestro Señor, que nos
ha de dar la victoria contra sus enemigos. No recelamos vernos con los
letrados de aquellas partes, porque quien no conoce a Dios ni a
Jesucristo ¿qué puede saber? Y los que no desean sino la gloria de
Dios y la manifestación de Jesucristo, con la salvación de las almas
¿qué pueden recelar ni temer? … Sólo un recelo y miedo llevamos,
que es temor de ofender a Dios nuestro Señor…” [17].
Resuenan las palabras evangélicas: “No temáis a los
que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más... Temed a
Aquel que... tiene poder para arrojar en la gehena...No temáis...”
(Lc 12, 4-7). El servicio de Dios hace que la mayor de todas las osadías:
que un pecador -un instrumento indigno- se atreva a hablar de Dios... se
convierta en obediencia. No
es difícil descubrir detrás de estas palabras la radicalidad del amor
de Francisco: “amarás al Señor,
tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con todas tus fuerzas…” (Lc 10, 27). El celo apostólico nace al
descubrir el amor misericordioso e infinito con que Dios rodea y
envuelve nuestra vida, amor que nos impulsa y mueve a poner el anuncio
del evangelio sobre todas las cosas, por encima de los propios
programas, del propio éxito, de las propias ideas, incluso de la propia
vida. Así lo vivió Francisco Javier. 3.1. C “... pues Dios levanta y esfuerza a los
humildes” (C 90, 373). A pesar de sus ricas y numerosas cualidades
humanas, Javier vive una humildad
impresionante,
humildad que no tiene nada de fingido o ficticio, apoyada siempre
en su honda experiencia espiritual, en un sentido fuerte de la
trascendencia y de la misericordia de Dios. “Preserva
a tu siervo de la arrogancia... así quedaré libre e inocente del gran
pecado…” (Sal 18, 14). No es difícil descubrir la influencia de
los ejercicios, la impronta de Ignacio en sus expresiones que sin duda
traslucen su profunda y rica vivencia espiritual… “desear
más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por
tal, que por sabio ni prudente en este mundo” (Los tres grados de
humildad EE 165-167). La búsqueda y el deseo de la humildad interior
son en él constantes; encarecidamente y con expresiones, a veces,
fuertes y duras, advierte a sus hermanos de los fatales peligros del
orgullo y de la soberbia, de la “vana opinión y grande soberbia”,
invitándoles en todo momento a seguir el camino de la humildad
(C 116)[18].
Bien podemos entender esta búsqueda como un rasgo determinante de su
seguimiento e identificación con su Señor, el Verbo encarnado “que
por mí se ha hecho hombre para que más le ame y le siga” (EE
104); búsqueda que nos descubre, también, el recuerdo permanente de su
propia conversión, sus luchas interiores venciendo ambiciones y
vanidades -trampas sutiles-, reorientando sueños de gloria, nobleza y
honra humana. “Hízome
Dios nuestro Señor tanta merced por vuestros merecimientos, de darme,
conforme a esta pobre capacidad mía, conocimiento de la deuda que a
la santa Compañía debo; no digo de toda, porque en mi no hay
virtud, ni tanto talento, para igual conoscimiento de deuda tan crescida;
mas para evitar en alguna manera pecado de ingratitud, hay, por la
misericordia de Dios nuestro Señor, algún conoscimiento, aunque poco.
Así ceso rogando a Dios nuestro Señor, que, pues nos juntó en su
santa Compañía en esta tan trabajosa vida por su santa misericordia,
nos junte en la gloriosa compañía suya del cielo, pues en esta vida
tan apartados unos de otros andamos por su amor”[19]. “Permite
Dios nuestro Señor, por su grande misericordia, que tantos miedos,
trabajos y peligros el enemigo nos ponga delante, por nos humillar y
bajar, para que jamás confiemos en nuestras fuerzas y poder, sino
solamente en él y en los que participan de su bondad. Bien nos
muestra en esta parte su infinita clemencia y particular memoria que de
nos tiene, dándonos a conocer y sentir dentro en nuestras almas cuán
para poco somos, pues nos permite que seamos perseguidos de pequeños
trabajos y pocos peligros, para que no descuidemos de él haciendo
fundamento en nos...”[20]. “Jamás
podría escribir lo mucho que debo a los del Japón, pues Dios
nuestro Señor, por respeto de ellos, me dio mucho conocimiento de mis
infinitas maldades; porque estando fuera de mí, no conocí muchos males
que había en mí, hasta que me vi en los trabajos y peligros de Japón...”
[21]. Algo digno de resaltar, a mi modo de ver, es que en estos textos, y en otros, la humildad aparece revestida de una clara y fuerte dimensión comunitaria y de un amor profundo al pueblo sencillo. La humildad verdadera es camino obligado de todo crecimiento espiritual y condición necesaria de toda fecundidad apostólica: “...porque sin la verdadera humildad ni vos podéis crecer en espíritu, ni aprovechar en él a los prójimos...”, escribirá en una instrucción dirigida al novicio Juan Bravo (C 89, 362)[22]. Existe
en él una profunda conciencia de pecado -propia de la época- así como
de sus nefastas y dramáticas consecuencias. En modo alguno quiere que
sus pecados obstaculicen la obra salvadora de Dios. La verdadera empresa
importante en esta vida transitoria y provisional es servir al Señor y
salvar el alma. Se trata, tal vez, de la sensibilidad espiritual propia
de la época, pero que no deja de ser una verdad importante, aunque las
acentuaciones varíen según las épocas. “… pues
ésta no es vida, sino una continuada muerte y destierro de la gloria,
para la cual somos criados”[23].
Y él tiene una conciencia especial, muy viva de ser un instrumento
indigno en manos de Dios para que otros conozcan y se abran a la
salvación del Dios vivo: “Escríbenme de aquella tierra los
portugueses, que hay grande disposición para acrecentarse nuestra santa
fe, por ser la gente muy avisada y discreta, allegada a razón y deseosa
de saber. Confío en Dios nuestro Señor, que ha de hacerse mucho fruto
en algunos y en todos los japoneses; digo en sus almas, si nuestros
pecados no nos impidieran, para no querer Dios nuestro Señor servirse
de nosotros” [24].
Y la gran tentación y trampa es atribuirse a sí mismo lo que es de
Dios. “Primeramente buscar mucha humildad acerca del predicar,
atribuyendo primeramente todo a Dios muy perfectamente”[25].
Morir cada día a uno mismo, vivir descentrados de nosotros mismos nos
permite una mayor escucha de los demás y de la realidad para descubrir,
acoger, discernir las llamadas de Dios, las insinuaciones del Espíritu. 3.2 Jesucristo: Cristo es el centro de todos sus intereses y
quehaceres. Francisco vive una existencia “expropiada”, se desvive
por cada hermano. Su máxima aspiración es parecerse a su maestro,
vivir “con él y como él ”, y su suprema preocupación es
darlo a conocer “internamente”[26].
“Nos, en estas partes, lo que
pretendemos es traer las gentes en conocimiento de su Criador, Redentor
y Salvador Jesucristo nuestro Señor. Vivimos con mucha confianza,
esperando en él que nos ha de dar fuerzas, gracias, ayuda y favor para
llevar esto adelante”[27].
Javier sigue a su Maestro de forma radical, hay en él un deseo intenso
de servir e imitar al Maestro, deseo profundo de “significarse” en ésta su gran empresa. Así se lo pedirá también
a los suyos: “pues os deseáis señalar en servir a Cristo”
(C 90, 375). El
deseo de seguir a Jesús -su único Señor- y de ponerse a su servicio
pasa necesariamente por la cruz, como Jesús mismo había anunciado a
sus discípulos. En tierra de misión los peligros son más numerosos,
“peligros continuos y evidentes de muerte” (C 97, 423), las
posibilidades de sufrir persecuciones son también más ciertas: “... principalmente
en el Japón y en la China, porque estas dos partes requieren personas
que pasaron muchas persecuciones y fueron muy probadas en ellas...”
(C 109, 463), incluso el martirio: “Creo que aquellas islas del
Moro han de engendrar muchos mártires de la Compañía... Así que los
de la Compañía que deseen dar su vida por Jesucristo, anímense y alégrense...
(C 79, 315-316). Podemos decir que hay una mayor sintonía y cercanía
entre la misión y la cruz. “Creo
que los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor, descansan
viniendo en estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o se hallan
fuera de ellos”[28].
Si la cruz es, para todo discípulo, camino obligado de seguimiento de
Jesús, ese camino, con mayor seguridad y certeza, pasa por la misión.
Francisco nos recuerda la palabra evangélica: “Quien
no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo
mío” (Lc 14, 26-27. Mt 10, 16-39). La misión permitirá a
Francisco de Javier vivir una identificación profunda con su Maestro, e
irá aprendiendo a integrar persecuciones, burlas, menosprecios, incluso
fracasos y decepciones. Entre ellas, una de las más dolorosas: su “inútil”
y duro viaje hasta Miyako, la capital del imperio nipón para pedir
licencia al rey para anunciar el nombre de Jesús en su reino. Otro sueño
fracasado[29].
Fiel hijo de Ignacio, aprenderá a escoger y desear “pobreza contra riqueza; oprobios o menosprecio contra el honor mundano;
humildad contra la soberbia; (EE 146. Encontramos claras y
frecuentes resonancias de los ejercicios ignacianos en muchas de sus
cartas EE 98. 167. 169). Vive la exhortación paulina dirigida a su discípulo:
“toma parte en los duros trabajos del evangelio” (II Tim 1, 8b).
Francisco utilizará una expresión muy semejante: “… deseos
de padecer muchos trabajos por servir a Cristo…” (C 90 373). El
camino de la gloria, tan soñada primero y después reorientada, pasa
por la Cruz. Sus proyectos juveniles de gloria humana, proyectos
vinculados a un rango y una estirpe familiares, tras la conversión se
liberan de ataduras y expectativas familiares, transfigurándose en sueños
apostólicos. Su proyecto será el de Dios; su familia, los compañeros
de Jesús y a través de ellos y con ellos la humanidad entera; su
camino, el seguimiento radical de Jesucristo, camino que pasa
necesariamente por la cruz; su estilo, la peregrinación constante en
pobreza radical[30] .”El que es de
Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha
comenzado” (II Cor 5, 17). “Mi
alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su
obra ” (Jn 4, 34). Fiel a su Señor, Francisco de Javier se
despojará de voluntad propia y querrá servir a Dios buscando y
queriendo hacer siempre y en todo la voluntad del Padre, y de esta
manera trabaja sólo y siempre para “la mayor gloria de Dios”;
y así se lo recomendará frecuentemente a sus hermanos: “… muchos de ellos se moverían, tomando medios y ejercicios espirituales
para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose
más con ella que con sus propias afecciones…”[31].
Encontramos el eco de un principio fundamental en la espiritualidad
ignaciana, el de la indiferencia:
“hacernos indiferentes a todas las cosas criadas” (EE 23; y
modos de hacer elección 169. 179-180) buscando siempre una mayor
libertad interior. Francisco nos ayuda a descubrir que existe una relación
profunda entre el camino de seguimiento, encarnación, abajamiento (kénosis)
y la libertad del apóstol (I Cor 9, 19-23); entre la actitud de escucha
del siervo: “cada mañana me espabila el oído, para que escuche
como los iniciados. El Señor Dios, me ha abierto el oído y yo no me he
rebelado ni me he echado atrás ” (Is 50, 4b-5) y la obediencia al
proyecto salvífico del Padre, obediencia vivida en actitud de confianza
filial y de humildad. Quien se pone completamente al servicio del plan
de salvación de Dios, de su voluntad salvífica, se abre a los secretos
de Dios -Dios le revela sus secretos- y, de esta manera, se convierte en
un “contemplativo en la acción
”. Destaco
tres rasgos significativos en su seguimiento de Jesús. 3.2 A “El celo de tu casa me devora” (Sal 69, 10). Pasión por los intereses de Jesús. Despojado de voluntad propia, de intereses propios, de la búsqueda de gloria personal, la pasión por el anuncio del nombre de Jesús y de su salvación, se convierte en su verdadero alimento y tormento. Javier nos recuerda permanentemente algo básico y necesario: sin una experiencia personal y profunda de Jesucristo no puede haber verdadera proclamación del evangelio. El anuncio nace de la amistad profunda y sin cesar cultivada. “Estuve
casi movido de escribir a la universidad de París ... cuántos mil
millares de gentiles se harían cristianos, si hubiese operarios, para
que fuesen solícitos de buscar y favorecer las personas que no
buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Es tanta la
multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra donde
ando, que muchas veces me acaesce tener cansados los brazos de bautizar,
y no poder hablar de tantas veces decir el Credo y mandamientos en su
lengua de ellos y las otras oraciones, con una amonestación que sé en
su lengua…” [32].
Es en esta misma y célebre carta donde expresa su “deseo” de
perder el juicio: “desear más
ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal,
que por sabio ni prudente en este mundo” (EE 167), para
presentarse en su antigua universidad reclamando urgentemente obreros
para el anuncio del evangelio. 3.2 B “... el que quiera llegar a ser grande entre
vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre
vosotros será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha
venido a ser servido, sino a servir y dar su vida...” (Mc 10,
42-45). Amor hacia los pobres, los últimos, los enfermos.
Francisco, pobre él mismo y de manera radical, vivió con frecuencia
entre los pobres a quienes sirve con dedicación admirable y
prioritaria. Su pobreza radical expresa y revela un seguimiento
convencido y transparente de su Maestro, el cual “siendo
rico se hizo pobre” (II Cor 8, 9), una manera de encarnar los
intereses de Jesucristo, una actitud de reconocimiento de la imagen y
presencia de Cristo pobre en los pobres que encontraba y buscaba. Tiene
las mismas preferencias que su Señor, por eso puede convertirse en
testigo de Cristo pobre. Francisco se identifica con la suerte de los
pobres, las ofensas hechas a los pequeños las siente como hechas a él:
“es una pena que llevo siempre conmigo” (C 24, 130). Tras un
largo y penoso viaje de París a Venecia se hospedó en el hospital de
los incurables, y allí -junto con sus hermanos- se puso al servicio de
estos incurables. Al llegar con el embajador de Portugal a Lisboa, para
embarcarse hacia Goa fue enseguida recibido por el Rey Juan III, que le
ofreció hospedarse en el Palacio Imperial, pero él se fue al hospital
a hospedarse con los enfermos. Y cuando salió hacia la India como
nuncio, el conde de Castañeira, veedor de Hacienda del rey Juan III le
sugirió que tuviera un criado, y él le dijo que no era esta la manera
de salvar el honor del nuncio, sino el hacer sus cosas y servir a los
otros. “Señor conde: el
adquirir crédito y autoridad por ese medio… ha traído a la Iglesia
de Dios y a sus Prelados al estado de decadencia en que ahora se
encuentran; y el medio por donde se ha de adquirir este crédito y
autoridad es lavando la ropa y guisando la olla, sin tener necesidad de
nadie, procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos”
[33].
Ya
en el barco durante la larga travesía se puso completamente al servicio
de quienes enfermaban y necesitaban su ayuda o su presencia. El mismo
tuvo que soportar innumerables dificultades en aquel largo viaje,
desangrado 9 veces, 3 días en coma, y sin estar del todo restablecido
con dedicación incansable se ponía inmediatamente al servicio de los
otros hasta la extenuación. En Goa mismo, él -el nuncio- la primera
cosa que hacía era atender a los enfermos, a los encarcelados, a los
leprosos. Escogía a los más indefensos para ayudarlos y defenderlos,
los pescadores de perlas -los Paravas de la Pesquería- entre ellos, y
que nadie defendía. Él les atendía porque eran los más pobres e
indefensos. Buena prueba de ello son las numerosas cartas escritas al P.
Francisco Mansilhas, donde Javier comparte todos los desvelos de su
corazón apasionado, generoso, relata sus infatigables idas y venidas, y
además de erigirse en defensor de los pobres, intenta por todos los
medios desempeñar un papel de mediador de paz y de reconciliador. En
sus instrucciones aconseja, ordena -en calidad de superior- a sus
hermanos que presten una atención especial a pobres, enfermos,
encarcelados. Sin embargo no absolutiza su pobreza radical. Llegado el momento, cuando sea necesario vestirse de manera vistosa y rica y aparecer con la “pompa” de su cargo -legado pontificio- para obtener la licencia de predicar el nombre de Jesús en tierras japonesas, así lo hará. Ricamente ataviado se presentará ante el Daimio de Yamaguchi en su segundo intento. El primero había fracasado, entre otras causas, porque se había presentado como un pobre mendigo delante del Daimio. La urgencia de anunciar el evangelio -un bien “universal” y mayor que su pobreza radical- prevalecerá. Entregado
en cuerpo y alma al servicio de los pobres, enfermos y oprimidos que
encuentra, y que él mismo busca, Francisco Javier nos indica el secreto
de la coherencia y de la verdadera fecundidad apostólica: no separar
nuestro compromiso en favor de la justicia y de los derechos humanos,
nuestro compromiso con los últimos, de su raíz y fundamento: la fe en
Jesucristo. Los dos amores son inseparables y no se cultiva el uno a
expensas del otro. Una dimensión esencial de todo discípulo-apóstol
es cultivar permanentemente una relación privilegiada con el Señor que
envía. Es imposible no quedar impresionado por la radicalidad de su
entrega, se ha dejado invadir por el amor misericordioso e infinito del
Padre y lo deja transparentar en su incansable entrega y peregrinar. De
esta forma hace presente el amor de Dios en su humanidad desbordante,
expropiada. “ ... todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a
Dios... A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios
permanece en nosotros...” (I Jn 4, 7-12). Su total dedicación y
entrega al servicio de los pobres lo convierte para nosotros en un
modelo, en icono fiel del buen samaritano, del buen pastor compasivo y
con entrañas de misericordia. También en este rasgo suyo encontramos
claras resonancias de la espiritualidad ignaciana, de los ejercicios (EE
98. 146-147. 157). 3.2 C “... pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10, 20). Gozo inmenso en su ministerio. Javier de carácter alegre, jovial, amable y, tras la conversión, plenamente centrado en Jesucristo se siente invadido por frecuentes e intensas consolaciones, incluso en los momentos más imposibles o impensables por peligrosos. Dones extraordinarios de Dios y expresión, por otra parte, de su trato familiar y constante con el Señor. “De estas partes no sé que más escribiros, sino que son tantas las consolaciones que Dios nuestro Señor comunica a los que andan entre estos gentiles, convirtiéndolos a la fe de Cristo, que, si contentamiento hay en esta vida, éste se puede decir. Muchas veces me acaesce oír decir a una persona que anda entre estos cristianos: ¡Oh Señor!, no me deis muchas consolaciones en esta vida; o ya que las dais por vuestra bondad infinita y misericordiosa, llevadme a vuestra santa gloria, pues es tanta pena vivir sin veros, después que tanto os comunicáis interiormente a las criaturas”[34]. Francisco de Javier vive la misma experiencia de Pablo: “Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo...” (II Cor. 12, 2). Es la experiencia de todos místicos. Hablando de la larga navegación que le llevó desde Lisboa a Goa, de su entrega incansable, durante el penoso y accidentado viaje, a todos, de su preocupación por la vida y situación espiritual de quienes con él viajaban y de sus primeros trabajos apostólicos en Goa, trabajos que para él son “grandes refrigerios”, escribe: “Creo que los que gustan de la cruz de Cristo nuestro Señor, descansan viniendo en estos trabajos, y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos. ¡Qué muerte es tan grande vivir, dejando a Cristo, después de haberlo conocido, por seguir propias opiniones o aficiones! No hay trabajo igual a éste. Y por el contrario, ¡qué descanso vivir muriendo cada día, por ir contra nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de Jesucristo! ”[35]. Gozo que se manifiesta incluso en medio de riesgos y peligros extraordinarios. Escribía a sus compañeros: “Estas islas son muy peligrosas por causa de las muchas guerras que hay entre ellos… Esta cuenta os doy para que sepáis cuán abundosas islas son estas de consolaciones espirituales, porque todos estos peligros y trabajos voluntariosamente tomados por solo amor y servicio de Dios, nuestro Señor, son tesoros abundosos de grandes consolaciones espirituales, en tanta manera que son islas muy dispuestas y aparejadas para un hombre en pocos años perder la vista de los ojos corporales con abundancia de lágrimas consolativas. Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas consolaciones espirituales como en estas islas con tan poco sentimiento de trabajos corporales… Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios, que no islas del Moro"… “Hallar un grandísimo pecador lágrimas de placer y consolación en tanta tribulación, para mí, cuando me acuerdo es una muy grande confusión; y así rogaba a Dios nuestro Señor en esta tormenta que, si de esta me librase, no fuese sino para entrar en otras tan grandes o mayores, que fuesen de mayor servicio suyo”[36]. ¡Pide incluso verse en mayores peligros! Francisco de Javier, ya lo hemos señalado, es un místico -“Mi alma está unida a Ti y tu diestra me sostiene” (Sal 62, 9)-, no es simplemente un héroe prometéico, animado de una voluntad indomable o de una fuerza desmedida, frágil camina tras las huellas del Verbo encarnado. Lúcido, sabe en toda circunstancia que no puede apoyarse en sus propias fuerzas. Apoyarse en sí mismo sería “falsas esperanzas”. Es un enamorado de Jesucristo y seguirle de forma radical y apasionada le hace sentir una alegría continua y le proporciona una total libertad interior, vive desasido de su propia vida que sabe en manos de Dios. El paralelismo con Pablo es evidente e inmediato… “paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra cuerpo; es decir, que a nosotros que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra carne mortal” (II Cor 4, 7-18). Sentía con tanta intensidad la presencia de Dios que en los más grandes peligros experimentaba las mayores consolaciones interiores. Francisco es una maravillosa obra de la gracia de Dios, gracia a la que él respondió admirablemente. “Jamás podría terminar de escribir cuánta consolación interior siento en hacer este viaje, estando como está lleno de grandes peligros de muerte por los vientos y tempestades y bajos y muchos ladrones: cuando de cuatro se salvan dos naves, parece gran ventura. Pero no dejaría de ir al Japón, por lo que he sentido dentro de mi alma, aunque tuviera por cierto que me había de ver en los mayores peligros en que jamás me he visto, pues tenemos grande esperanza en Dios que sea para gran acrecentamiento de nuestra santa fe”[37]. Como Pablo podrá exultar: “Por eso estoy contento en las debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor 12, 10). Su gozo está en poder anunciar el evangelio de balde, compartiendo el tesoro, la perla escondida. De la debilidad, de la propia pobreza asumida se llega a la “fuerza” tras un proceso de desposesión de sí mismo y de confianza puesta en el Señor. Pero la “fuerza” es un don, porque en la debilidad Dios revela su fuerza, su lógica, y las dificultades se convierten entonces en fuente permanente de gozo (I Pe 1, 6-9. Col 1, 11-12). La escucha se hace obediencia y ambas permiten la auténtica libertad. Javier se hace vida, pan partido para los demás como el Maestro[38]. Está siempre preocupado por la salvación de cada uno. Quiere que encuentren a Aquel que es el principio y fundamento de sus vidas. Gozo e intensa alegría porque hay amor, un amor desbordante, el que Dios derrama generosamente en nuestros corazones. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones... ” (Rom 5, 5) ¿Quién puede olvidarse completamente de sí mismo? ¿Quién puede amar como Jesús, con sus actitudes, sentimientos, criterios? ¿Quién puede darse y entregarse totalmente, hasta el final? Sólo quien ha nacido del Espíritu. Francisco es, en el sentido más genuino y verdadero, “hombre espiritual”, ha sido invadido por el Espíritu, por eso su existencia se parece a la de Jesús, una existencia “expropiada”. Y en su expropiación siente un gozo inmenso. Gozo que viene del Espíritu, del Amor, gozo que acompaña su profundo deseo de intentar parecerse a su Señor, de saber que por sí mismo no puede conseguir ideal tan grande y noble, y por tanto sólo queda dejarse hacer, dejarse trabajar por el Espíritu, manantial de gozo y el único que puede recrear la imagen de Jesús en él, en nosotros. 3.3 Espíritu Santo. Javier se entusiasma fácilmente.
Sus relatos desbordan con frecuencia optimismo. Es un gran soñador, sin
embargo no es ingenuo, sabe que, muchas veces, se juega la vida. “... grande
atrevimiento... ir a tierra ajena y a un rey tan poderoso a reprender y
hablar verdad que son dos cosas muy peligrosas en nuestro tiempo”
(C 109, 462-463). Vive habitado por deseos de querer ir a todas
partes, de convencer, persuadir a las personas influyentes, de llegar
allí donde se pueda realizar el máximo fruto: al corazón de
Oriente... China. Siempre buscando el bien más grande. Se aventuró el
primero por caminos no trazados, allí donde el Espíritu le iba
sugiriendo. “... y para estar
bien en esta vida, hemos de ser peregrinos
para ir a todas partes donde más podamos servir a Dios nuestro Señor”,
escribirá al P. Mansilhas (C 50, 180). Aunque está convencido de ser
un instrumento indigno, tiene, al mismo tiempo, una conciencia aguda de
su singular misión: ir abriendo caminos, otros vendrán después
para continuar la siembra iniciada. “Rogad
a Dios nuestro Señor que me dé gracia de abrir
camino a otros, ya que yo no hago nada” (C 99, 428), escribirá
a su querido hermano y amigo Simón Rodríguez a su vuelta de Japón,
describiendo las características y cualidades que deberían tener los
misioneros enviados a “estas partes”. Utilizará esta misma
expresión “abrir camino” para referirse a la predicación
del evangelio en China. (C 96, 419 y C 107, 457). Sin escatimar
esfuerzos ni regalos prepara con sumo cuidado esta última
“aventura”, la más soñada; lleva un tesoro único, el más
hermoso, y aunque ha contado con la inestimable ayuda de un buen amigo,
Diego Pereira, que ha gastado su fortuna en los preparativos de viaje
tan importante, sabe que todo depende de la misericordia divina. El
texto es precioso: “Llevamos un presente muy rico al rey de la
China, de muchas y ricas piezas que compró a su costa Diego Pereira. Y
de parte de V A -escribe a Juan III, rey de Portugal- le llevo
una pieza, la cual nunca fue enviada de ningún rey ni señor a aquel
rey, que es la ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor.
Este presente que V A le envía es tan grande, que, si él lo conociera,
lo estimara más que ser rey tan grande y poderoso como es. Confío en
Dios N S que tendrá piedad de un reino tan grande como este de la
China, y que por sólo su misericordia se abrirá camino para que sus
criaturas y semejantes adoren a su Criador, y crean en Jesucristo, Hijo
de Dios, su Salvador”[39].
Se siente animado y conducido por una sabiduría sublime, la
misma que guiaba a Pablo: “saber a Cristo y a éste crucificado” (I Cor 2,2). Quiere
conocer, él mismo, los lugares a los cuales irán después sus hermanos
o él les enviará en virtud de su cargo y responsabilidad. “La
navegación a Japón y China, como todos me lo aseguran, está llena de
trabajos y peligros. Mi experiencia en esta parte es nula; cuando allá
fuere, que será según creo, dentro de dos meses y medio, os informaré
de todo” [40].
Pedirá a los suyos esta misma actitud de “itinerancia”, de querer
ir siempre “más allá”, es el celo por los últimos, la preocupación
por no dejar a nadie desamparado: “… no
estaréis de asiento en ningún lugar, sino continuamente andaréis de
lugar en lugar, visitando a todos esos cristianos, como lo hacía yo
cuando allí estaba, porque de esta manera serviréis
más a Dios… Dos cosas
os encomiendo mucho: la primera que andéis peregrinando continuamente
de lugar en lugar…”[41].
Tan grande es su celo, su corazón que a veces llega al extremo de
sentirse “desocupado”. Sus
sueños, su pasión, su optimismo surgen fácilmente. Apenas le llega
una primera información sobre Japón que comienza a imaginar los frutos
que la predicación del evangelio producirá entre los japoneses: “Estoy
convencido de que la religión cristiana se propagará notablemente en
aquellas partes. Añádase a esto que ya aquí estoy sin ocupación”
(C 79, 310). Sus sueños apostólicos nos parecen “desmesurados”,
para él no existen las medias tintas, por eso sueña con implicar a
numerosos estudiantes de las universidades católicas europeas. Es la
urgencia del anuncio, urgencia que vive con su habitual pasión[42]. La libertad interior -libertad espiritual- es posible desde esa actitud ya dicha de humildad-confianza y de escucha-obediencia. Es una libertad que se transforma en audacia apostólica, en firme determinación de ir allá donde el Espíritu, a través de sus mociones interiores, sugiere o llama. “Grande atrevimiento parece éste, ir a tierra ajena y a un rey tan poderoso a reprender y a hablar verdad, que son dos cosas muy peligrosas en nuestro tiempo”[43]. Lo contrario de esta audacia (la parresía que encontramos en Los Hechos de los Apóstoles) es la pusilanimidad “… Esta miseria tan peligrosa y dañosa…” (C 90, 367) contra la que Javier pone en guardia a sus hermanos. 3.3 A “Pero él les dijo: También a otras ciudades
tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he
sido enviado” (Lc 4, 43). La
itinerancia como búsqueda de nuevos horizontes. Esta pasión
que siente le empuja a estar siempre en camino, a tener bien abierto el
corazón para intuir donde es más urgente el anuncio del nombre de Jesús
para “acrecentamiento de nuestra santa fe”, como él escribirá
frecuentemente. No es simple estrategia, sino fidelidad y docilidad al
Espíritu cuyos caminos conoce, frecuenta y escruta pacientemente, sin
precipitación. Francisco posee una finura especial para acoger y seguir
las insinuaciones del Espíritu. Las ganas de aprender, la búsqueda
constante de información, la enorme inquietud o curiosidad que siente
aparece siempre transfigurada por el deseo de anunciar el evangelio,
podemos pensar que influye también ese sentido dramático de la salvación
-la necesidad del bautismo- propio de la época. El Espíritu trabaja
con nuestros “materiales” humanos, con nuestras visiones limitadas,
incompletas, incluso defectuosas. Siendo hijos de nuestro tiempo, el Espíritu
va siempre más allá y quien de verdad se deja conducir por El
transciende su tiempo. A un mercader portugués, amigo mío
que estuvo en Japón muchos días en la tierra de Angero, le rogué que
me diese por escrito alguna información de aquella tierra y de la gente
de ella, de lo que había visto y oído a personas que le parecía que
hablaban verdad. El me dio esta información tan menuda por escrito, la
cual os envío con esta carta mía. Todos los mercaderes portugueses que
vienen de Japón, me dicen que si yo allá fuese, haría mucho servicio
a Dios nuestro Señor, más que con los gentiles de la India, por ser
gente de mucha razón. Paréceme, por lo que voy sintiendo dentro en
mi ánima, que yo, o alguno de la Compañía, antes de dos años
iremos a Japón, aunque sea viaje de muchos peligros, así de tormentas
grandes y de ladrones chinos que andan por aquel mar a hurtar, donde se
pierden muchos navíos ” [44]. “Un
portugués mercader hallé en Malaca, el cual venía de una tierra de
grande trato, la cual se llama China. Este mercader me dijo que le
demandó un hombre chino muy honrado que venía de la corte del rey,
muchas cosas… De Malaca van todos los años muchos navíos de
portugueses a los puertos de la China. Lo tengo encomendado a muchos
para que sepan de esta gente, avisándoles que se informen mucho de las
ceremonias y costumbres que entre ellos se guardan, para por ellas se
poder saber si son cristianos o judíos. Muchos dicen que S Tomé, apóstol,
fue a China y que hizo muchos cristianos...” [45]. “De
aquí a seis días, con la ayuda y favor de Dios nuestro Señor, vamos
tres de la Compañía, dos Padres y un lego, a la corte del rey de
China, que está cerca de Japón, tierra muy grandísima, y poblada de
gente mucho ingeniosa, e de muchos letrados. Por la noticia que tengo,
danse mucho a las letras… Mucho confiados vamos en Dios nuestro Señor
que se ha de manifestar su nombre en la China…”[46]. 3.3 B Señalo dos actitudes que me parecen importantes
para poder oír con mayor nitidez la voz del Espíritu en ese proceso de
eliminación progresiva de interferencias, impedimentos, “afecciones desordenadas”. La primera es la atención delicada y
el cultivo perseverante de la propia vida espiritual, condición
necesaria para poder dar frutos apostólicos. “Pedir
a Dios con mucha eficacia que me dé a sentir dentro de mi alma los
impedimentos que pongo de mi parte, por respeto de los cuales deja él
de hacerme mayores mercedes y servirse de mí en cosas grandes”[47]. Algo
que también pedirá a sus hermanos. “Primeramente acordaos de vos
mismo, teniendo cuenta con Dios principalmente, y después con vuestra
conciencia. Con estas dos cosas podréis mucho aprovechar a los prójimos…”[48].
Siempre preocupado por el crecimiento espiritual, el suyo y el de sus
amadísimos hermanos. “Y
mirad bien que yo holgaría mucho, por el bien que os quiero, así a vos
como a todos, que miraseis más lo que Dios deja de hacer por vosotros,
que lo que por vosotros hace; porque con lo primero os confundiréis y
humillaréis, y conoceréis cada día más vuestras flaquezas y ofensas
contra Dios; y con lo segundo, corréis riesgo muy grande de una engañosa
y falsa opinión, haciendo fundamento en lo que no es vuestro, ni hecho
por vos, sino solamente por Dios ” [49]. La
segunda actitud es la lucidez interior o espiritual para ser en
todo momento consciente de que el fruto lo da el Señor y que el
protagonista de la misión es el Espíritu: “… y
acordaos siempre que en más tiene Dios una buena voluntad llena de
humildad con que los hombres se ofrecen a él, haciendo oblación de sus
vidas por solo su amor y gloria, de lo que precia y estima los servicios
que le hacen, por muchos que sean”[50].
Consejo o actitud importante para no caer en el voluntarismo, o en un
activismo insano que podría hacer del enviado un “címbalo
que retiñe”. Sólo así se podrá -podremos- ser testigos del Espíritu
“que Dios da a los que le
obedecen” (Hch 5, 32), en una actitud de disponibilidad
incondicional al Espíritu que habla suavemente al corazón. “De la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu” (Jn 3,7). Francisco tras su conversión ha nacido de nuevo, ha nacido de verdad y se ha convertido en hombre nuevo, libre y espiritual. Por eso ha vivido con una actitud de permanente confianza-fe en el Padre, se sabe en todo momento en sus manos, no duda, se fía... porque conoce a Dios. CONCLUSIÓN Nos hemos acercado, de manera parcial y limitada, a la existencia espiritual de Francisco de Javier que se concentra en esa actitud de obediencia al Padre, conducido por el Espíritu y en unión con Cristo, Señor y Maestro de su vida. Una vida interior rica, intensa, profunda, fiel. Hemos visto en él la determinación firme de responder en todo momento y circunstancia al amor de Dios. Como su Maestro y Señor quiere hacer de la voluntad del Padre su comida; de sus deseos, su camino; y de la misión recibida por misericordia, la razón de su existir, de sus desvelos, trabajos, viajes, penas y gozos. Tiene el mismo secreto que Jesús: una unión profunda con el Padre alimentada mediante una relación-oración constante. Estamos ante una verdad elemental: “el que permanece en mí y yo en él ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Francisco de Javier es un hijo de Dios confiado, servicial, humilde; un discípulo de Cristo, fiel y apasionado, radical y alegre; un hombre libre, fecundo, guiado por el Espíritu. Acercarnos a Francisco nos permite descubrir el sentido, la significación de nuestro ser enviados y las condiciones de fecundidad espiritual y apostólica: búsqueda constante de la voluntad salvífica de Dios para todos, empezando por uno mismo como Javier aconseja a los suyos y como Pablo había aconsejado a Timoteo: “… No descuides el don que posees, que se te concedió por indicación de una profecía con la imposición de manos… Preocúpate de ti y de la enseñanza, sé constante; si lo haces te salvarás a ti y a los que te escuchan” (I Tim 4, 6-16), incluso Pablo mismo: “Y todo lo hago por el evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí” (I Cor 9, 23). Nos invita al seguimiento radical del Verbo encarnado que en todo momento se ha dejado conducir por el Espíritu y se ha ofrecido a sí mismo (Heb 9, 14). Tenemos necesidad, como enviados, de vivir esa indiferencia ignaciana que es libertad interior para poder ser, en manos del Señor, instrumentos dóciles a pesar de nuestra indignidad. Ahí está el camino de la verdadera fecundidad. Quien de verdad se deja conducir por el Espíritu descubre en las distintas situaciones que Dios le va presentando una exigencia apostólica de entrega y creatividad, una posibilidad de vivir ese “más” apostólico, ignaciano. Fecundidad y libertad interior son inseparables. La
libertad de Francisco de Javier tiene como fundamento una confianza “heroica”: “sé
de quien me he fiado” (II Tm 1, 12) y una humildad
profunda, convencida, no tiene nada propio que defender ni siquiera sus
muchas cualidades humanas regaladas por Dios, ni una bondad propia.
“... no tenemos de qué gloriarnos, si no fuere de nuestras
maldades, que éstas solo son nuestras obras” (C 116, 486).
Profunda lección evangélica, pues nadie puede presentar, exhibir o
hacer valer méritos delante de Dios (Lc 18, 9-14). Estamos ante una
pobreza asumida y puesta en manos de Dios, “por imitar y parecer más actualmente a Cristo…” (EE167). Por
ello es profundamente libre y audaz, con esa libertad, genuinamente
evangélica, entendida como amor y entrega de uno mismo que implica y
exige la desposesión de sí mismo (Gál 5, 13-14). Cuando
sus ambiciones de gloria mundana desaparecen de su corazón y de su
horizonte, Cristo hace nacer en su ya generoso y ardiente corazón
deseos a la medida de todo el mundo. Y desde entonces su deseo único
será dar a Dios la mayor gloria posible, e ir donde más pueda servir
a Jesús. Cuando se guiaba por su ambición era él quien construía
sus planes y soñaba su futuro. Cuando se libera de sus propios
intereses para no seguir más que los de Jesús (Flp 2, 21) se hace
completamente disponible, libre; sus horizontes se vuelven, entonces,
ilimitados como el amor de Dios. Como apóstol aprenderá a caminar al
estilo de los grandes creyentes, de Abraham que caminaba sin saber a
donde iba, fiado de una palabra, sin conocer el punto de llegada. Lo único
cierto es que ese camino conduce al corazón de Dios. Nuestras raíces
son nuestro destino: el corazón de Dios. El camino, el recorrido, lo
hacemos a veces en la niebla, es la dificultad del crecimiento y la
necesidad del discernimiento. Caminar hasta morir de amor, de pasión,
-no de una pasión inútil, sin futuro y sin fecundidad propia del
hombre “carnal”, sin esperanza y miope- sino de una locura de amor. Lo
que vemos en Francisco Javier es una locura
de amor, locura que conlleva o se manifiesta en decisiones
arriesgadas, “irracionales”, en comportamientos desmedidos, fuera de
toda prudencia humana, de todo sentido común. Leyendo sus cartas no es
difícil descubrir un comportamiento humanamente temerario,
“imprudente”. Sin embargo, este comportamiento brota de una
confianza total, absoluta, ciega en Dios, tan ciega que ilumina, que da
lucidez: es la lucidez y la libertad del Espíritu. Y en el fondo de
esta confianza late siempre una única preocupación: el servicio
de Dios, su causa, su Reino y la salvación
del alma, más importante que la conservación –siempre pasajera y
precaria- de la vida temporal y terrena. “El
amor no pasa nunca” (I Cor 13, 8-9.13). [1] C 90, 375. Haré referencia siempre a las Cartas y Escritos de S. Francisco Javier, BAC, Madrid, 1953. Cito siempre la carta seguida de la página. Las siglas EE se refieren a los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio. [2] C 90, 380-381. [3] C 90, 363. “A mí se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo” (Ef. 3, 8) [4] C
109, 462. |