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San Francisco Javier, testigo y maestro de la Misión Por
Javier Quintana
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Muy queridos Delegados diocesanos de Misiones: Habéis querido reuniros alrededor de la figura del gran
misionero San Francisco Javier por celebrarse este año el quinto
centenario de su nacimiento, con la ilusión de poder aplicar en nuestro
hoy, en nuestras relaciones y en nuestra vida, en nuestra misión y en
nuestro seguimiento del único Maestro, la vida apasionada y apasionante
de Francisco de Javier. En el mensaje que el santo Padre Benedicto XVI ha escrito
para la próxima Jornada Misionera Mundial que se celebrará el próximo
domingo 22 de octubre con el tema “La
caridad, alma de la misión” cita las
siguientes
palabras de la Encíclica Redemptoris
missio de Juan Pablo II: “El
espíritu de toda actividad misionera: el amor, que es y sigue siendo la
fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual
todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse”. 1.
El amor de Javier: amor ardiente de un corazón misionero Vamos a buscar esta mañana en Javier un compañero en nuestro camino misionero. Porque Javier, después de haber recorrido, con mucha frecuencia a pie, los caminos de España, Francia e Italia, zarpa desde Lisboa, en ese larguísimo viaje que le llevará, bordeando el continente africano hasta Goa, para completar en apenas 11 años unos 100.000 kms., muchos de ellos –repito- a pie por las costas míseras y ardientes del sur de la India, o pisando la nieve del invierno japonés, o en los tres largos viajes que hará, en todo tipo de embarcaciones y peligros, primero a las tierras de lo que hoy son Malasia e Indonesia, luego al Japón, y por último a China. La vida, Javier la entiende “caminando” a impulsos de un amor encendido. Si ponerse fríamente delante del itinerario de Javier, y establecer la cronología de esos 11 años y medio que van a transcurrir entre el 7 de abril de 1541, día en que zarpa en la nave Santiago hacia Goa y el 3 de diciembre de 1552, día en que muere en la isla de Sancián, junto a China, podría dar la impresión de que han sido diseñados por la febrilidad inquieta de un temperamento inestable, excesivamente soñador, en busca de utopías que se le revelan una y otra vez falaces, y le obligan a una huída permanente hacia delante, adentrarse en el alma de Javier, leyendo los sentimientos hondos que expresa en tantas de sus cartas nos permiten comprenderle como el evangelizador apasionado que, desde un amor muy hondo a Cristo, necesita acudir a las tierras y a las gentes que están en mayor necesidad o peligro, y en las que el nombre y la persona de Jesús no son conocidas ni adoradas. José María Pemán, que a tantos nos ha enseñado a comprender a Javier como “El Divino Impaciente”, visita el Castillo de Javier en el invierno de 1958, y unos años después, regresa acompañado de una hija religiosa suya que reside entonces en Pamplona. Y escribe en el libro de honor de visitantes del Castillo: “vine a Javier con nieve. Hoy con enorme calor. Pero Javier tiene una sola temperatura: el amor”. “Id al mundo entero” había dicho Jesús, y el mundo se ensanchaba
para Javier hacia el Oriente y el Occidente en territorios recién
descubiertos. Y le desborda el deseo y sueña despierto lo que incluso
le va a aflorar mientras duerme. Vuelven a Venecia desde Roma, y en el
camino Javier, que duerme en la misma habitación que uno de sus compañeros,
el soriano Diego Laínez, le comenta al despertarse: “¡Qué agotado
estoy! ¿Sabéis qué soñaba? Que llevaba a cuestas un indio, y que era
tan pesado que no lo podía llevar” Y
cuando el Papa, a ruegos del Rey Juan III de Portugal, pide que dos
Padres de la Compañía sean enviados a aquellos territorios de las
Indias –que se extendían desde el cabo de Buena Esperanza hasta los
últimos confines de Oriente- Javier vibra, desea, ofrece y suplica:
“Señora –en este coloquio lo imagina José Mª Pemán, ante una
imagen de la Virgen- tened compasión de este pobre ufano y loco, que
hace por tu amor tan poco siendo tanta su ambición. Si la Señora
quisiera…” Dios va a manifestar su voluntad: habían sido
otros
dos los elegidos para partir, pero la fiebre repentina de uno de ellos,
le ofrece a Francisco la posibilidad de tomar el relevo. El Papa lo envía
como Nuncio suyo. Esta vivencia profundamente internalizada, explica su
modo de comportarse y sus decisiones. Así se vivió Javier: enviado por
el Padre, por Cristo, por la Iglesia. Vocación de misión; la mística
del envío. “Ser misioneros- nos dice Benedicto XVI- significa amar a Dios con todo lo que uno es, hasta dar incluso, si es
necesario la vida por Él… Ser misionero es inclinarse, como el buen
Samaritano, sobre las necesidades de todos, especialmente de los más
pobres y necesitados.” La misión engarza dos realidades: el
enviado tiene que estar vuelto hacia el que le envía y vuelto también
hacia aquellos a los que es enviado.
“Para amar según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera “casa” del hombre, y sólo quien vive en Él arde con un fuego de caridad divina en grado de “incendiar” el mundo”, dice el santo Padre; así vivió Javier. Le escribe a un colaborador de su primera hora en la India: “Dios Nuestro Señor nos dé a sentir su santísima voluntad. Él quiere de nosotros que estemos prestos a cumplirla todas las veces que nos la manifieste y diere sentir dentro de nuestras almas, y para estar bien en esta vida hemos de ser peregrinos, para ir a todas partes donde más podamos servir a Dios nuestro Señor”. Los tres grandes viajes que Javier
va a emprender fuera de la India (a las Molucas -lo que hoy es
Indonesia-, a Japón y a China), los realiza obedeciendo a la llamada
interior que recibe del que le envía. Cuando desalentado en la India
por tantas dificultades como la codicia de los gobernantes y
comerciantes portugueses, y las batallas de los príncipes tribales
ponen a la evangelización, se retire a la costa oriental india, cerca
de Madrás, junto al sepulcro del apóstol Tomás, lo hará para dedicar
cuatro meses a buscar la voluntad del que lo envía: “Tomé por oficio
ocuparme en rogar a Dios nuestro Señor me diese a sentir dentro de mi
alma su santísima voluntad con firme propósito de cumplirla… Quiso
Dios, por su acostumbrada misericordia, acordarse de mí, y con mucha
consolación interior sentí y conocí ser su voluntad fuera yo a
aquellas partes de Molucas donde nuevamente se hicieron cristianos”.
Antes de ponerse en marcha hacia la tierra nueva de
Japón justificará así su marcha. “Quiso su divina Majestad
darme a sentir dentro de mi alma que era servicio suyo que yo fuera a
Japón y así partí de la India para cumplir lo que Dios nuestro Señor
muchas veces me dio a sentir acerca de irlo a servir a Japón”. Y, al
dirigirse, en medio de tantas contradicciones, hacia China: “ahora,
pareciendo al Señor Obispo, mi prelado y superior, que haría mucho
servicio a Dios nuestro Señor me mandó al rey de la China a
notificarle la ley verdadera de Jesucristo nuestro Señor”.
Un amor que le hará a Javier tener como especiales destinatarios de su actividad a los más pobres, a los que se encuentran en el desamparo de la enfermedad o la desgracia. Impresiona su compasión por los pobres pescadores de perlas (paravas) del sur de la India perseguidos por los terribles bádagas del Emperador, o explotados por comerciantes europeos sin escrúpulos. Y como por barco no puede llegar, se pone en marcha a pie. “Fui camino del Cabo, por tierra, a visitar a estos cuitados cristianos que venían huidos y robados de los badagas. Era una pena, la mayor del mundo verlos: unos no tenían qué comer, otros de viejos no podían venir, otros muertos, mujeres que parían por el camino, y otras penas que si las vieseis como yo las vi, tuvierais compasión”. A punto de emprender un viaje extremadamente difícil, que todos le desaconsejaban, por la ferocidad de las piratas távaros, cazadores de cabezas, y por la violencia de los habitantes de aquellas islas, Javier sólo tiene un motivo para seguir adelante: “Yo, por la necesidad que estos cristianos de la isla del Moro tienen de doctrina espiritual y de quien los bautice para salvación de sus almas, y también por la necesidad que tengo de perder mi vida temporal por socorrer la vida espiritual del prójimo, determino de me ir a ellos, por socorrer en las cosas espirituales a los cristianos”. El engarce entre el Padre que envía
y la muchedumbre a la que es enviado es la misión, el envío. Javier,
príncipe de los enviados en misión. Si el dinamismo, el fuego de
amor de Javier puede resultar contemporáneo por su
intempestividad en una sociedad marcada por el individualismo narcisista
que busca altas cotas de “pasarlo bien”, por la ausencia de pasión
y la apatía que se compensan con un consumismo compulsivo, por la
competitividad, por la búsqueda de lo lúdico o lo placentero
inmediato, la figura de Javier es sugerente también y referente válido
para un mundo en el que tanto hablamos de la globalización, de los
problemas a escala mundial, y para una sociedad que tanta sensibilidad
tiene para los compromisos radicales y la capacidad de permanecer fiel a
una vocación o a una misión aunque comporte riesgos aún definitivos.
En estos tiempos en que todos vivimos conmocionados por imágenes como
la caída de las torres de Nueva York, los atentados de Madrid o de
Londres, las guerras de Afganistán, Irak, Sudán o Palestina, nos
emocionan el valor y la capacidad de asumir riesgos de profesionales de
la medicina, de los medios de comunicación o de organizaciones
humanitarias, Javier nos muestra el camino del compromiso por una
humanidad en que todos tengan los mismos derechos, los que se derivan de
su dignidad de hijos de Dios, por un combate que utiliza sólo las armas
del amor, la compasión, la solidaridad y la capacidad de asumir
cualesquiera dificultades para que todas estas realidades lleguen a
realizarse. 2. El amor de Javier: la pasión de una existencia
misionera Después de la celebración de la Eucaristía del 22 de abril en la Basílica
de San Pedro, presidida por Mons. Angelo Sodano, se hizo presente el
Papa Benedicto XVI y en sus palabras a los jesuitas dijo: “a Ignacio y
a Javier les unió una única pasión: la pasión de dar a
Dios-Trinidad una gloria cada vez mayor y de trabajar por el anuncio del
Evangelio de Cristo a los pueblos que lo ignoraban…, la de abrir
nuevos caminos al Evangelio”.
Tres
“palabras clave” hacen de la vida de Javier una vida
‘apasionada’ por la misión:
a. Pobreza:
“Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico
por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,
9) Javier quiso ser pobre con Cristo pobre. Desde el momento en que consagró su vida a Cristo vivió una pobreza radical: una sotana ligera de algodón (no aceptó la de seda que le quisieron regalar), los pies con frecuencia descalzos, soportando calores tórridos o la nieve y el frío de Japón; como lecho un duro bastidor con una red tensada de cuerdas de coco, o una esterilla de paja de arroz, como cabezal una piedra, contentándose con el escaso alimento de los nativos y haciendo con frecuencia sólo una comida diaria. Su único equipaje: el crucifijo, el rosario, el breviario, un libro de lectura que le ayudaba a la predicación y a la catequesis, y al pecho una reliquia de Santo Tomás y las firmas recortadas de las cartas de Ignacio y de sus compañeros.
Repetirá insistentemente en sus cartas la necesidad de que los que vayan a trabajar por Dios en Oriente lo hagan “sin ninguna esperanza de premio temporal y fuera de toda especie de avaricia”, y manifiesta con desazón el escándalo ante “los agravios y robos que hacen a estos pobres cristianos los comerciantes y hombres de gobierno portugueses”.
b. Humildad: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a entregar su vida”Hay un itinerario de Javier que fascina por su espectacularidad grandiosa, por la variedad colorista de gentes y culturas que encontró, de paisajes que recorrió, por el dramatismo de los peligros a los que estuvo expuesto. Es una epopeya gigantesca la suya. Pero el itinerario más apasionante que él va a hacer, conducido por Dios, es el que le adentra en el abismo de su debilidad, de su miseria y de su pecado, para llevarle a la comprensión gozosa de la grandeza del amor de Dios en la que apoyarse. Francisco Javier, que va a las Indias Orientales como Nuncio del Papa, y será pronto nombrado Superior de los jesuitas que allí trabajan, vive en una tensión continua de MÁS y de MAYOR (busca más fruto de las almas, llegar a más gente, más gloria de Dios, mayor servicio a la Iglesia), pero con una conciencia creciente de ser pequeño, ‘mínimo’ ¡Fantástica paradoja del apóstol! Son expresiones frecuentes en sus cartas: “conociendo mi flaqueza y cuán inútil soy para todo… y viendo que siendo yo polvo y ceniza, y aun esto de lo más ruin… rogad a Dios nuestro Señor que me dé gracia de abrir camino a otros, ya que yo no hago nada… que venga alguien a sacudir mi torpor”. Y sus firmas: “Vuestro inútil hermano en Cristo; Siervo inútil de todos los hermanos de la Compañía del nombre de Jesús…Vuestro mínimo y más inútil hijo”. Esta experiencia progresiva le lleva a hacer de la humildad el tema central de su enseñanza y de sus recomendaciones a sus hermanos de misión: “Y sabed cierto que con humildad todo se consigue… Por fuerza ninguna cosa se consigue en estas partes de la India, y déjase de hacer el bien que se haría con humildad, cuando con gritos e impaciencias queréis hacer las cosas. Vos y otros claramente erráis por no tener mucha humildad ni dar grandes señales de ella a as gentes con que conversáis”.
c. Confianza: “Todo lo puedo en aquél que me conforta”, “No yo, sino la gracia de Dios conmigo”, “Yo sé en quién he puesto mi confianza” La Pobreza y la Humildad le abren a la confianza ilimitada en el poder de Dios. En la medida en que Javier va adentrándose en el conocimiento de su debilidad e impotencia, crece su absoluta confianza en Dios: esta será la vivencia más intensa de Javier, la que le permite alegrarse en las dificultades y la que le proporciona una audacia ilimitada. Cuando ha sentido que Dios le llama a viajar a las islas más orientales escribirá diciendo que si no encuentra un navío portugués irá en el de algún moro, o incluso en un catamarán, la frágil embarcación de los pescadores. Cuando intentan disuadirle del viaje a las islas del Moro o darle algún remedio contra el veneno de aquellos indígenas, Javier contesta que la confianza en Dios es el mejor contraveneno, y al regresar de aquellas islas en las qe había estado sometido a continuos peligros y en soledad total, afirma que deberían ser llamadas “islas de esperar en Dios”, que le había dado en ellas consolaciones como nunca antes había tenido. En medio del furor de la tormenta “puesta toda mi confianza en Jesucristo nuestro Redentor y Señor… halleme muy consolado en esta tormenta. Hallar un grandísimo pecador lágrimas de placer y consolación en tanta tribulación, para mí, cuando me acuerdo, es una muy grande confusión, y así rogaba a Dios en esta tormenta que, si de esta me librase, no fuera sino para entrar en otras tan grandes o mayores”. El retrato de Javier hecho por él mismo: “Yo sé de una persona, a la cual Dios hizo muchas mercedes, ocupándose muchas veces, así en los peligros como fuera de ellos, en poner toda su esperanza y confianza en él, y el provecho de ello sería muy largo de escribir”. Su vivencia: “conociendo mi flaqueza y cuán inútil soy para todo, procuraré poner toda mi esperanza y confianza en Dios, y esto me consuela grandemente”.
3. El amor de Javier: una pasión “encadenada” a la de Cristo Javier comenzó en su Castillo natal la contemplación del Cristo crucificado y sonriente, y no la abandonaría nunca a lo largo de la vida. “Cristo crucificado de Xavier, Xavier del Cristo crucificado”: una comunión, una amistad que, como en esas figuras de la danza de la muerte que cubren la Capilla, va entrelazando entre ellos una danza que une sus vidas. Su única razón de existir fue Cristo. Ese Cristo crucificado a cuyo servicio se entregó apasionadamente después de preguntase ante su imagen qué puedo hacer por Él, el Cristo que levantaba sobre los auditorios al predicar y al que dirigía su mirada en tantas noches de oración y de penitencia, el Cristo que llevado por él iba a la cabecera de los enfermos sanando y consolando, el Cristo ante el que se arrodillaba en el camarote en medio de la furia de la tempestad, derramando lágrimas agradecidas por tanto amor como allí se le representaba. El Cristo que le hacía desear el martirio porque, como le decía a Mateo, el joven catequista de Amboino, “era bueno morir por Jesucristo, y un buen cristiano debía morir en la cruz”. Javier y el Cristo crucificado son inseparables. ¿Tiene algo de extraño, entonces, que el Cristo sumergido entre las olas se eje acompañar por un cangrejo para salir al encuentro del amigo que le espera en la playa?
Las cartas del Padre Maestro Xavier, del Gran Padre, del Padre Santo como todos lo llamaban, incluso los no bautizados y los musulmanes, presentan un elenco extenso de las dificultades y padecimientos que tiene que soportar en el curso de su actividad apostólica: las navegaciones; los comportamientos interesados de capitanes y comerciantes; las humillaciones que recibe de los líderes de otras religiones y el sufrimiento que le causa ver cómo su posición la utilizan para embaucar a la gente y esquilmarla; la dificultad de estar entre gentes cuyo lengua no entiende; la convivencia con gente de bajo nivel cultural, lastradas por situaciones inveteradas de borracheras, desenfreno sexual, violencia y muertes; la soledad: “en once años recibirá 5 correos de Europa”. En Japón: “acá no tenemos parientes, ni amigos, ni conocidos, ni hay ninguna piedad cristiana”. “Yo voy a las islas de Cantón, desamparado de todo favor humano; “Su Getsemaní”: que tendrá lugar cuando el orgullo y la insolencia del Capitán Álvaro de Ataide (hijo de Vasco de Gama) va a echar por tierra sus planes de entrar en China y llegar hasta el Emperador, con una embajada del Rey de Portugal. b.“Pero así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación” 2 Cor 5, 1 Si el itinerario de Javier está jalonado por las dificultades y sufrimientos, el relato que él nos trasmite parece a veces ser un diario de las consolaciones que va recibiendo de Dios, y que brotan precisamente del corazón de la dificultad. Le producirá un gozo intensísimo la evangelización de las pobres gentes de la Pesquería y la costa malabar, las consolaciones que recibe en las islas del Moro le parecen ser las más intensas que nunca ha tenido, y la consolación que le lleva a derramar lágrimas en medio de la tormenta furiosa del mar, sólo le hace desear que Dios le permita entrar en tormentas más terribles. Volverá a pensar que el consuelo que Dios le proporciona en Japón es mayor que el hasta entonces sentido. “Muchas veces me acaesce oír decir a una persona que anda entre estos cristianos: ¡Oh, Señor!, no me deis muchas consolaciones en esta vida”. Toda su vida apostólica va a transcurrir entre aquel grito que dio en un Hospital de Roma mientras dormía: “MÁS, SEÑOR, MÁS” (la víspera de embarcarse para la India le explicará a su compañero de habitación, Simón Rodríguez la causa: se le representaban todos los trabajos, persecuciones y peligros que iba a atravesar en la misión a la que partía, y el mismo Dios le concedía desear que fueran aún mayores), y la súplica “BASTA, SEÑOR, BASTA” que sus compañeros le oían pronunciar cuando se creía solo en las noches de su última estancia en Goa, en éxtasis de gozo agradecido ante tanto desbordamiento incontenible de felicidad. El último viaje que realiza Javier a China nos hace entender la lógica evangélica de que el grano de trigo debe caer en tierra y morir para dar una cosecha abundante. La última ilusión de su ardor apostólico fue llegar a China, y tenía todo el plan bien urdido para ir en nombre del Rey de Portugal, y como Nuncio del Papa. Su íntimo amigo Diego Pereira le proporciona una gran barco y su compañía para realizar el viaje soñado. Pero un portugués ambicioso va a cruzarse en su camino echando por tierra su sueño pastoral. Javier no abandona. Irá con toda la carga de su debilidad: “Yo voy a las islas de Cantón, desamparado de todo favor humano”. Es significativo que zarpa de Malaca en una nave cuyo nombre es Santa Cruz, la misma nave en la que unos meses más tarde regresará el féretro con su cuerpo. Y se encontrará solo en la isla de Sancián, a unos 12 Kms. Del continente chino y a 120 de la gran ciudad de Cantón, ciudad en la que se produce el comercio entre chinos y portugueses. Nadie se atreve a llevar a Javier hasta el continente porque desafiaría las leyes chinas, que enemistados a muerte con los portugueses, prohíben a entrada a quien no tenga permiso del emperador. Por fin un chino se ofrece a llevar a Javier hasta el continente, esconderlo en su casa, y depositarlo luego a las puertas de Cantón. Javier es consciente de que el chino puede arrojarlo al mar después de haber recibido el pago convenido; o que, llegado a Cantón, las horribles mazmorras de tortura sean su casi seguro destino. Pero Javier quiere ganar China para Cristo “Estoy muy determinado de llegar a China”. El 13 de noviembre todos los navíos portugueses, cargados de mercadería, abandonan Sancián. Con Javier solo quedan Antonio, el intérprete chino, y un criado malabar. El 19 tenía que llegar el barco que lo iba a trasladar al continente, pero Javier espera en vano. Y su cuerpo no puede resistir más. El 21 después de celebrar la Misa se desvanece. Ya no se va a recuperar. Javier y su Cristo crucificado frente a frente. A Francisco la contemplación de Cristo crucificado le ha enseñado a vivir y a hacer de la muerte una entrega confiada al amor del Padre. Y en esos días, desde el 21.XI al 3.XII, con intervalos de pérdida de conciencia, repite un diálogo con los ojos puestos en el cielo y con mucha alegría con Jesús, con la Virgen, con la Trinidad. Y predica en voz alta; y suplica, en muchas lenguas distintas “Iesu, Filii David, miserere mei”, y repite innumerables veces el Nombre de Jesús. El 2 por la noche se agrava, y Antonio pone una vela encendida en su mano, y con los ojos en el crucifijo y el nombre de Jesús en los labios muere. “Y con el nombre de Jesús en la boca dio su alma y espíritu en las manos de su Criador y Señor con gran reposo y quietud, y quedando su cuerpo y su rostro con un semblante muy apacible, fue su bendita alma a gozar de su Criador y Señor”. Es el 3 de diciembre de 1552. La cruz y la gloria. Frente a frente: el Cuerpo sonriente del Cristo de Javier; el cuerpo de Javier varado a las puertas del imperio que quiso conquistar para su Señor. No el icono de una derrota, sino la de la Victoria del amor, que produce fruto abundante. Y el designio misterioso de Dios que quiere significar esa Victoria que Javier había anunciado con una cadena ininterrumpida de signos: Le entierran en una caja de madera, en la que arrojan dos sacos de cal debajo y dos encima del cuerpo, para reducirlo a huesos y facilitar el traslado a Malaca cuando regresen las naves portuguesas. El 17 de febrero, cuando van a trasladar los restos a la nave Santa Cruz, encuentran que el cuerpo está fresco e incorrupto. Al llegar a Malaca el 22 de marzo, el Vicario da orden de abrir el ataúd y el cuerpo sigue incorrupto. La entrada solemne en Goa tiene lugar el 16 de marzo de 1554, y asisten 5.000 personas a los funerales. Sus restos en una urna de plata descansan en la Iglesia del Bom Jesus. En 1614, a petición del P, General Claudio Aquaviva se le corta el brazo derecho para situarlo enfrente del sepulcro de S. Ignacio en la Iglesia del Gesù de Roma. La canonización de ambos tendrá lugar el 12 de marzo de 1622. Y, desde su muerte, Dios le ha concedido derramar el espíritu misionero sobre toda la Iglesia. El mismo año de su muerte nace en Italia Mateo Ricci, que en 1601 llegará a evangelizar la corte de Pekín. En 1579 el Visitador de la Compañía encuentra en Japón 150.000 cristianos y 54 jesuitas (tres de ellos, japoneses, morirán mártires en la colina de Nagasaki). En 1647 nace San Juan de Britto, portugués, que sanado de pequeño de una enfermedad grave, por la intercesión de S. Fco. Javier, entrará en la Compañía, marchará a la India, donde morirá también mártir. Y la historia fecunda de la novena de la Gracia… que ha producido tantas gracias de conversión y de vocación apostólica y misionera. Al comienzo del año 2001, que fue al mismo tiempo comienzo del siglo y del milenio, el Papa Juan Pablo II dirigió una carta a todos los cristianos del mundo titulada EL NUEVO MILENIO. Esa carta, que quería ser como soplo y fuego que dinamizara la andadura de la Iglesia a lo largo de los nuevos tiempos, tiene como divisa las palabras que un día le dijo Jesús a Pedro en el lago de Galilea. “Boga mar adentro” (‘Duc in altum’). En esas líneas el Papa nos dice: “Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse… Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo.” Pocos como Javier han obedecido tan al pie de la letra este mandato misionero. Nos llega la invitación a ponernos en marcha, mar adentro, para recorrer los caminos, los mares y los espacios aéreos del mundo anunciando el Nombre y la Buena Noticia de Aquel que se nos ha dado como Salvador universal y que ha venido a encender en nuestros corazones sacerdotales el fuego que nos urge caminar como servidores de la vida, de la libertad, de la justicia, de la paz, del amor solidario. Ser misionero no significa necesariamente ir a otros países sino sobre todo salir fuera de uno mismo (romper los muros de propio castillo) para amar a los demás, como hizo Jesús. Ser misionero es tener la ilusión de anunciar la Buena Noticia de que el mundo tiene un Salvador, Jesús. Ser misionero es luchar contra el egoísmo, la mentira, la insolidaridad y el odio que tanto daño hacen a la humanidad. Ser misionero es amar con entusiasmo a Jesús y entregarlo todo por Él.Demos gracias a Dios por que nos ha dado tan buen compañero de camino y de singladura como Francisco de Javier, maestro y testigo de la misión, cuya alma es el amor. |